Capítulo III
III
Tras sobrevivir al Don, al quirófano y a la larga recuperación, Ádám creía saber lo suficiente sobre el dolor.
Su relación con él era íntima, la de dos viejos conocidos que, aunque no congenien, por cortesía se saludan cuando se ven por la calle.
Las torturas a las que lo sometían sus captores, sin embargo, eran variadas e imaginativas.
Entre pregunta y pregunta, le aplicaban electricidad en las manos.
Si no contestaba, o si las respuestas que daba no resultaban satisfactorias para ellos, le insertaban los conductores de corriente directamente en los oídos hasta que era muy consciente de cada centímetro de su cuerpo; le habían roto un dedo y le habían arrancado las uñas, y tenía el torso amoratado y la nariz le latía como un órgano vivo.
Un latigazo le bajaba por la columna hasta las rodillas y le causaba convulsiones en las piernas incluso cuando las descargas se detenían.
De la cabeza, esa parte de su organismo que en ocasiones había llegado a detestar, no podía librarse.
El dolor que emanaba de ella, superior incluso al de los primeros días tras la intervención, lo paralizaba.
Le impedía hablar, pensar e incluso sentir nada más que los tormentos.
Mareado, se doblaba en dos con unas arcadas incontenibles que le llenaban la boca de ácido estomacal.
—¿Vas a hablar o tenemos que sacarle la información a tu hermana a golpes? Está aquí mismo, en la sala de al lado. Una chica muy guapa, por cierto, ya ves tú. Como suele decirse, una mujer de bandera.
Una sacudida recorrió la espalda de Ádám. El aire era demasiado cálido, asfixiante, y se pegaba a su cuerpo como una membrana molesta que le impedía respirar.
—Mi hermana no está metida en esto —susurró, y su propia voz le sonó muy lejana—. Es una niña. ¡Dejadla en paz, joder, que ella no sabe nada!
—¡El hermano amantísimo! ¿Te preocupabas tanto por ella cuando desviabas fondos para armar a partisanos que se uniesen a los soviéticos?
Porque ya sabes qué les hacen esos canallas a las niñas bonitas como tu hermana, ¿verdad?
—Le puso los conectores en la entrepierna—.
A ver si la próxima vez que la veas va a tener un bombo.
Eso si no la matan después, claro, que es lo que pasa cuando se estropean los bienes preciados: ya no sirven para nada y es mejor tirarlos.
Las palabras caían unas sobre otras, como naipes.
Se estiraban y se despedazaban, y Ádám no habría podido decir si el motivo eran sus nervios o las secuelas de la lesión, exacerbadas por las torturas.
Todo a su alrededor era blanco, borroso, y solo el esfuerzo de fijar la vista en su interrogador le impedía perder la consciencia.
—¡Ya he confesado! —chilló—. ¿Qué más quiere de mí?
—Que me des la información que necesito.
—Ya le he dicho todo lo que sé. Estábamos organizados en pequeños grupos precisamente para delatar al menor número de compañeros posible en caso de captura.
Un enlace anónimo nos citó a Pál Széchenyi, a János Messik y a mí en la dirección de la calle Andrássy en la que nos detuvieron.
Se suponía que allí recibiríamos instrucciones para nuestra próxima misión, cuyas características no puedo describirle porque cuando llegamos nos recibió la policía.
El hombre afiló los labios en una mueca atroz.
Descontento con la respuesta, que había escuchado tantas veces de distintas bocas, le aplicó otra descarga eléctrica.
Ádám se desplomó, dio con la cara contra la mesa y gritó sin querer.
De idéntica manera, le desobedecieron los procesos fisiológicos del cuerpo; un reguero cálido descendió por los muslos sin pedir permiso, hasta gotear por la pata de la silla.
—¡Vale! —chilló—. ¡Vale! ¡Hablaré!
—¿Me darás toda la información que solicite?
—¡Toda! ¡Toda! ¡Por favor!
—¿Ves? Si ya sabía yo que, en el fondo, íbamos a entendernos.
La descarga se detuvo. Ádám, con la mejilla aplastada contra aquella superficie fría, se concedió un par de segundos para recobrar el aliento. De manera gradual, entre temblores, se reincorporó. Con un movimiento torpe, impreciso, se palpó la camisa.
—¿Puedo… puedo fumar un cigarrillo?
El oficial no accedió directamente. En su lugar, se levantó e indicó al guardia que esperaba en la puerta que sujetase a Ádám de las muñecas mientras él mismo le introducía la mano en el bolsillo para sacar de él la cajetilla de tabaco.
Con ella en las manos, emitió una carcajada floja, como de un profesor que se burla de las chiquillerías de un alumno.
—Parece que es verdad que te vas a portar muy bien, ¿eh, señor conde?
—Le hizo gestos a su subordinado para que lo soltase—.
Lo que no puedo permitirte es que utilices las cerillas, pero mira.
—Prendió una y se la acercó a los ojos—.
