El silencio de los justos Capítulo V #2
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Capítulo V #2

Como una espada, a Ádám lo traspasaron imágenes de la tarde en la que, en la mayor confidencia, compartió una copia del Informe de Auschwitz (por prudencia, siempre guardaba una) con Boldizsár y con Bajcsy-Zsilinszky.

Era una tarde de otoño, algo fría, pero clarísima.

Paseaban por el jardín botánico, idóneo para los clandestinos por dos motivos esenciales: la vegetación frondosa y las multitudes que se congregaban en él.

Mientras Bajcsy-Zsilinszky leía, con el pelo plateado iluminado por el sol más pálido, la expresión se le agriaba.

Cuando le devolvió el documento, ya era otro, transformado para siempre por el horror, la conmoción, la indignación y la rabia.

«Que nunca me pidan clemencia», había mascullado con voz abotagada por la emoción.

Un mes más tarde observaba la nada desde su celda del corredor de los aristócratas y no consentía que sus camaradas se acercasen a él, porque no quería hacerlos partícipes de su sufrimiento.

—Oye, Iván… —comenzó Ádám—. ¿Y de ese inglés? ¿Se sabe algo?

Ante la imposibilidad de controlar su fisionomía, las tripas le rugían de miedo a la respuesta que aún no había oído. Boldizsár, ensimismado, tardó un par de segundos en contestar, en comprender lo que le pedían. Cuarenta y ocho horas allí equivalían a cuarenta y ocho años en cualquier otro lugar.

—Ah, pues sí, lo devolvieron de madrugada. Me imagino que tampoco convenía que se muriese por su propia mano…

Las palabras fueron disminuyendo en volumen, hasta camuflarse bajo la orquesta de gritos y golpes de la cárcel, a medida que Ádám se alejaba.

Se había levantado, sin contemplación alguna por sus lesiones, y se tambaleó hasta arrodillarse frente a la estufa que conectaba ambas estancias.

Trémulo, se asomó a la rendija. Un puñado de luz en la oscuridad.

Una pantalla blanquecina como una sábana cubrió la sala gemela hasta que sus ojos se acostumbraron al cambio.

Aquello, se figuró, tenía mucho de nacimiento.

Cuatro paredes como las suyas. Una hilera de catres como los suyos. Una comparsa de hombres anulados, pieles amoratadas y huesos salientes, para los que la guerra ya era ajena, pues no verían su final. En una esquina, agazapado, un preso apartaba con dos dedos la bandeja de comida, intacta.

Lo reconoció de inmediato por los gestos, por la postura, por la curva exacta que dibujaba su puño al cerrarse.

Las raíces del pelo ya le crecían rojizas, un calendario físico de los días que los separaban.

Su rostro había cambiado, como el de todos, y la carne se había consumido hasta dejar adivinar el esqueleto, pero era él, Jonatán, su Jonatán.

Ádám todavía tenía el alma enredada a la suya.

A falta de un término capaz de contener la triste felicidad que lo invadía, silbó.

—Oye, inglés, ¿le pasa algo a la sopa? —inquirió, tras rebuscar en el cerebro hasta encontrar las nociones de la lengua sajona que conservaba de su adolescencia y de las reuniones en el Palacio Andrássy.

Jonatán, que había ignorado el silbido como el resto de los muertos vivientes, crispó la espalda con la primera letra pronunciada. Ádám aún no había terminado de formular la pregunta cuando él ya se asomaba a la rendija con ojos enormes.

—No… no tengo mucha hambre —respondió en aquel idioma ajeno que Ádám solo había oído de sus labios en las clases.

—Es una lástima, porque se rumorea que a veces hasta se encuentran sospechas de carne flotando por ahí. Oye, inglés, tú el húngaro no lo hablas, ¿no?

Aquellos iris que él conocía tan bien, en los que había buceado tantas veces, brillaron con una emoción profunda, inquieta, que ni las lágrimas que contenía lograban conjurar.

—No, muy poco.

—Qué mala pata, porque yo en inglés me expreso…

Jonatán sonrió.

—Como una bestia.

—Bueno, siempre he dicho que es un idioma primitivo. Sin ofender.

—No ofendes. ¿Por qué…, por qué estás aquí?

—En resumidas cuentas, por conspirar contra el gobierno.

Una sombra nerviosa, fugaz, recorrió el rostro consumido de Jonatán.

—¿Solo…, solo por eso?

Ádám irrumpió en una carcajada sonora. Sus camaradas, absortos en su propia tragedia, apenas le echaron un vistazo efímero, desnudo de curiosidad, un mero acto reflejo ante el ruido.

—¿Te parece poco, inglés? Supongo que habrás oído hablar de Bajcsy-Zsilinszky y de la célula de resistencia contra el gobierno y la ocupación.

—Algo se comenta en los pasillos.

Ádám gesticuló en torno a su persona, como diciendo: «Heme aquí». Suspendido en aquella intimidad tan fina, en los cuatro centímetros de espacio vacío que le permitían ver, como en un sueño, a su amigo más querido, pronunció su nombre.

