El silencio de los justos Capítulo X
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Capítulo X

X

Embajada española

Sanz Briz ya había abandonado Budapest cuando Perlasca llegó, bastante temprano por la mañana, al edificio de la legación.

Madame Tournée y el abogado Farkas le comunicaron de inmediato la noticia que él ya se esperaba, pues su amigo no había pasado la noche en casa.

Como las reliquias de un santo, le mostraron los documentos en blanco, firmados y sellados, y el sobre con los veinticinco mil pengős que le había confiado a la canciller y que resultaría más valioso como soborno para la Cruz Flechada que en el mercado negro.

A esas alturas, a fin de cuentas, ya se habían acostumbrado a aquella hambre a la que a duras penas engañaban las latas de Vitapric, el concentrado no perecedero de tomate y pimiento verde que era lo único que podía encontrarse sin problemas.

—Sobre el papel, el representante sueco queda a cargo de los asuntos de la embajada —le explicó Farkas, haciéndose eco de las instrucciones de Sanz Briz—. A efectos prácticos…

—Ya, ya. Somos nosotros los que sabemos cómo funciona todo. ¿Se ha pasado alguien ya por las casas protegidas del gueto internacional?

Madame negó con la cabeza. A lo lejos, como llevaba sucediendo en las últimas semanas, se oían los rugidos de los cañones soviéticos.

—No, todavía no. Don Ángel salió de madrugada. Si Dios está con él, confío en que sea siempre así, su vehículo cruzará la frontera en unas horas…

Perlasca la apuró con un movimiento de la mano, irritado por aquella calma, aquella serenidad que los diplomáticos apreciaban, y que a él se le retorcía dentro como un dolor estomacal.

—¿Pero no ha designado a alguien que ocupe su puesto? —jadeó, consciente de la respuesta y de la amenaza que suponía—. Aunque contemos con la protección sueca, a efectos legales ya no hay un embajador español en Hungría.

Miraba a Zoltán Farkas. Este, que también leía esos significados adicionales, ocultos, que la canciller había obviado, bajó la cabeza.

—¿Y quién podría ocupar su despacho? Era el único diplomático de origen español. Designar la supervisión del representante sueco era la única salida…

—Ya. Porca putana , ¿eh? Salgo para el parque de Szent István, a ver cómo están los ánimos… Claro que, para no alarmar a nadie, no mencionaré la partida de Ángel. ¡Que Dios lo acompañe! Ahora, tenemos que mirar por nosotros mismos.

Lo mismo se repitió, en silencio. Era consciente de la responsabilidad silenciosa que recaía sobre él.

Aunque italiano de pura cepa, contaba con el pasaporte ordinario que el propio Sanz Briz le había extendido tras el golpe de estado de Szálasi, un par de semanas atrás…

, un tiempo que se le antojaba tan lejano como el reinado de Salomón.

¿Y qué diferencias podía notar un húngaro entre dos razas mediterráneas o en los sonidos romances de dos lenguas que podían considerarse primas hermanas?

Madame, Farkas y los demás, a pesar de su pericia y su coraje, no dejaban de ser judíos y, por tanto, vulnerables…

Cárcel de la calle Margit

Antes de que el reloj marcase el mediodía, trescientos prisioneros políticos aguardaban el transporte en el patio.

Organizados en grupos de cinco, los subieron a los furgones por orden alfabético.

El guardia encargado de supervisar la operación, de cara redonda y nariz chata, los despidió con un gruñido.

—¡Pudríos en el infierno! Menos mal que nos libramos de vosotros. ¡Pronto seréis el problema de Göring!

El trayecto, corto y tortuoso, hasta la estación de tren sentó las bases de una nueva camaradería.

No existe, ni en tiempos de paz ni durante un conflicto armado, un lugar más idóneo para la radicalización política que la cárcel.

En aquellos veinte minutos, que Jonatán utilizó para acostumbrarse a las caras nuevas y saludar a quienes reconocía de los pasillos y del patio, aquel conjunto heterogéneo de indeseables llegó a una única conclusión: si dependía de ellos, no pisarían jamás tierras germanas.

Parque de Szent István

La impostura de Perlasca comenzó, sin él saberlo, en el momento mismo en el que el vehículo de Sanz Briz arrancó de la calle Eötvös para no volver.

Al llegar al número 33 de la calle Légrady Károly comprendió que sus temores no habían sido infundados.

En la misma acera, desordenados, los judíos protegidos se apretujaban los unos a los otros para aprovechar, aunque de manera efímera, el calorcito que otro ser humano proporcionaba.

Entre lágrimas, los que se atrevían lo llamaban por su nombre a gritos; las madres, mientras tanto, tiraban de sus hijos para impedir que los pequeños, que reconocían en el italiano a uno de los hombres que los proveía de alimentos, se saliesen de la fila que los milicianos de la Cruz Flechada custodiaban.

—¿¡Qué está pasando aquí!? —exclamó Perlasca, en un español que pronto tradujo, como pudo, al poco alemán con el que se defendía.

