Capítulo 18 · Cuarenta y ocho horas
La caja de Raquel llegó a las cinco y siete con un poder notarial, un acta de entrega voluntaria y una cuerda de embalar que parecía más vieja que la propia caja.
No la llevaron a la Pecera.
Gálvez había reservado una sala de evidencias pequeña, sin ventanas, con una mesa metálica y una cámara fija en la esquina. La luz era blanca. Mala para la cara de cualquiera. Buena para los objetos.
Raquel estaba sentada al otro lado de la mesa, con las manos dentro de las mangas de una chaqueta verde. La abogada, una mujer de pelo corto y gafas rectangulares, había dejado el poder, la autorización manuscrita y una copia del requerimiento en tres montones distintos.
En el acta constaba otra cosa: Raquel tenía llave de la vivienda por autorización familiar y había retirado la caja del armario de su tía antes de contactar con la policía. Eso no limpiaba nada. Solo fijaba dónde empezaba la posible suciedad.
—Mi clienta entrega la caja de forma voluntaria —dijo la abogada—. Y acepta que conste la extracción previa.
—Consta —respondió Inés.
Inés estaba de pie junto a la cámara, con un portafirmas abierto. Había cambiado el portátil por papel. Le sentaba peor. Robles sostenía tres bolsas de custodia numeradas, todavía cerradas. Sergio revisaba el acta. Gálvez miraba la caja.
Nora estaba apoyada en la pared, a dos metros de la mesa.
No tenía guantes.
Eso era una decisión.
—Vidal no toca nada —dijo Gálvez.
—Ya lo sabía —dijo la abogada.
Nora la miró.
—Bien.
Raquel no levantó la vista. Tenía treinta y pocos años y la cara de quien se había pasado el día obedeciendo a personas con criterio distinto.
La caja era de cartón azul, tamaño folio, con las esquinas ablandadas.
Sobre la tapa había una etiqueta blanca sin marca.
En el lateral, escrita con rotulador negro, una sola palabra.
ELVIRA.
La caja venía dentro de una funda de almohada. Pegado al cartón, bajo la cuerda, había un papel pequeño con una frase escrita a mano.
No abrir caja sin M.
El técnico de Científica fotografió la caja por los seis lados. Después fotografió la advertencia exterior, la separó con pinzas y la guardó como pieza previa. Después pesó la caja. Después pidió a Raquel que confirmara en voz alta de dónde la había sacado.
Raquel tragó saliva.
—Del armario de mi tía. En su casa. Estaba en la balda de arriba, dentro de una funda de almohada.
—¿La abrió?
—No.
—¿Por qué?
Raquel levantó la cabeza por primera vez. Miró a Nora antes que a Gálvez.
—Por eso.
La abogada apretó los labios.
—Mi clienta ya ha declarado que no manipuló el contenido.
—No la estoy acusando —dijo Gálvez.
—Todavía no.
Inés bajó la vista al acta.
—Eso no ayuda, Laura.
La abogada miró a Inés.
—Tú tampoco.
Nora registró el nombre. Laura. Se conocían. O al menos se habían cruzado lo suficiente para tutearse sin permiso.
Gálvez no siguió ese hilo.
—La abrimos por acta, cámara y entrega voluntaria —dijo—. Que conste la advertencia exterior. Que conste también que no sabemos quién es M.
Sergio leyó la frase.
—Entonces la abrimos sin M.
—La abrimos con un juez mirando después —dijo Gálvez—. No con una inicial mandando antes.
El técnico cortó la cuerda. No rompió el cartón. Levantó la tapa despacio y la dejó sobre una lámina limpia.
Dentro había tres sobres, una bolsa de tela y una libreta pequeña de anillas. Nada olía a cerrado. Olía a papel seco y a armario de persona mayor.
El técnico fotografió el interior antes de sacar nada. Después numeró cada objeto en voz alta: sobre uno, sobre dos, sobre tres, bolsa de tela, libreta de anillas. La bolsa y la libreta quedaron cerradas, fotografiadas y pendientes de apertura separada. Nadie necesitaba otro agujero en la cadena.
