El silencio de los justos Capítulo III
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Capítulo III

III

—La mayor traición que nos hacen los muertos es desviarse del guion.

Porque nosotros, seres vivientes, que mutamos de manera irremediable, queremos compartir una fracción de la existencia con ellos.

Añadimos un verso más a su poema, perfilamos lo que pasó, arrojamos luz sobre un cuadro ensuciado por el transcurso del tiempo.

Ellos, testarudos, insisten en su inmutabilidad, que nos es ajena.

A través de las gafas estilo cat eye , los ojos de la autora —verdes, sesgados, enmarcados por finas líneas de expresión— se fijan en el libro.

No lee, en el sentido técnico de la palabra, puesto que la novela que sostiene en la mano se la sabe de memoria después de haberla escrito y revisado casi obsesivamente.

Para mantener la ficción, sin embargo, no separa la mirada de las páginas impresas más que para darle una calada al cigarrillo mientras el público, sentado frente a ella, contiene la respiración.

—Imaginen esto —prosigue—. Sostienen un pisapapeles de cristal en la palma de la mano.

Debido a su peso, inabarcable, lo dejan caer y se rompe en tres fragmentos iguales.

En el primero, la horca. Pónganse en situación: la cuerda áspera araña el cuello del reo y le deja una marca indeleble porque la piel se ha tornado sensible ante la proximidad a la muerte.

Él mira hacia arriba, el firmamento está atravesado por las estelas de la aviación soviética, que, desde su perspectiva, le recuerdan a las marcas que dejaban los patinadores en la pista de hielo de Városliget.

Ha rechazado que le tapen los ojos. En dos días, el diario clandestino del partido lo rememorará; exaltará su nombre, lo cubrirá de gloria, cual profeta secular; dirá que, lúcido, como si ya perteneciese a la eternidad, se negó a morir ciego y hasta de sus verdugos llegó a burlarse.

»Aquel 8 de diciembre, sin embargo, mira al cielo mientras le anudan la soga porque sigue con vida.

En sus últimos minutos de consciencia quiere experimentarlo todo: el ave que sobrevuela el patio, el polvo de nieve que el viento gélido le arroja a la cara, el sabor de la sangre en los dientes, el dolor en las entrañas porque quiere permanecer un ratito más en el mundo y, de súbito, siente miedo de la nada.

Y se aferra al pájaro y a la nieve y a la sangre y al terror.

Y piensa en el hermano que cayó a los diecinueve años, no bajo el frío de diciembre, sino con los ecos infernales del sol soviético.

»En el segundo fragmento, el húsar. ¿Con qué crueldad matan los días de verano?

Imaginen a un adolescente que abraza su caballo por última vez.

Los ojos verdes, sin mezcla alguna de marrón, se alzan también al cielo, poco nítido debido al calor; no se sacuden, víctimas del miedo, porque de la guerra no sabe más que lo que ha leído en las novelas y la inexistencia ni siquiera la contempla.

O, quizá, porque por joven e inexperto solo ha conocido ese miedo y ya nada, ni siquiera su propia muerte, puede perturbarlo más.

»En el tercer fragmento, una joven enfermera palpa la pistola que sujeta en la mano como si quisiese leerla en braille.

Sus movimientos son lentos, poco hábiles, porque los ojos (también verdes, sin mezcla alguna de marrón) están cubiertos por una venda.

Una bomba de fósforo extraviada explotó, guiada por la arbitrariedad más cruel, en el sótano del hospital.

Las supervivientes oyen pasos en el piso superior.

No son capaces de identificar a las tropas por el ruido de sus botas, no saben si son alemanes, húngaros o rusos, y no les importa.

En la guerra, todo soldado es varón. Algunas se manchan los rostros con el polvillo de los escombros, buscan, de manera desesperada, afearse, envejecer; otras, anhelan salidas más literales.

»El cañón, gélido contra la sien, crispa la espalda de la muchacha.

La facilidad con la que se puede destruir una vida humana la acongoja.

Un solo movimiento del dedo y su historia habrá llegado a su fin.

En menos de cien años, nadie la recordará.

Quizá alguien, en la soledad del futuro, encuentre una fotografía suya en un mercadillo y se pregunte qué infinitos habría escondido en su interior la esgrimista de la instantánea.

»Era sablista antes de la guerra. No ha pensado en ello desde que comenzó el asedio y ahora, segundos antes de apretar el gatillo, lo recuerda.

