Capítulo VII
VII
Ángel Sanz Briz,
encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Lequerica
Se ha empezado a minar, a varios metros de profundidad, toda la zona de Budapest situada en la margen oriental del Danubio.
Todo indica que los alemanes pretenden destruir la ciudad antes de que la ocupen los rusos.
Ante el rápido avance de las fuerzas rusas desde el sur de Hungría hacia Budapest, por el lado occidental del Danubio, considero que ha llegado el momento de abandonar el país.
Ruego a Su Excelencia que suspenda el envío de telegramas cifrados a esta legación.
Según parece, madame Tournée y el abogado Farkas seguirán trabajando aquí bajo las órdenes del representante sueco.
Al fin, el mapa de la pared le había dado caza.
Derrotado y capturado Miskolc, núcleo industrial esencial de Hungría, el flanco norte del Eje quedaba comprometido, y Budapest, más aislada y vulnerable que nunca.
Al sur, la eterna amenaza de las tropas, que no tardarían en despertar y darles caza, pendía sobre Sanz Briz como la peor de las amenazas.
Se iba. Aturdido por el ansia y la indecisión, tras una ardua lucha consigo mismo, pero se iba.
Cuando entró en su despacho para comunicarle la noticia, Farkas lo recibió con la postura regia que Ángel había admirado en él la primera vez que lo vio.
Estaba examinando, puntilloso, la lista de pasaportes expedidos por última vez y apenas permitió que la mano que sujetaba la pluma temblase.
—Esta embajada ya le prestó auxilio en otra ocasión —le recordó Sanz Briz—.
Sobre usted no pesa la nacionalidad española que los soviéticos, a mí, no van a perdonarme.
Los documentos de protección que le salvan ahora puede destruirlos cuando los bolcheviques tomen la capital, pero si considera que estará más seguro fuera de las fronteras…
Farkas no le permitió seguir.
—Se lo agradezco, don Ángel, pero yo no puedo marcharme, sobre todo pensando en el niño. Además, esta ciudad también es mía. En mi caso…, marcharme sería algo así como desertar.
Sanz Briz asintió.
—De acuerdo. Madame Tournée y usted son mis mayores aliados.
Sé que dejo esta legación en las mejores manos y que, aunque sobre el papel el encargado de los intereses españoles sea el representante sueco, a efectos prácticos serán ustedes quienes mantengan la maquinaria engrasada.
No sabría ni por dónde empezar a agradecerles la lealtad que han mostrado hacia mi país ni la amistad sincera que me han ofrecido.
El abogado le sonrió.
—No continúe por ahí, don Ángel, que eso suena mucho a un adiós que no le voy a permitir.
—Bien, porque no era mi intención despedirme aún. Todavía he de poner al representante sueco al día de nuestros asuntos… De todos modos, no me demorará más de dos o tres días, cuatro a lo sumo.
—Tampoco entonces le permitiré un adiós, don Ángel, porque usted y yo, aunque nuestros caminos no vuelvan a convergir, nos mantendremos en contacto después de la guerra.
Aquel punto en el tiempo difuso, irreal, para ellos, entonces, habría podido equipararse a la futura destrucción del universo o a una profecía muy antigua, olvidada en la marea de la Historia.
—Por supuesto —confirmó Sanz Briz, tras un instante de prematura nostalgia—.
A nosotros ahora nos une la camaradería surgida de haber arriesgado el pellejo por una causa mayor.
—Suspiró—. En lo que respecta a eso… he sellado y firmado documentos suficientes, espero, para continuar con nuestra labor hasta que caiga Budapest. A madame le he entregado una suma considerable de dinero para que nunca falte de nada; me niego a que esas pobres personas mueran de hambre o de enfermedades después de haber superado riesgos mayores.
Si, mientras sea seguro, Perlasca y usted pudiesen seguir visitando las casas protegidas…
—No tiene ni que pedírmelo. Nos encargaremos de que no sufran ningún ataque. Puede irse tranquilo, don Ángel. Lo que ha hecho aquí…
Sanz Briz lo calló con un gesto nervioso, impaciente.
—No era más que mi obligación como ser humano. —Lo miró a los ojos—. No le diré adiós, pero sí que lo echaré de menos y que le deseo lo mejor.
