El silencio de los nuestros Capítulo 2 Las investigaciones
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Capítulo 2 Las investigaciones

—Quiero saberlo todo. —Lucía se dirige a Valeria, y cuando digo todo es todo.

Valeria levanta la vista. No parece sorprendida.

—Hay mucho que procesar Lucia.

—Me da igual. Mi hermano está muerto. Y no pienso parar ahora.

Valeria asiente despacio. —Las investigaciones están a salvo. O eso creo.

—¿Dónde?

—En vuestra casa de la playa.

Lucía esboza una media sonrisa. —Claro. Es lógico que estén allí.

Apenas hablan durante el trayecto a Begur. Cuando llegan, Lucía va directa al cobertizo de madera. No lo duda ni un segundo.

Aparta las tablas de surf una a una. Al rozar la de Marcos, se le escapa una lágrima.

No la disimula. Levanta uno de los tablones de la pared y allí está.

“La caja”.

La saca con cuidado como si fuera algo frágil. Algo vivo. Pasa la mano sobre ella acariciándola. La retiene junto a su pecho, cierra los ojos y suspira. Los recuerdos aparecen sin previo aviso.

Se la entrega a Valeria y vuelve a colocarlo todo, dejando el cobertizo exactamente como estaba.

—¿La abrimos? —pregunta Valeria.

—Ni se te ocurra forzarla. —mientras se la arrebata de las manos.

Lucía se queda quieta un instante. Entonces cae en la cuenta. —La llave de Marcos…

—¿No te entregaron sus cosas?

Lucía niega. —no he podido…Sin decir nada, mete la mano bajo el cuello de su camisa y saca una cadena fina. Una llave cuelga de ella.

Respira hondo antes de abrir la caja. Introduce la llave girándola con cuidado como si fuera a romperse. No sabe qué va a encontrarse dentro y el mero hecho de abrirla sin él, le duele. Le duele en el alma. Pero ha de hacerlo.

Marcos en su lugar no se lo hubiera pensado dos veces.

—No puede ser… —susurra.

Dentro está el viejo reloj de bolsillo. Ese reloj que tantos momentos divertidos les había aportado, ese reloj de confidencias que un día Marcos cogió del armario del abuelo Martín.

Lo abre. Reconoce la tapa, el mecanismo, el peso familiar en la mano.

Su hermano lo había convertido en su escondite de mensajes cuando eran adolescentes.

Dentro hay un papel doblado.

“Si algo me pasa, no fue un accidente…”

Lucía se deja caer.

Valeria se arrodilla a su lado y la abraza sin decir nada.

—Tenías razón —murmura Lucía—. Lo mataron.

Se instalan en el salón con la caja abierta sobre la mesa. En ella no solo estaba el reloj, también carpetas, notas, fechas y nombres subrayados.:

Corrupción interna. Blanqueo de capitales. Desapariciones. Altas esferas.

Lucía lo revisa todo sin levantar la vista. —Esto es muy grave, Valeria… pero que muy grave.

—Lo sé.

Lucía alza la mirada. —¿En qué os metisteis?

Valeria respira hondo.

—Mucho antes de que apareciera Marcos. Me puse a investigar y empecé a destapar algo que pretendían mantener oculto. Me metí en la boca del lobo.

Le habla de Zacarías Bueno. De una infiltración. Una empresa tapadera. Y un suicidio que nunca creyó.

—¿Lo mataron? —pregunta Lucía.

—No me cabe ninguna duda.

—Y después apareciste tú en la vida de mi hermano.

—Así es. Como te he dicho nos cruzamos en Madrid.

Lucía cierra la carpeta de golpe.

—¿Víctor Luque?

—Víctor Luque. — confirma Valeria.

—Y él os prometió información.

La inspectora Fortea asiente muy seria. — y la tenía.

Pausa.

—Pero no gratis.

Lucía la mira con dureza. —Confiar en un confidente así es una locura.

—No confiar también lo era. No teníamos otra opción.

—¿Te arrepientes? —pregunta Lucía.

Valeria no duda. —No.

Lucía asiente despacio.

Valeria se levanta y se acerca al mueble bar. Saca una botella de whisky.

—¿Hielo?

—En la nevera. Ya sabes dónde está.

El detalle no pasa desapercibido.

Lucia todavía duda si puede confiar en Valeria, le gustaría hacerlo, pero aún no puede darle ese voto. Todavía no.

Lucía coge la copa que le ofrece Valeria.

Sonríe apenas.

La inspectora Castillo pasa las páginas de un cuaderno encontrado entre los documentos, hasta que algo la detiene.

Un título, subrayado con fuerza.

EL DESENCADENANTE

—Esto es de Marcos, es su letra.

Lee en voz alta.

—Un correo electrónico programado. Una clave de acceso. Un servidor oculto…

Valeria asiente. —Zacarías dejó la información preparada por si moría. Parece que intuía que no saldría vivo de esto.

Lucía traga saliva. —Y hay un detective, Rojas. En Madrid.

—¿De fiar?

—No lo sé. Pero Zacarías confiaba en él.

Lucía cierra el cuaderno despacio. —Tendremos que hacerlo nosotras también.

—Puede ser peligroso.

Lucía la mira fijamente. —Todo lo es desde que mataron a mi hermano.

Se miran.

—¿Cuándo? —pregunta Valeria.

—Mañana.

Pasan la noche en Begur.

Por la mañana, Lucía le dice muy seria. —A partir de ahora, no deberíamos implicar a nadie más. Ni comisaría. Ni compañeros. Ni favores.

—De acuerdo. Estamos solas. —Valeria acepta sin reparos.

Lucía asiente. Y entonces se da cuenta.

Quizá eso lo haga aún más peligroso.