El silencio de los nuestros Capítulo 10 Polvo
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Capítulo 10 Polvo

La mesa del comedor sigue siendo el cuartel general.

Son casi las dos de la madrugada. Lucía tiene los codos apoyados en la mesa de madera, Valeria camina de un lado a otro, Luna está sentada en el borde del sofá con el portátil en el regazo.

La pantalla le ilumina la cara desde abajo, como una máscara.

—Vale —dice Luna. — He encontrado algo. No sé exactamente qué significa todavía, pero todas las investigaciones que desaparecieron siguen el mismo recorrido administrativo. Al principio pensé que era casualidad. Después dejé de creer en las casualidades.

Las otras dos la miran.

—En la carpeta MC. Los informes incompletos, todos tienen un patrón.

—¿Qué patrón? —pregunta Lucía.

—Fechas. No las de los informes, las de los archivos. Mira.

Gira el portátil. En la pantalla hay una tabla hecha a mano, escaneada, nombres de empresas, fechas, una columna que pone "cerrado por".

—No estaba buscando dinero, ni nombres. Estaba buscando qué tenían en común los expedientes que nunca llegaron a resolverse.

He cruzado los datos con los partes de baja del sistema —dice Luna. — Cada vez que un informe se archivaba sin resolución, ...el expediente pasaba por las mismas manos y, justo después, alguien desaparecía unos días del mapa. No siempre la misma persona, pero siempre alguien.

Las inspectoras se acercan. Leen por encima de Luna.

—Vacaciones, bajas médicas, asuntos propios... —murmuran. — Podría ser casualidad.

—Claro —dice Luna. — Hasta que miras las fechas de los días anteriores.

—En tres de los casos, justo antes de que fuera archivado, hay una comida registrada en el restaurante del Casino.

—Y en los otros dos, una cena en un club privado que solo frecuentan altos cargos.

Silencio.

Lucía va hacia la ventana. Mira la calle vacía.

—¿Quién firmó esos archivos?

—Nombres distintos —dice Luna— Pensé que encontraría siempre al mismo jefe de unidad...

Pero no. Encontré algo peor, pero todos los expedientes, antes de desaparecer, pasaban por la misma mesa.

—¿La de quién? ¿qué nombre?

Luna duda. Mira a Valeria. Luego a Lucía.

—Solo sé que todos esos expedientes terminan pasando por Zamora antes de cerrarse.

Lucía no se vuelve. Su reflejo en el cristal está quieto.

—Zamora no —dice.

—Los datos están aquí —dice Luna.

—Zamora no —repite.

Valeria da un paso. No la toca, pero su voz está cerca.

—Lucía.

—No.

—Tenemos que comprobarlo.

Lucía se da la vuelta. Tiene la cara pálida, los ojos secos.

—Eran compañeros. Si Marcos hubiera sospechado de él, lo hubiera sabido.

—¿Seguro? —pregunta Valeria en voz baja.

Lucía abre la boca. No le sale sonido alguno.

Luna cierra el portátil. El golpe suena más fuerte de lo que debería.

—Hay más —dice— El penúltimo informe, el de una empresa llamada Vítreo Mantenimientos, se archivó tres días después de que Marcos pidiera acceso al registro de visitas del Ministerio.

—El último, el de una subcontrata de limpieza de museos, se cerró una semana antes de que Zacarías Bueno apareciera muerto.

—¿Y Zamora? —pregunta Valeria.

—En los dos casos, Zamora estaba de baja.

—Pero justo antes, los dos archivos habían estado en su despacho. Hay registro de entrada.

—Él los recibió, los leyó, y al día siguiente pidió los días.

El silencio se espesa.

Lucía vuelve a mirar por la ventana. La calle sigue vacía. Pero algo se mueve al fondo, junto a los contenedores. Una sombra. O un reflejo.

—¿Que nombre se repite? —pregunta Valeria.

—“Flores” pero no lo asocio con nadie en este momento.

—Ni lo harás— responde con una sonrisa sarcástica.

—Luque nos dio este nombre en nuestros primeros encuentros, nos dijo …

Lucía la interrumpe. — Nombre en clave de un informe. ¿Recuerdas?

Valeria busca entre sus anotaciones y le pasa una lista a Luna.

1.Consorcio del norte.

2.Proyecto manto.

3.Flores. Nombre clave.

4.La Contable. Limpiezas, y otros…

—¿La contable? — Las inspectoras la ponen al día, con esto ya está al tanto de todo.

Luna se queda muy pensativa.

—La carpeta azul —dice de repente Lucía.

—¿Qué pasa con ella? —pregunta Luna.

—Si Marcos la tenía, si estaba completando sus sospechas con lo que encontró en casa de Zacarías... ¿por qué no me la enseñó? ¿Por qué no me dijo nada?

