Capítulo 1 El encuentro
Lucía se despierta tarde. Algo que no le ocurre casi nunca.
Ha dormido profundamente, exhausta, en la habitación de Marcos. Al abrir la ventana, el sol entra con fuerza.
Durante un instante, todo parece normal, demasiado normal.
Busca el móvil entre las sábanas. Lo encuentra apagado, con la batería casi agotada. Son las diez y cuarto. Tiene varias llamadas perdidas y mensajes sin leer.
No los abre. No todavía.
Tiene que estar en Barcelona en menos de doce horas si quiere acudir a la cita.
Y quiere.
Se viste despacio, con esa sensación de no estar del todo presente, con la mirada perdida y los sentimientos a flor de piel.
Piensa en bajar a desayunar al pueblo, pero descarta la idea. No está preparada para preguntas. Para explicar lo inexplicable.
Se acerca al supermercado más próximo, compra algo rápido y baja a la playa.
Recorre el lugar con la mirada, pensativa, avanza sin rumbo fijo, y se sienta en la arena delante de la orilla observando el vaivén del mar.
Un perro corre tras un palo. Un extranjero lee con los pies en el agua. La vida sigue, ajena a todo.
—¿Cuándo fue la última vez que me senté sin pensar en nada? — Susurra. No encuentra la respuesta.
A las siete de la tarde sale hacia Barcelona. Demasiado pronto, quizá. Pero necesita tiempo. Observar. Controlar.
Aparca a varias calles de la comisaría y camina sin rumbo durante un rato. Nada fuera de lo común.
A las ocho y media entra en un bar discreto. De esos donde nadie mira dos veces a quien entra. Pide una cerveza y algo de comer. Se sienta junto a la cristalera y observa a cada mujer que pasa, gestos, miradas, nervios. Analiza sin darse cuenta. Deformación profesional.
Paga a las nueve y media. Queda media hora.
Se coloca en una esquina desde la que ve la entrada de la comisaría y la acera de enfrente.
Palpa instintivamente la pistola bajo la cazadora. No sabe qué va a encontrarse.
A las 21:50 la ve.
Alta. Melena oscura. Vaqueros y zapatillas. Atractiva piensa.
Se detiene frente al edificio. Mira a ambos lados frotándose las manos. Está nerviosa.
Lucía sale de su esquina.
Cuando la mujer la ve acercarse, se relaja.
—¿Lucía Castillo?
—Sí.
—Gracias por venir.
—No me las des tan pronto. Empieza por decirme quién eres.
—Me llamo Valeria Fortea. Era amiga de tu hermano.
—Eso está por ver. —el comentario es arisco, seco, antipático.
Valeria respira hondo. —Si me dejas explicarme…
—Aquí no.
—Precisamente por eso te cité aquí. Me parece un lugar seguro.
—¿Seguro para quién?
Valeria le sostiene la mirada. —para las dos.
Lucía duda un segundo.
Valeria Fortea le propone sin pensar —Si no estás cómoda, podemos ir a casa de tu hermano. Imagino que tienes las llaves.
—Claro que las tengo. Y no pienso ir con una desconocida.
—A él le habría gustado.
Eso la descoloca. —Estoy empezando a perder la paciencia, señorita Fortea. — Lucía sigue a la defensiva, y bastante cabreada. Su virtud no es la paciencia precisamente.
—Valeria. Por favor, llámame Valeria.
—Sigo igual de cabreada.
Silencio.
—Confía en mí —dice Valeria, sin dramatismo.
Lucía la observa unos segundos más. Luego gira sobre sus talones. —Sígueme.
No hablan durante el trayecto.
El piso de Marcos está exactamente como lo recordaba, y al entrar, Lucía siente el golpe seco de la ausencia.
Enciende la luz.
Valeria lo observa todo con atención, se detiene en el recibidor. —No ha cambiado nada —murmura.
Lucía se gira de golpe sorprendida. —¿Cómo conoces tanto a mi hermano?
—Conocía —corrige Valeria.
Lucía aprieta la mandíbula, las sienes le palpitan. Respira hondo y la invita a sentarse. —Empieza desde el principio.
Valeria asiente. —Soy inspectora de policía.
Lucía alza la vista, incrédula. —¿Qué?
—Cuerpo Nacional. Madrid.
Silencio.
—Ok sigue.
—Conocí a Marcos hace casi un año, cuando nuestras investigaciones se cruzaron.
Madrid, 2024
Ambos seguían al mismo confidente. Sin saberlo.
El edificio abandonado de Vallecas se alzaba como un cadáver de hormigón entre solares vacíos. La luz gris del atardecer se filtraba por los huecos de las ventanas rotas, proyectando sombras. Dentro el aire olía a polvo y óxido.
Marcos avanzó por una escalera totalmente agrietada, muy atento al menor ruido. Cuando al doblar la esquina, se encontró con una figura apuntándole directamente al pecho. Se encontraron frente a frente en la planta superior. Armas en alto. Dos segundos eternos. Tensión pura.
—¿Y tú quién demonios eres? —espetó Marcos.
—Inspectora Valeria Fortea. ¿Y tú?
—Inspector Castillo. Comisión interna. Mossos.
El nombre les surgió a la vez:
—Víctor Luque.
El confidente apareció entre las sombras, con una sonrisa descarada.
—Tranquilos, no disparéis.
—¿A qué estás jugando? —Valeria bajó el arma, furiosa.
—A sobrevivir —respondió él—. Pensé que sería buena idea que os conocierais.
Marcos dio un paso al frente.
—Has estado desaparecido tres semanas.
—Necesitaba pensar.
Marcos bastante enfadado avanzó guardando su arma al tiempo que su gesto indicaba que lo iba a escañar.
Valeria intervino antes de que lo consiguiera.
—Escuchémosle. ¿Te parece?
Víctor sonrió.
………………
Lucía escucha sin interrumpir.
—Marcos no murió en un operativo fallido como imagino que te habrán contado —concluye Valeria. — Lo silenciaron.
Lucía cierra los ojos un instante, cierra los puños y contiene sus lágrimas. Mientras los abre muy despacio. —Lo sabía.
—Yo también puedo estar en peligro. Y tú a partir de ahora también.
La inspectora Castillo, le dedica una mirada que lo dice todo.
Se produce un silencio de complicidad.
Nada está resuelto. Todo acaba de empezar.