Traga saliva. El índice tiembla. Desde las escaleras, una voz de varón la llama por su nombre y ella baja el arma porque la ha reconocido: pertenece a su primo Pál Odescalchi, al que no ha visto en meses.

La autora se detiene para aplastar el pitillo en el cenicero que descansa en la butaca dispuesta para su comodidad, que ella rechaza porque prefiere pasearse por el espacio de la librería La Hune que han preparado para ella.

Por vez primera, observa con detenimiento al público.

Están los que pasan de los treinta y cinco años, como ella, y podrían añadir otro capítulo a la historia, y los veinteañeros, que se creen con derecho de tomar posesión de esos años por el simple hecho de que los han visto nacer.

Hay algunos cabellos blancos y, al fondo, un par de ojos grises que reconoce de inmediato.

—Es ficción, por supuesto —continúa—. Nosotros, seres vivientes, que amamos la belleza, ordenamos el pasado de modo que lo que ocurrió cobre sentido.

Cambiamos los papeles, matizamos las conversaciones, movemos a los personajes como peones en un tablero de ajedrez o como actores sobre el escenario.

Disponemos las piezas del puzle para facilitar casualidades, para asegurarnos de que el principio es el principio, y el final, el final.

»De la muerte de mi hermano Tibor he oído varias versiones.

Ante la imposibilidad de escoger solo una y descartar las demás, y puesto que ninguna me satisfacía, moldeé una nueva, amalgama de los datos históricos y el cariño de la imaginación.

¿Qué daño hace otorgar un final romántico, digno de los príncipes de las grandes obras de Tolstói, a un muchacho de diecinueve años?

»¿Y quién estuvo presente durante la ejecución de Ádám que pueda dar testimonio?

El patio no se avistaba desde las celdas; los ejecutores, únicos testigos, tuvieron ocasión de catar también la horca tras la victoria roja.

A nuestros muertos, que nos derrotan con la incertidumbre, los imaginamos una y otra vez.

Volvemos a los últimos momentos con ellos y nos negamos a admitir una versión de la historia que difiera de ese recuerdo.

¿Cambiaría algo, la vehemencia o el pánico?

Ádám estaba sereno cuando nos despedimos, ¿podría reprocharle el miedo, si lo sintió, antes de morir a los veinticuatro años?

»Varias bombas de fósforo explotaron en varios sótanos a uno y otro lado del Danubio.

Si me esfuerzo, quizá sea capaz de encontrar un hospital que hubiese sufrido idéntico destino, pero lo cierto es que yo no me encontraba allí.

Me topé con Pál Odescalchi en circunstancias mucho más mundanas, carentes de la poesía de los grandes reencuentros.

En diciembre de 1944, una parte significativa de los aristócratas nos hallábamos en una precariedad casi irónica: enemigos por ideología de los alemanes que nos ocupaban y por clase de los soviéticos que nos liberarían.

Muchos acabamos escondiéndonos juntos en el sótano del edificio Wagons Lits, en la plaza Vörösmarty.

Allí (sin honor, sin gloria) aguardamos hasta que entraron las tropas del Ejército Rojo.

El resto de la historia ya la conocen. Por nuestras actividades en la resistencia, nos llevaron ante Kádár, actual secretario general del Partido Socialista Obrero Húngaro y entonces cabeza del comité militar comunista.

Pál rechazó su oferta de ingreso en el partido.

Yo la acepté, por lealtad a los huesos a los que lloraba, por agradecimiento, por el odio que aún sentía hacia los fascistas, sí, pero también porque, pese a todo, anhelaba vivir.

»¿Qué más podría decir del asedio, si lo viví bajo tierra y desconcertada por el luto? ¿Y de la legación? Cuanto sé me ha llegado de segunda mano, tras pasar por el filtro de la memoria.

»El 16 de enero entraron las tropas soviéticas en la calle Eötvös, donde no recibieron resistencia alguna.

Perlasca, alertado por una fuente nueva de ruido en la rutina atroz a la que ya se había acostumbrado, se apresuró a retirar la bandera española para sustituirla por la sueca.

Después tomó una de las placas de oscurecimiento que habían utilizado durante los bombardeos y, con pintura, escribió en ruso y en húngaro: R EAL L EGACIÓN DE S UECIA — P ROTECCIÓN DE INTERESES ESPAÑOLES .

»Un día más tarde, el abogado Zoltán Farkas yacía cubierto de nieve en el patio interior.

¿Qué versión de su muerte escoger como verdadera?

Según algunas, cayó de manera fortuita, víctima de una granada que eligió su carne y ninguna otra.

