El silencio de los nuestros Capítulo 21 El ejecutor
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Capítulo 21 El ejecutor

El problema no fue el disparo, que también, sino lo que vino después.

Ha sido Luna, esta tan obsesionada que las horas de sueño las emplea en la búsqueda de todo aquello que le pueda servir. Indaga en cada rincón de la red. Incluso en la dark web.

Y tras mucho rebuscar ha accedido donde a nadie se le hubiera ocurrido buscar. —¡Lo tengo!

Las inspectoras que también están haciendo sus averiguaciones se acercan a la pantalla del ordenador de Luna.

"Agente interviniente: L.F. Melero. Placa: 13.678."

Luna pronuncia el nombre en voz alta.

—¿Os dice algo? ¿Lo conocéis?

Valeria niega con la cabeza, normal, tampoco lleva tanto tiempo en Barcelona.

A Lucía tampoco le dice nada ese nombre. —No, no lo conozco. Pero lo conoceré.

Lo primero que hacen es comprobar si el Agente sigue en activo, algo realmente sencillo. Lo que descubren tampoco les sorprende demasiado. Está destinado en una comisaría de barrio, lejos de todo y de todos. Sospechoso para ellas.

Le van a hacer una visita, las tres están de acuerdo, le pondrán una excusa de carácter administrativo, algo rutinario.

Será Valeria la que se encargue, es la menos conocida de las dos inspectoras. Luna insiste en acompañarla, aunque las inspectoras preferirían que mantuviera un perfil bajo, acaban cediendo.

Melero las recibe en una sala pequeña, con el olor característico a café recalentado. Es un hombre entrado en carnes, de unos cincuenta años, con cara de haber pasado por mucho y de no tener ganas de más.

Valeria le hace unas preguntas administrativas de rigor. Él responde con monosílabos.

Luna que ha perdido todo lo que está relacionado con la paciencia. —Usted estuvo en el operativo del 09/GIP. Hace diez años. ¿No es así?

Melero sorprendido la mira, se queda quieto, se diría que ni respira. Todo pasa en un segundo, pero es suficiente para ellas.

—¿El GIP qué? No tengo ni idea de que me están hablando.

Luna insiste. —Yo creo que si lo sabe.

Melero la mira, solo ve a una joven policía, muy tierna en el oficio, realmente muy joven piensa.

—¿Tú quién eres? ¿de qué va todo esto?

Valeria y Luna no le responden. Ellas sospechan que ya lo sabe.

Le dan las gracias y salen de la sala dejándolo descolocado y con un montón de preguntas sin contestar.

En el coche de vuelta al encuentro con Lucía, Valeria rompe el silencio, le recrimina su actuación. —Un poco impulsiva ¿no?

Por toda respuesta Luna de repente le suelta. —No es él.

—¿Cómo?

—Ese hombre no fue quien disparó a mi hermano.

Valeria aminora la marcha y en el semáforo aprovecha para mirarla. —¿En qué te basas?

—En su expresión. Estaba… descolocado, pero no asustado.

Valeria no da crédito. —¿Y eso es todo?

—No digo que sea totalmente inocente, está implicado, estoy casi convencida, pero no creo que él apretase el gatillo. Quizá hizo algo que no debería haber hecho.

Vuelve el silencio entre ellas.

Luna insiste. —No disparó.

Valeria ya no le responde. Tampoco puede estar segura de nada. Si es cierto que, pensándolo bien, un asesino hubiera reaccionado de otra forma.

Las dos inspectoras dan por aceptable la teoría de Luna, aunque no del todo.

La inspectora Castillo vuelve a los archivos, ahora va directas a buscar el atestado original.

Sabe que hay más mentiras de las que ya sospechaban.

Con una copia del atestado en mano, Lucía lleva la voz cantante. — Según el original, L.F. Melero disparó en defensa propia, Alvaro Fernández iba armado, hubo un forcejeo. Y como no, en el inventario de pruebas, el arma había desaparecido. Para ser más precisa lo que realmente pone es “Extraviada”.

—¿Extraviada? —Valeria levanta la voz dirigiendo su mirada hacia Lucía. —¡Venga por favor! ¿Un arma se extravía?

—Si alguien lo ordena, sí. O quizá nunca existió.