Le estrechó la mano, ademán que se convirtió en un abrazo efímero, cortés, que logró capturar, pese a todo, la esperanza ansiosa de aquel año vestido de paños mortuorios.
Cárcel de la calle Margit ,
4 de diciembre de 1944
Por amor y camaradería, cuando a un hombre se lo llevaban para interrogarlo, los demás lo esperaban.
A su regreso, no decían nada ni hacían nada más que dar apretones de manos cariñosos.
Dejaban que llorase si lo necesitaba, que se escondiese (en la medida en la que era posible en una celda atestada) si lo prefería y que charlase solo cuando eso era un bálsamo para el alma herida.
La noche del 4 de diciembre, a dos días del comienzo de los procesos sumarios a los miembros del Comité de Liberación, Jonatán se acurrucó contra la estufa, que por desabastecimiento de combustible ya casi nunca se encendía, hasta que oyó el sonido de unos pasos discordantes, de cojera, y el frufrú de la ropa de Ádám al deslizarse contra la pared para sentarse.
Por el volumen de su respiración, agitada, ronca, pensó que su amigo se hallaba mucho más cerca; cuando este al fin tomó su lugar habitual junto a la rendija que conectaba con la celda vecina, la desesperación de sus jadeos lo asustó, pero no dijo nada.
Se quedó callado, como todos, obligado por ese código no escrito que preservaba la dignidad que la Cruz Flechada quería robarles a patadas e insultos.
—Se ha muerto en el hospital uno de los policías que nos arrestaron —dijo Ádám, tras una pausa pronunciada, y Jonatán no supo si hablaba con él, consigo mismo o con los compañeros en general—. Esa bala también me ha matado a mí.
— Nem —susurró Jonatán en húngaro.
Un no muy bajito, casi aspirado, que no iba a condenarlo porque incluso un espía inglés, después de meses encerrado entre cuatro paredes, era capaz de hilar una sola sílaba en un idioma prestado, pero que delataba la debilidad de la carne y del espíritu.
Nadie se unió a su negativa. Quedaron absortos, abofeteados por la crueldad del destino.
Sobre Ádám, que no figuraba entre los organizadores del movimiento, que contaba con un abogado militar que lo defendía por amistad con su padre y no por obligación, recaería la culpa de una muerte cuyo autor llevaba ya días bajo tierra.
Los únicos testigos del arresto eran los compañeros del finado, pues el resto de los miembros del comité, que habían sido puntuales, se hallaban ya en la cárcel cuando Pál Széchenyi, János Messik y Ádám Farkas llegaron a la casa de Vilmos Tartsay.
Aunque alguno de ellos, poseído por un breve instante de clemencia, confesase que el acusado estaba armado, sí, pero no había tenido ocasión de disparar una sola bala, porque lo habían reducido sin problemas, no habría importado.
Según la aritmética del diablo que los juzgaría, él era asesino por su mera pertenencia a un grupo terrorista, puesto que su mano había empuñado una pistola que habría utilizado, sin duda, si no lo hubiesen tirado al suelo de inmediato.
Jonatán se levantó como guiado por unos hilos invisibles, y no fue consciente de lo que hacía cuando abrazó la estufa, que movió lentamente, con cuidado, hasta que el espacio vacío entre una celda y la otra permitió el paso de un cuerpo delgado como el suyo tras semanas de rechazar el alimento.
Había fantaseado a menudo con hacerlo, con estar en el mismo habitáculo que su amigo y tocarlo y susurrarle al oído, sin tener las miradas nauseabundas de los guardias sobre ellos.
Nunca se había atrevido por las posibles repercusiones que hubiera tenido el hecho de meterse en una celda que no era la suya, pero ¿qué más podían hacerle?
No temía nada de los hombres y a Dios ya no podía perdonarlo.
Se sentó a su lado, en silencio, porque no existían las palabras salvadoras, y le acarició la espalda.
En su propia piel sentía aún la ternura del abrazo de Ádám en el piso de la plaza Szabadság; la calma extraña, en mitad del luto, al cerrar los ojos y quedarse dormido con el ritmo de sus pulsaciones en el oído.
Quería ofrecerle aquello. Desesperado, como un niño, aterrado, a falta de poder librarlo del juicio y de la sentencia, deseaba, al menos, que disfrutase de aquella paz pasajera.
—No te van a hacer nada —le prometió, y se lo repitió a sí mismo hasta que los sonidos perdieron su significado—.
