Capítulo VIII
VIII
En aquellos días que ya no tenían horas ni minutos, que no contemplaban el sueño ni el descanso, Sanz Briz pudo despedirse de György Farkas y de su hija.
Amanecía un sol pálido, chato, que hacía refulgir el polvo de nieve que, como un manto, cubría las flores marchitas del jardín.
En la víspera de su partida, él se dirigía a la embajada como cualquier otra mañana, para guardar las apariencias y, sobre todo, para no abandonarse a la desesperanza.
Perlasca, a quien había confiado la protección de los judíos de Villa Széchenyi, ya había trasladado sus pocos efectos personales a su nueva morada y visitaba, como cada jornada, las casas protegidas del gueto internacional.
Los Farkas de Batthyány, consumidos por la relevancia de una fecha muy distinta, apenas lo saludaron con un gesto mientras se encaminaban al vehículo. Al llegar a ellos, Sanz Briz musitó:
—Hoy comienzan los procesos penales por el caso de su hijo, ¿no es así?
El señor Farkas, avejentado, con su tez morena ya grisácea, asintió con un gesto.
—Les deseo de corazón lo mejor. Estos días he rezado mucho por su hijo, lo que para un creyente como yo significa algo incluso en los tiempos que corren, y tengo constancia de que monsignore Rotta, que quizá está más cerca de Dios que nosotros, también lo hace.
El temor perturbó la expresión aséptica, siempre serena y valiente, de Erika.
—Muchas gracias, don Ángel. No hemos conseguido que le aplacen el juicio, pero el abogado tiene la esperanza de que, aunque le pidan la pena capital, a los miembros menos relevantes del comité se la conmuten por una sentencia más amable. Puesto que Ádám no era uno de los organizadores…
—No desistan. Dentro de lo que cabe, esa es una carta muy valiosa en su baraja. —Se volvió hacia György—. ¿Cómo se encuentra su mujer?
—Con los nervios quemados, para qué le voy a engañar.
Ella sí que no quiere tener esperanza y no la culpo.
Aunque no nos permitan asistir al juicio, a mi hija y a mí nos consuela, en cierto modo, estar cerca de él y poder hablar con el abogado en cuanto se cierre la vista.
Ella está convencida de que las noticias no nos serán favorables y prefiere postergar ese momento doloroso todo lo posible.
Sanz Briz afiló los labios.
—No logro ni imaginar lo duro que un día como hoy es para una madre.
—¿Y usted? —le preguntó Erika, incapaz de seguir mirando de frente el luto que se abría paso antes de tiempo—. ¿Se marcha ya?
—De madrugada, si no surgen contratiempos —dijo en voz muy baja—. Si lo retraso más, me temo que cruzar la frontera resultará imposible.
—No se arriesgue sin motivo, don Ángel —le aconsejó el señor Farkas—. Piense en esas niñas que tiene en casa y salve la vida. Hay ocasiones en las que incluso el más noble de los hombres debe pensar primero en su propio pellejo, y esta, me temo, es una de ellas.
Un último apretón de manos. Aunque conservaba la energía del primero, heredera del pasado castrense y de la severidad de su carácter, a Sanz Briz le dio la sensación de que las pieles no llegaban a tocarse.
El destino, caprichoso, había puesto a cada uno en su lugar y se hallaban ya a una distancia insalvable.
A Erika la abrazó con la brevedad casta y cariñosa del día del sepelio de Pál Széchenyi. Al oído, como un secreto, le susurró:
—No creo que duerma en casa esta noche, pero intentaré mantenerme informado del juicio por mis propios medios. Rezaré.
—Gracias, don Ángel. Lo más seguro, de todos modos, es que incluso tratándose de un consejo de guerra el proceso se alargue un par de días, teniendo en cuenta el número de acusados, la prominencia de algunos miembros y la gravedad de los cargos…
—Ese tiempo será dador de vida —le aseguró Sanz Briz mientras los veía subir al vehículo—. Los tendré muy presentes.
Aquella noche, ninguno de los hombres de la celda número 6 logró conciliar el sueño.
Enfrentados a su propia mortalidad, no existían diferencias significativas entre los ateos y los devotos, los jóvenes y los que se hallaban más cerca ya de la tercera edad que de los años mozos que en silencio revivían.
Todos intentaban, en vano, hacer balance de la propia vida, de ese tiempo que ante el paredón se queda siempre corto. Nadie debería morir.
Boldizsár, que aún encontraba cierto consuelo en las palabras, garabateaba algo en un trozo de periódico viejo.
Cartas no. Memorias, tampoco. Convencido, de manera irracional, de que la muerte no iría a por él con una novela a medias, comenzaba historias ficticias que, con los nervios a flor de piel en espera del juicio, no llegaba a terminar.
Ádám, encogido en su lugar de siempre, ya no sentía miedo, tras una víspera tan mala.
Miraba a Jonatán a través de los cuatro centímetros entre la estufa y la pared como intentando recordar cada detalle, incluso los golpes y las magulladuras que despertaban en él una cólera febril cada vez que su amigo regresaba de un interrogatorio.
