El silencio de los justos Capítulo XI
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Capítulo XI

XI

En algún lugar de Hungría,

El grupo de hombres se organizó rápido. Con ayuda de unos cuantos partisanos yugoslavos que gozaban de la plena confianza de los paracaidistas, serraron por turnos.

Cantaban. Cantaban con todas sus fuerzas, a pleno pulmón, con la esperanza de que sus voces y el traqueteo del tren ahogasen el ruido de los cuchillos royendo la madera.

— Madarka, madarka, csácsogó madárka…

A la nostalgia de Jonatán, el filo más afilado que poseía, se le unió el himno brigadista que los comunistas entonaban a coro mientras las manos, enrojecidas por el esfuerzo, porfiaban en su cometido.

— Madrid határán állunk a vártán… Állunk tűzözönben minden poklon át… Őrködünk a vártán, Madrid népe álmán… Álljuk vad hadaknak minden ostromát! [46]

El tren avanzaba despacio pues la artillería soviética, que teñía los cielos de negro y granate, lo obligaba a detenerse cada pocos kilómetros.

Aquellos aviones, que los paracaidistas celebraban como si sus pilotos pudiesen verlos, eran de una suerte de deidad pagana que velaba por ellos.

Si lograban abrir el agujero a tiempo, el plan era saltar en las inmediaciones de Tata, ese pueblo minero, de firme tradición antifascista, al que pertenecían varios de los comunistas, y que suponía la mejor carta en su baraja.

Continuaron trabajando y cantando, descansaban únicamente cuando el transporte se paraba y los guardias aprovechaban para comprobar que los presos seguían ahí, obedientes y con la esperanza dinamitada. En cuanto se ponían en marcha de nuevo, proseguían con energía.

— Tyomnaya noch’, tol’ko puli svistyat po stepi, tol’ko veter gudit v provodakh, tusklo zvyozdy mertsayut… V tyomnuyu noch’ ty, lyubimaya, znayu, ne spish’… [47]

— Uz maršala Tita, junačkoga sina nas neće ni pakao smest’. Mi dižemo čelo , mi kročimo smjelo i čvrsto stiskamo pest… [48]

Las gargantas ya estaban en carne viva por los gritos cuando oyeron, como la música más deliciosa, el crujido de la madera que vencía.

¡La libertad! La libertad olía a la tierra húmeda por las nevadas, al fresco de la noche y al combustible de la aviación roja.

Tensos, se congregaron en torno a aquella tosca puerta que se abría solo para ellos, conscientes de que pronto descubrirían su crimen y de que, a partir de ese momento, cada uno debía luchar por su propia vida.

El joven más alto, de gafas redondas y rostro pecoso, que estaba montando guardia hizo un gesto afirmativo a los demás.

—Tata no queda lejos de aquí. Mejor aprovechar esta oportunidad que arriesgarnos a no volver a tener otra.

Como agradecimiento, le dejaron salir el primero. Después, uno por uno, saltaron a la inmensidad negra de la madrugada, que los recibía.

Cárcel de la calle Margit ,

8 de diciembre de 1944

A las diez de la mañana del viernes 8 de diciembre, sentenciaron a muerte en la horca por alta traición al general János Kiss, al coronel Jenő Nagy y a los capitanes Vilmos Tartsay y Ádám Farkas de Batthyány.

Al resto de los miembros del comité —a excepción de Bajcsy-Zsilinszky, que aún no había sido extraditado— se les conmutó la pena capital por la cadena perpetua o penas de entre diez a quince años de cárcel.

Aún no se había pronunciado el veredicto y ya se estaba montando la horca en el patio.

El abogado militar, que no consiguió ni posponer el juicio ni el indulto, ni siquiera que el condenado se enfrentase al pelotón de fusilamiento y no a la soga como un criminal, logró, sin embargo, que la visita de la familia se alargase más de los tres minutos habituales.

La vida en dos horas. Tras redactar unas últimas misivas y recibir al párroco de la cárcel (no tenía nada que confesar ni tiempo para que le trajesen a un religioso de su confianza), lo condujeron a una celda más pequeña, en la que ya lo esperaban sus seres queridos.

Erika miraba la hora en el reloj de pulsera.

