El silencio de los justos Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

Arañaba la madrugada cuando al señor György Farkas lo llamaron de la cárcel de la calle Margit y le permitieron, tras tantas gestiones, llevarse a su hija a casa.

—Y a su criada, si le interesa —agregaron.

Como pie de página, como última línea casi a modo de cortesía en un albarán. Porque allí una persona entraba entera, con su nombre y sus apellidos, y la sacaban pisoteada, desnuda de dignidad y de orgullo.

A Erika Farkas de Batthyány la devolvieron con solo el abrigo sobre los hombros (nada más y nada menos), la nariz partida y una marca roja y abultada en el pómulo que pronto se tornaría morada.

A pesar de la cólera de su padre ante los funcionarios de la prisión primero, y de las preguntas incesantes en el coche después, no dijo nada de lo que le habían hecho; se limitó a repetir cuanto sabía: que habían arrestado a Ádám por su pertenencia a un grupo político que conspiraba para pactar con los soviéticos y que tanto Pál Széchenyi como János Messik estaban muertos.

—¿Cuánto ha tenido que pagar para traerme de vuelta a casa, padre? —le preguntó mientras apoyaba la carne herida contra el cristal frío de la ventanilla.

Él no le respondió directamente. Sin separar los ojos de la carretera que los conducía a la colina, dijo:

—Ya he buscado al mejor abogado para que lleve el caso de tu hermano. Lo más probable, y lo más lógico, es que intente que le reduzcan la pena por motivos médicos. El tipo de lesión que tiene… podría, al menos, justificar la locura que ha cometido.

—Padre, Ádám no ha perdido el juicio y usted lo sabe.

—Pues le conviene que así sea, porque, si no…

, yo, por mi parte, voy a pedir a sus antiguos compañeros de armas y a los oficiales de su compañía que atestigüen eso mismo en su declaración.

Así no se hacen las cosas, hija. Mira en qué lío se ha metido y el problema que os ha causado a la pobre Rózsa y a ti.

Y da gracias porque no tenemos que ir a un funeral, porque la madre de Pál ya no vuelve a levantar cabeza.

Pensar que el cabecilla de todo esto es Bajcsy-Zsilinszky, a quien siempre he tenido por un hombre cabal… ¡Un miembro del Parlamento!

—Al menos alguien ha hecho algo.

—Y muy caro lo van a pagar.

El hombro de Iván Boldizsár era un lugar tan bueno como cualquier otro para descansar.

Los presos de la celda número 6, tan atestada como las demás a pesar de pertenecer al llamado «corredor de los aristócratas» porque era donde se retenía a los reclusos importantes, se lamían las heridas sin perder la compostura.

Erguidos o sentados sobre jergones de paja, la firmeza de la postura revelaba su pasado castrense; las caras hinchadas, y la piel hecha un cuadro en tonos azules y rojos, indicaban que ni bajo tortura habían traicionado a un camarada.

Porque por eso estaban ahí, por traición. Porque un hilo se había salido del tapiz que habían tejido y los había vendido, por treinta monedas o por el precio, mucho más bajo, de salvar la propia vida.

—Dicen que fue Tibor Mikulich —murmuraba Vilmos Tartsay, el húsar de bigote frondoso, el buenazo—. Él, que para mí era como un hijo. ¿Cómo ha podido?

—Pues será verdad —terció Iván mientras limpiaba la sangre que aún salía a borbotones de la nariz de Ádám—, porque estaba invitado a la reunión y ni se presentó ni lo he visto por aquí.

Él, que había llegado a su hora, pudo ingeniárselas para meterse la traducción de la carta a Mólotov en la boca, masticarla hasta convertirla en una pasta gris e ilegible y escupirla debajo de la cama del matrimonio Tartsay, donde se había escondido hasta que los detectives le dieron caza.

Nadie le respondió. Bajcsy-Zsilinszky, con sus aires de estrella de cine; János Kiss, que cojeaba de una pierna, rígida desde su paso por la anterior guerra…

, todos callaban y miraban la pared porque podían humillarlos y escupirles, pero ellos nunca bajarían la cabeza.

Solo Vilmos Tartsay, a quien no se le iba la pena, apoyó la frente sobre las palmas de las manos.