Se entrelazaban los dedos, librados ya de las cadenas de la clase, del sexo y de la sociedad.
De haber podido hablar en el mismo idioma, de haber habitado Jonatán su verdadera identidad, le habría dicho tantas cosas…
Él, que siempre había sido el más valiente de los dos, agradeció de manera retrospectiva las penurias del Don.
El frío que no cesaba, el hambre y la sed, el ruido constante, la certeza de que un nuevo ataque podía producirse a cualquier hora…
, allí no había tenido la oportunidad de vivir una noche como aquella y mirar de frente su propia inexistencia.
—Háblame de la noche antes del gran salto —le pidió a Jonatán.
—Nos volvimos medio locos, como animales —le dijo, y por él, solo por él, sonrió—.
Bebíamos y comíamos sin poder saciarnos y los hombres y las mujeres…
, bueno, ya te imaginas. A la mañana siguiente, en el avión, como unos santos, cada uno con sus oraciones, por si Dios se apiadaba de nosotros y nos escuchaba.
Después, al saltar…, en la fracción de segundo antes de que se abriese el paracaídas, cuando temía convertirme en una vela romana, me dio por pensar en los pájaros que tenía mi hermano.
Jilgueros. Los adoraba, el pobre. Les ponía los conciertos de música clásica de la radio para que aprendiesen a cantar y te juro que, cuando él silbaba, los imitaba a la perfección.
A mí me regañaba por escuchar jazz y swing…
Una risita. En el mundo de los muertos en vida, incluso aquello tenía un peso inconmensurable.
— Oh, when the saints go marching in…, oh, when the saints go marching in —canturreó Ádám de memoria, y Jonatán hundió la cara en el antebrazo para ahogar una carcajada.
— Yes, I want to be in that number when the saints go marching in [44] —terminó por él.
Nadie durmió aquella noche. Por la mañana, no reaccionaron al despertador habitual: la horca que se montaba en el patio.
Se prometieron que no era la suya, que su proceso penal se alargaría un poquito más, y pese a ello se despidieron unos de otros.
Si condenaban a alguno, lo trasladarían enseguida a la celda número 13, apodada «la de las lágrimas», donde aguardaría las dos últimas horas antes de la ejecución.
Ádám apretó los dedos de Jonatán una vez más. Su camarada, que tampoco había podido dormir, le recordó muy bajito:
—Ni te casarás ni caerás en ninguna de las batallas en las que combatas. Nos volveremos a encontrar.
Ádám asintió con un gesto.
—Nos volveremos a encontrar, amigo.
No hubo tiempo ni ganas para un «sí». Los guardias ya entraban a por él.
Jonatán no comió ni bebió en todo el día, no porque quisiese morir, sino porque temía la vida.
Su rutina, con todo descaro, continuaba mientras el destino de Ádám se jugaba en una partida de dados trucada.
En el paseo, sobre la nieve, los pies le pesaban por el hambre y el cansancio; en las manos, que se metía en los bolsillos para protegerlas del frío, notaba el peso ausente del tacto de su amigo.
No sintió las torturas, se quedó dormido mientras le pegaban y no soñó con nada.
Hasta que recibiese noticias, buenas o malas, no le interesaba existir ni siquiera en ese mundo imaginado que le pertenecía solo a él.
Los condenados llegaron, uno a uno, cuando ya se había servido la cena. A través de la rendija, iluminados por la luz de la luna de diciembre, fueron pasando mientras Jonatán los contaba. La puerta, metálica, se cerró como una sentencia más. Faltaba uno.
—¿Y Bajcsy-Zsilinszky? —preguntó.
Su propia vileza lo conmocionó. Sin atreverse a verbalizarlo, ansiaba que él, el cabecilla, hubiese pagado, como el Nazareno, por los pecados de todos los demás. Ádám, más pálido y delgado, con las ojeras terrosas y abultadas, negó con la cabeza.
—Solo han tenido tiempo de interrogarlo a él —respondió—. Su abogado insistió en que, como miembro del Parlamento, goza de inmunidad y por eso lo han llevado a una celda de aislamiento. No podrán procesarlo hasta que lo extraditen.
—¿Y el resto?
—No sabemos nada. Nos interrogarán mañana. —Hundió la cara entre las manos—. Dios, no soporto esta incertidumbre. Ojalá me dijesen de una vez qué quieren hacer conmigo.
Aquella noche de noches, Jonatán se coló de nuevo en su celda. Quería disfrutar de la proximidad de aquel cuerpo, aquel conjunto de células y moléculas que, de modo milagroso, habían formado a un hombre.
A falta de vino que compartir, aquellos que al día siguiente quizá morirían cantaban desafiantes, dueños aún de sus gargantas, de sus voces y de su orgullo.
Más luminosa es la
espada que la cadena,
Adorna mejor al brazo,
y aun así seguimos
portando cadenas.
¡Ven a nosotros,
vieja espada !
Al Dios de los húngaros
le juramos
le juramos, que esclavos
¡no seremos más! [45]