El silencio de los justos Capítulo VI
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Capítulo VI

VI

Ángel Sanz Briz,

encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Lequerica

Pese a los esfuerzos del ministro de Asuntos Exteriores, los ataques contra los judíos protegidos por parte de milicianos de la Cruz Flechada se han convertido en un suceso habitual.

Protestas constantes al respecto por parte de esta legación, hasta el momento sin éxito y a pesar de las promesas del ministro.

Budapest ha sido declarada zona de guerra.

Por tanto, cruzar las fronteras administrativas sin un permiso especial del Ministerio de Defensa queda prohibido incluso para los cuerpos diplomáticos.

Se han instalado alambradas de espino y defensas antitanque junto a los puentes.

El rugido de los cañones es ineludible. El ministro de Asuntos Exteriores me dice que, si las legaciones no abandonan Budapest, el gobierno húngaro no se responsabilizará de cualquier incidente que pudiera ocurrir una vez que este se traslade a Sopron.

A finales de mes, la línea Atila, el sistema de fortificaciones construido a toda prisa para frenar el avance soviético, constituía ya un débil vendaje que a duras penas lograba contener la hemorragia terminal.

A aquella resistencia fútil y a las nevadas que imposibilitaban el viaje en tren se les unía una nueva amenaza que dinamitaba la seguridad de Sanz Briz en Budapest: bajo órdenes veladas, el gobierno húngaro instaba a las embajadas neutrales a trasladarse a la nueva sede en Sopron.

Ese cambio, lejos de suponer una promesa de seguridad, solo significaba una cosa: el reconocimiento de jure del golpe de estado de Szálasi.

A la baraja del encargado de negocios español ya le quedaban muy pocas cartas y una única salida. Abandonar la capital de inmediato. Salir al abrigo de la madrugada, a ser posible, y en coche diplomático.

El mapa se erigía atroz en la pared del despacho.

La mirada de Sanz Briz, enrojecida por las horas robadas al sueño, vagaba siempre por las orillas del Danubio, por el entresijo de calles en el que se situaban los seis edificios que protegían a miles de personas desamparadas.

Veinticinco más en las amplias estancias de Villa Széchenyi.

Sesenta en la propia legación. Treinta en la casa de Podmanski, el anejo situado en la acera de enfrente.

«Una semana más —rezó para sus adentros—. Una semana más para dejarlo todo atado».

En la prisión de la calle Margit, todas las metamorfosis eran silenciosas.

De madrugada, los funcionarios borrachos de pálinka golpeaban las puertas de las celdas para culparlos de los bombardeos, para insultarlos, para robarles la dignidad que aún conservaban.

En ocasiones, sacaban a uno para interrogarlo y el resto aguardaba con los ojos fijos en el techo, hasta que el camarada regresaba.

Lo recibían de la manera habitual: con el apretón de manos que les recordaba que estaban ahí, otros seres humanos que lo reconocían como tal.

El rostro rústico y tosco de János Kiss estaba desfigurado por los golpes, pero en los ojos, pequeños y oscuros, aún se vislumbraba una sonrisa añeja, perteneciente a tiempos pasados.

Jenő Nagy, de baja estatura, con aires de violinista o de gran señor, se había pasado las reuniones del comité tomando notas con su delgada y delicada mano; apenas unos días en la prisión y aquel miembro, antaño bello, se retorcía como una rama, rojo y abultado por una herida que no dejaba de supurar.

De la misma manera, su boca no se hallaba ya en el centro de la cara, sino torcida hacia un lado, también encarnada, alargada en una franja sangrienta.

Por los rasgos elegantes de Vilmos Tartsay, por otro lado, habían pasado décadas.

Incapaz de reponerse de la culpa, ya no guardaba ni las apariencias; el cabello, desaliñado, le caía a chorretones por la frente y por no levantar los brazos ya ni se afeitaba.

Cuando un camarada trataba de ayudarlo, él no se dejaba; se limitaba a observarlo, sumido en una pena infinita; lloraba a menudo, algo inaudito en un hombre de su clase y experiencia militar, pero en el corredor de los aristócratas se le permitía y hasta se comprendía.

Obligados a mirar de frente el día de su juicio (y, quizá, de su ejecución), ya todos se abandonaban al llanto nocturno, conscientes de que los demás, como amigos y caballeros, por respeto los ignorarían.

Ádám, que tan buena cuenta llevaba del deterioro físico de los miembros del comité y de su propio cuerpo, no reparó en lo que había cambiado en la fisicidad de Jonatán, sino en lo que permanecía igual, suyo, hermoso pese a la brutalidad de las circunstancias.

El sol se reflejaba en los iris como tiempo atrás y los hacía estallar en esquirlas de plata y acero.

Cuando hablaba, las pecas de la nariz se movían como dándole la razón.

Las manos, aunque amoratadas por las palizas, irrumpían en idénticos gestos.

Para no revelar el lazo que los unía, en el primer paseo, Ádám, desprovisto de su bastón, fingió tropezar para que él, al extender los brazos, impidiese su caída.

