El silencio de los nuestros Capítulo 30 Revelación
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Capítulo 30 Revelación

La ciudad despierta lentamente, pero para ellas todo va demasiado rápido. El coche circula entre el tráfico de primera hora, semáforos en ámbar, calles abarrotadas, autocares de colegio, aparcamientos en doble fila. Un caos. Aunque la gente vive ajena a todo.

Dentro del coche el ambiente es tenso. El silencio pesa más que el ruido exterior.

—¿Cuánto falta? —pregunta Valeria.

—Cinco minutos —responde Luna sin apartar la vista de la carretera.

Lucía va en el asiento delantero. Dirige su mano discretamente al lateral para comprobar que su arma sigue en su sitio. Todo parece correcto, y aun así algo la incómoda, la sensación es inexplicable.

Se gira hacia Valeria, como si fuera a decirle algo, pero cambia de opinión. Se contiene.

—Según Google es aquí. —Luna detiene el coche frente al edificio, no hay movimiento. Ningún coche sospechoso. Ninguna señal de alarma. Todo parece normal, quizá demasiado normal.

Valeria observa la fachada unos minutos — No me gusta.

—A mí tampoco —dice Lucía.

Claro que tampoco iban a colgar un cartel diciendo “Asesinato en curso”. — Luna intenta rebajar la tensión, pero ni ella misma se lo cree.

Salen del coche.

Entran en el edificio, es un sitio frio impersonal. Encuentran al conserje al cabo de unos minutos. El hombre se muestra reacio a colaborar hasta que Lucía le muestra la placa. Su actitud cambia completamente. —Ultima planta —dice finalmente— La puerta al fondo del pasillo.

—Vamos. —Avanzan por el pasillo en fila, despacio. Los fluorescentes lo bañan todo con una luz enfermiza, casi de hospital. El silencio es total. No hay pasos, no hay voces, ni televisores al otro lado de las puertas. Solo el zumbido eléctrico del techo

Las tres llevan el arma en la mano preparada.

Y entonces la ven. La puerta del final del pasillo está entreabierta. Lucía aminora la marcha. Luna intercambia una mirada con Valeria.

Algo va mal.

Lucía se adelanta y empuja la puerta muy despacio. Dentro, hay alguien de pie, de espaldas. Contemplando la ciudad a través de la ventana. Quieto. Esperándolas.

Se detienen en el umbral. No entran, no de momento.

El hombre tarda unos segundos en girarse. Como si hubiera sabido en que preciso momento llegarían.

Y se gira.

Víctor Luque. —Habéis tardado menos de lo que pensaba.

Se quedan sin habla. El mundo se recoloca de golpe.

Valeria frunce el ceño al tiempo que levanta las cejas. —¿Qué significa esto Víctor?

¿qué haces aquí?

Luque mantiene la calma.

Lucia siente un golpe seco en el pecho, de repente encajan todos los detalles. Frases. Ausencias. Gestos. Todo. —No…—murmura y da un paso adelante. —No puede ser.

Luque la mira y no responde. El silencio ya es una respuesta.

Valeria niega lentamente con la cabeza. —Dime que esto no es lo que parece.

Otra vez silencio.

Luna es la primera en endurecerse. —Lo sabía.

Valeria se gira hacia ella. — ¿Que?

En ningún momento me ha cuadrado la actitud de este tío.

—Estas diciendo una barbaridad.

—¿Tú crees? —Luna la desafía con la mirada.

Lucía no aparta la mirada de Luque. —J.S. — dice al fin.

Un leve gesto aparece en el rostro de Luque. Lucía no acaba de interpretarlo. ¿Orgullo?

¿Sorpresa? Quizás cansancio. —Veo que habéis avanzado.

Valeria da un paso hacia él. —¿tu? ¿Eres tú?

Luque tarda en responder. —Una parte.

La habitación queda suspendida en un silencio espeso.

¿Y eso que significa? — pregunta Luna.

Luque baja la mirada un instante antes de responder. —Significa que lleváis semanas investigando algo mucho más grande de lo que podéis imaginar.

Lucía pierde la paciencia, se abalanza hacia él, lleva la pistola en la mano, quita el seguro y lo encañona. —¡Nos has utilizado!

—¿Vas a dispararme? La tensión se vuelve insoportable.

Valeria interviene rápidamente y le baja el arma. —No vale la pena, no es más que una rata. —Le dice, poniéndole la mano en el hombro.

Lucía aprieta los dientes con rabia.

—La orden…—dice Luna— ¿Era tuya?

Luque asiente despacio. —Si.

Valeria se inclina poniendo las manos sobre sus rodillas, necesita respirar. —No… no puede ser…

Y entonces llega el golpe final. —El objetivo también era mío.

Ahora sí, ahora el odio llena la habitación. Lucía vuelve a levantar el arma. Luna da un paso adelante. Valeria apenas puede mirarlo.

Pero Luque levanta la mano, no para defenderse, para detenerlas. —Escuchadme.

—¿Que te escuchemos? ¿Por qué deberíamos hacerlo? — escupe Luna.

Parece que Luque está perdiendo esa especie de fría seguridad. Parce resignado.

—Si supierais quien mueve realmente los hilos… habríais salido corriendo hace mucho.

—No intentes salvarte. Ya no. —dice Lucía.

—No lo hago.

—Pues no lo parece.

—Necesitaba saber si llegaríais hasta aquí.

—¿Qué? — Valeria no entiende nada.

—Necesitaba saber si erais capaces de verlo.

Luna da un paso atrás. —Nos estabas poniendo a prueba.

Luque no responde. Tampoco lo necesitan.

La rabia en la expresión de Luna se vuelve insoportable. — Eres un hijo de puta.

—Como todos los que sobreviven a esto. — Le responde secamente Luque.

Por una décima de segundo a Valeria le ha parecido sincero. Pero esa decima se ha esfumado tan rápido como a aparecido. Y vuelve a la cruda realidad.

Lucía se acerca de golpe, le gira violentamente y le coloca las esposas. —Se acabó.

Ahora Luque ya no sonríe. —No. Ahora es cuando empieza la verdad.

Lucía va a responder cuando un sonido rompe el silencio.

Un móvil vibrando. El teléfono de Luque que está en el bolsillo de su chaqueta. Luna mete la mano y lo saca. La pantalla iluminada refleja su expresión. Se le borra todo el color de la cara. Valeria no soporta más la tensión y le arrebata el teléfono de las manos. Lee el mensaje y se queda helada.

Lo gira hacia Lucía y lee.

“Ya saben que están contigo. Saca a las inspectoras de ahí. Ya van”

Durante un segundo nadie respira. Lucía levanta la vista hacia Luque. Y por primera vez duda, no de su implicación, pero sí de si realmente es el verdadero enemigo.

Luque le sostiene la mirada —¿Lo entiendes ahora?

Un ruido seco resuena en alguna parte del edificio. A lo lejos.

La reacción es instantánea. Se ponen en modo policial, en modo supervivencia.

—¿Quien viene? —Pregunta Luna.

Luque niega con la cabeza. —No queréis saberlo.

Lucía lo fulmina con la mirada, pero no hay tiempo que perder. —Tenemos que movernos.

Otro golpe. Este más cercano.

Lucía toma una decisión y guarda el arma.

—Nos movemos. Ya.

—Seguidme — dice Luque. —Yo conozco bien el edificio. Ellos no.

Esta vez no dudan.