El silencio de los justos Capítulo V
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Capítulo V

V

Muy pocas personas en el sepelio de Pál Széchenyi sabían el motivo de su muerte.

Publicado en los diarios como un accidente laboral para salvaguardar el honor de una de las familias más antiguas e influyentes del país, aquella mentira le servía a Sanz Briz de excusa para rendir sus respetos a sus seres queridos.

Aunque solo conocía al muchacho de vista por haber asistido a los mismos eventos sociales, los Széchenyi eran dueños de la lujosa villa en la que residía y en cuyos sótanos y habitaciones cobijaba a decenas de judíos protegidos.

Valoraba la oportunidad de poder dar el pésame en persona, tal y como le dictaba su honor, sin preocuparse por dañar las ya frágiles relaciones que mantenía con el gobierno de Szálasi.

Era muy consciente de que España todavía no reconocía la legitimidad del golpe de estado.

Esa carta, la más poderosa de su baraja, podía tornarse inútil ante el avance soviético.

El Ejército Rojo mantenía sus posiciones, como llevaba haciendo desde las últimas semanas; aquel espacio que les ofrecían para respirar se convertiría también en el mayor de sus peligros.

Cuando entrasen, al fin, en Budapest, su azote sería de proporciones titánicas, una furia como no se había descrito jamás ni en la épica grecorromana ni en los mitos bíblicos.

Hitler, que había declarado la capital magiar como fortaleza, no se rendiría hasta agotar el último hombre y la última bala.

Se acercó para abrazar a Erika Farkas de Batthyány.

Vestida de riguroso luto, no se había molestado en ocultar el moretón del pómulo, que se vislumbraba con claridad a través de la rejilla de la boina.

Los ojos, enrojecidos por las lágrimas silenciosas que los anegaban, refulgían de un verde esmeralda.

—La acompaño en el sentimiento —le susurró—. Sé cuánto quería al conde Széchenyi y a su compañero finado. Nadie debería morir antes de cumplir los treinta años.

En el recogimiento y en las atenciones que todos prodigaban a la madre del difunto, se permitió hablar, en voz muy baja, del secreto que guardaban y que él conocía por su amistad con György Farkas.

—¿Saben algo más de su hermano?

—Muy poco —musitó, y Sanz Briz la ayudó a sentarse en uno de los bancos de la capilla familiar—.

Sé que se está recuperando del ataque epiléptico y que pronto lo devolverán a la celda.

Solo le permiten recibir visitas del abogado, del cura y, tras mucho insistir, del neurólogo que lo trata desde Vorónezh.

Estamos intentando posponer la fecha del juicio, que dicen que eso les da mejores posibilidades a los presos, pero si no lo conseguimos…

, lo someterán a consejo de guerra como al resto de sus compañeros.

Sanz Briz sacudió la cabeza. Unos temblores poco propios de él atravesaban las manos, que apoyaba en sus rodillas.

Presenciaba, impotente, el gradual descenso a la locura de aquel país que lo había acogido y cuyo terror, en los momentos más sacrílegos, le recordaba a la guerra fraterna que había dividido su patria en dos, quizá para siempre.

Se humedeció los labios como queriendo decir algo, pero Erika se lo impidió.

—Sea lo que sea, lo sé —siseó muy rápido—. No se signifique por mi hermano. Ya… espero que no le comprometa, haber venido aquí.

—Dar el pésame no es una consigna política.

—Desde hace tiempo, en este país, hasta para velar a los muertos hay que pedirle permiso primero a la ideología —balbuceó ella en una confesión apurada, nerviosa, que camufló al santiguarse.

Incapaz de consolarla con las palabras, vacías ante la seriedad de la situación, Sanz Briz depositó la mano sobre su crispado hombro.

—Entonces me limitaré a decir que rezaré por su hermano, que Dios es señor a su vez de las ideologías y a él también lo apresaron.

Confío en que logren aplazar el juicio y que el poder que aún tiene su apellido le ayude…

, estoy seguro de que el avance soviético también lo hará.

—Afiló los labios—. En la más estricta confidencia, usted sabe, como yo, quién ganará esta guerra y qué crímenes no van a perdonar.

—Eso pensamos nosotros también. Usted…

—Me temo que mi tiempo en Budapest se agota y en cierto modo lo lamento. Yo aquí, a pesar de todo, he sido muy feliz y he conocido a gente estupenda. Aún no he decidido el día pero, si no volvemos a coincidir… —La abrazó de nuevo—. Le deseo lo mejor, señorita. A usted y a toda su familia.

No prolongó más de lo debido ese contacto que llevaba a cuestas el peso de sus tres años en la capital. Al separarse, permaneció un instante más con ella y ya se excusaba para dejarla a solas con su dolor cuando ella lo llamó.

—Espere, don Ángel.

—¿Sí, señorita?

—¿Cómo… cómo está la señora Rozenfeld? ¿La ha visto últimamente?

—Sí, intento visitar las casas protegidas con tanta frecuencia como me es posible.

No se angustie, está todo lo bien que podría, dadas las circunstancias.

