El silencio de los nuestros Capítulo 11 Allanamiento
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Capítulo 11 Allanamiento

La cerradura cede antes de lo esperado.

Lucía intercambia una mirada rápida con Valeria.

Eso no les gusta.

La casa está impecable, demasiado para un piso donde vive un hombre solo.

No huele a café, ni a colonia, ni a cerrado. No huele a nada. Parece aséptica.

Las inspectoras no saben si eso las tranquiliza o las inquieta.

Avanzan con cautela.

El suelo no cruje, las persianas están a media altura. Todo parece… dispuesto.

El despacho está al fondo del pasillo. No es la primera vez que la inspectora Castillo visita el piso, aunque esta vez, sin invitación.

Valeria abre el primer cajón sin vacilar. Vacío.

El segundo, facturas ordenadas por fechas, el tercero ofrece una leve resistencia, como si hubiera sido cerrado con prisa y hubiera pillado un papel.

Dentro hay una libreta negra. Abierta. Lucía la coge. Fechas, iniciales y breves anotaciones. Pasa una página, y se detiene.

Aparece su nombre.

Su primera reacción es fría no la lee en alto, mira su nombre fijamente como si así fuera a desaparecer. —Valeria…

La otra se acerca. Le arrebata la libreta con más brusquedad de la que le hubiera gustado. —¿Como?

Lucía no responde, sigue en silencio sin saber que pensar.

Valeria pasa algunas páginas. Hay más nombres, algunos tachados y otros subrayados.

El suyo no está ni tachado ni subrayado.

El silencio empieza a pesar.

—Esto solo puede significar que alguien más sabe que estás investigando —dice Valeria, sin apartar la vista de la libreta.

Lucía está tan perpleja que sigue sin articular palabra. No le quita ojo al cajón.

Se ha dado cuenta de que no estaba completamente cerrado. Como si lo hubieran dejado así expresamente, como si alguien quisiera que encontraran la libreta. Como una invitación.

Abren un archivador que se encuentra en un lateral de la mesa del despacho. El típico archivador lleno de carpetas grises con sus pestañas. Y entre tanto gris aparece una azul.

Se miran. No saben si es la que buscan, imposible saberlo.

Lucía la saca con cuidado, en ella encuentran documentos subrayados, extractos financieros, fechas que coinciden con las anotaciones de la libreta. Y, entre papeles mecanografiados, uno con varias frases escritas a mano despreocupadamente.

Como si fueran un recordatorio.

“Marcos no entiende el alcance.” “Lucía no debe saberlo.” “Si me equivoco, estoy muerto.”

Lucía siente un golpe seco en el estómago.

Valeria observa la caligrafía. —¿Es la letra de Zamora?

Lucía duda, un largo rato. —No lo sé, no estoy segura.

Hay también un justificante de unas transferencias periódicas. La cantidad es repetitiva y discreta. Demasiado discreta.

Lo fotografían todo, sin prisas, no quieren dejarse nada en el tintero. Lo hacen en el más absoluto silencio.

Entonces suena un teléfono. Ambas se quedan inmóviles con el corazón palpitante, no se lo esperaban.

El sonido viene del último cajón del escritorio.

Valeria lo abre del todo muy despacio, y al fondo, descubren un móvil. Ha de ser un segundo móvil. A Lucía le consta que Zamora no va por el mundo sin él.

En la pantalla aparece un nombre; “Flores.”

El sonido cesa, y un mensaje entra tras la ausencia de respuesta. No lo tocan, ni se les pasa por la cabeza.

Se quedan con las ganas.

Lucía vuelve a cerrar el cajón con la misma presión exacta con la que estaba.

Y entonces lo oyen.

El ascensor. Un zumbido metálico que se detiene en la planta. El aire se vuelve denso.

Valeria apaga la lampara que hay sobre el escritorio. Lucía se coloca junto a la pared, fuera del ángulo de visión desde la puerta.

Pasos en el rellano. Un roce. Una llave. No. No es la puerta del piso de Zamora. La puerta contigua se abre. Una voz femenina saluda. La vecina.

El silencio regresa, pero no se aligera. Valeria suelta el aire muy despacio.

—¿Qué piensas? —susurra.

Lucía vuelve a mirar la libreta abierta sobre la mesa. Y vuelve a mirar su nombre, las frases, la carpeta visible. Demasiado visible, o eso cree.

Niega muy despacio. —Si fuera él…

Valeria la mira interrogante.

Lucía tarda en responder. —No es el único.

Por primera vez, no lo intuye, más bien es una certeza incómoda.

Se aseguran de dejarlo todo tal y como estaba, lo repasan con calma en silencio.

Antes de abrir la puerta, Lucia mira por la mirilla, nadie en el rellano, cruzan los dedos esperando que Zamora no tenga una vecina cotilla de las que se dedican a espiar al más mínimo ruido.

Parece que todo está en calma, cierran la puerta con absoluto cuidado y bajan las escaleras de puntillas.

Una vez más, a solas en el piso de Marcos, cuando las inspectoras todavía no han terminado de ordenar las fotografías, vibra el móvil de Valeria.

VL: Tenemos que vernos.

VF: Ahora no es buen momento.

VL: Ahora.

—Habéis forzado la cerradura —dice sin saludar.

Ninguna de las dos responde. Silencio calculado.

—Que sabes tu sobre lo que hemos hecho o dejado de hacer —no dan crédito.

—No era el momento —añade.

—¿El momento para qué? —pregunta Lucía.

Luque mira alrededor antes de contestar. —Zamora no es el problema.

—Eso ya lo sabemos —dice Valeria. —Lo que no sabemos es porqué tú sabes que no lo es.

Luque se lo piensa antes de responder. —Porque él solo conoce una parte.

—¿Y tú? ¿Qué sabes tú que no nos estás contando?

No contesta.

Lucía da un paso al frente amenazadora.

La mira entonces por primera vez directamente a los ojos. Y en su mirada no hay chulería. Hay miedo. —Os han detectado. —Le suelta bajando la mirada.

Silencio.

—¿Quién? —pregunta Valeria.

Luque niega muy despacio. —Eso no es importante todavía. Habéis encontrado pruebas de transferencias —No pregunta, afirma muy seguro.

—Ellas se limitan a asentir.

—Estudiarlas, veréis que son siempre del mismo día, y siempre la misma entidad. No son para él, son para alguien de dentro.