El silencio de los nuestros Capítulo 9 Reunión
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Capítulo 9 Reunión

La mesa del salón parece la escena de un crimen. Papeles, post-it, dos portátiles abiertos y una botella de vino todavía sin abrir.

Fuera es de noche, pero dentro el tiempo llevaba horas suspendido.

—Vale, otra vez —dice Lucía, frotándose los ojos con las palmas.

—Tú eres la que ha recibido el soplo de la subcontrata fantasma.

—Y tú la que venía siguiendo a Aeón Climática por otro asunto —completa Valeria, con la ceja arqueada—. ¿Y si pregunta por qué no lo habíamos puesto en común antes?

—Porque no sabíamos que tenía conexión con Cronos. Punto. Era una línea muerta.

—¿Y si pide los partes de seguimiento?

Silencio.

Lucía se levanta, va a la cocina, vuelve con dos vasos y los pone sobre la mesa con un golpe seco. No los llena.

Después de pensarlo —No existen —dice—. No tenemos partes porque no era un seguimiento oficial, era… una intuición. Un presentimiento.

—¿Un presentimiento? —repite Valeria con media sonrisa. — Eso no se lo traga ni el de la academia.

—Vale, vale. Pues… era una fuente. Una fuente que no podemos revelar.

—Sospechará de Luque, y con razón.

—No solo tenemos un confidente, tendrá que creernos cuando le digamos que la fuente es otra.

—Te va a pedir el nombre.

—Y yo le diré que, si revelo el nombre, la fuente podría morir y el caso se va al garete.

Valeria la mira largamente. Luego aparta la mirada hacia los papeles.

—Se va a notar que lo hemos ensayado.

—Pues no ensayemos más. Improvisemos.

—Peor.

Lucía se sienta al fin. Apoya los codos en la mesa y hunde la cabeza entre los hombros. Está agotada, su cabeza ya no da para más.

—¿Qué nos callamos? —pregunta en voz baja.

Valeria coge un bolígrafo y empieza a golpetearlo contra la madera. Tac. Tac. Tac.

—Lo del topo.

—Concuerdo.

—Lo de las transferencias a Suiza.

—Obvio.

—Lo del hotel…

—No. —Lucía levanta la cabeza. —Eso es lo único que nos da crédito. Si no soltamos algo con peso, sabrá que le estaremos contando un cuento.

Valeria deja de golpetear.

—Entonces soltamos lo del hotel. Pero no todo, solo la puntita.

—La puntita —asiente Lucía sonriendo. Un poco de humor las relaja.

Tac. Tac. Tac. Otra vez el bolígrafo.

—Y si nos aprieta —dice Valeria. —Si de verdad nos aprieta y pregunta: «¿Qué más sabéis? ¿Qué me estáis ocultando?»

Se miran.

—Miramos al suelo —dice Lucía. —Cinco segundos. Luego levanto la cabeza y le suelto lo del espionaje industrial en el museo.

—¿Lo del museo? Eso es mentira.

—Claro que es mentira. Pero es una mentira grande, jugosa, que le hará olvidar las pequeñas. Los mandos muerden siempre lo grande.

Valeria la observa. Algo se mueve en sus ojos, una mezcla de admiración y vértigo.

—Estás aprendiendo.

—Vivir contigo es lo que tiene, todo se pega —dice con sorna.

Valeria le da un codazo cariñoso.

El golpeteo cesa. Valeria deja el bolígrafo, coge la botella de vino y la abre. Llena los dos vasos hasta el borde.

—Brindis —dice. — porque pique.

—Porque pique.

Los vasos chocan. No sonríen. Beben.

Fuera, la noche sigue. Dentro, el tiempo vuelve a suspenderse.

La cita es a las diez. Ellas llegan diez minutos antes, se sientan en un banco del pasillo, no hablan. Miran la puerta del despacho del comisario y saludan discretamente a Luna con la mirada. Valeria lleva el pelo recogido. Lucía las uñas mordidas.

—¿Preparada? —pregunta Valeria.

—No.

Entran.

—Sentaros. Ya estoy por vosotras. El comisario les dedica una leve mirada. Tiene las manos grandes, quietas sobre el papel. Detrás de él, la persiana está subida. El sol entra a raudales lo que hace que al sentarse Lucía y Valeria entornen los ojos. Una silla cruje.

