El silencio de los nuestros
© inepub.com
PRÓLOGO
Lucía Castillo siempre había creído que la verdad era una línea recta, dura. A veces incómoda. Pero clara.
También creía que el cuerpo de policía era un reflejo imperfecto de esa verdad. Lleno de grietas, sí, pero sostenido por una vocación noble.
Hasta que recibió aquella llamada.
Le informaban de que su hermano mellizo, Marcos Castillo, Inspector de la Comisión interna. Mossos, había muerto en un operativo fallido. Una frase fría, medida, demasiado correcta.
Lucía escuchó sin interrumpir, como había aprendido durante años de interrogatorios.
Y entonces lo supo.
Aquel informe estaba lleno de silencios. Y ella sabía leerlos.
Marcos llevaba meses investigando una trama de corrupción que, según él, no se detenía en los bajos fondos. Ascendía. Escalaba despachos, nombres, cargos.
Era un policía meticuloso, concienzudo, se podría decir que hasta la saciedad.
Antes de morir, había dejado un mensaje encriptado, oculto en el viejo reloj de bolsillo que compartían desde niños. Un objeto absurdo para dos policías modernos. Pero cargado de memoria.
“Si algo me pasa, no fue un accidente…”
El día del entierro fue uno de los más aciagos de su vida.
Rodeada de los pocos familiares que le quedaban —sus padres habían muerto años atrás— y de compañeros que pronunciaban palabras huecas, Lucía se sintió más sola que nunca.
Nadie mencionó las dudas, nadie hizo preguntas.
Ella tampoco.
Después de aquel día decidió marcharse a la pequeña casa que había heredado junto a Marcos, en la costa catalana. En Begur. Un pueblo con bellas casas blancas, maravillosas playas y calas protegidas por una magnífica vegetación. Un lugar que para ellos era lo más parecido al paraíso.
Pensó que el mar podría ofrecerle el silencio que necesitaba.
Pero al cruzar la puerta de su tan adorada casa de la niñez, los recuerdos la golpearon con más fuerza que cualquier interrogatorio. Risas antiguas, discusiones, promesas incumplidas.
Se derrumbó. Lloró por primera vez desde la noticia. Sin saberlo había estado reprimiendo un llanto lleno de rabia y dolor.
Atravesó el salón sin detenerse para abrir los grandes ventanales y dejar entrar la luz blanca del sol. Y como por inercia, se dirigió a la habitación de Marcos.
Se sentó en su cama, observando las cosas que aún quedaban de él.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que el mundo se había detenido en el pasado, Marcos conservaba la habitación como un santuario.
Todavía estaban en las paredes, sus posters, uno de El canto del loco, otro de La Oreja de Van Gogh, incluso unas entradas de un concierto al que fueron juntos, Fito & Fitipaldis.
Tomo entre sus manos una foto en el que aparecían los dos con sus tablas de surf, con sus trajes de neopreno, el pelo mojado, sonrientes y felices a los 16 años.
Abrazo el marco junto a su pecho y se dejó caer sobre la cama, sollozando.
Cuando la pena le dio un poco de tregua, su mente empezó a funcionar otra vez como policía.
No hacía ni una semana que habían estado juntos y, aun así, desde el entierro, tenía una sensación persistente de extrañeza, algo no encajaba.
Marcos nunca le ocultaba nada… o eso creía, no solía hacerlo.
Esa era la clave.
Cuando el cansancio venció a la rabia, se quedó dormida.
El sonido del teléfono la arrancó de un sueño inquieto.
Número desconocido, contestó por inercia.
—¿Hola?
—¿Lucía Castillo?
—Sí. ¿Quién llama?
—No me conoces, pero sé que tu hermano ha muerto. Y tengo algo importante que contarte.
Lucía se incorporó de golpe.
Al otro lado de la línea solo se escuchaba una respiración contenida. Tensa. Como si quien hablaba dudara tanto como ella.
—¿Puedo saber quién eres? —preguntó. La voz al otro lado era de mujer—. No estoy en Barcelona, no…
—Te lo diré cuando nos veamos —la interrumpió—. Mañana a las diez de la noche. Frente a la comisaría.
Se produjo un largo silencio.
—Solo te diré una cosa: puedes confiar en mí.
Pausa.
—Conocía bien a Marcos.
Click.
La llamada se cortó.
Lucía sostuvo el teléfono unos segundos más, con el corazón acelerado. No sabía qué pensar. O, más bien, no podía pensar. ¿Algo importante que contarle? ¿Frente a la comisaría? Eso era lo que más la inquietaba.
Alguien que no se identificaba. Que la citaba allí. Que decía conocer bien a Marcos.
Puedes confiar en mí.
Todo le parecía extraño. Si fuera peligroso, ¿la habría citado en un lugar así? ¿O precisamente por eso?
Su mente era un torbellino. La curiosidad empezaba a carcomerla.
Después de lavarse la cara para despejarse, salió a caminar por la playa.
Esa playa donde, de niños —y no tan niños— habían corrido persiguiéndose y riendo. Compartiendo confidencias que solo los mellizos entienden.
Tiempos que ya no volverían.
Mientras paseaba por la orilla, la llamada no dejaba de resonar en su cabeza.
Tampoco el comunicado oficial de la muerte de Marcos. ¿Operativo fallido?
Entonces lo vio claro.
Su mente de policía volvía a estar alerta. —De operativo fallido, nada —murmuró.
Sabía que Marcos investigaba algo peligroso, aunque nunca le había dado demasiados detalles.
También sabía que desconocía el tipo de operativo en el que se encontraba cuando murió.
¿Había estado actuando por su cuenta? ¿Era una investigación paralela? ¿Tenía algo que ver aquella llamada? ¿Le estaban ocultando algo en la comisaría?
Demasiadas preguntas. Ninguna respuesta.
Sentada en la arena, contemplando la puesta de sol, Lucía se hizo una promesa silenciosa.
—Yo lo averiguaré.