Capítulo XV
XV
Szálasi, desde el trono que le habían entregado en bandeja de plata, cual cabeza de san Juan Bautista, declaró que sin Viernes Santo no hay resurrección y que ese, sin duda, era el Viernes Santo de aquella ciudad que Hitler había declarado fortaleza.
Mientras la Gestapo huía a Esztergom, en Sopronkőhida ahorcaban, como un último trámite, a Endre Bajcsy-Zsilinszky, líder confeso del Comité de Liberación. El asedio de Budapest, que durante semanas y meses habían temido y anhelado, era ya una realidad tangible.
Al día siguiente, los alemanes volaron los puentes que conectaban Buda y Pest, en un intento desesperado por frenar el inexorable avance del Ejército Rojo.
A Giorgio Perlasca por los pelos le dio tiempo de visitar a los judíos refugiados en Villa Széchenyi, a quienes despidió con un consejo antes de regresar a la embajada: que mantuviesen a buen recaudo sus armas.
El Frente Húngaro, aunque desmembrado tras la ola de detenciones que había dado caza, entre otros, al líder comunista László Rajk, se alzó en pequeños grupos de partisanos contra sus opresores.
Ellos, junto a los desertores del Ejército Real, que señalaban su condición con trozos de tela roja de paracaídas, eran chicos de Buda y de Pest, sabían cómo pasar de un edificio a otro, qué túneles subterráneos utilizar, qué posiciones ventajosas tomar.
Para burlarse de la Cruz Flechada, cantaban, amplificados por megáfonos, la famosa canción de Katalin Karády «Corres en vano».
Corres en vano, corres en vano…
No puedes huir de tu destino
El 29 de diciembre, las tropas soviéticas ya habían capturado el aeródromo Ferihegy y un miliciano de la Cruz Flechada llamaba a la puerta de Ádám Farkas en la plaza Szabadság.
Era joven, como todos, y, como la mayoría en aquellos días convulsos, inmediatamente anteriores al asedio, actuaba por cuenta propia.
Por su uniforme, el házmester le permitió subir sin pedirle explicaciones.
Arriba, la criada palideció. Entre temblores, encogida contra el marco de la puerta, le dijo que en la casa solo estaban la niña y ella, y que, por favor, no les hiciese daño.
—Nada más lejos de mi intención —le aseguró él mientras cerraba la puerta tras de sí—. Tranquila, no se asuste. Si me lleva con sus señores…
—Yo… yo ya le he dicho que aquí solo estamos la niña y yo, y ella… ella no se encuentra bien, señor, y yo no quiero molestarla.
El joven separó los labios para añadir algo más. Desde el pasillo, una nueva voz, femenina y serena, se le adelantó.
—Llévese los objetos de valor que le venga en gana y márchese de la casa de mi hermano antes de que llegue mi padre. Él no le va a avisar antes de apretar el gatillo.
Desde su posición, el muchacho no podía ver a la persona que le hablaba, pero sí el cañón de una pistola pequeña que sujetaba una mano de mujer.
—Erika Farkas, ¿verdad? Yo era amigo de tu hermano. —Oyó el clic del seguro que se retiraba y, entre dientes, agregó—: ¡Soy judío! ¡Judío! No soy un Cruz Flechada de verdad. Me llamo Richárd Friedl y conocía a Ádám muy bien.
El arma descendió y de la penumbra del pasillo emergió la figura esbelta y muy pálida de Erika.
—He oído hablar de ti —musitó ella y, despacio, se dirigió hacia él—. Tienes suerte de que no esté mi padre. No iba de farol cuando te dije que, con ese uniforme que llevas, te habría disparado.
—Y, si yo hubiese sido un verdadero miliciano, esa habría sido su muerte. —Señaló la pistola con la cabeza—. Y la tuya.
Erika Farkas no se estremeció. Los ojos, enrojecidos por el llanto, hacían refulgir el iris verdísimo.
—Estabas solo y eres muy joven. Todos los que entran así, sin compañía, están borrachos como cubas. Habría sido un accidente.
Lo condujo a la cocina. Ante dos tazas de achicoria (café ya no les quedaba) le preguntó qué había ido a buscar y en qué podían ayudarle.