Escrutaba el reloj y rezaba. Eso le mantenía la mente ocupada, tanto que ni siquiera se dio cuenta de que habían llevado a su hermano.

Su mente estaba fija en la oración y en el reloj, y no se percató de ese cambio más que significativo hasta que oyó el frufrú de la falda de su madre y los besos que le daba a Ádám en la mejilla.

—Ay, cariño, cariño, si pudieses volver a mis entrañas —le decía mientras lo acariciaba, con la voz rota por un luto que ya había comenzado—. ¿Por qué tuvisteis que salir de ahí con lo bien que estabais?, ¿es que este mundo no os ha sabido querer bien?

Ádám le devolvió el beso.

—Qué mala suerte ha tenido con este hijo, madre. —Se zafó de su abrazo y sin llegar a separarse del todo de ella, sonrió—. Usted siempre ha sabido que mi vida iba a terminar mal, ¿verdad? Y nosotros no supimos hacerle caso.

No aguardó a recibir respuesta. Ya caminaba, como flotando en una congoja infinita, hasta llegar a la esquina de la habitación en la que Erika esperaba de pie.

A ella no le habían permitido ver a su hermano en dos semanas.

En aquel lapso, efímero en tiempos de paz y capaz de contener años enteros durante el conflicto armado, había perdido peso; la piel, cerosa y tirante, estaba teñida del ocre avioletado de unas ojeras que daban testimonio de la turbación de la última noche.

A menos de dos horas de enfrentarse a su ejecutor, estaba tranquilo.

Se detuvo frente a ella, quieto, esbozando una sonrisa como si ambos fuesen partícipes de una broma que los demás desconocían.

Como el primer día en el hospital, Erika permanecía inmóvil, muy rígida, le clavaba la mirada pero no se atrevía a tocarlo.

Al ir hacia él y sentir los brazos que la rodeaban, se estremeció.

Aunque tenían casi la misma altura, apoyó la mejilla en su hombro; quería guardar, conservar para la posteridad el olor específico de su piel, el tacto de su carne en las yemas de los dedos y el de la ropa de la cárcel, que se convertiría en su mortaja, también.

— Monsignore Rotta está al tanto del veredicto y ya ha informado a Su Santidad —le dijo, trémula—. Hay muchas personas que están protestando ahora mismo y pidiendo el indulto para vosotros.

Ádám la apretó más fuerte.

—Ya nos hemos quedado sin soluciones, Generala. —La besó—. Mira, te voy a pedir una cosa muy egoísta.

Erika asintió con un gesto. No se movía, quería quedarse con él hasta que se lo quitaran.

—Sí, lo que sea. Haré lo que tú quieras.

Ádám sonrió. Con dos dedos, le alzó la barbilla para que lo mirase de nuevo.

—A mí me vas a tener que llorar mucho. Siempre te lo guardas todo para ti.

Estás tan preocupada buscando una salida e intentando cuidar a los demás que te olvidas de ti y eso se acabó.

Quiero que me llores, que des un portazo a la habitación al llegar a casa, que te vistas de luto si te apetece…

, y después de unos meses, cuando el dolor no sea tan fuerte y todo esto haya acabado, tendrás una vida estupenda.

—La estrechó de nuevo—. Eso es lo que te mereces, porque a ti te han quitado cuanto podían quitarte y más, y jamás te has acobardado.

No la soltó. Simplemente deshizo el abrazo despacio y, sin admitir ayuda, la depositó con cuidado en la silla antes de volverse hacia su padre.

Le ofreció la mano para estrechársela en un obsoleto código de comportamiento del que no lograba renegar ni siquiera entonces.

El hombre, anonadado por la magnitud de aquella estocada mortal, tardó un par de segundos en reaccionar, rechazar el apretón y abrazar a su hijo.

—Aunque no se lo merecen, vais a enseñarles a esos verdugos lo que es de verdad un hombre. En casi cien años no se ha ejecutado a un oficial en este país.

—No se preocupe, padre, que la historia nos reivindicará.

—La historia y, mientras yo viva, el presente también. No habrá soldado en Hungría que no conozca vuestro nombre. El de vuestros asesinos será pisoteado; abusan del poder porque saben que no tienen el coraje ni la pericia de obtenerlo por méritos propios, solo por la fuerza bruta.

