El silencio de los justos Capítulo I #2
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Capítulo I #2

Acostaron a Pál Széchenyi sobre el diván del vestíbulo de Vilmos Tartsay.

Tirado, con la piel cerosa, amarillenta, parecía pertenecer más al mundo de los muertos que al de los vivos.

Ádám se arrodilló frente a él. Con las manos entrelazadas, ejercía presión sobre la herida del cuello, pero no era capaz de detener la hemorragia; la sangre espesa, oscura y pegajosa se infiltraba en los huecos entre los dedos y no desistía hasta hallar una salida.

Széchenyi separó los labios, que ya palidecían. El vaho que cubría las gafas se había disipado y los ojos, vidriosos, se volcaban sobre su camarada como si pudiesen atravesarlo. Tomó aire.

—No hables —le pidió Ádám—. Van a llevarte al hospital, ¿de acuerdo? Guárdate las fuerzas.

—Messik… —jadeó Pál, con dificultad—. A Messik también…

No terminó la frase. Su propia sangre, acumulada en la garganta, le impidió continuar.

Se pasó la lengua por los labios, con el rostro ya carente de color, y Ádám apartó las manos de la hemorragia.

Conocía el final. Había estado en esa misma situación antes, en idéntica postura, sosteniendo la cabeza a un soldado más inexperto que él, viendo cómo la muerte llegaba despacio en las extremidades que se enfriaban, en la piel que se acartonaba y en las miradas que se perdían.

—Tranquilo —le susurró—. Tranquilo, amigo…

Le acarició el brazo, ya rígido; luego subió al pecho, que ascendía y descendía, entre gemidos, con mayor lentitud.

Széchenyi alzó el índice, helado como el de una estatua, para rozarle la frente.

Al separarlo del cuerpo, lo sostuvo frente a él como si quisiese estudiarlo, detenerse un instante más largo a observar el reguerito rojo que bajaba hasta la muñeca.

—No es nada, hombre —musitó Ádám—. Me golpeé la cabeza contra la mesita cuando me tiraron al suelo, pero ya sabes que la tengo muy dura. —Forzó una sonrisa—. A mí sí que no van a tener que llevarme al hospital.

Como a sus tropas en Vorónezh, no le dijo que lo evacuarían pronto y que se recuperaría.

Lo respetaba y lo quería demasiado para mentirle, de modo que se limitó a tocarlo, consciente del efecto analgésico de otra piel, del calor humano mientras sus propios sentidos se disipaban.

Se quedó con él hasta el final, acariciándolo, hablándole en voz baja, hasta que se puso muy blanco y muy quieto, como tallado en mármol.

La muerte había sido amable con Pál y no había tardado en llegar. Ádám lo abrazó, en vano. Los inspectores, que habían permitido ese momento de ternura mientras ellos se ocupaban de sus propios heridos, tiraban de él hacia atrás.

—Ya ves que la resistencia es inútil —le decían, hasta que lograron apartarlo del cadáver—. ¡Vamos! ¡O te vienes con nosotros o te mandamos con él!

János Messik apoyó la cara en la pared. Su rostro, cubierto por una delgada pantalla de sudor centelleante a la luz de la luna, se pegaba a los azulejos.

Tambaleándose, mientras se apretaba la herida del vientre, había huido escaleras abajo hasta encerrarse en el baño del apartamento de la házmester.

En el sopor de la inconsciencia que iba y venía, veía imágenes de su casa, de su familia, entremezcladas con viñetas de las reuniones del comité y de los largos meses en el cuartel.

Agarrotado por el dolor, regresaba siempre al momento presente, a la madrugada teñida de ecos de sangre, con una gran bocanada de aire, porque su cuerpo luchaba por seguir con vida aun cuando su mente comprendía que ya no podía ganar.

Ni apreciaba ni ambicionaba la vida militar.

Licenciado en Derecho, había adquirido cierta fama como abogado corporativo cuando recibió, como una trampa, la citación del ejército.

No había tenido cuidado, ni durante la instrucción ni tras haber recibido destino.

Entre bromas y comentarios agudos, obvió la máxima que la generación de sus padres repetía como un padrenuestro: aquel que empieza pronto, acaba muy alto y con una soga al cuello.

Se había negado a ocultar sus inclinaciones antigermanas y, tras tanto tiempo ignorando al lobo en el umbral, ahí estaba, le habían dado caza.

Un golpe en la puerta ahogó con su estruendo los ruidos que descendían de los pisos superiores, y que a él, entre sueños, le llegaban amortiguados.

—¡Sal! ¡Sal ahora mismo de ahí!

La luna en el cielo, a través del ventanuco, como un niño que reía. La luna en el cielo como un ancla a la que aferrarse. Cerró los ojos.

—¡No! ¡Lucharé contra la Cruz Flechada hasta el último aliento!

—No tienes escapatoria, ¿no te das cuenta? Si sales, te llevaremos al hospital. Si te quedas ahí dentro, morirás desangrado como un perro. Mira, como tu compañero. ¿Eso es lo que quieres?

Messik apretó los párpados.

—¿Qué compañero?

No obtuvo respuesta. Repitió la pregunta con idéntico éxito.

Los músculos, que se le encogían por la debilidad y el duelo, lo hacían retorcerse en el suelo.

Mientras bailaba en ese estado entre la sobriedad y el desmayo, llamó asesinos a sus captores, una y mil veces, hasta que los sonidos específicos se fundieron con uno solo, incomprensible, como una piscina de ruido que no podía desgranarse en unidades más pequeñas.

Oyó un pestillo que cedía y sintió la fuerza de un par de manos que lo agarraban de las axilas y tiraban de él hacia arriba. Su carne, que quería seguir viva, había aprovechado la debilidad del espíritu para renegar del escondite.