El silencio de los justos Capítulo II
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Capítulo II

II

Cuando el paciente llegó al hospital escoltado por la policía, lo primero que Erika pensó fue que habían retrasado de manera consciente su evacuación, quizá para sonsacarle en el interrogatorio información que no habría compartido de haber estado en posesión de sus plenas facultades.

Después, identificó los rasgos personalísimos en aquel rostro que ya se afinaba con la muerte que llegaba y se dio cuenta de que conocía al hombre en la camilla.

—¡Jancsi! —exclamó mientras lo acompañaba.

En el susto, la lengua la había traicionado al pronunciar el diminutivo cariñoso, reservado para los amigos y los compañeros de armas, que sonaba sacrílego en el recogimiento severo del hospital.

Le tomó la mano, que había sostenido la noche anterior, en el coche; rígida y helada, acariciarla no se diferenciaba mucho del roce fervoroso con el que los creyentes tocan las estatuas de los santos.

Los ojos de Messik, musgosos, entreabiertos, vagaron hasta fijarse en ella.

—Pál Szé… —contrajo los músculos, incapaz de reunir la fuerza suficiente para pronunciar el nombre— está… m-muerto.

Erika le apretó los dedos, de modo que pudiese sentir el calorcito que emanaba de los suyos, mientras los médicos retiraban las capas de ropa, anegadas de aquel líquido bermellón, en un intento desesperado por contener una hemorragia que no cesaba.

El tiempo, una vez más, era el peor de los enemigos.

—No digas nada —musitó ella, procurando que ni la postura ni la voz delatasen su miedo y el luto incipiente—. Van a llevarte al quirófano. Te harán una transfusión…

Repitió, paso a paso, y sin dejar de tocarlo, el proceso que seguirían por juramento hipocrático y no porque confiasen en que, en su estado, pudiese resultar salvador. Messik tomó aire, con un gran esfuerzo.

—Tu… tu hermano…

Las cejas de Erika temblaron.

—¿Mi hermano? ¿Qué le pasa?

—Tu…

No oyó la respuesta. El personal médico se lo estaba llevando, y él, que giró la cara contra la almohada, se quedó al fin dormido.

Budapest, 23 de noviembre de 1944

El ministro de Asuntos Exteriores ha reunido a representantes de países neutrales para explicar la manera en que el gobierno va a resolver el problema judío.

Los judíos protegidos de los países neutrales serán concentrados en un gueto especial hasta el momento de su traslado a los países protectores.

Se les permitirá pasear por la calle del gueto de ocho a nueve de la mañana.

Los no protegidos y hábiles para el trabajo serán «prestados» a Alemania.

Su suerte definitiva será resuelta al final de la guerra.

Los demás quedarán concentrados en un gueto.

Se señalan algunas excepciones para los judíos que han prestado servicios especiales a la patria y para los sacerdotes cristianos de origen judío.

S ANZ B RIZ

A finales de noviembre, sin apenas haber pegado ojo tras la operación del día anterior, y con demasiada experiencia a sus espaldas, las esperanzas de Ángel en las promesas de los húngaros eran relativas.

Tras la reunión, concertada a primerísima hora de la mañana, se había dirigido a pie al parque Szent István.

Puesto que los edificios que tanto él como el resto de las legaciones habían alquilado se encontraban en la misma zona, por pura conveniencia se erigiría allí mismo el llamado gueto internacional, aparentemente más seguro que el del distrito VII, núcleo habitual de la violencia de la Cruz Flechada.

Una vez allí, explicó la nueva disposición.

Al cuerpo diplomático le habían asegurado que se designarían oficiales que resguardasen las casas protegidas de las milicias, pero él, que ya no se fiaba, recomendó que no abandonaran los pisos salvo emergencia y no abrieran la puerta a nadie que no perteneciese a la embajada.

—Ya queda muy poco —les dijo, y con sus gestos trataba de apaciguarlos—. Aguanten unas semanas más.

En silencio, se repitió a sí mismo idéntica directriz.

Su rutina comenzaba siempre de la misma manera, moviendo los alfileres en el mapa a gran escala de Hungría que colgaba de la pared de su despacho en Villa Széchenyi.

Las tropas soviéticas se hallaban inmersas en un periodo estático, de reagrupación, a apenas veinte kilómetros del centro de la ciudad.

Su propia ventana para salir a salvo del país se estrechaba.

Sabía que, ante un nuevo avance del Ejército Rojo, sus posibilidades se reducirían de manera exponencial.

Dejó la nota que acababa de redactar a un lado y se sacó la cartera del bolsillo interno de la chaqueta.

Observó la instantánea de fotomatón que se había tomado con Adela en la primavera del año anterior, como una pareja de novios enamorados más que como un matrimonio joven con un proyecto familiar ilusionante.