¿Ves? Yo me porto bien contigo y tú, a cambio, me ayudas a hacer bien mi trabajo. ¿Trato hecho?
Ádám asintió y abrió la caja de cartón. Con cuidado, extrajo uno de sus Nikotex, con el pulgar, ocultó la cápsula diminuta, que conservaba desde que Jonatán se la había entregado, y la presionó contra la punta del pitillo, luego se lo acercó a los labios.
El hombre que Erika tenía delante estaba encorvado, a modo de signo de interrogación humano, ante una mesa idéntica a la de la sala que ella había abandonado.
La piel, roja y púrpura y abultada, como la pulpa de una fruta muy madura, desdibujaba los rasgos que quedaron a la vista cuando el guardia le tiró del pelo para que se irguiese.
Debido a la altura y a los ojos, mucho más claros, tuvo la constancia de que no se trataba de su hermano.
—¿Reconoce a este hombre?
Las características personales, deformadas por las magulladuras y la hinchazón, le impedían poner nombre a aquel rostro que, pese a todo, le resultaba familiar. Sabía a ciencia cierta que la única persona que se le venía a la mente estaba en Haifa desde hacía años.
Se estremeció.
—Me temo que no.
El oficial no quedó satisfecho. Ejerciendo presión sobre sus hombros con ambas manos, la obligó a tomar asiento frente al preso y, no contento con ello, instó a su compañero a que lo inclinase de modo que la cara quedase más cerca de ella.
—¿Está segura? Crispó la espalda cuando lo vio.
—Es que… está muy malherido y me ha impresionado.
El interrogador torció el gesto.
—¿A usted, una enfermera? ¿No tratan en el hospital a pacientes en peor estado? Según tengo entendido, la formaron en un centro militar. Habrá visto, pues, heridas peores.
—Así es —confirmó con los dientes apretados—, pero es que eso, en un hospital, resulta natural. No… no esperaba…, no sabía qué me iban a enseñar.
El interrogador se arrodilló ante ella para clavarle la mirada.
—Voy a preguntárselo de nuevo, así que fíjese bien antes de contestar, ¿reconoce a este hombre, sí o no?
—No, no lo he visto nunca. Si forma parte de esa célula, yo ya le he dicho que no estaba al tanto de nada y que en nuestra casa no se celebraban reuniones nunca.
—Es curioso, porque su criada, a la que le hemos tomado declaración, sí ha mencionado una ocasión en la que su hermano recibió una visita muy sospechosa.
Ya sabe que el servicio es como los perros: si se les cría desde pequeños, profesan una lealtad incondicional a su amo.
En cuanto le dijimos a esa vieja que no torturaríamos más a su señor si ella colaboraba, empezó a cantar como un canario.
Mencionó que, hará cosa de dos meses, recibieron la visita de un supuesto contacto comercial que ella reconoció como un tal Jonatán Rozenfeld. A usted ese nombre sí le suena, ¿no?
Erika forzó una sonrisa. El preso, que oscilaba entre la vigilia y la inconsciencia, posaba los ojos en ella sin llegar a clavarle la mirada.
—Eso es imposible, Jonatán Rozenfeld lleva muchos años en el Mandato. Aunque las fronteras estuviesen abiertas, no volvería; es judío, sería un disparate. Precisamente emigró para no recibir una citación a trabajos forzados.
—No me ha dejado terminar. —Se irguió—. Resulta que al hombre que tiene delante lo detuvieron en posesión de una radio más o menos por las mismas fechas y en el barrio en el que viven ustedes.
Dice ser un alférez británico e incluso ha proporcionado de manera voluntaria una serie de datos que dan credibilidad a su historia.
Claro que, sin el código que utilizaba para comunicarse con sus superiores, es imposible verificar su identidad.
¿No cree usted que un hombre como Jonatán Rozenfeld, húngaro de nacimiento pero residente en el Mandato, podría ser útil a la inteligencia británica?
Erika sacudió la cabeza. Los labios del preso temblaban y ella no sabía si para tomar aliento, pues tenía la nariz taponada, o para decir algo, solo que lo segundo no iba a permitírselo. Si era de verdad quien creía, aquel sería otro nudo más en la soga que le habían puesto a Ádám en el cuello.
—Yo solo sé que este hombre no se parece a Jonatán y que Rózsa… —Tragó saliva—. Rózsa a Ádám y a mí nos quiere mucho porque nos conoce desde que nacimos y es casi como una abuela y…, no sé, la preocupación le hizo ver cosas donde no las hay.
En esa ocasión, fue el guardia quien la tomó a ella de la cabeza para aproximarla más al prisionero, de modo que las frentes de ambos casi se rozaron.
—Medite bien su respuesta. Piense en los estragos que los años y una mala vida pueden hacer en el aspecto físico de un individuo. ¿Está usted absolutamente segura de que este hombre no es Jonatán Rozenfeld?
Los iris, grises, parecían más oscuros en contraste con la esclera enrojecida.
Anegados en lágrimas, le comunicaban una súplica que no supo identificar.
