Capítulo X #2
Si la muerte les daba caza, los encontraría luchando.
Cárcel de la calle Margit
A las nueve de la noche, los ocupantes de la celda número seis regresaron a sus catres.
Caminaban erguidos, con la calma curiosa de quienes saben que al día siguiente habrán dejado de existir.
En consejo de guerra, en juicio sumarísimo, los habían subido al altar de los sacrificios.
Con la muerte, que habían pedido para todos, asustarían a cualquier célula de resistencia que pudiese existir aún en el país.
Ellos, el ejemplo mortal. Ellos, la sangre del cordero.
Ellos, mártires de una nación que no existía aún.
Solo Boldizsár lloraba. Él, que había andado sereno a lo largo del corredor de los aristócratas, se derrumbó al descubrir cierta belleza en aquellas cuatro paredes inmundas, estrechas, enrarecidas por el olor a sudor y a fluidos corporales.
Se encogió contra Vilmos Tartsay que, como un padre, lo abrazaba.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —gemía.
No lograba encontrar consuelo porque la permanencia de todo cuanto era y había sido dependía de aquella noche, aquellas horas tan breves en las que su abogado tendría que reunir razones suficientes para negociar su perdón.
—Tu hijo estará muy orgulloso de ti, Iván —le decía Tartsay, en voz cada vez más baja—. Pero no te va a llorar hasta dentro de cuarenta o cincuenta años porque mañana, cuando firmen sentencia, a ti te darán el indulto.
Ádám, con ojos enrojecidos como dos rubíes, se agazapó contra la estufa.
—Inglés —masculló—. Oye, inglés…
Al asomarse a la rendija, no lo recibieron los ojos grises de su amigo, sino unos oscuros que reconoció como los del Filósofo.
Tomó aire.
—¿Se lo han llevado a interrogar?
El hombre negó con la cabeza.
—Se lo han llevado y punto. Están evacuando ya a los extranjeros y a los políticos prominentes.
—Al observar que el rostro ceroso de Ádám se crispaba, agregó—: ¡Son buenas noticias, chaval!
Ese inglés es más listo que el hambre, lo sabes tú bien.
Y aquí…, no quiero ser cenizo, pero sé que tú piensas como yo: quedarse aquí es mal asunto.
—No sabes cuánta razón tienes y cómo deseo que te incluyan en los siguientes transportes.
—No, chaval, que los trapos viejos solo sirven para tirarlos. ¿Y vosotros? ¿No tenéis buenas noticias?
—Han pedido la pena de muerte para todos. Mañana a primera hora nos comunicarán si indultan a alguien, pero yo, camarada, tengo la muerte a mi espalda… Yo no estaré en esa lista. —Forzó una sonrisa—. Mañana a estas horas ya no existiré.
El Filósofo golpeó la pared con el puño.
—Me cago en la puta, si es que os matan por buenos, por valientes, por no agachar la cabeza ante estos canallas, como todos los demás.
Ahora, te digo una cosa: ellos que tanto inflan el pecho como gallitos no saben que se lo están poniendo fácil a sus ejecutores, que ya habrán venido a por ellos antes de que acabe el año.
—Y las generaciones que vengan recordarán ese día.
Por inercia, por una nostalgia que no sabía dónde depositar, se dispuso a acurrucarse en el mismo sitio de siempre, pero el Filósofo lo llamó.
—Espera, chico, espera. El inglés…, el inglés antes de irse me pidió que te entregase esta nota. Destrúyela cuando acabes de leerla, por favor. No quiero que comprometa a nadie.
La introdujo doblada en la rendija. Al tomarla, a Ádám lo invadió una pena extraña, latente, al reconocer la caligrafía apretada y las letras diminutas de su amigo. Aún respiraba, pero ya lloraba por la vida que estaba a punto de perder.
Querido compañero:
Te escribo esta carta en mis últimos minutos en Budapest porque nada me parece tan importante ahora mismo, tan urgente y necesario, como esto.
No sé qué sentencia penderá sobre tu cabeza ni a qué profetas he de buscar en el desierto para obligarlos a tomarte de la mano y librarte del destino más atroz.
Te quiero y te quiero. No crees en nada porque yo tengo fe suficiente por los dos y, tanto si es tu tiempo el que se agota como si es el mío, te buscaré en cada vida hasta encontrarte y no me separaré más de tu lado.
Pienso en nuestros últimos encuentros constantemente, casi obsesivamente.
Sé que vas a reírte de mí, pero voy en serio cuando te digo que tengo la convicción infinita de que fueron un regalo de Dios.
Estas últimas noches contigo, estas últimas conversaciones, son las que me imbuyen la valentía necesaria para no arrodillarme jamás.
Quiero que sepas que, si se extingue tan rápido la vida que tú salvaste, es por lo que creo que es una buena causa.
Me pediste y me rogaste tantas veces que fuese contigo a tus reuniones políticas y siempre te dije que no, que me parecían una manera muy poco estimulante de pasar nuestros ratos libres, que yo tanto codiciaba.
Quién te habría dicho que tu acto de salvación iba a convertirme en un partisano, un espía y un miembro de la resistencia.
Te he admirado más que a nadie y te he querido hasta lo irracional.
He bebido tus lecciones como si me hubiese pasado la vida sediento, así que te dejo una a ti: si ese Dios en el que creo a regañadientes te aparta de la muerte una vez más, no vuelvas a darlo todo por la lucha.
Eres una persona valiosa e irreemplazable, y tienes que hacerme el favor de vivir muchos años con tu sentido del humor seco y tu pésimo gusto por los cigarrillos y tus libros destrozados de tanto leerlos.
Solo siento no haber pasado más tiempo juntos, no haber hecho más cosas con estos años milagrosos que me regalaste. El mundo se nos hizo pequeño y hostil. Todas las aventuras que vivimos ardieron tan rápido que, claro, no les quedó otro remedio que consumirse enseguida.
Con cariño, y siempre tuyo,
M ITYA K ARAMÁZOV
Finalizada la lectura, Ádám se llevó el trocito de papel a los labios y lo besó. Después, dispuesto a no dejar ni una sola prueba, se lo colocó en la lengua, lo masticó y se lo tragó.
Ádám había vivido como si su alma fuese carne; Jonatán, como si su cuerpo fuese espíritu. De todos los pequeños lutos de los que hacía acopio, el dolor de esa separación agónica era el que más le quemaba.