En las fotografías, Adelita crecía más de lo que él había sido capaz de percibir en persona.

Y Paloma, su Palomita a la que todavía no había podido abrazar ni besar, vivía para él en aquella única imagen que había recibido.

—Volveré con vosotras —murmuró, y acarició aquellos rostros en blanco y negro una vez más, antes de ocultarlos de nuevo.

La espera, se prometió, se alargaría un par de días más, los suficientes para dejar todos los asuntos en orden: instruir al personal que permaneciese en Budapest, preparar suficientes documentos en blanco para proteger a más judíos en su ausencia y designar entre ellos a alguien que continuase de manera directa su labor, al igual que él había tomado las riendas del asunto tras la destitución de De Muguiro.

Amanecía cuando János Messik exhaló su último aliento sobre la mesa de operaciones.

A pesar de su disposición, las heridas de bala no habían dañado ni arterias ni órganos vitales esenciales.

De haber recibido tratamiento médico de urgencia, el pronóstico de aquel paciente joven, de veintinueve años y en perfecta forma física, habría resultado favorable.

El tiempo le había puesto la zancadilla. Debido a la profusa hemorragia, sostenida durante tantas horas, el cuerpo debilitado colapsó a pesar de las transfusiones de sangre y de los esfuerzos de los médicos.

Erika, que conocía el final desde el principio, no se movió de su lado.

Cuando los médicos desistieron y certificaron la muerte, pidió ser ella la encargada de preparar el cadáver antes de entregárselo a su familia.

¿No era acaso ese un trabajo de mujeres?

Desde tiempos inmemoriales, los hombres mandaban a sus hijos a la guerra y eran las hermanas, las esposas, las madres y las abuelas las que atendían y velaban a los difuntos.

La violencia podía pertenecer a los varones, pero la muerte era asunto de ellas, cuya anatomía engendraba también la vida.

Debido a las circunstancias en que había tenido lugar el tiroteo, que a la mañana siguiente se camuflaría en la prensa como un accidente de trabajo en el cuartel, no se lo permitieron.

Por la amistad que la unía con Messik, quien ya no existía, la relegaron de sus obligaciones y le dieron el resto del día libre, pero ella, incapaz de volver a casa para descubrir que Ádám no estaba, se quedó en la sala de descanso de las enfermeras.

Permaneció allí horas, quieta, callada, sin lograr conciliar el sueño, levantándose únicamente para acercarse al lavabo y frotarse las manos hasta hacerse llagas en los nudillos y en las falanges.

Solo salió cuando fueron a buscarla para comunicarle que la policía, que ya había comenzado las investigaciones pertinentes, se encontraba fuera y deseaba hablar con ella.

Estaba en una sala austera, espartana, de la cárcel de la calle Margit.

Desnuda de decoración y mobiliario, a excepción de la mesa y las dos sillas (una para ella y otra para el interrogador), no habían tratado de esconder las manchas de sangre seca del último detenido, quizá para intimidarla.

Sin reloj ni ventanas, calcular el paso del tiempo resultaba una tarea imposible.

Los gritos de los presos, a los que torturaban en las habitaciones contiguas, sumergían la estancia en un bucle interminable cuya salida no se podía concebir.

Le ofrecieron cigarrillos, que rechazó alegando la verdad, que no fumaba ni lo había hecho nunca. Su hermano estaba ahí mismo, le dijeron, en la sala de al lado, ¿no lo oía? De ella, y de la sinceridad con la que respondiese a sus preguntas, dependía que se alargase o no su sufrimiento.

Erika estiró la espalda. Para forzarse a mantener la serenidad, y a que nada en su postura o en su expresión revelase el pavor que hacía mella en ella, puso las manos sobre la mesa, donde pudiese verlas. Así evitaría que los temblores confesasen mucho más que las meras palabras.

—Lo lamento, señor, pero todavía no se me ha informado del crimen del que acusan a mi hermano.

El interrogador arqueó una ceja fina. Era húngaro, como ella.

Joven, como ella. Proveniente de una familia privilegiada con acceso a las mejores escuelas de la capital, como ella.

Entre aquellas cuatro paredes, sin embargo, el asiento que ocupaba cada uno borraba todo lo demás.

Eso le comunicaba él con una sonrisa despiadada que curvó sus labios bien definidos para aseverar:

—Usted vive con su hermano, ¿no es así?

—Sí, señor.

—Y es, o era, digamos…, íntima amiga de los finados Pál Széchenyi y János Messik, ¿me equivoco?

Erika se mordió las mejillas, consciente de la omisión voluntaria de los rangos de ambos y del título nobiliario de Pál.

—No, no se equivoca. Al alférez Pál Széchenyi lo conocía desde niña y fue precisamente él quien me presentó hace un par de años al teniente primero János Messik.

Aquella sonrisa nauseabunda, afilada, creció.