Capítulo IX
IX
Embajada de España,
Rayaba el alba (un amanecer rosa y blanco que hacía refulgir la nieve que cubría la calle Eötvös), un coche iría a buscarlo pronto y él pensaba en sus hijas.
Adelita, nacida en aquella misma ciudad cuando los ecos del conflicto aún no ensombrecían la dulce ilusión de un matrimonio de recién casados, y Paloma, su Paloma, que había venido al mundo con los fríos madrileños del otoño y cuya piel todavía no había recibido las caricias del padre.
De no haber sido por ellas, quizá en la naturaleza comedida, siempre diplomática, de Ángel habría brotado un deje de temeridad.
Cárcel de la calle Margit
Como en la jornada anterior, se los llevaron al amanecer.
Ante la estricta vigilancia de los guardias, aquella comparsa triste pero llena de coraje no pudo entretenerse en las despedidas, en las palabras de ánimo y la solidaridad entre aquellos que no se librarían de la muerte y los que, de momento, aún podían conservar la esperanza.
Jonatán, que se había parapetado contra la estufa de manera que no pudiesen verlo a través de la rendija, buscó la mirada de Ádám hasta encontrarla.
—Hasta que el mundo sea libre —musitó en inglés, con la voz quebrada por el terror.
Como un maleficio, hasta que se volviese real, lo habría repetido en todos los idiomas que conocía: el eslovaco que le había salvado en otra vida, el hebreo que había tenido que desligar del ámbito religioso en el Mandato, el serbocroata que había querido aprender por terquedad y que, debido a la dificultad y a la falta de uso, se le resistía, las vagas nociones de francés y de alemán que recordaba del internado, el latín que lo había apasionado y el griego antiguo con el que no se había ni esforzado.
Si con solo la voluntad bastase, en aquellas horas que los separarían habría adoptado muchos otros: el ruso que ya simbolizaba la esperanza, el italiano y el español de los viajes que no pudieron realizar, el yidis de sus abuelos paternos, el ladino que goteaba de la lengua de Dinah como la miel.
Idiomas perdidos en la infinidad del tiempo y de la Historia, incluso, solo para salvarlo.
Ádám le sonrió desde el umbral de la puerta. Un parpadeo, y ya no estaba.
Embajada española
Se marchaba. El día anterior, las autoridades húngaras habían recomendado a los embajadores extranjeros que abandonasen la ciudad ante el avance inexorable de las tropas soviéticas.
Sanz Briz apenas se permitió un instante de duda antes de dejarlo todo dispuesto: las instrucciones al abogado Zoltán Farkas y a la canciller Elisabeth Tournée, que no solo se encargarían del edificio de la legación en su ausencia, sino también de los miles de judíos a los que, sin previa autorización de Madrid, habían provisto de pasaportes y cartas de protección que evitarían su deportación a los campos de exterminio, y de los veinticinco mil pengős con los que sobornarían a la Cruz Flechada para que no registrase los edificios que él había alquilado y cuya bandera española otorgaba inmunidad diplomática a los refugiados escondidos en su interior.
Un acto de humanidad que por momentos hacía flaquear su decisión.
Nada importaba. Aunque España había abandonado la no beligerancia en favor de la neutralidad, Sanz Briz sabía que para los soviéticos el suyo era un país fascista, enemigo, que para más inri había desplegado tropas voluntarias que combatieron en la Wehrmacht en el Frente del Este.
El claxon del automóvil disipó sus pesadas ensoñaciones.
Tomó el maletín, cuidadosamente preparado la tarde anterior.
Sobre la mesa había dejado firmados unos documentos en blanco para que ese trazo personalísimo sobre el papel pudiese seguir protegiendo, en su ausencia, a aquellos judíos que cada mañana hacían cola frente a la embajada.
Un paso más, firme. La puerta, que se cerró tras él, lo estremeció.
Cárcel de la calle Margit
Por Jonatán fueron tras el desayuno, que devoró con el ansia desesperada de quienes aguardan el tiro de gracia.
En la lógica delirante de la Cruz Flechada, las torturas y los interrogatorios no seguían patrón alguno; de la celda podían arrancarlos en cualquier momento, bajo cualquier excusa, porque lo primero que dinamitaban era la cordura que permitía a los hombres resistir.
Se puso en pie. El guardia le hizo un gesto brusco, imposible de interpretar, y le ordenó:
—Adecéntate y recoge tus cosas. En cinco minutos vendremos a buscarte.
Ambas órdenes eran tan solo un mero trámite, una burla más.
En la celda carecían de artículos de aseo; un único cubo para las emergencias fisiológicas impregnaba la sala del olor repugnante y envolvente de los desechos corporales.
En cuanto a efectos personales, llevaba encima lo que le habían permitido conservar; el resto, de manera oficial, residía en los almacenes, pero todos sabían que los funcionarios se rifaban los objetos de mayor valor.
—¿Por qué?
—Porque ya no nos perteneces. Ahora eres responsabilidad de la Gestapo, que ha autorizado tu traslado inmediato. ¡Da gracias por estos cinco minutos que te regalo!
Trescientos segundos para tranquilizarse y despedirse de los camaradas, para habituarse a esa nueva piel y ese nuevo destino que clamaban por él. El Filósofo, tras oír la puerta que se cerraba, lo estrechó contra sí.
—Vamos, inglés, que son buenas noticias. Os llevarán a la frontera para huir de los bolcheviques, ¡la derrota de los alemanes es inminente! Los que nos quedamos aquí…, temo que liquiden la cárcel entera con nosotros dentro.
—¡Cállate! —chilló Jonatán, que trataba de zafarse de la presión que, con los brazos, ejercía sobre él—. ¿Cómo te atreves a decir algo así, cuando hay hombres que se están sometiendo a juicio ahora mismo?
Trescientos segundos. Sin aceptar las excusas que el Filósofo le tendía y que él no escuchó, tomó uno de los periódicos que utilizaban para limpiarse cuando la naturaleza resultaba más fuerte que el orgullo.
Sobre una página publicitaria, con el mismo lápiz raído que se turnaban, le escribió una carta a Ádám, que apretó contra la palma de su compañero.
—Entrégasela a Farkas de Batthyány, el condesito de la celda de al lado —le susurró al oído.
El hombre asintió con un movimiento leve, casi fúnebre.
—El cojo, ¿no? Ese chavalito con el que trabaste amistad.
—Ese mismo. Dile…, dile que estaré bien.
—Es buena suerte, en el fondo. ¿Ves como tenías que seguir vivo?
Los ojos, oscuros y algo saltones, refulgieron al leer, casi de pasada, una de las frases escritas en letra apretada, temblorosa, y redactadas en perfecto húngaro. No terció palabra, con la mirada le bastaba.
—Vas a salir de esta, inglés —le aseguró mientras se guardaba el papelito a toda prisa—. Podrían levantarse imperios enteros con la mitad de tu ingenio.