Capítulo II #2
—¿Espera que me crea, entonces, que no sabía usted nada de sus actividades, viviendo con su hermano como lo hace y manteniendo una relación tan estrecha con Széchenyi y Messik?
Teniendo en cuenta, además, que el personal del hospital la vio llegar anoche en el coche que Messik conducía y que sigue aparcado en la calle Andrássy, donde detuvieron a los organizadores y a los miembros de la célula subversiva. ¿Espera que me lo crea?
Erika tragó saliva. Clavó la mirada en aquel hombre de rostro alargado, delgado, para no caer en la tentación de ocupar las manos y delatar los nervios que la atenazaban.
—Le aseguro que no sabía nada. Ellos nunca hablaban de política conmigo.
El oficial rio.
—¡Ah, no, porque en la guerra de lo que se habla es del tiempo!
—Entre caballeros, me imagino que sí se habla de política, pero a mí me han educado de otra manera. —Dirigió un vistazo furtivo a los dedos de su interlocutor y, en concreto, a la alianza que le rodeaba el anular—. ¿Habla usted de política con su mujer?
Los ojos del interrogador, oscuros y estrechos, centellearon.
—Claro que eso, la política, no es un tema que se trate con las esposas.
—Se inclinó ante ella, triunfal, como un ajedrecista experimentado que gana una vez más la partida—.
Eso se reserva para la cama, con las amantes, que eso era usted para János Messik, ¿no?
¿O para Pál Széchenyi? Siendo ambos aristócratas, me imagino que los unía un lazo más familiar que la mera amistad, pero, mire, al no ser primos carnales, hasta habrían podido ustedes casarse sin dispensa papal.
Erika contuvo la respiración. No dijo nada, ni para excusarse ni para confirmar o desmentir los detalles de su relación con los caídos.
Aguardó una pregunta que no llegaba, un nuevo golpe como una trampa mortal.
Para ignorar los alaridos de los presos, que no cesaban, repasó en su mente la lista de los huesos de una mano humana, las lunas de Júpiter, las declinaciones del latín y las vidas de los santos.
—Lo oye, ¿verdad? —insistió el hombre frente a ella—. Su hermano está gritando. ¿Podría recordarme usted las lesiones que sufrió en el Don?
—Un disparo en la cabeza, entre otras heridas menores.
—Un disparo en la cabeza. Una lesión, me imagino, mortal en la mayoría de los pacientes. Usted, que es enfermera, ¿podría explicarme el proceso por el cual salvó la vida?
Erika se humedeció los labios. De haber estado sola, se habría tapado los oídos con las palmas para escapar de aquellos aullidos que iban in crescendo y le impedían pensar con claridad.
—En primer lugar, la nieve. En enero de 1943, las temperaturas en Vorónezh descendieron a treinta o cuarenta grados bajo cero.
Al caer de espaldas, la nieve fría contra la cabeza impidió la inflamación del cerebro, que habría resultado fatal.
En… en la cirugía se busca algo parecido.
Se trepana el cráneo para evitar que cualquier hinchazón cause daños irreversibles; una vez que el órgano regresa a su estado habitual se…
se coloca una placa de metal para tapar el agujero.
—La placa de metal, me figuro, protege el cerebro de cualquier golpe posterior que pueda recibir el paciente, ¿no es así?
—Sí, así es.
—Pese a ello, me imagino que esa será siempre una zona sensible y que un impacto contundente en ella tendría efectos devastadores, ¿no es así?
Erika no respondió. No había interrumpido el contacto visual; para que el dolor la distrajese, seguía mordiéndose el interior de los labios hasta notar el sabor metálico de la sangre en los dientes.
—¿No me responde? —insistió él—. La tenía por una alumna aplicada. ¿Se trata o no se trata de una zona vulnerable, a pesar de la placa?
—Sí.
El hombre asintió.
—¿Va a empezar a contarme la verdad, entonces, o vamos a tener que sonsacársela a su hermano a la fuerza? ¡Quiero nombres, quiero datos, quiero direcciones! Si colabora, le prometo que ordenaré que devuelvan a su hermano a la celda y que no lo golpeen más.
Erika apretó los párpados. Los músculos, que se le contraían a pesar de su férrea voluntad, hacían que las manos temblasen y las muñecas chocasen contra la mesa.
—Yo ya le he dicho todo lo que sé —murmuró—.
Para que dejen tranquilo a mi hermano yo podría darles nombres al azar.
Los nombres de sus amigos, de sus viejos compañeros de armas…
, pero no ganarían nada porque yo no estoy al tanto de ninguna célula ni de ninguna…
¡Ni siquiera sé de qué actividades específicas se le acusa!
El interrogador clavó los codos sobre la mesa en la que ella estaba apoyada. Le alzó la barbilla con dos dedos, para obligarla a mirarlo de nuevo.
—¿No lo sabe aún? Mire, se lo diré: a su santo hermano se le acusa de alta traición durante emergencia nacional y de conspirar para suministrar tropas y armamento al ejército bolchevique.
—¡Pero eso es absurdo! Mi hermano es un héroe de Hungría. El plomo que todavía tiene en el cerebro pertenece precisamente al Ejército Rojo. ¿En qué cabeza cabe que quiera entregarse a él?
Una bofetada fuerte, imprevista, como única respuesta. Erika notó primero el cosquilleo del reguerito que le bajaba por la nariz y, luego, el olor envolvente, también metálico, del que no se podía desprender.
—¡No me tome por imbécil! Si al menos hubiese tenido la humildad de decirme, como hizo su criada, que lo que le pasa a su hermano es que está mal de la cabeza y no sabe lo que hace…
Pero, mire, al menos ese vejestorio tuvo la decencia cívica de darme más información que usted.
—Chascó los dedos hacia ella—. ¡Levántese y venga conmigo!