El silencio de los justos Capítulo XIV
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Capítulo XIV

XIV

Tras varios días en Tata, en el refugio de los mineros que lo alimentaron y lo bañaron, contra toda recomendación, Jonatán regresó a la ciudad que había abandonado.

Por lealtad a la amistad que veneraba, su primera parada fue el lugar al que debía haberse dirigido el día de su detención: la fábrica de cristal que los jalutzim utilizaban como refugio.

En esa ocasión, acompañado por el rugido de la artillería soviética aún lo suficientemente alejada, llegó a su destino sin problemas, como si una mano le allanase el camino y hasta el polvo de las botas le limpiase.

Había buscado en vano alguna nota sobre la sentencia a los miembros del comité en los periódicos; sabía que a Bajcsy-Zsilinszky y otros políticos los habían trasladado a otro penal, en Sopronkőhida, y ese era el clavo ardiendo al que se aferraba sin que el dolor le importase.

En la ya llamada «Casa de Cristal», su nombre auténtico, el verdadero, supuso por una vez su salvación.

Los camaradas del Hashomer Hatzair recordaban a Sándor, claro que sí, y hasta similitudes físicas veían en ellos, en la forma de la cara y en el perfil.

Lo aceptaron como a un hermano aunque sitio no les sobraba, más bien todo lo contrario.

De noche, solo podían dormir de lado, hombres y mujeres apiñados.

Pese a todos los esfuerzos, en las estancias atestadas el olor dulzón y nauseabundo de la propia corporeidad y de sus necesidades fisiológicas enrarecían el aire.

—Es horrible y, con todo, preferible a la deportación —le explicaron, y Jonatán tuvo que asentir.

—A mí, que me he escapado de la cárcel, esto casi me parece un lujo. Al menos aquí nadie me despertará por la noche para torturarme.

—Mientras no salgas, estarás seguro. Tienes suerte de que tu aspecto no te delate; la Cruz Flechada está deteniendo en la calle a todo aquel que les huela a judío, porte estrella o no.

Si no tienen orden de deportación, se los llevan al río y los matan de un tiro.

Ni en balas quieren gastar, porque los atan de pies y manos para ejecutar a varios de ellos de un solo disparo.

Tras permitirle descansar y llevarse algo a la boca, lo condujeron junto a Richárd Friedl, a quien Jonatán conocía tan solo de oídas a través de Ádám.

Rubio, de ojos azules y facciones nórdicas, Richárd poseía el mismo privilegio escurridizo que él: el no llevar en la cara los rasgos típicos de su etnia.

En cuanto lo tuvo ante sí en el patio interior, único lugar con cierta intimidad, lo abrazó como a un viejo amigo al que no veía en años.

—Yo quiero mucho a tu hermano —le dijo.

Utilizó el presente porque él, que había perdido a tantos camaradas, se negaba a añadir uno más a la lista, si no tenía ante sí un cadáver que pudiese reconocer.

Para calentarse las manos, y como antiquísima señal de camaradería, sacó dos de los últimos cigarrillos que le quedaban para compartirlos con Jonatán.

—Es un chaval avispado, valiente y muy noble. En otras palabras, las mejores cualidades que se pueden tener hoy en día. —Peleó con la cerilla hasta prenderla—. Mira, después de todo lo que has pasado, yo no quiero darte malas noticias, pero no sé si te has enterado…

—¿De que lo deportaron? —dio una calada—. Sí, sí que me he enterado.

—Lo siento. Lo lamenté mucho, de veras. He leído el Informe de Auschwitz igual que tú y sé lo que implica la deportación, pero también conozco a tu hermano.

Esas cualidades de las que te hablo son las que le permitirán sobrevivir.

Ya ves cómo está el mundo. La derrota del Reich es cuestión de semanas o meses, y Sándor, que está en plena condición física, los soportará.

—Suspiró—. Ojalá hubiese sabido que estabas en Europa, en su momento.

—¿Para qué? ¿Para que la preocupación aumentase su sufrimiento?

Las cejas de Richárd, tan bajas y claras que solo se percibían por la sombra que se cernía sobre los iris, temblaron.

—Para darle esperanza. El Mandato no significa nada tangible para nosotros, ni siquiera para los que creemos en el sionismo. La lucha está aquí, en Europa, y creo que Sándor se hubiese sentido muy orgulloso del sacrificio tan grande que tú hiciste.

—No fue un sacrificio —le aseguró Jonatán—.

A mí el sionismo nunca me embaucó. Emigré para salvar el pellejo, nada más y nada menos, y porque sin merecerlo tuve más suerte que otros que lo intentaron y se quedaron sin visado.

No albergaba ilusión alguna por crear una nueva patria en una tierra ajena que ni me pertenece ni tiene nada que ver conmigo…

, la culpa me estaba envenenando. No podía tolerar quedarme allí, a salvo, mientras vosotros teníais que resolver esta papeleta de mierda.

Richárd enterneció la mirada.

