El silencio de los justos Capítulo XII
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Capítulo XII

XII

Los guardias de la prisión permitieron que madre e hija preparasen el cadáver. En el pasillo, al bajar al depósito, les habían preguntado si tenían ya un nicho.

—Si no, tendrá que ir a la fosa común.

La madre, que llevaba toda la guerra de luto por los niños que había engendrado, fue la que le respondió. Tan alta como Erika, carecía sin embargo de la delicadeza de la hija, y se erigía poderosa, como una estatua griega o la representación de la patria en los cuadros antiguos.

—Vosotros lo matáis, vosotros lo enterráis —masculló entre dientes—. Pero como no tenéis corazón ni agallas, a mi hijo le he preparado yo un sitio; no un nicho, sino un mausoleo entero.

La fiereza de los ojos verdes, que los mellizos habían heredado, desarmó a aquellos hombres que deseaban humillarlas cuando ya les habían arrebatado todo. No le dijeron nada.

En la sala mortuoria, acariciaba la piel de su hijo, aún templada, antes de que la rigidez mutase aquellos rasgos que leía en braille.

—Vamos, madre, que cuanto más tardemos, más difícil será.

Ejecutado por alta traición, no se le autorizaba a portar el uniforme, ni siquiera sin los galones ni las medallas que había recibido en el Don.

Erika, que no toleraba la idea de que fuese al féretro con las ropas de la cárcel, tampoco con las que llevaba en el momento de su detención —se las habían entregado, todavía manchadas de la sangre de Pál Széchenyi—, había escogido su traje favorito del armario, que la señora Rozenfeld le había confeccionado, con una corbata a juego.

La camisa no había tenido la ocasión de estrenarla.

Había oído decir a las enfermeras más veteranas que los muertos relajan los músculos cuando les hablas, como si quisiesen hacerte el favor de facilitar el trabajo.

Nunca lo había creído, porque ella podía rezar el rosario a diario y guardarse una estampita de la Virgen de Loreto en el bolsillo antes de emprender un viaje, pero en el hospital solo contemplaba las leyes estrictas, inamovibles, de la física y la razón.

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sin embargo, ahí estaba: cuando le decían a Ádám un par de palabras, el rigor mortis cesaba.

—Tanto que me cuidabais y qué sola me habéis dejado los tres —musitaba mientras con un paño húmedo le lavaba el cuello, la piel agrietada y quemada por la fricción de la soga, antes de vestirlo—. A ver quién me va a descarriar, ahora.

Lo perfumaron y lo besaron antes de que la carne, ya blanca, se convirtiese en duro y frío mármol. La madre le colocó el rosario en la mano derecha aunque él ni creía ni rezaba.

—Anda, para que te metas con tu madre una última vez —le dijo—.

Y para que te vayas protestando, que mira que te gustaba refunfuñar.

Si hasta pienso que te ponías nervioso cuando no tenías nada de qué quejarte.

Y qué gracia tenías, porque lo decías sin malicia, para hacernos reír —le acarició el pelo—.

Ojalá os hubiese parido más tarde. Qué prisa tuvisteis Tibor y tú en venir al mundo y qué años más malos os han tocado vivir.

Erika le besó la frente. Con cuidado, sacó de la cartera una instantánea de fotomatón de Jonatán y de él, que le puso en el bolsillo interno de la chaqueta para que nadie pudiese encontrarla.