Cuando acabe todo esto quiero presentarte a un amigo que dejé en casa.
Es socarrón sin perder la amabilidad, y testarudo.
Si cree que tiene la razón, cosa que ocurre a menudo, te dice lo que piensa a la cara sin importarle nada.
Baila como nadie el swing cuando vais de jarana y los bailes tradicionales cuando os conocéis mejor.
Es como uno de esos príncipes de los libros de Tolstói y tengo muy claro que, cuando siente cabeza (si algún día lo hace), se retirará a una de sus casas de campo, frente al lago, cerca de un pueblo que se viste de lavanda cada verano.
Los labios de Ádám, tan pálidos como la piel, se curvaron en una sonrisa.
—¿Tienes un amigo que te recuerda a un personaje de Tolstói?
Yo tengo uno que es igualito a ese tipejo de Los hermanos Karamázov , ese Mitya, que se pone muy cariñoso cuando se emborracha.
Y le da vergüenza llevar tan mal el alcohol, a su edad, pero lo cierto es que daría la mano izquierda, la buena, por pasar otra noche así con él.
Y no disfruto tanto de nada como de escucharlo cuando habla de cualquier cosa.
En el internado, la primera noche que compartimos habitación, ni siquiera dormimos porque nos pusimos a charlar y a contar chistes, y a planear bromas que gastarles a los profesores y a nuestros compañeros.
Y eso que era el primer día; cuando nos despertamos por la mañana no nos conocíamos y antes de que amaneciese el siguiente ya éramos íntimos.
—Yo también tenía un amigo así en el internado —musitó Jonatán, sin dejar de acariciar aquella espalda que, con el roce humano, se relajaba—.
La noche que nos graduamos estaba de un humor de perros porque temía que ya no fuese a ser igual, yo en la universidad y mi amigo en el ejército, pero la academia de oficiales quedaba a media hora andando de mi casa y, al final, aunque fuese de bar en bar, nos veíamos otra vez a diario.
Después, cuando estalló la guerra, aunque parecía imposible, coincidimos en un par de ocasiones más.
¿Sabes? A veces pienso…, a veces pienso que a nosotros nos formaron de la misma materia prima que dio origen al universo y que por eso estamos destinados a encontrarnos a lo largo de la eternidad.
Ádám rio.
—Eres un filósofo.
—Y tú un escéptico.
—Anda, háblame un poquito más, que tengo miedo. A lo mejor eres como uno de esos profetas y, antes de que amanezca, ya estoy rendido a tus pies y diciéndote que veo a Dios.
—Es que no crees en nada.
—En ti sí. Háblame un poquito más, por favor.
Obedeció. ¿Cómo iba a negarse? Aunque tuviese que utilizar aquella lengua que no era suya, que debía desgranar con mesura para no tropezar en la pronunciación y delatar su identidad verdadera, le habló.
Le contó, en clave, todo lo que se había perdido y que no podía condenarlo.
En la ficción, las playas de Haifa se convertían en el embarcadero de Brighton, ciudad que solo conocía por los folletos turísticos que Dinah y él estudiaban para forjar las historias falsas que los protegerían en Europa.
La oscuridad del cine de los tíos. La base británica de Italia, con su aroma a limón.
Cómo el sabor del vino, cuando pensaba que era fúnebre, explotaba en su interior con ecos de todo cuanto se había llevado a la boca en su vida.
El último salto en paracaídas, soñado, y el agua de los servicios que lo devolvió a la vida.
—¿Sabes? Cuando estaba en la universidad, una gitana me leyó la fortuna. Me dijo que no me casaría nunca y que no caería en ninguna de las batallas en las que combatiese.
Ádám, medio dormido contra su pecho, esbozó una sonrisa.
—A mí una vez me leyeron una fortuna parecida…
—¿Ves? Entonces no vas a morir. No van a tocarte un solo pelo de la cabeza.
Se quedó con él la madrugada entera, mucho más tiempo del que habría resultado prudente, pues ya no podían hacerle ningún daño.
No se fue hasta que oyó de lejos los sonidos habituales de la cárcel y vio, a través de los barrotes, cómo el sol brillaba más rosa en un horizonte sin color.
Después puso la estufa donde estaba, en su sitio, para esconder las pruebas de su falta.
Era el último día antes del juicio.