Los ojos pasaban por cada uno de los oficiales mientras él luchaba por camuflar de enfado el temor que lo invadía. El jefe, que echaba atrás a cualquiera que tratase de abandonar su lugar, le espetó en aquella lengua que compartían:

—Tenemos orden de deportar a toda esta chusma.

—¿¡Orden!? ¿Qué orden?, ¿quién ha dado esa orden? ¡Todas estas personas están bajo la protección de España! ¿No ve la bandera sobre la puerta? ¿Con qué autoridad han entrado en territorio español para sacar a esta gente de sus casas?

Con la exquisita parsimonia de quien disfruta de una mano ganadora, el Cruz Flechada sonrió.

—Esa bandera ya no significa nada. Como le he explicado a esta gentuza, el embajador español, en un acto de cobardía, ha huido como muchos otros antes que él. Sin representación diplomática, por tanto, ni este es territorio español ni debemos respetar unos documentos que ya han quedado obsoletos.

Una mano fría y húmeda apretó las entrañas de Perlasca.

—¡Patrañas! —bramó—. ¿Quién le ha dado esa información?

Don Ángel Sanz Briz ni ha huido ni su marcha es permanente.

Simplemente, ha viajado a Berna para trasladar documentos confidenciales antes de que los soviéticos entren en la ciudad.

Porque creo que no tengo ni que recordarle la cruzada contra el bolchevismo en la que España lleva inmersa desde mucho antes de que ustedes formasen gobierno.

Mientras escupía palabras, rebuscaba en el bolsillo del abrigo el pasaporte, que entregó al Cruz Flechada.

—Usted está hablando con el representante oficial de España —le espetó—. Sanz Briz, quien le aseguro que volverá, me ha designado cónsul durante su ausencia.

Aquella identificación por la que tanto había peleado pasó de mano en mano. Los guardias, reacios a entregar aquellas presas tan buenas que habían tomado, leían aquella lengua ajena en busca de una trampa, un desliz que les permitiese cumplir las órdenes recibidas.

—Esta casa está protegida por el gobierno de España, del que soy representante —insistió—.

Esta protección cuenta con la aprobación de su propio gobierno, y tengan por seguro que no toleraré ningún atropello más.

Tan solo cederé ante una orden escrita del Ministerio de Asuntos Exteriores que revoque el status de este edificio y de cuantos pertenecen a nuestro país.

Mientras eso no ocurra, tendrán que pasar por encima de mí antes de llevarse a una sola de estas personas.

De mano a mano, el pasaporte llegó de nuevo al jefe de los milicianos. Tras un último repaso, fugaz, lo tiró al suelo para que Perlasca lo recogiese.

—Muy bien, quédese con sus asquerosos judíos. —Se agachó para ponerse a la altura de Giorgio, que volvía a guardar el documento—. Pero ándese con cuidado. Nosotros sabemos a quién rendir cuentas; ustedes, a juzgar por irregularidades como esta, parece que han olvidado la mano que les da de comer.

En algún lugar de Hungría

Los metieron, como mercancía sin importancia, en un tren con destino a Komárom.

A Jonatán, la ironía de aquel trayecto, hermano del que había realizado con Dinah, le revolvió el estómago.

Sabía cómo era el viaje y cuántas horas, en la mejor de las circunstancias, tomaría y que en ese momento, en la Hungría más agónica, se alargarían.

No pisaría suelo alemán. Tampoco iría, sin oponer resistencia, a aquella ciudad en el corazón de la línea Margit, la barrera defensiva que aún seguía bajo el control del Eje.

Dispuesto a huir o a morir por su propia mano, se abrió paso entre la marea de presos hasta alcanzar al grupo de jóvenes comunistas con los que había charlado en susurros en el furgón.

Uno de ellos, bajito, de la edad aproximada de Sándor, se había inclinado sobre él para mostrarle el cuchillo de zapatero que había logrado esconder entre la ropa.

—Disponemos de un mínimo de seis horas —les dijo Jonatán, en húngaro.

En la confusión de cuerpos y con el escape como único objetivo, el alférez James Redford ya no le resultaría útil—.

He estado examinando las paredes del vagón, tienen un grosor de unos cinco centímetros y la madera no parece maciza.

No resulta idóneo, pero quizá logremos abrir un agujero lo suficientemente grande para escapar.

¿Confiáis en alguien más que tenga un objeto afilado a bordo?

Los muchachos se miraron unos a otros. Cubiertos por la neblina plateada que se colaba por las rendijas superiores del vagón, casi parecían flotar.

—Espera —dijo el zapatero.

Regresó acompañado de un grupo de prisioneros extranjeros que, por su nacionalidad, habían recibido un trato mucho menos favorable que el de Jonatán. Eran cinco paracaidistas soviéticos, dos de ellos judíos, en posesión de dos navajas y una barra de acero.

—Seis horas para llegar a Komárom —repitió Jonatán, cuyos labios ya se curvaban en una sonrisa—. Si nos organizamos bien, lograremos nuestro objetivo en tres.

Se estrecharon las manos en señal de solidaridad y camaradería.

— Smert ’ fashízmu! —añadió después, utilizando la fórmula rusa de aquel saludo partisano que no usaba desde hacía tanto.