El silencio de los nuestros Capítulo 31 El silencio
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Capítulo 31 El silencio

La sala de la comisaría es la misma de siempre.

No han dado explicaciones, pero si han dado la orden de que nadie excepto ellas tres, puedan entrar.

Nadie lo ha cuestionado. Ni siquiera el comisario Javier Salcedo.

Lucía le ha prohibido la más mínima aproximación con muy malas pulgas, y dejándole muy claro que ni se le ocurra escuchar el interrogatorio.

Él sabe que es mejor no enfrentarse a ella.

Luque está sentado al otro lado de la mesa, con las manos esposadas. Su semblante es de derrota. Cansado.

Lucía no se sienta, ni le quita las esposas, conecta la grabadora, y se apoya en la pared, mirándolo. —Háblame de J.S.

Víctor Luque levanta la vista. —No hay nada que decir, que no sepas.

—Quien es. Quiero oírlo de tu boca.

Él respira hondo. —Como sabes, es un protocolo, una forma de detener a alguien cuando se acerca demasiado donde no debe. No fue idea mía, no lo diseñe yo —se justifica.

—¿Y de quién fue? ¿Quién fue el artista que diseño semejante aberración? —Lucía se apoya en la mesa de metal desde el otro lado, aproximándose, sintiendo el frio subiéndole por la nuca.

Luque por instinto o reflejos, echa su cuerpo hacia atrás. La mira. —Son personas que nunca lograrás sentar aquí. —Su tono es altivo.

Valeria y Luna siguen el interrogatorio desde una esquina de la sala. Las dos se mantienen en silencio.

—Quiero un nombre —Continua Lucía—. Ya.

Luque sonríe. —¿Tu qué crees que pasará si te lo doy?

—Me tiene sin cuidado. —Le responde.

—¿Que te tiene sin cuidado? Te aseguro que no pensarías lo mismo si supierais a quien os enfrentáis. No ibais a durar ni dos días. Ni yo tampoco.

Valeria se aproxima. —Eso ya lo veremos.

Lucía que le ha dejado el turno a Valeria se separa de la pared. Se acerca a la mesa. Vuelve a ponerse en posición amenazadora. —¡Que me des los nombres!

Luque se resiste, se lo piensa, el silencio dentro de la sala de interrogatorios es reflexivo. Y asiente. —¿De verdad pensabais que estabais solas? Muy bien. ¿Quieres nombres? Ahí van. Pero no te va a gustar.

—Salcedo, Zamora, El juez que archivó el caso, político de la rueda de prensa.

Las tres se miran, no es una sorpresa para ellas, sospechaban que de una manera u otra estaban todos implicados. Las tres se dan cuenta de que en ningún momento a mencionado a Patrick. Lo que les hace sospechar que no tenían conexión entre ellos. O… Ninguna lo menciona, lo prefieren así.

—Ya sospechábamos de ellos. —Luna interviene por primera vez, su instinto la lleva a formular una pregunta clave. —¿Y quién más?

Pregunta con la seguridad de alguien, que sabe que no se equivoca, que al artífice del asunto no lo ha mencionado. —¿A quién proteges?

—Ha nadie. Es cierto, hay alguien más. El diseñador del protocolo. Pero nadie sabe quién es. Su identidad es un secreto muy bien guardado. —Les dice. Parece que dice la verdad.

Lucía señala la puerta con la mirada y las otras dos salen sin mirar a Luque, sin decir ni una palabra.

—Ya no te necesito—Es lo último que le dice antes de salir por la puerta.

—¿Y ahora? —Le pregunta de Luque queda en el aire, no hay respuesta.

Y sale cerrando la puerta.

La inspectora Castillo sabe que Luque no es el final, y que esto no ha terminado.

Al rato entra Luna, inexpresiva, lo coge del brazo y lo levanta. Él va a decir algo, pero la mirada de ella lo detiene. Luque es llevado al calabozo sin más explicaciones.

Al marchase, pasan por delante de Salcedo y de Zamora, pero únicamente les dedican una mirada en la que parecen decirles mucho.

Salen por la puerta de la planta quinta a la vez como si fueran los ángeles de Charly. Así se sienten en este momento.

De vuelta en casa de Marcos, se colocan frente al panel, está totalmente abarrotado de información. Todo está conectado.

—¿Y ahora qué? —pregunta Luna.

Lucía responde, sin apartar la mirada del panel.

—Ahora… Depende, dejamos que nos señalen, que nos aparten, incluso que encuentren una excusa para retirarnos del cuerpo, si es que no nos eliminan, y el caso se lo llevaran otros. Con lo que, dentro de un tiempo prudencial, todo esto vuelve a estar enterrado.

Valeria aprieta la mandíbula. —¿Y entonces? ¿Lo dejamos pasar y aquí no ha ocurrido nada?