—Tenemos suficientes reservas de comida porque hemos hecho acopio, y mi madre, que lo está pasando muy mal, evacuó la ciudad y se fue al campo con unos familiares. Podemos compartirlas con vosotros, si os hace falta.
Richárd le sonrió.
—A todos nos hace falta, pero no es eso lo que me trae aquí. Vengo por Jonatán Rozenfeld.
Erika tardó un par de segundos en responder. Evitaba mirarlo y sus dedos, abrazados a la taza, se sacudían hasta casi hacer verter el líquido.
—Jonatán Rozenfeld está en el Mandato —musitó.
—Ya no. Es una historia muy larga, pero el caso es que se encuentra con nosotros, escondido en uno de los edificios suizos. Está muy mal.
Erika se volvió hacia él.
—¿Lo hirieron?
—No, no es eso, es… —Hizo un gesto con la cabeza—. La muerte de tu hermano le ha afectado mucho. Está… como catatónico. Tengo que obligarlo a comer, a beber… —Chascó la lengua—. No es dueño de sí ni para… ni para controlar las necesidades fisiológicas.
—¿Sabe que su madre está viva? Y muy bien, además. La embajada de España no queda lejos y cuando puedo pregunto por ella.
Richárd asintió con un gesto.
—Sí, pero también está al corriente de la deportación de su hermano y…
se pasó tres meses en la cárcel, lo torturaron.
No sé si se las hicieron allí o cuando lo capturaron, pero tiene unas cicatrices en las muñecas que hablan por sí mismas y la muerte de Ádám ha sido para él la última estocada.
Yo no puedo hacer que un hombre quiera vivir.
El rostro ovalado, elegante, de Erika se crispó.
—¿Y yo sí?
—No lo sé. Estoy desesperado y soy muy consciente del duelo tan reciente por el que estás pasando, pero a los Rozenfeld los quiero mucho y…, si se te ocurre alguna manera de ayudar a Jonatán…
Erika no dijo nada. Se giró hacia la ventana, que reflejaba la luz violeta del ocaso, y aún se abrazaba a la taza cuyo interior no había catado.
Richárd se levantó.
—Lamento haberte molestado en un momento tan duro y haber tenido que presentarme con este uniforme. Ya lo sabes, pero tu hermano era una de las personas más valientes que he conocido y no merecía morir, mucho menos así.
Se dio media vuelta. Ya tenía en las manos el pomo de la puerta que daba al pasillo cuando ella habló.
—Espera.
Se ausentó a la habitación, de la que regresó con una Biblia de bolsillo que le entregó en mano.
—Dentro, en el libro de Samuel, hay una carta que Ádám escribió. No la he leído porque no… no era para mí.
—El libro de Samuel…
—La historia de David y Jonatán.
Richárd esbozó una sonrisa triste.
—La conozco. Jonatán, primogénito del rey Saúl, salva a David de la muerte. Cuando, más adelante, él mismo cae en batalla contra los filisteos, David, que ya ha sido coronado rey de Israel, lo llora como si hubiese perdido una parte de sí mismo.
—Sí, eso es. Parece que mi hermano, que siempre tenía que salirse con la suya, cambió el destino de los personajes.
—Se secó las lágrimas con el dorso de la mano—.
Llévate algunas latas de comida, por favor.
En el mercado negro todavía se pueden conseguir algunas cosas y nosotros…
, nosotros, por suerte, nos lo podemos permitir.
Y dile a Jonatán…, dile que vi a Ádám antes de la ejecución y que estaba tranquilo y…
y que lo quería más que a nadie en el mundo.
—Le daré el recado. Si tú me permites un consejo, además de no volver a apuntar a un uniforme como este con una pistola…
, destruid o esconded bien las pruebas del servicio militar de tus hermanos antes de que vengan los soviéticos.
Serán nuestros libertadores y por ideología los considero camaradas, pero también son muchachos que llevan a la espalda una guerra muy larga.
No te olvides de que Hungría combatió junto a Alemania y de que los soviéticos sufrieron en sus carnes más de un año de asedio.
Lo mismo te digo de cualquier joya que lleve el escudo de armas de tu familia.
Erika asintió, queda. Después le tendió la mano no para que la besara, sino para estrechársela.
—Te deseo lo mejor, si no volvemos a vernos.
—Yo también, señorita.
Caía la noche cuando Richárd Friedl regresó a la Casa de Cristal y, tras comprobar que las mantas estaban secas, se sentó en el catre de Jonatán.
