El silencio de los nuestros Capítulo 17 Lo que no se dice
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Capítulo 17 Lo que no se dice

Lucía no ha dormido. Está en su coche, frente a la comisaría, con el motor apagado. Lleva ahí veinte minutos. Sabe que Valeria la estará esperando con su café frío y su libreta llena de anotaciones que solo ella entiende. Pero Lucía no puede bajarse todavía.

Piensa en Luna, en su entusiasmo, en su precisión incómoda. Piensa en la última mirada de Salcedo. Piensa en Marcos.

Luna. El nombre le vuelve solo sin buscarlo. Tan precisa. Tan preparada. Tan todo.

No es desconfianza lo que siente. Es otra cosa. Es la misma incomodidad que sintió cuando vio la libreta de Zamora abierta en el cajón, como esperando a que alguien la encontrara.

Le vibra el teléfono.

Numero oculto.

Lo coge del asiento del copiloto con cara de fastidio. Lee.

Plaza del Mercado. Diez minutos. Sola. Sin más.

Sabe perfectamente que es Víctor Luque, ahora también ha cambiado de número de teléfono. Está paranoico, aunque el diría que es precaución.

La plaza está casi vacía a esa hora. Solo una mujer paseando un perro y un hombre leyendo en un banco.

El hombre es Luque.

No levanta la vista cuando Lucía se sienta a su lado. Sigue con el periódico abierto, como si leyera en voz alta. —Ha sido la chica.

Lucía no pregunta que chica, sabe bien de a quien se refiere. —¿Qué ha hecho?

—No lo sabe. Pero ha preguntado por cosas que no debía.

—Está siguiendo la investigación ficticia —dice Lucía—. La que le pedimos.

Luque niega muy despacio, sin mover el periódico.

—No. Eso es lo que os hace creer, esto es distinto. Ha accedido a archivos que no están en esa línea. Archivos personales.

Lucía siente un nudo en el estómago. —¿Archivos personales? ¿Cómo lo sabes?

—Porque yo mismo configuré unas alertas después de lo de Marcos. Es una de mis habilidades ocultas.

Se concede la autorización de esbozar una media sonrisa.

Ahora levanta la vista. Por primera vez, la mira seriamente —y han saltado.

Se despiden, y Lucía se dirige ahora sí, a la comisaria a encontrarse con Valeria. Se le ha pasado de golpe la melancolía en la que ha estado sumida toda la noche.

Tiene que hablar con ella.

Entra con las manos frías. Encuentra a Valeria en la sala de archivos, de pie frente a una pantalla, con los brazos cruzados.

—Llevas hora y media de retraso —dice sin girarse.

—Lo sé.

—¿Y?

Lucía no responde. Se acerca a la pantalla. En ella, abierto, hay un expediente. No es sobre la investigación ficticia. Es un archivo antiguo. Personal.

Un nombre en la cabecera: “Álvaro Ferrer”. Lucía lo lee dos veces antes de preguntar.

—¿Quién es?

—El hermano de Luna. — Sospecho. —le aclara Valeria.

Silencio.

—Ella lo ha solicitado esta mañana. Sin avisar, sin pedir permiso.

Lucía toma asiento. O quizá se apoya en la mesa. Ya no sabe.

Casi conmocionada repite—Luna F. Barrenechea. Claro. —¿Contenido?

Valeria desliza el cursor por la pantalla.

—Disparo en intervención policial, hace diez años. Caso cerrado por actuación legítima.

—¿Y?

—Y nada. Eso es lo que pone. Pero he mirado los registros de acceso. Este archivo ha sido consultado antes. Dos veces.

—¿Por quién?

Valeria la mira. —Por Marcos.

—Luque tenía razón—Comenta.

—¿Lo has visto?

—Por eso te he hecho esperar, me citó cuando estaba a punto de entrar en la comisaria. Y me previno de Luna.

—Valeria no se sorprende. De Luque no. Ya no.

Aunque no es un aliado limpio, y sabe más de lo que cuenta, está atrapado. Están convencidas de que es el único que no ha jugado a la doble cara. O eso creen. Es el único que las ha mirado a los ojos sin ambages.

Lucía coincide con Luna en la máquina del café. No hay nadie más en el pasillo. Se queda a su lado, apoyada en la pared, sin mirarla.

—¿Has pedido un archivo? —pregunta sin más.

Luna se tensa. Apenas es un segundo. Pero Lucía lo nota.

—Sí.

—¿Por qué?

Luna remueve el café, aunque no lleva azúcar. —Porque creía que me ayudaría a entender.

—¿Entender qué?

El silencio se puede palpar.

Lucía se gira hacia ella. —¡Luna!

La chica levanta la vista. Y por primera vez, no parece una agente aplicada. Parece alguien a punto de romperse.

—Mi hermano murió en un operativo hace diez años. Nadie me contó nunca qué pasó de verdad.

—¿Y crees que ese archivo tiene la respuesta?

Luna levanta los hombros.

—No lo sé. Pero creo que Marcos sí lo creía.

Lucía siente que el suelo se desplaza unos centímetros.

—¿Tú conociste a Marcos antes de ingresar en el cuerpo?

—No. Pero él me contactó. Aunque nunca supo que la hermana y la policía éramos la misma persona.

Saca el móvil. Busca una foto. Se la enseña. Es una captura de pantalla. Un correo antiguo. El remitente:

“Marcos Castillo”.

Lo más reseñable tras presentarse:

Sé que lo de tu hermano no fue lo que contaron. Estoy investigándolo. Si quieres saber la verdad, hablamos.

La fecha: un mes antes de su muerte.

—Estuve tentada en confesarle mi verdadera identidad muchas veces, pero nunca lo hice. Y cuando comprobé que realmente podría confiar en él…

—Lo mataron. —Lucia acaba la frase

Ella asiente.

La inspectora no dice nada.

Luna guarda el móvil.

—Cuando me gradué, no paré hasta conseguir este destino, el mail de Marcos me había abierto la veda. ¿Como iba a dejarlo pasar?

—Por eso me cambié oficialmente el apellido, para pasar desapercibida. Y cuando me propusiste colaborar con vosotras se me abrió el cielo, pensé… ¡este es mi momento! y lo aproveché. Por eso acepté.

Pero no te mentí Lucía, no lo hice cuando te dije que eras un referente para mí. Supongo que te hubiera ayudado igualmente. —Luna lo suelta como una verborrea. Se justifica.

El pasillo sigue vacío.

El ruido de la máquina de café se apaga.

Lucía apoya una mano en el hombro de Luna. Solo un instante. Todavía no sabe cómo se siente.

Y se va.

Por la noche, en casa del inspector Castillo, las inspectoras revisan el esquema.

Han añadido un nombre nuevo: “Álvaro Ferrer”.

Una fecha: la misma que aparece en los contratos, en las transferencias, en el código GIP.

Han escrito una pregunta que ninguna se atreve a formular en voz alta: ¿Cuántos más como él tuvieron que morir para que esto no se supiera?

El móvil de Lucía vibra.

Mensaje de Luque:

V.L. "Han abierto una auditoría interna. No preguntes por qué. Solo sabed que os están observando."

Valeria lo lee por encima de su hombro.

—¿Y ahora qué?

Lucía apaga la pantalla. —Ahora entiendo por qué Marcos no pudo parar.

Porque no luchaba contra una red. Luchaba contra un sistema—Valeria coincide con ella.

El silencio inunda la habitación.

La noche entra por la ventana. Ninguna de las dos enciende la luz.