El primer sobre tenía una palabra escrita en la misma letra del lateral.
FOTOS.
El técnico lo abrió con pinzas. Sacó cinco fotografías. Las colocó en fila.
La tercera coincidía con el reverso que Raquel había fotografiado días antes.
Por delante, la fotografía era peor.
No por la calidad. Era una foto de 1998, tomada en interior, con flash.
Mesa larga, mantel de plástico, vasos de agua, una pared con un cartel donde apenas se leía San Bernardo.
Rafael Cuesta aparecía de pie, con chaqueta y corbata estrecha.
Elvira Solé estaba sentada a la izquierda, más joven, el pelo oscuro recogido en la nuca.
Matilde Ocaña miraba a otro lado, con un bolígrafo en la mano.
A la derecha, casi fuera de encuadre, estaba Celia Montoro.
Nora la reconoció por la postura antes que por la cara. Manos quietas. Espalda recta. La misma forma de esperar detrás de un mostrador de Velázquez.
Robles se inclinó.
—Es ella.
—No lo pongas todavía —dijo Sergio.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho.
Robles cerró la boca.
Gálvez señaló la fotografía sin tocarla.
—¿Alguien más?
El técnico acercó una lupa.
Al fondo, detrás de la mesa, había un piano vertical. Sobre el piano, una carpeta abierta. Junto a la carpeta, una mano apoyada en la madera. Solo una mano y parte de una manga oscura. La cara quedaba cortada por el borde de la foto.
Nora fijó la vista en la mano.
La mano no decía nada.
Las manos nunca decían nada solas, hasta que una sabía a quién pertenecían.
—Segundo sobre —dijo Gálvez.
El segundo sobre llevaba una etiqueta amarillenta.
SAN BERNARDO. AGOSTO 1998.
Dentro había fotocopias. No originales. Copias antiguas, con bordes negros de máquina barata y dos agujeros de archivador. Inés se acercó un paso. No tocó.
La primera hoja era una lista.
No una lista completa. Eso se veía antes de leerla. Faltaba el margen derecho en dos líneas. Había un corte vertical, una zona comida por la fotocopia. Alguien había copiado mal un documento ya doblado.
Sergio leyó en voz baja.
—Rafael Cuesta. Elvira Solé Rivera. Matilde Ocaña Blasco.
—Sigue —dijo Nora.
Sergio pasó el dedo por el aire, sin tocar la hoja.
—Celia Montoro Arce.
Nadie pareció sorprenderse. Ya estaba en la foto. Lo nuevo era que el papel la reconocía.
—Función —preguntó Gálvez.
Sergio se inclinó.
—Apoyo administrativo. Fundación Umbral Civil.
Inés cerró los ojos un segundo.
—Claro.
—¿Qué?
—Que Umbral Civil no estaba fuera facturando. Estaba dentro del centro.
Gálvez la miró.
—Oficio ampliado.
—Ya estaba redactado —dijo Inés.
—Amplíalo otra vez.
—Con mucho gusto. Nada me hace más feliz que pedirle a una fundación que existe en tres direcciones distintas que me diga en cuál mintió primero.
La frase no hizo reír a nadie. Pero cambió un poco el aire.
El móvil de Gálvez vibró sobre la mesa. Lo miró y se apartó dos pasos.
—Aranguren.
Sergio pasó a la segunda hoja. No leyó nada en voz alta. Solo la dejó al lado de la primera para que el técnico fotografiara. La cámara hizo un sonido seco.
Gálvez habló bajo en el rincón. Dijo sí tres veces. Dijo no una. Dijo «lo pondré por escrito» y colgó.
Volvió a la mesa con la mandíbula más fija.
—La fiscal quiere delimitación de funciones antes de las nueve. Y un informe de vías limpias en cuarenta y ocho horas.
—¿Vías limpias? —dijo Nora.
