Capítulo 7 Cuenta atrás
El teléfono de Lucía suena insistentemente, sabe perfectamente quien es.
El comisario Javier Salcedo. Tiene un sonido específico para él.
—¿No vas a contestar? — Valeria la mira extrañada.
—Buf. Es Salcedo. Y me va a meter prisa, parece que lo estoy escuchando.
—¿Le vas a dar largas?
Lucía mira la pantalla de su teléfono con expresión de fastidio. Conecta el altavoz.
—Hola Javier.
—¿En qué punto estáis?
Ni un hola, ni unos buenos días…Profundo silencio
—¿Y bien?
—Y bien, qué.
—No me vaciles, Lucía. ¿Tienes algo para mí? ¿Un avance? supongo que os habéis reunido con el confidente, con… Luque.
—Si una vez, un primer contacto. Pero todavía no puedo decirte nada concreto. En cuanto nos volvamos a ver y tenga algo más, te lo haré saber.
—Joder Lucía, avánzame algo.
—¿Quieres algo? Solo puedo decirte que... ¡Esto es gordo Javier, muy gordo!
—Me están presionando. Cada día recibo llamadas de unos y otros…
—¿De unos y otros? ¿Qué me estás queriendo decir con esto?
A Lucía se le enciende la luz roja como ella la llama, hay algo en la frase del comisario que la ha puesto alerta.
—Nada, ya sabes cómo funciona esto, cuando algo incierto está en el aire, los de arriba quieren datos, pruebas. Me están metiendo prisa, y yo he de presionaros a vosotras.
No sabe bien porque, pero no le está gustando lo que detecta. Mirando a Valeria frunce el ceño.
Valeria a su vez con la cabeza niega repetidamente.
—Bien, en cuanto tenga algo jugoso, te lo haré saber.
—No en cuanto, no, inspectora. Te doy tres días.
Clic.
Lucía se queda mirando el teléfono. Sorprendida.
—Hemos pasado de Lucía a inspectora… de amabilidad a brusquedad…Tres días… ¿has tenido la misma sensación que yo?
Valeria ahora la mira. —No hay que conocerlo bien para saber que algo pasa. ¿Cierto?
—Cierto. Y es la primera vez desde que lo conozco que me cuelga el teléfono, así, sin más.
Las dos se toman un respiro, se sientan en la gran terraza del piso, hace sol y se está de lujo.
Era el lugar preferido de Marcos en la época estival. Donde pasaban largas horas nocturnas unas veces conversando animadamente y otras simplemente estando allí, uno al lado del otro. No siempre era necesario hablar. Ahora lo echa de menos más que nunca.
Valeria interrumpe sus pensamientos.
—¿Una birra?
—Si, por favor, me sorprende la reacción de Javier, lo deben estar presionando mucho, estoy segura de que hay alguien que quiere saber hasta donde sabemos para actuar, o…
—O qué, pregunta Valeria pasándole una cerveza bien fría.
—O para quitarnos de en medio, a nosotras y a Luque. Está claro que hemos de darles algo provisional, algo incompleto, algo que sirva para tener entretenidos a los de arriba.
—Necesitamos algo si —dice Valeria. —Algo que no nos comprometa.
Valeria se sienta frente al portátil. —Una investigación que no lleve a ningún sitio. —comenta
—¡Somos las mejores! —ironiza Lucía, pasando páginas del cuaderno de Marcos. ¿Y si nos centramos en una sola empresa?
—La más pequeña —precisa Valeria. — la de menor importancia.
Lucía asiente despacio.
—Contabilidad. Filiales. Auditorías externas. —repasa mirando a la nada.
—Y ningún policía implicado —añade Valeria.
Se miran.
—Lo que viene a ser carnaza de toda la vida.
—Y la que nos dará tiempo —responde Valeria.
Las inspectoras en silencio está claro que piensan lo mismo. No pueden esperar a que Luque las llame, han de saber ya a qué atenerse.
¿Quizá tengan que contar con él para crear el despiste? ¿Será conveniente? ¿contraproducente? ¿lo asustarán?
No es necesario que hablen, se miran, y sin mediar palabra Valeria hace la llamada.
Esta vez la respuesta no se hace esperar.
V.L; No era lo acordado.
V.F; Lo sé, es importante.
V.L; En una hora, restaurante Nou Can Marti Collserola.
No hay más mensajes, ni más preguntas.
Luque está nervioso, no deja de mirar de reojo de un lado a otro, está sentado de espaldas a la entrada del recinto, en la terraza, desde donde tiene unas vistas panorámicas, tiene la ciudad de Barcelona a sus pies, y al fondo en el horizonte, el Mediterráneo.
Las inspectoras con toda la cautela del mundo, avanzan hacia la mesa.
—Efectivamente, eres tú. No estábamos seguras. — La inspectora Fortea es la que se dirige a él.
—Eso pretendía, no estoy tranquilo chicas, nada tranquilo. Y bien que habéis pensado sobre lo que hablamos, sigo sin estar convencido en ser un confidente a la carta como se suele decir.
—Le hemos dado muchas vueltas, te lo aseguro. Pretendemos darte una oportunidad, ya nos encargaremos nosotras de que sigas siendo invisible, pero antes lo acordado. ¿Estás de acuerdo? — Lucía le tiende la mano para sellar el pacto.
—Bien, si, estoy de acuerdo. Me temo que no nos queda otra que fiarnos mutuamente.
—¿Qué tienes para nosotras? —pregunta Valeria.
—No puedo daros nombres —dice—. Aún no.
—Entonces no nos sirve —responde Lucía.
—Sí os sirve —replica. —Porque os voy a decir dónde mirar.
Luque no habla mucho.
Se limita a saca una hoja doblada del bolsillo. —Empiezan todos aquí.
Luque levanta el papel y lo agita en el aire. —Y terminan siendo ascendidos. —comenta.
Lucía le coge el papel a vuelo y lo desdobla, lee en voz baja, pero suficiente para que Valeria pueda oírla.
—Número de expediente.: B/7930/ ZB/2025. ¿De dónde has sacado esto?
Valeria tiene sospechas de a que puede referirse este número de expediente.
Lucía se queda pensativa, muy pensativa.
—Víctor, ¿viste alguna vez el expediente?
—Una vez que el inspector Castillo vino a verme, llevaba una carpeta, pero solo pude memorizar el número. Lo único que sé, es que la guardaba con celo.
Las inspectoras se miran. —¡La carpeta azul!
Luque no dice nada, no hace falta.
El circulo se estrecha dentro de la comisaria, de eso no tienen ninguna duda.
—Ese expediente ha desaparecido—dice Lucía.
Las observa. —Entonces alguien no quiere que lo encontréis.
—Quizá— dice Valeria. —Pero se equivocan con nosotras. La recuperaremos.
Lucía, bajando la cabeza y tocándose el pelo le dice a su compañera. —Vamos a tener que adelantar algo.
Él extrañado. —¿A quién?
—A gente que no te conviene —responden.
Silencio.
—Si preguntan por ti —continua Lucía— Queremos tener algo que decir.
—No puedo daros más —contesta demasiado rápido.
Lucía se inclina hacia delante. —Sí puedes, quizá no tengas nombres, ni pruebas, pero algo nos has de dar.
Traga saliva. —Sí doy…
—Seguiremos manteniéndote en la sombra —aseguran. Por ahora —añaden.
El confidente se levanta. —No os protegéis jugando a dos bandas.
—No —dice Lucía—. Pero seguimos vivas.
Luque duda un segundo. —Mirad las filiales.
Y se va sin mirar atrás.