Ahora que se ha oficializado el gueto internacional parece, también, que las cosas estarán más tranquilas.

De todas maneras, tenemos contactos que nos avisan si ocurre alguna emergencia.

—Sonrió—. No me marcharé sin dejarlo todo atado.

Esas personas no se quedarán en la estacada.

Erika lo apaciguó con un movimiento vago de la mano.

—Nunca he dudado de usted, don Ángel. Es que, con todo lo que ha pasado…

, bueno, que me he acordado de ella, que siempre ha sido tan buena con nuestra familia.

Si la ve otra vez, ¿podría darle recuerdos de mi parte?

Dígale…, dígale eso, que la tengo muy presente y que…

que espero que la guerra termine pronto para que sus hijos vuelvan con ella.

—Le daré el recado, señorita.

En la prisión de la calle Margit, a los hombres ya no les pertenecían sus destinos.

Sus vidas, que el universo, sus padres y Dios les habían entregado sin pedir nada a cambio, tenían un dueño que llevaba cuenta de cada herida, de cada llaga y de cada discapacidad no por amor, sino por poder.

Porque ellos, los del corredor de los aristócratas, habían sido privilegiados y en ese momento no valían nada; hasta las colillas de los cigarrillos que fumaban, por distracción y para llenar el estómago de algo, aunque fuese humo, resultaban más preciadas que ellos.

Por ese motivo y ningún otro trasladaron a Ádám a la enfermería.

Por ese motivo y ningún otro llamaron por teléfono a su neurólogo y no al médico de la cárcel, no fuese a morirse él por cuenta propia antes de que ellos pudiesen firmar sentencia.

Y por ese motivo y ningún otro le permitieron las cuarenta y ocho horas de observación en aquella camilla tan limpia, mucho más cómoda que los jergones de paja, pues con sus lesiones un solo ataque epiléptico aumentaba las probabilidades de sufrir un segundo, y un condenado no tiene derecho a morirse sin permiso.

Lo primero que Ádám hizo al regresar a la celda número seis fue contar a los camaradas, uno a uno, asegurarse de que no faltase ninguno.

Por su abogado (militar, viejo compañero de su padre) sabía que el consejo de guerra se había fijado para el 5 de diciembre; que intentaría que a él lo juzgasen aparte, en una fecha posterior, alegando enajenación mental causada por las secuelas del Don.

Ni siquiera un proceso sumarísimo de papel cartón justificaría llevar a un hombre al paredón sin al menos una farsa que sustentase la sentencia; pese a ello, cada vez que oía tiros en el patio le daba la impresión de que los habían precedido unos pasos desacompasados, de cojera, como los de János Kiss.

Pero no, ahí estaban, aún hieráticos, con las caras más azules a causa de las torturas, tumbados y sin apoyar los codos al sentarse.

Bajcsy-Zsilinszky, más delgado de lo que lo había dejado, lo saludó con un gesto; sin la corbata, el cuello le colgaba flácido, enrojecido por los golpes, y revelaba al fin la edad que el porte y el atractivo ocultaban.

Jenő Nagy le mostró la mano a modo de bienvenida y de reconocimiento: le habían pegado tanto que permanecía inmóvil, inerte e inútil.

Vilmos Tartsay, que en dos días parecía que hubiera envejecido una generación, se pasaba una pelotita de papel a modo de balón de fútbol con Iván Boldizsár.

Fue él, su amigo, quien se detuvo y se despojó de la dureza impasible de la condena para abrazarlo.

—Cabrón, creía que no lo contabas —dijo sin soltarlo. No importó que Ádám, a quien le habían quitado el bastón, perdiese el equilibrio, porque Iván lo sostenía con los brazos—. No te habrán torturado, después de cómo te dejaron, ¿no?

—No, pero no por falta de ganas. No les convenía que me muriese antes de ponerme ellos la soga al cuello. ¿Y vosotros?

—Pues igual —murmuró y no lo soltó, sino que lo depositó con cuidado en el catre—. A mí me las hacen pasar bastante canutas, pero no es nada comparado con lo que les hacen a Kiss, a Tartsay y a Bajcsy-Zsilinszky. Claro, aquí también hay rangos…

No había bajado la voz para hablar de sus tormentos. Ellos, ya fantasmas en vida, estatuas de sal que no esperaban la absolución, no reaccionaron ni ante la mención de los nombres propios.

—Hijos de puta. Menos mal que a todo cerdo le llega su San Martín, y bien gorditos que se están poniendo para recibir a los bolches. Menudo festín que van a darse los soviéticos con ellos.

Boldizsár se sentó a su lado. Atravesado por escalofríos, evitaba mirarlo a la cara.

La mención de los bolcheviques, con cuyas tropas habían querido contactar, lo asustó por su significado.

Al contrario que el abogado, ellos veían su muerte en ese avance que pronto se reanudaría.

De todos los pecados de sus captores, su detención sería el más fácil de ocultar: bastaban un paredón, unas balas y una fosa común.

Aunque no lo verbalizaban, todos tenían la constancia de que la Cruz Flechada solo entregaría la cárcel de una manera: vacía de presos políticos.