—No deja de ser un sacrificio. Desde luego, si hubiese sabido que uno de los agentes de los que nos hablaron nuestros camaradas eslovacos eras tú…

—Nada habría ocurrido de la misma manera —lo interrumpió Jonatán—.

Para empezar, os habríais quedado sin mensajero.

Sabiendo de mi amistad con Ádám Farkas, no se os habría ocurrido seleccionarlo para la misión.

Aunque salió bien, desde un punto de vista táctico suponía un riesgo enorme.

La verdad es que yo casi me echo atrás, aún a sabiendas de la importancia de distribuir el informe.

Tuvo que obligarme él a que le entregase el cianuro porque yo no me atrevía.

—Un tipazo, de la mejor categoría de hombre que se puede conocer. Quizá tuvo que ocurrir de esa manera para que lo pudieses ver y él estuviese al tanto de tu situación.

Una calada larga. Acostumbrado al tabaco de prisión, de pésima calidad, ese a Jonatán se le atragantaba.

—Eso creo yo también. Coincidimos después en la cárcel. De no haber sido por él, estoy seguro de que habría encontrado la manera de matarme porque ya no podía más.

—Tenía que ocurrir —repitió Richárd—. Piensa que, al menos, estuviste con él los últimos días.

—Sí —accedió.

Se detuvo en mitad de un movimiento, de una exhalación, herido por aquella particularidad semántica, por la vaguedad de una palabra que no había percibido de inmediato.

—Mis últimos días —corrigió—. Mis últimos días en la cárcel, quieres decir.

Richárd, encogido contra el muro para que el viento no le apagase la colilla, se volvió hacia él. Las pupilas, diminutas, se sacudían en el centro de aquellos iris tan claros.

—Friedl —dijo Jonatán con la voz rota.

—Creí…, creía que lo sabías. Como dijiste que estuvisteis juntos en la cárcel, me figuré que…

Se interrumpió a sí mismo. Con los brazos extendidos, sostenía a Jonatán para que no cayese. La respiración, agitada y muy fuerte, le recordó a la de un animal agonizante; temblaba contra él, contra su pecho, y Richárd no lo soltaba.

—Lo siento. De verdad que creí que lo sabías. Lo… lo publicaron en el periódico de la Cruz Flechada y después…, después el diario clandestino del Partido Comunista se hizo también eco de la noticia, para reivindicar sus nombres y…

Jonatán ya no lo escuchaba. Se retorcía entre sus brazos, tratando de zafarse de la presión que ejercían sobre él.

A pesar del hambre y las penurias, todavía conservaba la fuerza o era tal vez ese dolor atroz, traicionero, el que lo liberó.

A trompicones avanzó sobre la nieve en dirección al portón que comunicaba con la calle.

—¡¿Estás loco?! —chilló Richárd mientras corría hacia él.

Entre dos compañeros que habían salido con el alboroto lo redujeron y empujaron contra la pared.

—Los milicianos de la Cruz Flechada patrullan esta calle día sí y día también —le explicaban—.

Aquí dentro nos protege la bandera suiza, pero si te ven salir sabrán que eres judío porque con esos harapos que llevas encima y esa cara de no haber comido caliente en años no das el pego como diplomático.

Te pegarían un tiro, ¿lo entiendes? ¿Eso es lo que quieres?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Dejadme!

Jonatán, cuyo rostro rojo y húmedo todavía se contraía, les golpeaba con los puños. Trataba de huir de nuevo, pero entre los tres se lo impedían.

—¡Que acaben lo que empezaron de una vez! ¡Dejadme!

Tras tirar el cigarrillo, Richárd le asestó una bofetada con todas sus fuerzas. Después le tomó la cara con las manos y lo obligó a mirarlo.

—Tu madre está viva —le informó con delicadeza, casi con ternura—.

Tiene un pasaporte español y se encuentra a salvo en una casa del parque Szent István, y yo no quiero tener que decirle que a su hijo, el que pensaba que estaba en el Mandato, lo cosieron a tiros unos milicianos cuando nuestros libertadores estaban a las puertas de la ciudad.

Y a tu hermano, cuando vuelva del campo de concentración, tampoco.

Jonatán no le respondió. Al impacto inicial del golpe le siguió una nueva oleada de jadeos y espasmos que aumentaron en frecuencia e intensidad cuando Richárd comenzó a acariciarlo.

—Le harías un flaco favor a Ádám, con tu muerte. Estás vivo aunque no quieras y eso es más de lo que muchos, incluido él, pueden decir.

Jonatán se acurrucó, herido por ese cuchillo invisible que le desgarraba las entrañas.

Deseaba quedarse dormido y despertar en el suelo de la cárcel, habitar en aquellos cuatro centímetros entre la celda de Ádám y la suya.

Y deseaba ser mujer para crearlo de cero y parirlo.

O convertirse en el dueño del tiempo para deshacer ese luto, deshilar los segundos para llegar hasta él y salvarlo.