—Confiaba en que a ti, con tus lesiones, no te lastimasen, condesito. Los muy canallas…

Ádám entreabrió los ojos para mirarlo. Le sonrió, de modo que quedase a la vista el hueco que había dejado uno de los dientes frontales, que le habían arrancado con el bofetón que lo tiró de la silla.

—Anda que mira de qué guisa me voy a presentar yo a los bailes de sociedad a partir de ahora…

—Y yo que te veo mucho más guapo… —bromeó Boldizsár, entre unas carcajadas que no sentía pero que soltaba por terquedad, y le secó el sudor de la frente con la manga de su propia camisa—.

Anda, amigo, duerme un poco, que Vilmos tiene razón, son unos canallas de categoría.

Y yo no voy a dejar que enfermes, ¿eh? Así que no me pongas las cosas difíciles y descansa.

Se sumieron en el silencio durante unos momentos agónicos.

Pensaban en sus mujeres, en sus novias, en sus madres y en sus hermanas; en que estaban en esa misma cárcel por su culpa, según les habían contado los guardias, y en la oscuridad de la noche ellos empezaban a creerse esas amenazas.

Y pensaban en los camaradas, en cuántos irían cayendo, en si Messik se recuperaría de sus heridas, en si ellos serían capaces de soportar más interrogatorios como aquellos.

El pánico compartido, que por caballerosidad y para no hundir el dedo más en la llaga no verbalizaban, se interrumpió de pronto ante la repentina actividad en el «corredor de los aristócratas».

Una concatenación de gritos en la celda de al lado, con la que estaban comunicados mediante la estufa.

La puerta vecina que se abría con un chirrido.

Un «¿Pero qué has hecho, hombre?» seguido del ruido de un cuerpo que arrastraban, de unas sábanas que se arrancaban de la cama con energía, de una serie de «Aquí no se muere nadie sin permiso».

Con la misma velocidad con que surgió el caos, desapareció. Alguien dio la orden de poner un torniquete, alguien más separó la puerta de nuevo antes de cerrarla. Tras un conjunto de pasos rápidos, el pasillo de presos prominentes se sumergió en una quietud más profunda que antes.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Boldizsár.

Vilmos Tartsay se acercó a la estufa. Como la compartían con la celda vecina, una rendija entre el aparato y el muro le permitía observar lo que ocurría al otro lado. Torció la boca.

—Creo que un suicidio.

Y de aquellas otras cuatro paredes surgió una nueva voz, más vieja, amortiguada por la distancia y el pesar.

—¡El inglés, que ha encontrado la chapa de identificación de otro preso debajo del colchón y se ha cortado las venas!

Ante las dos primeras palabras, Ádám, que ya casi dormitaba, se reincorporó.

—¿El inglés?

—Un espía aliado, de Londres, al que pescaron en septiembre con una radio y desde entonces intentan sonsacarle los códigos a palos.

La respiración de Ádám se agitó.

—¿En septiembre, dices?

—Sí, en septiembre, me acuerdo perfectamente porque fue un par de semanas después de que me pescasen a mí.

Y porque, bueno, los extranjeros siempre llaman la atención.

Espero que este no haya llegado hasta el final, porque…

mira que se lo repetía yo veces, que tenemos que vivir más que estos cabrones, que a él su nacionalidad le protegía…

¡Malditas cárceles y malditos carceleros!

Ádám ya no lo escuchaba. Se sacudía, envuelto en sudores cada vez más espesos, atravesado por las mismas arcadas que había sufrido en el interrogatorio y que en ese momento, al atar cabos, volvían a él.

—Eh, amigo, ¿estás bien? —le preguntó Iván Boldizsár, que le acariciaba la espalda—. Te has puesto pálido. ¡Eh!

Ádám cayó de espaldas, sobre él, con los ojos en blanco y entre convulsiones. Mientras Iván lo recostaba de lado y le introducía un pañuelo en la boca para que no se mordiese la lengua, János Kiss, que ya se había levantado, golpeaba la puerta metálica con toda su fuerza.

—¡Eh, ayuda! ¡Ayuda! ¡Que venga alguien rápido, que este hombre está sufriendo un ataque epiléptico!

Mientras la sangre descendía por la mano, en volantes granate y carmesí, a Jonatán lo invadió el mismo frío que experimentaba cuando saltaba del avión.

