El silencio de los justos Capítulo XVI
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Capítulo XVI

XVI

En los teatros, que habían vuelto a abrir y vendían las entradas a precios absurdos, pues el pengő carecía de valor, los cómicos no tenían que hacer más que arremangarse y mostrar los dos antebrazos repletos de relojes para hacer reír a un público cuyas vidas, contra todo pronóstico, continuaban.

El auditorio recibía el gag, que hacía referencia a los saqueos de sus libertadores, con la alegría de quienes habían pagado el precio justo por su liberación.

De otros pagos mayores, realizados en carne y a la fuerza por las mujeres, como en todas las guerras pasadas y futuras, no se hablaba nunca.

Tampoco se mentaban las listas de la Cruz Roja ni la sombra de la estrella de David, aún perceptible en los abrigos de quienes las leían con ansia cada mañana esperando recibir unas noticias que rara vez eran buenas.

Por aquellas fechas, los voluntarios de la comunidad judía que renacía de sus cenizas llamaban puerta por puerta para registrar quién permanecía con vida y quién faltaba.

Se trataba de una relación sencilla: calle y número de la casa, los nombres de los miembros de la familia y sus lugares y fechas de nacimiento.

En junio, más o menos por los días en que había comenzado la deportación de los judíos de Budapest el año anterior, los Rozenfeld recibieron el timbrazo esperado.

Habían tenido la suerte de poder regresar a su residencia, mientras que muchos vecinos se habían visto abocados a renunciar a sus hogares, ocupados por nuevos inquilinos cristianos que se negaban a devolverlos.

Gracias a los Farkas de Batthyány, habían conservado casi todos los objetos personales, y a esa permanencia de los recuerdos físicos se le unía la proximidad a la estación de trenes del Este, a la que la señora se acercaba a diario para consultar las listas de supervivientes de los campos.

Jonatán abrió la puerta. Desde el descansillo, no le devolvía la mirada un voluntario trajeado, sino un muchacho escuálido cuya procedencia revelaban el uniforme a rayas de preso y el abrigo de un ejército extranjero.

Dio un paso atrás al intentar buscar rasgos familiares en aquel rostro que no reconocía, pero, a fin de cuentas, ¿quién no habitaba una piel distinta tras un año entero en un campo de concentración? Casi todos los que volvían eran jóvenes atrapados en cuerpos ancianos y enfermos.

—Estoy buscando a Sándor Rozenfeld —dijo el chico y, al quitarse el gorro, también de un ejército ajeno, mostró un cabello oscuro que apenas comenzaba a crecer.

Jonatán cerró los ojos y aún precisó un par de segundos más antes de contestar. Ádám se había llevado consigo la luz y la alegría. Hasta la garganta se le agarrotaba al hablar, reacia a emplear de nuevo un idioma que habían compartido.

—No… no está en casa —musitó al fin.

Los ojos del muchacho (grises, como los suyos) se volcaron sobre él con la misma expresión vacía, derrotada, que presentaban cuantos regresaban del lager .

—¿Sabes a qué hora va a volver?

Jonatán tragó saliva para lubricar esas palabras que se negaban a salir.

—No está desde el año pasado —dijo, y cuando el chico hizo el amago de marcharse añadió—. ¡Espera! ¿Cómo te llamas? ¿Eres… eres de aquí, del barrio, o de la fábrica? ¿Por qué preguntas por mi hermano?

Mientras formulaba las cuestiones, tiraba de la mano del muchacho para conducirlo a la cocina.

Le sirvió un vaso de agua y un panecillo dulce, redondo, que era de lo poco que se encontraba con abundancia en los mercados.

El chico lo estudiaba con una expresión indescifrable, casi de sospecha, como si perteneciesen a especies distintas y la distancia entre ellos resultase insalvable.

—Estuvimos juntos en Buchenwald. Compartíamos litera en el barracón. Él hablaba mucho de la plaza, del cine… Al salir de la estación y pasar por aquí me he acordado, he leído los nombres de los vecinos en el buzón y he visto que todavía vivís aquí.

—¿Y… y si estabais juntos en Buchenwald, por qué no volvisteis juntos también?

—Nos separaron. Al final, los alemanes evacuaban a los presos de un campo para llevarlos a otro a fin de que no nos liberasen los aliados. Acabamos en listas distintas y también en transportes distintos, claro.

Jonatán se encogió con un escalofrío repentino.

—Entonces… ¿todavía hay húngaros ahí fuera? ¿Todavía están volviendo?

—Sí, muchos. También tienes que considerar, por ejemplo, que los americanos intentaban disuadirnos de volver a Hungría.

Decían que, como ahora es roja, no podían garantizarnos que nos tratarían bien.

Pero yo no tenía otro sitio al que ir y, además, los rusos que conocí en el campo eran buenos presos; se notaba que se querían mucho y que se protegían entre sí.

—Sí, creo que Sándor…, creo que Sándor habrá razonado como tú. ¿Y tu familia?

—Viven en Lipótváros. Eso, si han sobrevivido, claro. Yo también llevo un año entero fuera de casa.

En un movimiento reflejo, involuntario, Jonatán le apretó la mano de nuevo.

—Ya verás que sí y la alegría tan grande que les vas a dar. ¿Quieres… quieres darte un baño antes de ir a buscarlos? Puedo prepararte algo de ropa; eres más o menos de la misma altura que… que un amigo que se dejó un par de prendas aquí.

El joven lo escudriñó sin decir nada, casi azotado por aquella generosidad repentina a la que no estaba acostumbrado.

—Como tú quieras —insistió Jonatán—. Y… y si no das con los tuyos, puedes volver aquí y quedarte el tiempo que necesites.

El chico bajó la cabeza mientras se guardaba en la bolsa la mitad del panecillo.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo qué?

—Un baño estaría muy bien. Y, bueno, prefiero no presentarme ante mi madre con la ropa del campo.

Jonatán le sonrió.

—Claro. Ven, que te enseño dónde está todo. Lo que no me has dicho aún es cómo te llamas.

El muchacho parpadeó, sorprendido también por el interés que suscitaba su nombre después de tanto tiempo respondiendo con el número que le habían asignado a su llegada al campo.

—Tamás. Tamás Schlecker.