El silencio de los nuestros Capítulo 20 Lo que heredamos
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Capítulo 20 Lo que heredamos

Dos días después de la citación, nada ha cambiado oficialmente, pero extraoficialmente, todo.

Lucía llega a la oficina y encuentra a Luna ya sentada, con el ordenador encendido y los ojos apagados. Pero no es solo cansancio, es algo más. —¿Qué haces aquí a estas horas?

Luna levanta la vista con expresión seria. —Lo que debo hacer.

Valeria, entra detrás de Lucía, y se detiene. —¿Perdona?

—Vosotras estáis en el punto de mira, vuestros accesos restringidos. No podéis moveros con total libertad. En cambio, yo…

Lucía lo intenta. —Luna…

—No, no voy a discutir. No hay nada más que hablar.

Valeria mira a Lucía con conformismo, y esta le dedica una mira a Luna. Por primera vez, se da cuenta de que Luna tiene una gran determinación.

—¿Y se puede saber qué piensas hacer? —preguntan

—Seguir los pasos de Marcos. Pero sin morir en el intento.

Está claro que no vale la pena insistir, así que la dejan trabajar.

A eso de media mañana, Zamora hace acto de presencia en la comisaria, se detiene buscando a alguien, cuando localiza a Lucía le hace una señal con la cabeza para que se reúna con él en la sala de juntas. Así, sin más.

Ella no se sorprende. A estas alturas ya nada la sorprende. —¿Qué quieres?

Zamora mira hacia la puerta, como si alguien pudiera escucharle, baja la voz. —Has de saber que lo de la auditoría no fue una casualidad.

—Lo sé, o más bien lo sospechaba.

—Estas en lo cierto, quien bloqueó el expediente… lo hizo a instancias mía.

Lucía tarda un segundo en procesarlo.

—¿Tú? ¿Y por qué lo harías?

—No lo hice yo directamente, no, no podía hacerlo y exponerme. Alguien lo hizo por mí.

—¿Salcedo? — Le pregunta.

Zamora lo niega. —Alguien que está en deuda conmigo.

Lucía se levanta. —¿Por qué lo hiciste?

Zamora la mira. Por primera vez en mucho tiempo, parece sincero. —Porque ya estoy harto de mirar hacia otro lado.

Silencio.

—Y porque Marcos no se merecía morir. Y tú tampoco. ¡Joder! ¡te estás poniendo en peligro! No grita, pero está visiblemente preocupado. Sin decirle nada más, Sale de la sala cabizbajo.

Por la tarde, Luna llama a Lucía quiere verla y no le dice por qué. Le ruega que asista sola.

El lugar donde la ha citado es un locutorio de las afueras, de esos donde la gente llama a otros países por pocos euros.

Luna está en una cabina, con un ordenador portátil abierto y un cable conectado a la pared. —No he querido conectarme desde casa ni desde comisaría —dice.

—¿Qué has encontrado?

Gira la pantalla.

En ella, un documento escaneado. Un informe pericial antiguo. El que determinó que la muerte de su hermano fue "actuación legítima".

Y otro archivo, con una nota manuscrita digitalizada. —Esta letra… —Mira a Lucía y esta abre los ojos como platos. —Es la de Marcos. — Le confirma.

"El peritaje está manipulado. La firma del segundo forense no coincide con la del original. Alguien la sustituyó después del cierre."

Lucía lee la fecha del peritaje. Luego la fecha de la nota de Marcos. Tres semanas antes de su muerte.

—Él ya lo sabía —susurra Luna. Y por eso lo mataron.

Lucía no hace ningún comentario, sin decir nada se marcha dejando a Luna en el locutorio. Necesita tomar el aire, ahí dentro se está ahogando.

Aparca su coche en el parquin situado delante del portal del Ático de su hermano. Salcedo está esperándola dentro, con la puerta entreabierta y las manos en los bolsillos.

Lucía no se acerca. Se queda a unos metros.

—¿Qué quieres?

Salcedo duda. Por primera vez, parece inseguro. —Quiero que pares.

—No.

—Lucía…

—He dicho que no.

Él da un paso adelante. Ella no retrocede.

—Donde os estáis metiendo… no te das cuenta de que no podéis controlarlo. Yo no puedo controlarlo.

—¿Y entonces que controlas? —Le espeta Lucía aproximándose a su oído, rentándolo.

Salcedo la mira sin decir nada. Hay algo en sus ojos… ella los rehúye.

—A ti no —dice en un susurro que solo ella podría oír, aunque estuvieran rodeados de gente—. Intento protegerte.

Lucía siente un golpe seco en el pecho. —¿Eso es lo que crees?

—Es lo que intento.

Ella niega despacio. —No me proteges, Javier. No te engañes, me utilizas para no sentirte culpable.

Él no responde, pero no lo niega.

Lucía se aleja dando unos pasos hacia atrás muy despacio, su intuición le está diciendo que esto se ha convertido en un punto de no retorno.

Se da la vuelta sin decir nada, sin mirarlo. Entra en el ascensor, no se despide, no se gira. En su cabeza resuena una vocecita que le está diciendo… Desconfía.

Cuando llega arriba, ya es tarde, la noche ha empezado a cerrarse con unos nubarrones que no auguran nada bueno. En su cabeza también hay una tormenta en ciernes.

En este momento lo único que quiere es meterse en la cama y dejar de pensar. Pero Valeria y Luna la están esperando ajenas a la escenita del portal.

Luna ha traído el portátil con los archivos. Valeria ha hecho café y Lucía ha traído lo único que le queda; la certeza de que ya no hay marcha atrás. Y un cansancio de órdago.

En la pantalla, comparan:

El peritaje manipulado, la nota de Marcos, las transferencias del GIP, el nombre del segundo forense (borroso, ilegible). Y La fecha de la modificación: tres días después de la muerte del hermano de Luna.

Valeria señala la pantalla. —Esto no es un caso de corrupción menor.

Luna niega con la cabeza. Está de acuerdo con ella. —Mi hermano no fue el objetivo. Fue el precio.

Lucía cierra los ojos un momento. Le pesan los parpados, se los frota, las sienes le palpitan. Intenta pensar. Cuando los abre, lo tiene claro.

Con mirada inexpresiva. —A partir de ahora, todo lo que hagamos tendrá consecuencias. Para las tres.

Ninguna habla. No hay nada que decir, son muy conscientes de que así será.

La noche entra por la ventana. Un rayo ilumina el salón. La tormenta se aproxima.

El portátil sigue encendido.

Y en alguna parte de la ciudad, alguien que las ha estado observando todo el tiempo, descuelga un teléfono y marca un número que no debería existir. — Las tenemos.