El silencio de los justos Capítulo IV
100%

Capítulo IV

IV

—Mi hermano nunca volvió a casa —dice Jonatán. Después de tantos años, las palabras todavía se le atascan en la garganta, como atrapadas por un tumor terminal.

La reportera —británica, esbelta, apenas un par de años mayor que él— posa sobre el bloc de notas de tapas rojas la estilográfica; al bolígrafo, invento húngaro, por cierto, no se acostumbra.

—¿Los demás? —inquiere, tras un instante breve de silencio respetuoso—. ¿Bloomsbury, Mirosłav…? A Rudolf Vrba lo tengo localizado.

Jonatán le da un sorbo al café antes de responder. Especiado y bastante malo, no es el mayor reclamo del bar en el que se encuentran, cerca del Beit Ha’am. Tras décadas intentando olvidar la guerra y sus verdugos, nadie quiere perderse el juicio a Eichmann, arquitecto del Holocausto magiar.

—Muertos. A Bloomsbury y a Mirosłav los encontraron en la misma cabaña en los últimos días del alzamiento, cuando todas las esperanzas estaban ya perdidas.

Bloomsbury se había vendado la herida de bala del hombro con su mapa de escape, pero no creo que ningún alemán pudiese anotarse el tanto de su muerte.

—¿Por qué?

—Porque tenía en la mano la cajetilla de tabaco en la que guardaba la píldora de cianuro.

—Píldora que no se encontró nunca, me imagino.

—Exacto.

Sin atender a la ironía, se saca la pitillera, de la que extrae dos cigarrillos: uno para él y otro para la señora St. George. Tras prender sendos pitillos con una cerilla, pregunta:

—¿Con Vrba ha hablado ya?

—Todavía no, y eso que vive en Inglaterra. Tenía la esperanza de que se hubiese desplazado aquí.

—También él la tenía, pero el ministro de Justicia de Israel prefirió ahorrarse los gastos de su viaje.

Rudi presentó una declaración firmada por escrito en la que detalló los asesinatos mecanizados de Auschwitz y el papel que tuvo Eichmann en ellos…

, declaración que fue desestimada por no estar su autor físicamente presente en el juicio.

La reportera entorna los ojos.

—¿Fue esa también su experiencia?

Jonatán tuerce la boca.

—A grandes rasgos.

—Pero usted sí asumió el gasto de su propio desplazamiento desde Canadá.

—Sí.

—¿Confiaba en que le extendiesen una invitación para prestar declaración en el juicio? Como veterano…

Jonatán no le permite seguir.

—Exceptuando este viaje, solo volví al Mandato (todavía era el Mandato) en una ocasión, para solicitar la baja del DOE y de la Haganá alegando incapacidad psiquiátrica y enuresis traumática.

A partir de entonces rechacé todas las invitaciones a todos los actos en conmemoración de los paracaidistas del Yishuv.

A trece de los cuarenta que enviaron a la Europa ocupada nos tomaron prisioneros y a nueve o los ejecutaron o fallecieron en cumplimiento de su misión.

Al parecer, desde el punto de vista táctico, la misión se consideró un fracaso, puesto que, cito, no salvamos a un solo judío.

La mujer da una calada larga y apoya el codo, pálido y fino, en la mesa.

—¿Está usted de acuerdo con esa apreciación?

—No.

—¿Cree que su rechazo a participar en los actos conmemorativos ha influido en la negativa a que prestase declaración en el juicio?

—No me corresponde a mí llegar a esa conclusión.

Si me permite ser cínico, considero que prefirieron que Rudi y yo no participásemos porque temían que hablásemos de Kasztner y del trueque de sangre que hizo con Eichmann, para salvar a un número limitado de judíos escogidos a dedo debido a su excelencia en una serie de campos tecnológicos, artísticos, intelectuales…

En otras palabras, la base idónea sobre la que construir un nuevo estado.

Todo mientras millones de húngaros, mi hermano entre ellos, eran deportados a la muerte.

Jamás sabremos qué habría ocurrido si el Informe de Auschwitz, que Kasztner tuvo en su poder antes que yo, se hubiese difundido con antelación.

Mire cómo reaccionaron las embajadas neutrales cuando llegó a su poder…

La señora St. George se lleva la taza de café, ya templado, a los labios y eleva las cejas.

—Cínico en el sentido filosófico, desde luego.

—¿Sabe usted cómo se llamaba por aquí a los supervivientes de los campos hasta hace un par de años? Sabon . Significa lo mismo que savon en francés: «jabón». Por los rumores que corrieron de que los nazis fabricaban jabón con los cuerpos de sus víctimas.