Una nube helada que lo envolvía, como acunándolo, y que se quedaba a vivir en sus huesos.

Flotaba ligero en un salto infinito. Bajo sus pies, se extendían los campos purpúreos de Tihany; sobre su cabeza, el cielo más que negro, cuajado de constelaciones blancas que no podían observarse desde Budapest.

Y él era el pétalo violeta y la luz de la estrella y el agua del lago, que actuaba de espejo y se rompía en galaxias. Y la voz de su amigo y las risas que estallaban como una copa contra el suelo y el regusto del último vino atrapado en los dientes.

«Tú piensa que, allá arriba, quizá hay centenares de chicos como nosotros apurando los últimos pitillos mientras nos ven a nosotros fumar.

También nosotros estamos fumando y observando el vacío, y a lo mejor allá abajo hay otra civilización, invisible a nuestros ojos, de muchachos que fuman y conversan».

Y el sonido del agua. Y las discusiones ajenas. Y una ola que lo devoraba, en Haifa.

Abrió los ojos. Las baldosas verdes. La ropa mojada, que se le pegaba a la piel. El charco rosado que se tragaba el desagüe. La cara colorada del funcionario de prisiones, coronada por la cabellera nívea, como el halo de un santo o la melena de un loco.

—¿Qué te tengo dicho? —Le tiró de la camiseta interior para erguirlo—. ¡Aquí mando yo y tú no tienes permiso para morirte, cojones!

Con una bocanada ansiosa, Jonatán se llenó los pulmones de aire. El brazo izquierdo, cuya arteria había seccionado con la placa metálica, yacía sobre la rodilla, medio dormido, seco debido al torniquete y la venda que cubría la herida.

El Talmud de Babilonia decía que aquel que salvaba una vida salvaba al mundo entero.

Ellos no habían salvado la suya, la habían conservado en su propio beneficio.

Para seguir maltratándola, para obtener de ella el precio que pedían, para cortarla de raíz cuando les viniese en gana, porque les pertenecía.

—A qué coño estabas jugando, ¿eh? —prosiguió el funcionario—. ¡Tengo mujer e hijos! Si te matas, tendré que responder por ti. No hagas ninguna tontería más o te degollaré yo mismo como a un perro, ¿entendido?

Ante el silencio de Jonatán, desenfundó la pistola y se la apretó en la frente perlada.

—¡Júrame que no lo vas a intentar otra vez! ¡Júramelo o te reviento la tapa de los sesos aquí mismo!

Bajo otras circunstancias, Jonatán casi habría podido sonreír, divertido, ante la precaria ironía en la que se hallaba: lo estaban amenazando con la muerte para que no se suicidase.

—¿Quieres los códigos de la radio? —preguntó, en un murmullo bajo—. Ahora sí que te los daré y entonces podrás dispararme.

El funcionario le asestó en la cabeza con la culata del arma.

—No me busques, desgraciado, no me busques que en mala hora me vas a encontrar.

—¡Los códigos! —exclamó Jonatán y, aún debilitado por la pérdida de sangre, tuvo que detenerse para recobrar el aliento—. Los códigos están en la maleta que llevaba cuando me detuvieron.

Otro golpe, esta vez en el estómago, con la rodilla.

—¡No mientas! Esa maleta ya la inspeccionamos de arriba abajo.

—Pues los códigos estaban ahí. Si los habéis perdido, es problema vuestro. ¡Mátame! ¿Por qué no me matas? ¡Dispara!

Como su vida no le pertenecía, no cumplieron sus deseos.

Lo escoltaron a la celda, donde le obligaron a compartir catre con el Filósofo, pues el suyo todavía estaba empapado de sangre.

Para que no se quitase el torniquete ni las vendas, dos guardias se quedaron con él, vigilándolo, mientras esperaban al médico.

No se fiaban de él lo suficiente para llevarlo a la enfermería.

Allí podría aprovechar la crisis de otro paciente para tomar el material médico y quitarse los puntos.

Como última humillación, le coserían la herida allí mismo, frente a sus compañeros; también frente a ellos retirarían las sábanas rojas y la paja inutilizable.

Porque la vida que habían conservado era suya y podían denigrarla cuanto quisieran.