¿Qué condena era peor, para él, si sabía que Ádám corría su misma suerte?
También ella, de poder dar marcha atrás en el tiempo y librar a Tibor de la muerte, habría sido capaz de cualquier cosa y ni el miedo ni el dolor la habrían perturbado.
Habría hundido las manos en lava, tragado el propio fuego o saltado a la fosa de los leones, con tal de tener, a cambio, una sola conversación más con su mellizo.
—Ya le he dicho que no se parece a él, pero está… está muy magullado y tiene la cara llena de sangre. Si… si al menos pudiesen limpiársela…
Por una vez, cumplieron sus deseos. El guardia abandonó la sala durante unos instantes, dejándolos bajo la supervisión del hombre que aún sujetaba a Jonatán por el pelo y del que custodiaba la puerta.
Al regresar, depositó sobre la mesa una palangana de agua con hielo y una esponja, que presionó contra su palma.
Sin esperar a recibir una orden verbal, Erika la mojó y procedió a limpiar las heridas de aquel joven, casi cuatro años mayor que ella, que hasta su marcha no se había perdido ni los cumpleaños ni los combates de esgrima; el mismo que se había sentado a la mesa del desayuno casi cada fin de semana y cuyas cartas Ádám había releído tantas veces que, de tanto doblarlas y desdoblarlas, las frases centrales se habían emborronado.
Ante el líquido helado, los músculos de la cara se le contraían.
Las pupilas, en cambio, seguían fijas en ella y el labio inferior, trémulo, era la antesala de una confesión que Erika no iba a permitirle.
Porque no quería que a su hermano le hiciesen más daño y, si Jonatán caía por su culpa, aquella sería la peor tortura de todas.
—Si este hombre ha estado en nuestra casa, que no lo sé, entiendo que la criada se haya podido confundir, pero no es Jonatán Rozenfeld.
A modo de réplica, el guardia la tomó de las manos, que sumergió en el agua helada.
—¿Está usted segura? —preguntó él, que ejercía presión sobre ella de modo que no pudiese moverse—. Siendo enfermera y dedicándose además a la esgrima, no le conviene perder la sensibilidad en los dedos. Cuanto antes coopere con nosotros, antes le retiraré las manos de la palangana.
—¡Estoy segura! ¡Estoy segura! Estoy…
Desvió la mirada antes de pasar al alemán. Tenía la convicción de que el guardia, debido a su educación, conocía aquella lengua que ella deseaba que Jonatán no dominase.
—Estoy tan segura como lo estaría cualquier otra mujer que tiene el rostro del hombre que la violó grabado.
¿Cree que podría olvidarme? Jonatán Rozenfeld abusó de mí a los dieciocho años y, si duda, tengo en la muñeca la cicatriz que me hizo cuando se abalanzó sobre mí.
¡Por eso mi familia le pagó el visado a Palestina!
—Inspiró. La cara, ardiente a causa de las lágrimas, contrastaba con las manos, que se encogían de dolor—.
A este hombre podrán acusarlo de muchas cosas, pero es inocente del crimen de ser Jonatán Rozenfeld.
—¿Y por qué ha cambiado usted de idioma?
Erika, atravesada por espasmos, meneó la cabeza.
—Porque espero que este hombre no me entienda y porque me da vergüenza que un judío me haya mancillado en lo más sagrado.
¿Qué perspectivas de futuro cree que podría tener yo si esto saliese a la luz?
—Contrajo la expresión—. Si quiere que le diga que tengo ante mí a Jonatán Rozenfeld, lo haré y este preso pagará por sus pecados, pero no será verdad y eso lo sabemos tanto usted como yo.
El guardia no dijo nada y tampoco la soltó. Se recreó en ella, en su sufrimiento, en las pequeñas convulsiones que revelaban la agonía física que trataba de ocultar. Le olía el pelo como el depredador a su presa y al acercar su boca a la oreja de ella, sonreía.
Jonatán, con los pómulos húmedos y brillantes por la limpieza y el llanto, se sacudió para librarse de la presencia del oficial que lo inmovilizaba.
—¡Basta! ¡Basta! —bramó, en inglés—. ¡Les daré los códigos! ¡Les daré los códigos de la radio, pero dejen en paz a esta mujer!
De un bofetón, el oficial que custodiaba a Ádám volcó la silla y lo tiró al suelo antes de que pudiese llevarse el cigarrillo mortal a los labios. Por si acaso, le pisó la mano, en carne viva, en la que aún sostenía la píldora de cianuro.
—¿Crees que no me sé todos vuestros trucos, desgraciado? —inquirió, y le tiró del cabello para obligarlo a mirarlo—. ¿Así es como agradeces tú la amabilidad?
Lo soltó y la patada certera que le propinó en el diafragma le cortó la respiración.
—Aquí nadie se muere si no lo digo yo, ¿te enteras? Pero no te preocupes que, si eso es lo que quieres, en ocho días vas a juicio, y en dos horas más, al paredón.