El silencio de los portales (Nora Vidal 3)
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Prólogo · La noche del martes
La residencia Los Naranjos no dormía a las diez y cuarenta de la noche; solo hacía menos ruido.
El control de enfermería estaba vacío. La auxiliar de la segunda planta había bajado con un carro de sábanas y Marisol Torres, la auxiliar de noche que cubría recepción en aquel tramo, miraba el móvil.
El hombre salió de la sala de visitas y pasó por delante de la cámara del vestíbulo sin mirar a la lente. No llevaba ninguna prisa.
Subió por la escalera.
Caminó treinta y dos.
En la 211 tosieron dos veces. En la 207 no se oyó nada. En la 209, Rafael Cuesta estaba despierto.
Llamó con los nudillos. Dos golpes bajos.
—Adelante —dijo Rafael.
—Buenas noches —dijo el hombre.
La habitación olía a crema de manos, a ropa lavada y a agua quieta en un vaso.
Rafael estaba incorporado sobre dos almohadas, con el mando de la televisión en el pecho y una manta fina sobre las piernas.
Tenía 84 años y las manos de quien había pasado media vida firmando papeles sin ensuciarse los dedos.
En la mesilla había una fotografía en blanco y negro de una mujer joven con abrigo claro. El marco tenía polvo en el borde inferior.
El hombre cerró la puerta.
—Creí que no iba a volver —dijo Rafael.
—He vuelto.
Rafael miró el reloj de la mesilla. Las 22:40. Después miró la puerta.
—Aquí ya no queda nadie de entonces.
El hombre dejó el paraguas cerrado junto al armario. Estaba seco. Fuera todavía no llovía, pero llovería. Lo sabía por el olor de la calle al entrar.
—Queda usted.
El cuello de Rafael subió y bajó bajo la piel floja. No gritó.
—Yo no hice nada.
El hombre se acercó a la cama. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo interior de la chaqueta. Lo desplegó despacio. Se cubrió la mano con él. Las iniciales bordadas no se veían con esa luz. Él sabía que estaban allí.
—Eso pone en los expedientes.
El reloj de la mesilla marcó las 22:42.
Un roce de almohada. Nada más.
En la habitación 211 volvieron a toser. En la 209, el reloj de la mesilla siguió avanzando.
El hombre colocó las manos de Rafael sobre la sábana. Una encima de otra. No porque hiciera falta. Porque la costumbre también ordena a los muertos.
Después sacó del bolsillo un papel blanco. Lo dobló dos veces. En el centro había escrito una palabra con bolígrafo azul, en letras de imprenta.
VISTO.
Lo metió en el bolsillo izquierdo del pijama. Cerró la cortina a medias. Miró una vez más la fotografía de la mesilla y salió.
En el pasillo se cruzó con la auxiliar del carro.
—Buenas noches —dijo ella.
—Buenas noches.
Bajó por la escalera. En recepción, Marisol Torres levantó la vista del móvil tarde. El hombre ya pasaba por la puerta. A las 22:50, la calle Eugenia de Montijo estaba empezando a mojarse.
Abrió el paraguas.
Caminó tres calles hasta el coche, aparcado junto a un callejón con dos farolas fundidas. Antes de arrancar, sacó un cuaderno negro del maletín. Apuntó una fecha. La subrayó. Cerró el cuaderno.
Arrancó.
En la segunda planta de Los Naranjos quedó, un rato más, el olor limpio y antiguo de su colonia.