—Qué entra por oficio, qué entra por acta y qué no entra hasta que alguien lo firme. Si en dos días parecemos una tertulia con placa, Aranguren pide apartamiento formal por afectación directa.
La abogada de Raquel bajó la mirada a sus papeles. Raquel no entendió del todo, pero entendió lo suficiente para quedarse más quieta.
Inés cerró el portafirmas despacio.
—Eso sería una fiesta.
—No empieces —dijo Gálvez.
—No estoy empezando. Estoy calculando cuántas formas tiene esto de salir mal antes de cenar.
—Muchas —dijo Sergio.
—Gracias.
Gálvez miró a Nora.
—No te aparto hoy.
—Qué generoso.
—No es generosidad. Es utilidad. Tú haces memoria. Lo demás va firmado por Aranda o por mí. Inés tramita. Robles ejecuta. Y si alguien sale de ese esquema, lo saco yo antes de que lo saque la fiscal.
Nora sostuvo su mirada.
—Cuarenta y ocho horas.
Sergio dejó de mirar la hoja.
Gálvez también.
—No uses sus palabras.
—Las acabo de usar contra él.
Nora se separó de la pared. No se acercó a la mesa.
—Si la regla es esa, ya está corriendo. Desde San Román, desde el papel NORA o desde que abrimos la lista. El punto exacto no importa. Lo que importa es que alguien cree que en dos días puede ordenar lo que queda.
—O desordenarnos —dijo Sergio.
—Eso ya lo ha hecho.
Nadie respondió.
El técnico sacó el tercer sobre. Era más pequeño. No tenía etiqueta exterior. Dentro había una tarjeta doblada en dos. Papel grueso. En el centro, la misma frase.
No abrir caja sin M.
Gálvez miró la tarjeta. Después miró la advertencia exterior ya embolsada.
—Dos veces.
—Una fuera para que no abrieran —dijo Sergio—. Una dentro para que supiéramos que ya era tarde.
Inés abrió una línea nueva en el acta.
—M queda como pista viva. No como autorización imposible.
Gálvez miró a Raquel.
—¿Sabe quién es M?
Raquel negó con la cabeza.
—Mi tía decía eme. No decía nombre. Decía: «Si algún día preguntas por esto, no abras sin eme». Yo creí que era una manía.
—¿Le habló de Rafael, Elvira o Matilde?
—De Elvira sí. Era ella. De los otros no.
—¿Y de San Bernardo?
Raquel apretó las mangas.
—Una vez. Dijo que allí los niños aprendían a no molestar. Yo pensé que hablaba de su trabajo. Mi tía hablaba así. Decía cosas feas como si fueran de otra persona.
Nora anotó la frase en la cabeza.
Los niños aprendían a no molestar.
No la escribió. No podía escribirla allí sin convertir su memoria en diligencia.
El técnico cerró los sobres abiertos en fundas separadas.
La bolsa de tela y la libreta de anillas quedaron numeradas como piezas cuatro y cinco, sin abrir, con una nota de apertura pendiente de autorización específica.
Después apagó la cámara. La sala perdió un ruido que nadie había notado hasta entonces.
No hablaron de Iván allí.
Hablaron en la Pecera, veinte minutos después, cuando las piezas ya estaban precintadas y el acta de entrega voluntaria tenía tres firmas, no dos: Raquel, la abogada y Gálvez.
Inés fue la última en entrar. Traía el portátil abierto contra el pecho.
—San Bernardo acaba de contestar por registro —dijo.
Gálvez levantó la vista.
—¿Oficial?
—Avance de índice digitalizado. Firma de archivo, hora de entrada, número de registro y CSV. No es el expediente completo. Pero tiene cauce formal.
—Bendita civilización —dijo Sergio.
—No te vengas arriba. Sigue siendo San Bernardo.
Inés dejó el portátil sobre la mesa. No lo giró hacia Nora. Lo giró hacia Gálvez.
—Caja 14/98, actividades externas, semana del diez al dieciséis de agosto de 1998.
Sergio se inclinó.
—¿Y?
—El nombre que no esperaba.