Aquello tampoco había mutado; aunque más rugosa, aunque atravesada por llagas y cicatrices, su piel, al acariciarlo en aquel brevísimo encuentro, era tal como la recordaba.

Aquellos paseos, apenas media hora bajo estricta vigilancia, resultaban una comparsa patética más.

Ateridos de frío, portando las mismas ropas sucias de las torturas, a menudo inadecuadas para el clima, los prisioneros marchaban en círculos silenciosos, pues las conversaciones se castigaban con palizas.

Hablar con otro preso, sostenían los guardias, suponía pasarse información, una teoría difícil de mantener cuando las celdas, abarrotadas, constituían un enjambre de palabras entrecruzadas.

Los guardias castigaban por hastío, por aburrimiento, por hacer uso de un poder que pronto les quitarían. Mientras, los hombres caminaban en una hilera perfecta y, en un instante de distracción, le propinaban una patada en el tobillo al compañero de delante para que este entrase en calor.

Los paseos pertenecían a los cuerpos que, después de tanto tiempo, se encontraban en el mismo espacio reducido; las celdas, a ese dios de la lengua al que le rezaban.

Porque ya no quedaba espacio y había que compartir catre, porque se les había echado encima un otoño gélido, Ádám y Jonatán se acurrucaban contra la estufa cada noche cuando se apagaban las luces.

En la penumbra, los cuatro centímetros del otro, visibles a través de la rendija, llenaban los espacios vacíos del idioma y del engaño.

—¿Qué te ha dicho el abogado? ¿Ha logrado que te aplacen el juicio?

—Aún no y ya estamos a día uno. A ti, me imagino que no…

—No. Como soy extranjero, no tienen derecho a llevarme a juicio. Además, se rumorea…, se rumorea que a los aliados nos quieren vivos para intercambiarnos por prisioneros de guerra alemanes y húngaros.

Hablaban en susurros para no molestar a los demás, aunque el sueño en la calle Margit era ligero, y siempre buscando la mirada del otro. En aquella franja tan pequeña, si se concentraban lo suficiente, casi podían transportarse a la juventud arrebatada.

—Yo también he oído esos rumores —confirmó Ádám—.

Lo más seguro es que intenten evacuar la cárcel antes de que lleguen los bolches.

A los extranjeros os tendrán a buen recaudo y a los presos menos significativos los trasladarán a algún penal en la frontera.

A los demás… —Se llevó un puño a los labios, trémulos por la rasca y el miedo—.

Dios, a veces…, a veces temo que ya tengan las sentencias de muerte firmadas y que el consejo de guerra sea solo una farsa.

—¡No vas a morir! —masculló Jonatán, y con los dedos buscó su mano hasta que la encontró.

Eran las palabras de Ádám, con las que se había atragantado durante su despedida en Liptovský Svätý Mikuláš, cuando la misión pendía sobre ambos como una espada. De la boca de Jonatán, pasadas por el filtro de aquel idioma ajeno, reverberaban como una orden o una oración.

—No van a hacerte nada —insistió, con la cara pegada a la pared para quedar lo más cerca posible de él—.

Mira, yo llevo mucho tiempo aquí y me he fijado…

, me he fijado en cómo tratan a los hombres que condenan a muerte.

Por lo general, la severidad de las torturas es equitativa a la severidad de la pena.

Esto no es un paseo para nadie, pero, dentro de lo que cabe, a ti y a Iván no os llevan a interrogar tanto como a los demás, ni regresáis…

, bueno, como esos capullos dejan a los demás.

Ádám sacudió la cabeza.

—No sigas. No puedo alegrarme de una suerte que supone una desgracia para los demás.

—Suspiró—. Y en mi caso eso no significa nada.

La primera noche…, la primera noche sufrí un ataque epiléptico.

Se habían cebado conmigo de lo lindo y… —Desvió la mirada—.

Y creí que un amigo muy querido había muerto.

No sé. Creo que tienen miedo de que me vuelva a pasar y de que no llegue vivo al juicio.

Jonatán lo observaba presa de una congoja pálida, cetrina, que no concebía escapatoria alguna.

—No vas a morir —siseó, y sus ojos ardían como si quisiese retar a algún dios—. Tu amigo volvió de entre los muertos, ¿no?

—Sí. —Soltó una carcajada seca y floja—. Mira, como Lázaro.

—No puede haber sido en vano, entonces. No van a hacerte nada.

Incluso si vas a juicio te conmutarán la pena, ya lo verás.

A lo mejor…, a lo mejor a tu amigo lo arrancaron de la muerte porque primero tenía que bajar al inframundo y dar recado de que no te hiciesen sitio en él, que tú te quedabas aquí, con los vivos.

Ádám forzó una sonrisa.

—Creo que ese viaje de ida ya lo gasté en el Don.

—Pues lo gastas otra vez. No vas a morir.

Se quedó dormido con la voz de Jonatán cosida a su oído y el tacto de sus yemas en las suyas. El despertar temprano típico de la prisión llegó con el ruido de las horcas que se montaban en el patio para las ejecuciones de la tarde. Un enorme reloj auditivo, testamento del tiempo que se les agotaba.