—Eso, más que cínico, es cruel —precisa, señalándolo con la punta de la estilográfica—. Y, sin embargo, a Kasztner lo mataron aquí hace cuatro años.

—En un acto terrorista, no en la horca. Quizá él, de estar vivo, habría testificado a favor de Eichmann. A fin de cuentas, defendió al oficial de las SS Kurt Brecher en los juicios de Núremberg.

—Lo recuerdo. Estuve presente, también como periodista. ¿Se alegró usted de la muerte de Kasztner?

—No. Tampoco me apenó. De igual modo, no sabría decirle, hoy en día, si a Dinah y a mí nos traicionó o si de verdad confiaba en Eichmann.

La mujer asiente. Mientras escribe, casi a vuelapluma, le da otra calada al pitillo, que luego deja reposar en el cenicero.

—Tiene usted un gusto pésimo para el tabaco, si me permite la grosería.

Jonatán ríe. Su reflejo en la superficie reflectante del servilletero no difiere de manera significativa del de su veintena.

En el rostro, más redondeado, se aprecian algunas arrugas finas en la misma proporción que se pueden encontrar cabellos plateados en su cabellera rojiza, aún abundante, pero eso, la sonrisa, permanece exactamente igual.

—Yo no —la corrige—. Hoy mi mejor amigo habría cumplido cuarenta y dos años. Los fumo más que nada por nostalgia. ¿Conoce usted la etimología de esa palabra? Proviene del griego nóstos , «regreso a casa», y álgos , «dolor»: «dolor por el deseo de regresar».

La señora St. George le devuelve el gesto.

—¿Permanece usted en contacto con los Farkas de Batthyány?

Jonatán sacude la cabeza.

—No. Los tres sobrevivieron, pero con los años perdimos el trato.

Durante el asedio, Erika se reencontró con el hijo de Klára, que formaba parte de la resistencia.

Se refugió con él y sus camaradas (entre ellos, su futuro marido) en el sótano de un edificio de oficinas en la plaza Vörösmarty.

Tras la liberación, los invitaron a la sede del Partido Comunista, donde conocieron a Kádár en persona.

En reconocimiento de sus actividades, les ofrecieron el honor de recibir una cartilla de afiliación al partido con numeración baja, que Erika aceptó.

—Pragmática.

—Sí. Ganó el oro olímpico en los juegos de Londres, como imagino que usted sabe, y poco después tuvo la clarividencia de mudarse a Francia con su prima Katinka Andrássy.

Eso la libró de la depuración interna que acabó con muchos, entre ellos László Rajk, en la horca.

Tras la Revolución del cincuenta y seis, ocupa su tiempo entre París y Budapest. La última vez que la vi fue allí, el año pasado, en la presentación del primer número del New Hungarian Quarterly, que edita mi amigo Boldizsár y en el que ella contribuye.

—Lo he leído —afirma la periodista y, ante la expresión de sorpresa de Jonatán, agrega—: Me gusta traer los deberes hechos. Hoy, además de ser el cumpleaños de Ádám, han firmado la sentencia de muerte de Eichmann.

Jonatán responde con un asentimiento quedo, muy leve.

—¿Cambia algo, saber que el responsable de la muerte de su hermano va a ser ejecutado?

—No. Creo que se ha cometido un gran acto de justicia hoy, pero no, no cambia nada. Tampoco cambió nada, presenciar, como hice, el ahorcamiento público de los líderes de la Cruz Flechada.

Tras humedecerse los labios, suspira. Reacio a navegar en el silencio sus propios pensamientos, prosigue:

—En 1942, en la conferencia de Wannsee en la que se perfilaron los planes para el exterminio sistemático de los judíos europeos, Eichmann se describió a sí mismo como un Poncio Pilato que se lavaba las manos ante el derramamiento de sangre que se iba a producir.

En este juicio ha alegado, como muchos hicieron en Núremberg, que se había limitado a dar y a seguir órdenes, y que, por tanto, según su lógica, no se le puede culpar de muerte alguna.

Eso me hizo pensar en Sanz Briz. En Budapest, fue la antítesis de Pilato.

Representaba a un país que, aunque ya neutral, concordaba ideológicamente con el Eje, al que había apoyado.

Sanz Briz no tenía por qué haberse preocupado por mi pueblo; no tenía más motivos que su humanidad para actuar a espaldas de sus superiores hasta recibir la autorización.