—Contadme —dice él.

Valeria respira hondo. Habla. —Todo empieza con Cronos. Por un hotel. El Mirador del Atlántico.

El comisario levanta la cabeza. —Ese es de la cadena Puig. Gente seria.

—Gente seria —confirma Valeria. —Por eso nos llamó la atención. Su departamento de seguridad detectó que alguien manipulaba los sistemas de climatización de las suites. Acceso no autorizado. Horarios extraños.

—¿Y eso a nosotros qué?

—Que la empresa contratada para el mantenimiento integral del hotel —Lucía toma el relevo sin mirar a su compañera—es la que te adelanté, Cronos Maintenance. La misma que da servicio a los apartamentos del paseo, a tres museos estatales y a media docena de edificios con protección patrimonial.

Silencio.

El comisario las mira. Primero a una, luego a la otra. Se recuesta.

—¿Y?

Valeria abre una carpeta, extrae una foto. La desliza sobre la mesa. Es una factura. Muy inflada. Muy falsa. Muy evidente.

—Y —dice. — Las manipulaciones coinciden con visitas de huéspedes concretos. Gente con agenda política. Empresarios. Un par de jueces.

Él coge la factura. La sostiene cerca de los ojos.

—¿Esto es todo lo que tenéis?

—Es la punta —dice Lucía.

—¿La punta de qué?

Valeria mira a Lucía. Un segundo. Luego habla.

—De que alguien está usando una empresa de mantenimiento para colocar micrófonos donde no debe. O para fotografiar documentos. O para saber por qué dos empresarios se reúnen a las tres de la mañana en una suite.

El comisario deja la factura. Entrelaza los dedos. —Esto es espionaje. Es competencia de la CNI. No vuestra.

—Si fuera solo eso —dice Lucía— si…

Él espera.

Lucía se inclina ligeramente hacia adelante.

—Pero la empresa que suministra los filtros de aire a Cronos, la que les vende el material a precios inflados, esa empresa tiene una filial en Suiza.

Y esa filial ha hecho transferencias a cuentas de asesores políticos.

A consultoras que trabajan para ayuntamientos.

A fundaciones que gestionan dinero de subvenciones.

El comisario no parpadea.

—¿Cuánto dinero?

—Suficiente —dice Valeria.

—¿Suficiente para qué?

—Para que, si vamos a por Cronos, si la tocamos, si hacemos una entrada o una intervención, todo eso desaparezca en cuarenta y ocho horas. Y los que están detrás, también.

Él se levanta. Da dos pasos hacia la ventana. Está de espaldas.

—¿Qué necesitáis?

—Tiempo —dice Valeria.

—¿Cuánto?

—No lo sabemos.

—Y supongo que discreción.

—Total —dice Lucía. —Si alguien de dentro les avisa, esto se cierra y no volvemos a abrirlo.

Él gira la cabeza. Las mira por encima del hombro.

—¿Desconfiáis de alguien? Porque sería una lástima que esta investigación naciera ya contaminada.

Lucía aguanta la mirada. No responde.

Él asiente despacio. Como si esa mirada ya la hubiera visto antes. Como si lo esperara.

—Seguid —dice. — Pero cada viernes quiero un informe, directamente a mí. Nada de centralita, nada de correo, nada de papel. Venís. Me lo decís. Os vais. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y esa punta —señala la factura. —La queremos completa. Con nombre y apellidos.

—La tendrás —dice Lucía.

Él vuelve a su silla. Coge un bolígrafo, hace una anotación rápida en el margen del informe. No las mira cuando habla.

—Podéis iros.

Ellas se levantan. Llegan a la puerta.

—Ah —dice él.

Se detienen.

—¿Alguna relación con Marcos?

—Si la tiene, la encontraremos—Lucía le responde fríamente.

—Y lo del hotel. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de inventado?

Valeria pone la mano en el picaporte. No lo gira.

—Suficiente de cada cosa —dice— Para que funcione.

Sale.

Lucía la sigue. La puerta se cierra.

El comisario se queda mirando el reflejo del sol en la factura.

«Suficiente de cada cosa», repite para sí. Sonríe apenas.

Luego se inclina hacia el teléfono.