—El parte médico… continua Lucía. Dice que tu hermano recibió un disparo a menos de cinco metros. Pero el informe balístico —el que usaron para cerrar el caso— no coincide. Asegura que la distancia era prácticamente a quema ropa, compatible con un forcejeo.

—¡Mentiras y más mentiras! el informe balístico está manipulado —Luna explota.

—Lo sabemos Luna, tranquila, Marcos lo dijo, lo dejo escrito, ahora tenemos que demostrarlo.

Luna la interrumpe. —Y cómo.

Valeria le señala el nombre junto al garabato de la firma del informe balístico.

—Cipriano Ruiz. Jubilado. Ultima dirección conocida, un pisito en Gracia, pero a Lucía que ya tiene experiencia le chirria mucho este dato y consulta.

—¡Lo sabía! Mira por dónde —les comenta. —Un perito de balística de la policía de Barcelona jubilado, en una de las más prestigiosas urbanizaciones de Sant Cugat, “Mirasol”. Como poco sospechoso.

Las tres se miran. Ya saben cuál es el siguiente paso.

El hombre, vive con un perro y una piscina que seguramente nunca usa. No quieren asustarlo y procuran ir con tiento.

Ruiz las recibe con recelo en el porche. —No tengo nada que decirles.

—Todavía no le hemos preguntado nada.

—Da igual. — Lucía saca una copia del informe balístico. —¿Esta es su firma?

Ruiz lo mira un par de segundos. —Si, lo es.

—¿Tiene algo que contarnos? Lucia le mira inquisitivamente.

El perro se revuelve en la hierba.

En un principio Ruiz rehúye las miradas, sabe que no tiene opción. —¿Ustedes creen que yo quería firmar este informe?

—No lo sé, díganoslo Ud.

El Sr. Ruiz las mira una a una. Está claro que se siente acorralado. —Me dieron un documento ya redactado. Me dijeron que lo copiara y lo firmara. Me amenazaron, si no lo hacía, me iba a la calle con 25 años de profesión y una mancha que no iba a borrar nadie.

—Y con un buen pellizco Supongo. —Valeria se acerca a Ruiz para intimidarlo.

—Tenía dos hijas adolescentes, una hipoteca, y facturas de hospital que pagar. Mi mujer acababa de fallecer…

—¿Bien pues ahora díganos quien le dio ese expediente?

Ruiz niega. —No, de eso nada.

—Sr. Ruiz…

—No. Porque volverá a ocurrir, y no seré capaz de vivir con ello. Las próximas pueden ser ustedes si siguen indagando.

En realidad, las palabras de Ruiz no hacen más que confirmarles que están bien encaminadas y sin saberlo les da fuerzas para seguir pase lo que pase.

No logran que Ruiz se sincere, pero no insisten más. De momento.

Luna va en el asiento de atrás, con la mirada perdida.

Valeria conduce despacio, como si el asfalto pudiera romperse.

Lucía repasa mentalmente lo que tienen. Un policía que firmó algo que no hizo, un perito que firmó un informe amenazado, manipulación del informe, un arma extraviada o inexistente, y alguien que no aparece en ninguna parte.

Entonces se da cuenta—El que disparó… —dice en voz alta. —No lo encontraremos en los documentos, nunca escribieron su nombre en ellos.

Valeria asiente despacio.

—Entonces… —Luna habla desde atrás, con la voz rota. —¿Cómo encontramos a alguien que no existe?

Ninguna responde. Están pensando.

Cuando llegan a casa de Marcos ya es noche cerrada.

Luna se sienta en el suelo, con la espalda contra la pared.

Valeria saca una botella de vino y tres copas, aunque nadie se lo ha pedido.

Lucía se queda de pie, contemplando la pizarra donde han ido colgando los nombres, las fechas, y las flechas. Las hay por todas partes uniendo notas. Y en el centro, el lugar de honor para el artífice del disparo.

El móvil de Lucía vibra. Mensaje de Patrick. Lucia esboza una sonrisa, se acaba de quitar un peso de encima, seguía intranquila con su silencio.

P. Informático. "He encontrado algo, pero no os lo puedo enviar. Venir con cautela, te mando ubicación .

Lucía las hace participes. Dejan las copas y salen, no necesitan hablar.

Y las tres saben que esto no va a terminar bien.