No tenía por qué haber ayudado a nadie aparte de la comunidad sefardí, no tenía por qué haber pagado las casas protegidas de su propio bolsillo…

—Pura humanidad.

—Exacto. Para mí, eso, reaccionar al dolor ajeno como si fuese propio, sí tiene un significado, e importante.

Como Kasztner, Sanz Briz tenía una lista, pero no una en la que se clasificaba quién viviría y quién no, según sus aptitudes.

La suya era una lista llena de mentiras, de hecho, empezando por mi madre.

Mi bisabuela sostenía que el apellido Czitrom proviene de la península Ibérica, pero nunca he encontrado prueba alguna que lo confirme.

En casa nunca se habló ladino. Después de la guerra vi las cartas que probaban nuestros lazos con España y saltaba a la vista que eran falsas.

Sanz Briz, diplomático de profesión, tuvo que darse cuenta enseguida e hizo la vista gorda como en tantas otras ocasiones.

También eso, pelear por los que nadie tiene en consideración, significa mucho.

Por ese motivo estoy aquí, además de por el juicio.

La señora St. George aplasta el cigarrillo en el cenicero. Lo mira, ceñuda, y cuando él se calla, asevera:

—Según mis pesquisas, Sanz Briz se encuentra en misión diplomática en Guatemala.

—Eso mismo ha llegado a mis oídos, como también que el Estado de Israel está organizando un programa destinado a honrar a aquellos gentiles que de manera altruista salvaron a judíos durante la Shoah.

Me gustaría poner su nombre sobre la mesa, en reconocimiento por sus acciones en favor de mi familia y también por lo que le acabo de comentar.

Ella vuelca toda la atención en el bloc de notas, en el que apunta un par de detalles más. Sin levantar los ojos de la página, pregunta:

—¿Llegó a saber alguna vez cómo murió su hermano?

Jonatán se vuelve hacia la ventana. Queda bañado por la luz del ocaso, de ardiente naranja, hasta que las nubes cubren el sol que se aplasta en el horizonte de Jerusalén.

—Lo cierto es que sí —confiesa tras un instante de duda—.

Me pasé años hablando con supervivientes y consultando los archivos del International Tracing Service…

, hasta que un día di con un documento en el que se describían los cuerpos hallados en una fosa común en Alemania.

Las víctimas pertenecían a las marchas de la muerte que se organizaron entre el sistema de lagers ante la proximidad de los aliados.

—Se lleva un puño a la boca—. Reconocí la descripción física de uno de ellos y, después, el número de preso que llevaba en la ropa confirmó mis sospechas.

—Toma aire—. Tampoco cambió nada. No hizo el luto más llevadero, solo mató la incertidumbre.

En el judaísmo, cuando pierdes a un ser querido, se guarda el shivá .

Durante siete días tras el entierro los familiares directos del difunto no salen de casa, cubren los espejos, rezan el kaddish …

De un modo u otro, yo llevaba años guardando shivá por mis muertos.

La reportera cierra el bloc de notas y lo mete en el bolso. Tras apoyar los antebrazos en la mesa, se inclina ante Jonatán y lo observa en silencio hasta que él reanuda el contacto visual. Ante la ausencia de una pregunta más, él agrega:

—¿Conoce usted la leyenda del chol ?

—Me temo que no.

—Era un pájaro que vivía en el Jardín del Edén.

De entre todos los animales, él fue el único que se negó a catar la fruta prohibida.

Como recompensa por su obediencia, fue merecedor de una especie de inmortalidad.

Cada mil años, el chol se sienta en su nido, que de inmediato es devorado por las llamas.

El chol , sin embargo, no desaparece por completo, pues deja tras de sí un huevo del que nacerá un ave exactamente igual que él.

Las llamas que consumen al chol representan los sacrificios que los judíos ofrecían a Dios.

Estos sacrificios se conocen como olah , que en griego se designa…

— Holokauston —termina ella por él—. Holocausto.

—No creo que la muerte de mi hermano fuese un sacrificio.

Tampoco las muertes de Bloomsbury o de Dinah ni las de aquellos, como Ádám, que resistieron contra el nazismo.

En hebreo, el término que se utiliza es Shoah , «catástrofe», pero yo, como muchos, prefiero referirme a ello de la manera más literal: exterminio.

—Suspira—. La historia de Sanz Briz no habla de las cinco mil vidas que salvó, sino de los millones que perecieron por el silencio de los demás.

Por eso, cuando pienso en Sanz Briz, pienso en el chol .

El chol no como víctima ni como sacrificio, sino como justo que, aun pudiendo lavarse las manos, elige sumergirse en las llamas.