Recuerdos alternativos hablan, en cambio, de dos granadas germanas que estallaron en el momento preciso en el que los soldados soviéticos colocaban sus cañones en las inmediaciones de la embajada.

Aunque camuflada bajo otro nombre, aquella era la legación de un país afín a, por no decir amigo de, Alemania.

A ellos los señaló el dedo y sobre ellos cayeron la sospecha, el crimen y el castigo.

Los acusaron de nazismo, de haber informado a los defensores, por radio o por teléfono, de las posiciones soviéticas.

Ebrios, jóvenes y cansados de cargar a la espalda sus muertos y los interminables años de lucha (en demasiadas ocasiones solitaria) contra las fuerzas del Eje, arremetieron a golpes contra Perlasca mientras Zoltán Farkas huía al atrio.

»Había sido valiente toda su vida. No se acobardó ante su propia detención ni tampoco durante aquellos días en los que, mientras Sanz Briz hacía gestiones, él y sus compañeros masticaban la posibilidad muy real de la deportación.

Había ido a Hegyeshalom por voluntad propia, para salvar de su destino a aquel pueblo que no dejaba de ser el suyo, aunque ya no rezasen al mismo dios.

Cuanto don Miguel Ángel, primero, y don Ángel, después, habían requerido, él lo había cumplido sin que le temblasen las rodillas ni se le nublase el juicio.

Más tarde, durante el sitio a la ciudad, Perlasca y él se burlaron de los ataques y continuaron con sus visitas al gueto internacional.

»El 17 de enero, tras días enteros sin dormir, con la garganta árida a causa de la sed y un espacio cada vez más vacío en el estómago, actuó como el soldado que, víctima del shock de las trincheras, se enciende un cigarrillo en plena noche y sin querer desvela su posición.

Subió al segundo piso, donde se encontraban las cocinas y las habitaciones del servicio.

Ante el miedo y la fatiga, cualquier sonido discordante es enemigo.

Oyó pasos, o una cadencia similar a las pisadas de unas botas de combate; creyendo que se trataba de los rusos, accedió al tejado a través del tragaluz.

Un último gran salto antes de desplomarse al vacío…

»¿Quién tira los dados? Perlasca, falso cónsul español durante el asedio, tras la liberación ofreció varias versiones de su propia historia.

En unas, exaltaba su figura en detrimento del abogado Farkas y del propio Sanz Briz.

En otras, más humildes, sus acciones no son más que la continuación de una labor anterior, más grande que él.

Una ficción, adaptada a las expectativas de su lector objetivo.

Un instante de silencio para llevarse a los labios la taza de café, ya templado. Desde el fondo de la librería, el doctor Jonatán Rozenfeld, a quien no ha visto desde hace años, la observa.

—En 1949, el recién creado Estado de Israel votó en la Asamblea General de las Naciones Unidas en contra de la retirada de las sanciones a la España de Franco —continúa la autora—.

A partir de ese mismo año, la prensa española comienza a hacerse eco de las labores de salvamento de judíos de Sanz Briz, cuyo mérito atribuye al propio dictador.

Este relato (esta ficción, si lo desean) difiere de la correspondencia privada del diplomático en los meses inmediatamente posteriores a su partida de Budapest, en la que asegura haber actuado por cuenta propia.

»Los recuerdos son ficciones atravesadas por verdades. Mutan, como nosotros. Buscan la belleza, como nosotros. Se conmueven y se acongojan porque son mortales como nosotros; en el silencio, se olvidan y, al convertirse en historias, mudan de piel.

En la recepción, tras la lectura de la novela y las preguntas de los lectores, entre las copas de champán, busca la silueta de un cuerpo conocido.

Alertado por el sonido de los tacones, Jonatán levanta la vista del volumen que estaba hojeando.

Separa los labios sin decir nada; en su rostro, de expresión indiferente, lejana, crece una nueva arruga que le divide la frente en dos.

—Has venido —advierte ella.

—Recibí tu invitación —afirma él, y después, insatisfecho, agrega—: Yo tampoco puedo dejar de pensar en aquellos años.

Incapaz de contener en palabras el afecto que pervive pese a la distancia, la abraza.

Erika de Thassy, en aquel tiempo Farkas de Batthyány, huele igual que entonces.

En la piel, en la que se empieza a apreciar sutilmente el paso de los años, todavía conserva el aroma a perfume de jazmín, el mismo que impregnaba el Chevrolet después de que Ádám la acompañase a alguna fiesta.

Por un instante efímero, los muertos que comparten no los traicionan.