Atragantado por unas lágrimas que, por orgullo, no quiso derramar, se separó de su primogénito.

La vida en menos de una hora. Hablaron y hablaron; tejieron palabras, como quien dice. Se olvidaron de mirar el reloj, mucho menos de rezar, hasta que el dueño del tiempo fue por ellos. Todavía no era mediodía cuando el guardia abrió la puerta de la celda.

—Lo siento, chico —le dijo a Ádám, como si su presencia fuese un mero trámite al que dar cumplimiento enseguida.

Erika se puso en pie.

—Todavía no han pasado dos horas.

Pero Ádám ya se estaba levantando para ir hacia ella y darle uno de esos abrazos que no podía describir porque no eran tan solo físicos.

Llevaban consigo ecos de aquella Nochevieja en que tuvo la sensación de nadar en champán y recordó aquella fiesta en la que, borrachos como cubas, tiraron un jarrón al patio de la villa de Balatonfüred, y también el primer cigarrillo que fumó, y que no le gustó, mientras sus hermanos y ella oían doblar las campanas de la iglesia de Santa Ana en la plaza Batthyány.

—Ojalá te hubiera conocido mejor —musitó Ádám—. Puedes quedarte con mis libros y mis discos, y con cualquier cosa mía que alguna vez hayas ambicionado. Y tu Biblia…, tu Biblia se la entregué al párroco para que te la devolviese, yo también he marcado en ella algunas cosas.

Sus brazos estaban vacíos de nuevo. Su hermano se había vuelto para abrazar al padre, a quien le pidió perdón.

Este, sin cambiar el gesto regio, le apretó el hombro por última vez.

—Vas a dar una lección de honor —dijo y, tras bajar la voz, añadió—: Es más fácil matar a un hombre que afrontar la verdad y admitir la derrota. A mí hoy me matan a un hijo, pero también al hombre que en el último año se convirtió en mi mejor amigo y en mi mano derecha.

Ádám, que asentía, consciente de los segundos que le robaban como criminales en la noche, se volvió hacia su madre.

—Nunca he sabido comprenderla y fui injusto con usted. —Se apartó un poco de ella para acariciarle la nuca—. Ya no va a tener que preocuparse por mí, ¿eh? La he hecho sufrir más que ninguno de sus hijos.

El funcionario de prisiones tiraba de él para llevárselo mientras la mujer extendía los brazos como queriendo recuperar lo que era suyo, lo había engendrado en su vientre y traído al mundo con dolor, y, con dolor, se lo quitaban.

El cura, que había permanecido en pie en el pasillo, exigía acompañar al reo al patio y caminar junto a él «hasta el final».

—Es un hijo de Dios antes que un ciudadano ante la ley —protestó.

Ádám se limitó a mirarlo con una dulzura extrema.

—No se preocupe, padre —le dijo—. Me voy tranquilo.

A las once y cuarto de la mañana, llevaron a los cuatro oficiales sentenciados a la horca.

Un día fresco, clarísimo, de diciembre. El sol bañaba la nieve del patio, que todavía no se había derretido y refulgía dorada como un mar de luz que los recibía.

El fuego de artillería del Ejército Rojo que avanzaba rugía cada vez más cerca, amenazante e imparable, y se convertiría en su marcha fúnebre.

Firmes, los presos rechazaron la venda que les cubriría los ojos.

—Van a tener que mirarnos a la cara —siseó Ádám—. Donde estamos nosotros hoy, mañana estarán ustedes.

Le colocaron la soga al cuello. Y él era esa soga, los filamentos que sobresalían y le molestaban porque la piel, ante la proximidad de la muerte, se había vuelto sensible a cualquier tipo de tacto.

Y era el polvo de nieve que le impregnaba los zapatos y el corto abrazo que les dio a los camaradas en el pasillo y el carboncillo de la carta que aún tenía en el estómago.

Y era los campos de lavanda y el tren que se dirigía a la frontera y las conversaciones susurradas mientras el otro se dormía.

Inspiró. Sobre ellos, el cielo, atravesado por las estelas de los aviones soviéticos, se extendía como una pista de hielo. Los pájaros cantaban sobre el zumbido de los motores. Él, que había vivido como si su alma fuese carne, estaba a punto de abrazar el espíritu.