El silencio de los nuestros Capítulo 24
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Capítulo 24

…

El ascensor volvió a detenerse en la sexta planta. Álvaro apenas levantó la vista del portátil, continuó trabajando sin darle más importancia, aunque a aquellas horas nadie debería acceder al edificio.

Abrió el archivo que un compañero le había entregado horas antes, se trataba de un informe operativo rutinario, en un principio no le dio importancia, pero se puso a repasar el informe, más por inercia que buscando algo, cuando…

Leyó una vez más el nombre de un testigo protegido, la hora prevista para el traslado. Después abrió, por simple curiosidad, el informe de incidencias. Algo no le cuadraba. Lo que parecía un informe sin más complicaciones, a sus ojos empezaba a tener lagunas.

Se levanto despacio para despejar la mente, se dirigió hacia la ventana para respirar el aire fresco de la noche y una vez más allí estaba un coche oscuro que de que ya se había percatado en dos ocasiones más.

—Estoy paranoico —se dijo así mismo.

Se frotó los ojos y sin quererle dar mayor importancia volvió al informe que tenía abierto sobre la mesa.

Volvió a releer desde el principio, pasó uno a uno todos los documentos de la carpeta, despacio y deteniéndose en cada párrafo.

Algo aparecía repetido, siempre la misma firma, siempre la misma unidad, siempre la misma excusa.

Accidente, obras, problemas de tráfico.

Miró el reloj, cogió el móvil dispuesto a llamar a su hermana, pero decidió hacerlo cuando terminara de revisar el informe. Nunca llegó a hacerlo.

Cerró el portátil despacio. En su mente analítica quedó claro que aquello no era un error.

Alguien había diseñado aquel operativo para que el testigo nunca llegara a declarar.

No se sentía bien, se ahogaba ante la perspectiva que se le había presentado delante de sus ojos.

Volvió a la ventana, miró de nuevo hacia la calle, el coche seguía en el mismo sitio, pero esta vez los dos ocupantes no apartaron la vista no hicieron nada por disimular cuando él los descubrió.

Esa noche… Alvaro Ferrer de la (UCC) Unidad Central de Ciberdelincuencia no volvió a casa.

En Madrid a última hora de la tarde, el inspector Zacarías Bueno, llevaba casi una hora revisando expedientes que nadie había solicitado, no buscaba culpables. Buscaba una explicación.

Sobre la mesa había cuatro carpetas, cuatro investigaciones distintas, pero con cuatro finales idénticos, y todos archivados sin continuidad.

Frunció el ceño. Cogió la primera. Después la segunda. La tercera. La cuarta. Lo que más le llamaba la atención, no eran los hechos, tampoco los investigadores. Eran las víctimas, el camino que habían recorrido todos, y cada uno de los expedientes.

Todos acababan pasando por el mismo despacho antes de desaparecer.

Sacó una libreta, anotó el número de expediente, y el nombre del responsable y así sucesivamente varias veces, una y otra vez. —El problema no son las mentiras. Son las ausencias —susurró entre dientes.

Zacarías Bueno era perro viejo, no estaba dispuesto a fiarse de nada ni de nadie, después de anotar todo lo que consideraba información sensible, precedió a esconder la libreta en un lugar seguro, envió un correo electrónico al inspector Castillo con indicaciones y lo borró.

Entrada la madrugada sonó el teléfono, en la pantalla apareció el nombre de Marcos Castillo.

El inspector Bueno sonrió. —Creo que ya sé por dónde empezar —pensó.

No llegó a contestar. La llamada se perdió.

El teléfono dejó de sonar y el silencio inundó toda la habitación.

El inspector Castillo necesitaba intimidad, libertad para seguir con sus pesquisas sin ser interrumpido y aun menos, sin intrusos.

Esa mañana se quedó en casa, estaba algo nervioso y porque no reconocerlo obsesionado.

La habitación en la que trabajaba, estaba llena de cajas, fotografías, notas adhesivas mapas.

La cafetera llevaba horas apagada, el café seguía sobre la mesa, frio, apenas lo había probado.

Frente a él en la pared, fotografías, nombres, informes. Cogió una chincheta y un hilo rojo, la clavó y trazo una línea que cruzó media pared.

Retrocedió un paso, algo seguía sin encajar. Miró la libreta que había conseguido en su estancia en Madrid, en casa de Bueno tras realizar un allanamiento en toda regla.

La abrió despacio, con delicadeza dejando fluir sus pensamientos, un sentimiento entre dolor y rabia le recorrió el cuerpo.

Buscó las anotaciones sobre Álvaro y leyó una escrita a mano, una mención en letra pequeña al margen, demasiado pequeña para haberle llamado la atención anteriormente.

Se quedó inmóvil, volvió la vista hacia la pared, y ahí estaba, no eran casos distintos, no eran errores, ni siquiera eran encubrimientos aislados. Era un procedimiento, un sistema, una estructura para protegerse a sí misma.

Respiró hondo, cogió un folio en blanco y solo escribió una frase.

No investigamos asesinatos. Investigamos un mecanismo.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa, por primera vez en semanas sonrió. — Ahora lo entiendo — miró el panel y dijo. — Ya no podéis esconderos.

Apagó la luz.