Capítulo 25 La última pieza
Las inspectoras llevan horas revisando archivos. El mensaje de Patrick “Revisar los registros de la semana anterior al operativo” ha resultado ser un laberinto de carpetas, documentos duplicados y fechas que no encajan.
Cansada de sortear pantallas, de repente Valeria…
— ¡Aquí!
Lo que aparece es una lista de nombres, concretamente ocho, son los nombres de los ocho agentes destinados al operativo. Hasta ahí todo correcto, pero… en un margen, escrito a mano y claramente añadido a toda prisa, han descubierto un noveno nombre con una reseña.
“Incorporación de última hora. Autorización verbal.”
—¿Verbal? —A Lucía le parece extraño, no es que fuera imposible, pero si poco probable.
Valeria amplía la imagen. El nombre de la novena incorporación es difícil de descifrar, no así el apellido, se ve muy claro.
Melero —Es Luis F. Melero —Lucía se fija en un detalle. —Mira la fecha, constata.
La incorporación de Melero es de la víspera al operativo. El equipo original llevaba semanas preparado.
—¿Por qué incorporaron a un agente la noche antes? —Valeria se extraña. —O quizá lo sustituyeron por alguno de los ocho —rectifica.
Lucia tiene un sinfín de ideas al respecto, pero por la que más se inclina a estas alturas.
—Quizá necesitaban tener a un agente preparado en otro lugar. —Levanta las cejas mirando fijamente a su compañera.
Silencio.
Siguen buscando.
Encuentran otro documento escaneado con el sello de "CONFIDENCIAL", cruzado en la primera hoja. Se trata de la orden de intervención.
—¿Quién lo firma? Lucía estira el cuello para acercarse a la pantalla, el documento parece arrugado y con la firma muy borrosa —buff resopla. —¿Es que no hay un solo documento en buenas condiciones?
Está ya harta de adivinanzas, de nombres borrosos, de tanta manipulación. Si. Esta es la palabra correcta, porque lo que tienen claro las inspectoras es de que no hay errores en los documentos, lo que hay es una manipulación en toda regla.
—¿Y quién tiene acceso y motivos? —Se pregunta Lucia en voz alta.
No es necesario que Valeria le responda, las dos sospechan que alguien dentro del cuerpo, ha estado protegiendo este caso desde el principio.
No se amilanan, siguen tirando del hilo. Lo que sigue es un correo electrónico de tres días después del operativo. Sin asunto.
"Todo en orden. Él no dirá nada."—¿Él? —repite Valeria—. ¿Melero?
—O no.
Intentan dar con el remitente, pero no hay manera.
Se han ocupado muy bien de no dejar nada comprometedor.
Pero con lo que no han contado, es con que Valeria gracias a Patrick ahora sabe leer los metadatos, y aunque no consigue un nombre o una dirección, lo que si le aparece son unas iniciales. “J.S.”
Lucía se levanta arrastrando la silla con fuerza hacia atrás. Apoya las manos sobre la mesa y baja la cabeza. Respira hondo.
A ella solo le viene una persona a la cabeza. Le encantaría equivocarse.
Lucía amanece antes de lo previsto, ha pasado una noche de perros, aunque no recuerda cuando fue la última vez que durmió a pierna suelta.
Aparece en la comisaría más pronto de lo habitual, hoy no ha esperado a Valeria, necesita un rato para ordenar sus pensamientos. Se dirige directamente a la zona de la máquina del café, lo necesita en vena.
¡No se lo puede creer! Salcedo está ya en su despacho, no hay nadie más en la planta, ni las calles están todavía puestas.
Le gustaría hacerse invisible, pero no está a tiempo de desaparecer. Javier Salcedo ya ha notado su presencia, parece un depredador guiado por el olfato.
—Buenos días. Ven. —Seco, con cara de pocos amigos, asomándose por la puerta de su despacho.
Ahora el comisario está de espaldas, mirando por la ventana. No se gira.
—Mis advertencias no han servido de nada —le dice.
Lucía no responde. No piensa hacerlo. La respuesta está servida.
—No voy a detenerte.
—¿Entonces?
—Quiero que sepas que esto no va a acabar bien.
Lucía está tentada de responderle. (Para quién) pero se detiene. Mantiene el silencio.
Salcedo añade—Es un aviso. Entiendo que quieras saber la verdad, pero…—Lucía le corta. —Bien, gracias por el aviso.
Al salir, se gira y clava la mirada en él. —Marcos pagó un alto precio —le suelta.
Él le sostiene la mirada. Luego baja los ojos. Su expresión no es de rabia, es de culpa.
—Vete.
Ella sale.
La puerta del piso está entreabierta, Lucía se detiene antes de entrar. —¿Chicas? —No hay respuesta.
Dentro, todo está revuelto, cajones abiertos, papeles por el suelo, el panel de pruebas y anotaciones volcado y pisoteado. Y El ordenador de Marcos, el que nadie tocaba, ha desaparecido.
Valeria llega unos minutos después. —Han entrado — afirma. — Sabíamos que algo así podría pasar. Estaban tardando.
—Se han llevado el ordenador de Marcos, los archivos, todo. —Lucía lleva un cabreo del quince. — No tanto por lo que se han llevado, como por la intromisión en el piso de su hermano. Por la violación de su intimidad.
—Tenemos copias —la tranquiliza Valeria.
—Lo sé, no es eso.
Silencio.
—Valeria lo rompe. —Nos acaban de lanzar una advertencia.
Lucía está inquieta por Patrick. Llevan un par de días sin noticias, sin que conteste a los mensajes, ni a las llamadas.
Por la mañana se acercaron a su casa, sin éxito.
Los vecinos dicen que hace unos días que no lo ven.
Si a ellas las han encontrado y las están advirtiendo, quizá él esté en peligro. Se lo ha tragado la tierra.
Luna ha ido a comprar algo para cenar. Al salir del supermercado, ve un coche que ya había visto en otras ocasiones estacionado en la misma calle. Pero está vez se fija, y se da cuenta de que está con las luces apagadas y el motor en marcha, no logra ver al ocupante.
Su instinto policial le dice que camine despacio y no mire atrás, no debe dar muestras de que se ha dado cuenta de que la siguen.
Pero cuando llega a casa. —Chicas me han seguido.
—¿Estás segura?
—Pondría la mano en el fuego. Y diría que no es la primera vez.
—Hemos de ir con más cuidado, hemos de estar en contacto continuo y procurar no movernos solas. — Lucía está visiblemente preocupada.
Cuando tienen el desastre de la intrusión en el piso más o menos recompuesta, Luna se acerca al mural y sin decir nada, escribe un nombre en un post-it, lo coloca en centro junto al “político chulito”. Se crea un silencio entre las tres.
Y únicamente, Luna dice. —Voy a citarme con él.