Valeria y Luna se miran.

—Igual no podía —dice Valeria con cuidado. — Igual sabía que si te lo contaba, te ponía en peligro. O igual...

—¿Igual qué?

—Igual desconfiaba de alguien.

Lucía se vuelve despacio. La luz de la calle le parte la cara.

—No pensarás que desconfiaba de mí.

—No lo creo, no. Mas bien quizá de alguien cercano a ti —dice la inspectora. — Por eso escondió la primera nota en el reloj, y luego encontraste la otra en lugar de la capeta azul…

—Quizá era una advertencia y no una amenaza.

—¿Qué notas? —pregunta Luna.

Lucía no responde.

Mete la mano en el bolsillo trasero del pantalón. Saca un papel doblado, muy doblado, con los bordes gastados. Lo despliega alisándolo sobre la mesa.

Luna se acerca a leer.

En el papel, escrito con la caligrafía apretada:

Por tu bien, no sigas

—¿Y la otra? Pregunta Luna intrigada.

—La otra… lucía deja pasar unos segundos.

—La otra me advertía de que si le pasaba algo no había sido un accidente.

—¡Ostras Lucía! Luna chasquea la lengua fastidiada.

A la mañana siguiente, La inspectora Fortea llega a comisaría muy temprano, se pone un café, se sienta en la mesa de la inspectora Castillo, y espera. Ha resuelto con ella que esta mañana conocería a Zamora.

A las ocho menos diez, entra. Deja la chaqueta en el respaldo de su silla y enciende el ordenador. Saluda. —Qué tal, Valeria ¿Verdad? No nos han presentado soy Zamora. ¿Trabajando duro?

—Siempre.

Zamora sonríe. Tiene una sonrisa fácil, de alguien que no quiere problemas.

—Me han dicho que Lucía y tu andáis detrás de una filial. Algo de mantenimientos.

—Algo así.

—¿Necesitáis ayuda?

Lo mira. Piensa en la comida en el Casino, en las bajas estratégicas, en los archivos sin resolver. —De momento, vamos bien —dice. —Pero gracias.

Zamora asiente. Se sienta. Abre un cajón, saca una carpeta, empieza a leer.

Valeria observa sus manos. Las de un hombre que no tiembla. En el cajón, entre más carpetas, asoma el borde de algo azul.

Valeria aparta la mirada. Bebe un sorbo de café. El café está frío.

Esa noche, en el piso, las tres vuelven a reunirse alrededor de la mesa.

—La he visto —dice Valeria. —La carpeta azul. En el cajón de Zamora.

Lucía cierra los ojos.

Luna escribe algo en su libreta. No levanta la cabeza.

—¿Estás segura? —pregunta Lucía.

—No, en realidad no del todo.

—Entonces...

—Entonces —la interrumpe Valeria—¿es un error o es una invitación? ¿Quién vigila a quién? Parecía muy colocada, como para llamar la atención.

—¿Una trampa?

—Si Zamora es el topo, ¿por qué iba a dejar la carpeta a la vista? ¿Por qué no la destruye o la esconde en su casa?

Lucía piensa. Luna también.

—A lo mejor quiere que la veamos —dice Luna en voz baja. —A lo mejor, quiere que vayamos a por ella.

—¿Para qué?

—Para saber quién de nosotros está investigando a quién.

El silencio vuelve a caer.

Lucía mira sus manos. Las uñas otra vez mordidas.

—Hay una forma de averiguarlo —dice.

—¿En qué estás pensando? —La inspectora Fortea empieza a conocerla un poquito.

—Entrando en su casa, si es él, lo sabremos.

—Y si no lo es…

—Entonces alguien quiere que lo parezca.

—¿Quieres entrar en su casa? Eso es ilegal —dice Luna.

—Ya. — A Lucía ya todo le da igual, nunca fue de saltarse las normas y menos las leyes, pero a estas alturas del partido algo le dice, que va a ser la única manera de encontrarse con la verdad.

Valeria la mira, no la contradice. —¿Cuándo? —pregunta.

—Pronto. Zamora sale a comer una hora larga, siempre al mismo sitio junto a la comisaría. Es un animal de costumbres.

—¿Y si os descubren, o es una trampa? —Luna tiene un momento de duda.

—No, eso no pasará —Lucía se levanta. Va hacia la ventana. Otra vez la calle vacía. Otra vez los reflejos.

—Entonces —dice sin volverse. —Si eso ocurriera, sabremos quién está detrás de todo.

Valeria tiene una idea, no la comparte, se limita a mandar un mensaje.

V.F.: Zamora.

V.L.: ¿Sí?

V.F.: Nos vigilan.