Por fin se volvió hacia Inés.
Inés no tenía la cara de quien había encontrado una prueba. Tenía la cara de quien acababa de perder una comodidad.
—No lo alargues —dijo Nora.
Inés tragó saliva.
—Iván Lobato Pérez.
La Pecera quedó sin ruido útil.
Sergio fue el primero en hablar.
—El residente de Los Naranjos.
—Sí.
—¿En San Bernardo?
—Sí.
—¿Cómo qué?
Inés leyó la línea completa.
—Servicio externo. Afinador. Taller de percepción sonora. Agosto de 1998.
Nora volvió a la fotografía que habían colocado en copia sobre la mesa de trabajo.
El piano vertical al fondo.
La mano apoyada en la madera.
La manga oscura.
Aquello no probaba nada. No identificaba a nadie. No confesaba nada. Era una línea en un índice que ya tenía cauce formal y una fotografía vieja con una mano cortada.
No bastaba para detener a nadie.
Bastaba para cambiar el orden.
Gálvez habló muy despacio.
—Nadie llama a Los Naranjos.
—No —dijo Sergio.
—Nadie mueve a Iván sin orden.
—No.
—Y nadie, nadie, le dice a Vidal que vaya a verle sola.
—Esto va como preservación de testigo, no como prueba —dijo Gálvez—. Hasta que llegue el expediente completo.
No contestó.
Gálvez la miró.
—He dicho nadie.
—Te he oído.
—No es lo mismo.
Nora sostuvo la mirada un segundo más. Después habló sin mirar el portátil.
—Memoria operativa, no orden: San Bernardo, índice completo, caja 14/98, actividades externas, semana del diez al dieciséis de agosto de 1998. Cadena de custodia documental. Remisión física o copia compulsada. Firma de archivo, no favor personal.
Gálvez levantó un dedo.
—Eso lo pido yo.
—Por eso he dicho memoria.
Inés ya estaba escribiendo.
—Lo tramito si lo firmas tú.
—Lo firmo yo —dijo Gálvez.
Nora siguió.
—Umbral Civil. Personal adscrito a San Bernardo en 1998. Convenios, pagos, facturas, voluntariado y consultores. Celia Montoro en el centro y en la fundación. Todo cruzado con Valls Riera.
Gálvez asintió.
—También lo firmo yo.
—Y tú no —dijo Sergio a Nora.
—No he cogido bolígrafo.
Robles cerró la puerta de la Pecera. Fuera, alguien pasaba con una carpeta azul y no miró hacia dentro. Mejor.
Sergio se apoyó en el borde de la mesa. Tenía la cara cansada de Valdemoro y una atención nueva.
—Si Iván estaba allí, el primer testimonio no se cae. Se desplaza.
—Lo que oyó sigue siendo suyo —dijo Nora.
—Y lo visual puede venir de otro sitio.
—O de otro año.
Nadie tocó la copia de la fotografía.
Las tres víctimas estaban dentro. Celia estaba dentro. Umbral Civil estaba dentro. San Bernardo estaba dentro. Y ahora Iván.
La lista seguía incompleta.
Pero ya empezaba a comportarse como una.
—Lo vamos a hacer limpio —dijo Sergio.
Gálvez asintió.
—Lo vamos a hacer rápido —dijo Inés.
Robles dejó sobre la mesa las etiquetas de custodia que faltaban por imprimir. Cerradas. Numeradas. Sin gesto bonito.
Nora volvió a apoyarse en la pared.
—Las dos cosas —dijo.
Durante la siguiente media hora, la caja dejó de ser una caja y se convirtió en cinco piezas, tres oficios, una delimitación de funciones y un nombre en la pizarra.
A las seis y cuarenta, Sergio escribió una línea nueva debajo de SAN BERNARDO.
IVÁN LOBATO.
No añadió interrogación.
Leyó el nombre hasta que dejó de parecer el de un testigo.
Iván Lobato no había entrado en el caso por la pared de Rafael.
Ya estaba dentro.