—Creo que hemos de tomar una decisión. —les dice.

Se acerca al panel. — En mi opinión. —Señalando el nombre de Víctor Luque. —Este ha de caer. Me da igual lo que pueda decir. Tenemos pruebas.

Señalando a Salcedo. —Este también. No por lo que hizo, sino por lo que no hizo.

Lucía detiene el dedo sobre la foto del comisario, un segundo casi inapreciable, pero no para Valeria. —¿Estás segura? —pregunta mirándola.

—Completamente. —Responde muy segura de sí misma. —Es… —y se corrige. —Era uno de los nuestros y prefirió silenciarlo todo. Me mintió a la cara. No se lo perdonaré nunca.

Sin más continúa señalando al político y al juez. —A estos dos, creo que lo mejor es dejarlos, ignorarlos.

Parece que Luna no está del todo de acuerdo. —¿Qué? ¿Por qué?

—Porque si los implicamos, el caso dejaría de ser policial, se volvería un escándalo político. Y entonces se acabó del todo.

Valeria duda. —Pero no es justo para Luque y Salcedo. —Cuando lo dice se da cuenta de que a Lucía le ha molestado el comentario.

—Caen —dice Lucía—. Y con ellos, la organización que protege todo esto. —Su mano dibuja un círculo envolviendo en el aire todo el panel. Las dos se miran y Valeria le da la razón en silencio.

Luna se detiene delante de la foto de su hermano. —¿Y qué pasa con el asesino de Alvaro?

Las inspectoras entienden algo que Luna no contempla, es normal, ella quiere venganza, desde siempre la ha querido, y no se va a conformar tan fácilmente.

Lucía intenta explicárselo. —Luna, lo entiendo, de verdad que sí, pero piensa. Si implicamos a Gorka, nos estaremos sentenciando. Por lo que no, Luna, no podemos hacer justicia… esto es lo único que podemos permitirnos.

—Parece que olvidas a alguien. —La inspectora Fortea señala la foto de Patrick.

—No, no lo he olvidado. Patrick ha desaparecido como si nunca hubiera existido. —No le sorprende, pero no lo olvida.

Aunque realmente les cuesta tomar la decisión, al final hay unanimidad. Apoyan a Lucía.

Algunos cayeron rápido.

Otros intentaron resistirse… sin éxito.

Varios meses después…

Valeria está en Madrid. La llamaron para coordinar una unidad nueva. No es un ascenso. Es la forma que han encontrado para apartarla, poniéndole un nombre bonito. Lo sabe. Ha recibido la sugerencia de volver a Barcelona, lo rechaza.

Luna se presenta a los exámenes de inspectora.

Pero ya no es aquella joven novata, despierta, alegre y dispuesta.

Ahora tiene fama de mujer seria, a ella le da igual, no está ahí para hacer amigos.

En su mesa, entre los papeles guarda una foto de su hermano.

Nadie la ve mirarla. Pero los que la conocían antes de todo, saben que algo ha cambiado.

Lucía sigue en Barcelona. Es consciente de que la vigilan, le da igual. Sabe que su carrera ha tocado techo, y que hay puertas que nunca volverán a abrirse para ella.

Pero una mañana, revisando un expediente rutinario, encuentra algo. Un nombre, una fecha que le da que pensar y que no debería estar ahí.

Se lo guarda para ella, no lo comenta, de momento. Únicamente saca la libreta y lo anota. Cierra el expediente.

Es de noche. Lucía está en casa de Marcos. El panel de pruebas ya no está, las paredes están vacías y las cajas cerradas.

Se sienta en el sillón preferido de su hermano con una copa de vino en la mano. No abre la luz, no quiere, prefiere la intimidad de la oscuridad.

Es una despedida. No volverá.

Su móvil vibra, mensaje de Valeria; "Te conozco, ¿lo vamos a dejar así?” Lucia sonríe y le responde. “Me conoces”.

Deja el móvil a un lado, apoya la copa en la mesa y se queda mirando al vacío unos segundos. Luego, casi por inercia, saca la libreta del bolsillo de la chaqueta, la abre, pasa unas páginas y se detiene, ese nombre… lo observa, lo reconoce.

Sigue pensando que no debería estar ahí, no después de todo lo ocurrido, no después de…todos. Cierra la libreta delicadamente sin prisa, sin rencor. Levanta la mirada al cielo, ahora no hay duda, no más preguntas.

La ciudad sigue con su rutina ahí afuera. Hay cosas que no desaparecen, se adaptan. Y esta vez… iba un paso por delante, no iba a cometer el mismo error. —Esta vez…no. —murmura.

Se levanta coge su bolso y se va.

Habían movido piezas. Pero el tablero seguía siendo el mismo.

Y, aun así, no se arrepiente.