Le había conseguido un lugar privilegiado, más cómodo y algo apartado, cosa casi imposible en aquel edificio que, aunque amplio, albergaba ya a miles de judíos.
—Eh, amigo, hemos hecho una fogata en el patio y dentro de poco podré traerte comida caliente.
No recibió señal alguna, física ni verbal, de que su mensaje había llegado al destinatario. Por los ojos, que se volcaban sobre la ventana sin llegar a fijar la mirada en ella, supo que Jonatán estaba despierto.
—Me he encontrado con Erika Farkas, que trabaja en la Cruz Roja Internacional —prosiguió, ocultando las verdaderas circunstancias de aquella conversación—.
Estuvo con Ádám justo antes…, justo antes de su ejecución.
Me aseguró que estaba muy tranquilo, sereno, y que no tenía miedo. Me dio esto para ti.
Tras mostrársela, para que reconociese la caligrafía y el papel de la cárcel, le puso la carta en la palma de la mano. Esperó a que los dedos se cerrasen para tomarla por propia voluntad y que se alzasen después para desdoblarla y acercarla a la luz para leerla.
—Vuelvo en un rato, amigo —le dijo, y lo dejó tan solo como podía estar alguien en la Casa de Cristal.
Querido Jonatán:
Te escribo esta carta sabiendo que será la última y con el corazón encogido por el dolor que te pueda causar la noticia de mi muerte.
Eres el mejor amigo que he tenido en la vida y te quiero más que a nadie.
El único arrepentimiento, el único reproche que me hago y que me quema por dentro, es no haber podido mantener todas las promesas que te hice.
Es una flecha que me atraviesa el pecho y quiero que sepas que lo siento muchísimo, que aunque las cosas fuesen distintas y viviese hasta cumplir los cien años seguiría lamentándome por ello hasta el final de mis días.
Por lo demás, me voy tranquilo. Todo lo que he hecho, lo he hecho honradamente y siguiendo mis ideales, que ante todo han buscado siempre la justicia y la libertad.
Sé que sobrevivirás a esto. No soy un hombre de fe, pero sí tengo esta convicción absoluta: sobrevivirás.
Siempre has sido el mejor de los dos. Y si me sorprendo al ver que hay algo al otro lado, espero encontrar una ventana a través de la cual pueda observar todas las cosas que vas a hacer con tu vida.
Tu pequeña gran vida que tantas alegrías me ha causado y que he tenido el privilegio de compartir durante más de la mitad de mis casi veinticinco años (ya ves, me matan una semana antes del día de mi cumpleaños y a un mes de alcanzar tú los veintiséis).
Algún día vas a conocer a alguien que te haga muy feliz, y no me refiero a enamorarte y a casarte y a todo lo que viene después.
Me refiero a que tu vida sigue, y volverás a tener un amigo como yo, que te comprenda a la perfección, que te acompañe en las borracheras, que escriba en los márgenes de tus libros y que se siente a la mesa de tu familia como un miembro más, como si hasta la propia silla guardase la forma de su cuerpo cuando está vacía.
Tendrás un amigo así y le hablarás de mí y de las cosas que hicimos, incluso cuando estos recuerdos sean ya lejanos en tu memoria y te cueste acordarte de las palabras exactas que dijimos o del timbre de mi voz.
Algún día el mundo entero sabrá de ti, porque sí, todavía creo en esa justicia que anhelo, y no habría una más grande que esa, al igual que no hay un corazón tan noble, valiente y hermoso como el tuyo.
Que a partir de ahora todos tus atardeceres sean limpios, todos tus libros espléndidos y todos tus vinos dulces.
Me voy con tu recuerdo como mortaja y, si tienes razón y hay algo al otro lado, te buscaré incesantemente hasta encontrarte y aunque hayas cambiado, aunque pasen mil años, te reconoceré.
Con cariño y siempre tuyo,
Á DÁM
Tras besarla, Jonatán dobló la carta de nuevo antes de guardársela en el bolsillo. Lo inundó una soledad absoluta, un dolor mudo por aquella injusticia que no se terminaba nunca, por todas aquellas cosas que debieron haber sucedido y no habían ocurrido, por tantas vidas perdidas.
Todas las velas del mundo parecían consumirse.