—Alférez James Redford —susurró Jonatán, a su vez.

Ante la imposibilidad de estrecharse la mano o, mejor aún, de abrazarse y no soltar al otro, juntaron las yemas hasta sentir la chispa del amor que se profesaban.

Si se lo hubiesen preguntado, en el momento en que abrió la puerta del piso de Vilmos Tartsay y se encontró con cinco cañones apuntándole a la cara, Ádám hubiese preferido vivir su vida al revés.

Empezaría por ese instante mortal e iría dando pasos atrás, a través de la formación del comité, de los dos breves encuentros con Jonatán, de las misiones para los jalutzim , de las conversaciones con los diplomáticos españoles, de la nieve de Rusia…

, a través de cada punto en el mapa de su existencia hasta llegar a aquella primera tarde en el internado.

Al presentarse de nuevo, piel con piel, habitando otros destinos y otras identidades, pensó, por primera vez desde su captura, que no iba a morir.

Él, que ni siquiera en las trincheras había logrado creer en ningún dios, se arrojaba en ese momento a la posibilidad de ese milagro.

Jonatán, al que tanto quería, sí albergaba algo de fe: decía a menudo, sobre todo cuando estaba borracho, que había una deidad que los gobernaba y eran las palabras.

«¡La Torre de Babel! —exclamaba, descamisado, con la corbata extraviada en algún lugar del local—.

¿No habéis oído hablar del mito de la Torre de Babel?

». Y el resto de los comensales reía, lo despachaban con gestos cada vez más groseros, hasta que solo Ádám, que le apartaba hábilmente la copa para su propia degustación, quedaba ahí para escucharlo.

En esos momentos, el Dios de las palabras los abrigaba.

—Ádám Farkas de Batthyány —repetía Jonatán, teniendo cuidado de pronunciar de manera incorrecta ese nombre que tantas veces había goteado de su lengua—. Suena importante. ¿Eres una persona importante?

—Mi familia, sí. Yo, más o menos. Por combatir en Rusia me dieron un par de trozos de tela y unas chapitas…, pero no creo que valgan ya mucho.

Otra sonrisa, toda belleza y brutalidad.

—Más que las mías, seguro. Me imagino…, me imagino que tu familia, entonces, estará moviendo Roma con Santiago para sacarte de aquí, ¿no? ¿Te han dejado verlos?

—Ya te he dicho que los recuerdos que me traje de Rusia valen más bien poco. Solo me permiten visitas del médico, del abogado y del cura. Mi hermana, a través del párroco ese, me hizo llegar una Biblia, que es lo único que te dejan leer aquí.

La expresión de Jonatán, crispada por un terror pasajero, se enterneció.

—Por lo menos, tienes lectura para rato.

—Rato y medio. Como soy un descreído, mi hermana tuvo la consideración de subrayarme algunos pasajes. Las tres negaciones de Pedro…, la resurrección de Lázaro…, la historia de Ester…

Cuando se lo proponía, Erika Farkas era terrible.

Heredera de los vicios y las virtudes de Klára, había aprendido en tres años de guerra y ocho meses de ocupación más que muchos hombres en toda una vida.

Ádám, que no creía ni lo había hecho nunca, fue capaz, sin embargo, de tejer aquellos mitos de su infancia en una narrativa coherente que Jonatán también supo descifrar.

La habían interrogado y no había condenado a nadie. Como Ester ante el rey Asuero, se había valido de su belleza e inteligencia para edificar un engaño capaz de salvar vidas humanas.

—Deberías comerte al menos el mendrugo de pan —prosiguió Ádám—.

Me figuro que, igual que yo tengo una hermana que me espera, tú tendrás una madre que no duda de que volverás y que se alegrará mucho cuando te vea otra vez.

Me la imagino…, no sé, a salvo en una casa a orillas del Támesis… , bueno, no sé si eres de Londres.

—Sí, de un sitio que se llama Maida Vale. ¿Qué más te imaginas? Hace mucho que no me atrevo a pensar en mi madre.

—Pues…, la veo rodeada de gente, de vecinos. Pasándolo un poco mal por el racionamiento y las bombas, pero llena de esperanza porque sabe que la guerra terminará pronto. Y, cuando las guerras terminan, los hijos vuelven a casa.

Jonatán se estremeció. El índice no se movía; presionaba el de Ádám con la confianza de que los átomos se reorganizasen, que aquellas dos pieles se volviesen una materia indivisible.

—Ya… ya lo veo yo también. Gracias. Eres un buen hombre y… y no te mereces estar aquí.

—Ni yo ni nadie. Oye, ¿a ti cuándo te permiten ir al patio?

—De tres a tres y media.

—Bien, muy bien. Búscame mañana y te buscaré yo también a ti. Ya sabes lo que dicen: «Quien tiene un amigo tiene un tesoro». De hecho… —Sin apartar la mano de la rendija, se volvió a sus camaradas—. ¡Iván! ¡Eh, Iván! Ven aquí, que creo que este inglés te va a caer muy bien.