El silencio de los justos Capítulo I
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Capítulo I

I

Pasaban las once cuando Ádám Farkas, Pál Széchenyi y János Messik aparcaron el coche frente a la casa de Vilmos Tartsay en la calle Andrássy.

Una noche de finales de otoño, sin una sola luz, pues hacía meses que se les ordenaba a los vecinos que taparan las ventanas con placas para protegerse en caso de ataques aéreos.

Al salir, envueltos por su propio vaho, la nieve amortiguó el sonido de sus pisadas y el timbre de sus risas.

—Condesitos, cómo se nota que sois la flor y la nata de Budapest —comentó Messik mientras cerraba la puerta del automóvil—. Llegáis tarde a las reuniones como a las fiestas de sociedad…

Ádám le propinó un golpe en la espinilla con el bastón.

—Pero si has sido tú quien ha insistido (¡insistido!) en acompañar a mi hermana al hospital, cabroncete.

—Es que algunos todavía somos caballeros.

Széchenyi, que se había adelantado, contuvo la respiración al reparar en el autobús azul estacionado frente al edificio. Se volvió hacia los otros dos.

—Mirad eso —susurró, y lo señaló con la cabeza—. No me gusta un pelo.

La sonrisa de Messik murió en los labios.

—A mí este silencio también me resulta sospechoso. ¡Deberíamos haber traído una metralleta!

Ádám no quiso oírlo. Ya acariciaba la pistola que guardaba en el antebrazo, oculta por las gruesas capas de ropa, a la que podía acceder sin contratiempos. Tras comprobar que sus camaradas lo imitaban, les hizo una señal con los dedos. En voz muy baja, entre dientes, masculló:

—Vamos a entrar como si nada. Si vemos algo sospechoso en el portal, sacaremos las armas, ¿de acuerdo?

Messik asintió. Trató de adelantarse, pero Ádám le apretó el hombro con fuerza y se lo impidió.

—Voy yo delante.

—No, hombre, que tú…

—Yo estoy lisiado. Si está la policía ahí dentro, me reducirán a mí primero sin problemas. Eso los distraerá y tendréis oportunidad de contraatacar. —Les guiñó el ojo—. Anda que, de los tres, yo soy el único que tiene experiencia con el plomo…

Tocó el timbre antes de que sus camaradas pudiesen hacerlo. Era una gélida noche de noviembre. En el cielo, despejado, sin una nube, hasta la luna creciente parecía dirigirles la más delgada de sus sonrisas.

La házmester , corpulenta, ya entrada en años, les abrió. Apenas los observó por encima de las cejas, muy poco pobladas, casi sin pelo, con aquellos ojos tan claros que se asemejaban a los de los ciegos.

—¿A quién vienen a visitar los señores?

—Vilmos Tartsay.

La anciana boqueó. Un instante de duda.

—Ah, sí. Creo que llegan tarde, pero sí, están arriba…

—Gracias. Y disculpe las molestias por la hora.

Le entregaron treinta fillér, una propina más elevada de lo habitual, por haberla hecho trasnochar y, una vez que quedaron fuera de su vista, sacaron las armas.

En la calma que alimentaba la sospecha, las escaleras parecían no terminar nunca; subir los escalones requería un esfuerzo hercúleo del que solo podrían haber echado mano en sueños.

«Imagina que no pasa nada. La cara que pondrán cuando nos vean llegar con las pistolas en alto», pensó Ádám y llamó, esta vez con el puño.

El clic del pestillo que giraba les indicó que, quien esperaba al otro lado, se hallaba ya detrás de la puerta.

Le quitó el seguro al arma mientras esta se abría, con exquisita parsimonia, emitiendo un crujido muy agudo.

Hegyeshalom

El pueblo de Hegyeshalom se asentaba cerca de la frontera con Austria, a más de dos horas en automóvil desde Budapest, pero los judíos detenidos habían tenido que hacer el camino a pie sobre la nieve, sin ropa adecuada para las bajas temperaturas y sin apenas recibir alimento.

En húngaro, Hegyeshalom proviene de la fusión de dos términos, hegyes , «montañoso», y halom , «colina».

Si se dividiese el nombre una letra antes, se obtendría un significado nuevo, originado por el matrimonio entre dos lenguas muy distintas: el húngaro hegye , «monte», y el hebreo shalom , «paz». El monte de la paz.

El páramo que atravesaron Sanz Briz, el abogado Zoltán Farkas y el policía designado por el gobierno húngaro en el coche diplomático era escarpado, blanco en la lejanía, pero de pacífico solo tenía la ironía fortuita de ese shalom que se atragantaba en la garganta al pronunciarlo.

La legación había recibido información muy precisa acerca del paradero de los judíos que faltaban.

Poseían una lista, que habían contrastado con los testimonios de los testigos visuales que habían visto cómo se los llevaban.

A algunos los habían pescado en la misma calle, en un momento de insensatez en el que habían salido en busca de alimento o, sencillamente, para huir durante un instante al menos de la atmósfera cargada de los pisos protegidos, del olor de cuarenta o cincuenta personas en una estancia pensada para diez a lo sumo, de las discusiones por acceder al servicio y de la epidemia de piojos.

A otros, ignorando la rojigualda que colgaba del muro del edificio, los habían ido a buscar a las casas y los habían llamado por su nombre.

Viendo aquella caravana de hombres harapientos, descarnados, que manchaban la nieve con los restos de sus botas al romperse y la sangre de las heridas causadas por las palizas, a Sanz Briz le habría gustado poder prescindir del policía.

Con él en el coche, solo se le autorizaría a llevarse a los judíos que le perteneciesen según la lista aportada.

Si el gendarme no estuviese allí, sin embargo, se habría atrevido a realizar una estratagema similar a la de la estación de tren; habría entregado documentos en blanco a los varones en peor estado, que difícilmente pudiesen continuar la marcha forzada hasta Alemania, hasta que sus manos quedasen vacías.

—Esta persona está bajo la protección de España —decía cada vez que identificaba a uno de los hombres que se tambaleaba en aquella fila monstruosa, sin fin, que llevaban minutos siguiendo con el coche.

Debido al deterioro físico a duras penas los reconocían por las fotografías que figuraban en los documentos de protección.

Otras veces, Farkas o el propio Sanz Briz veían en aquellas miradas vacías, en las narices y en los labios que se amorataban por la gangrena y los golpes, algo que les recordaba a los individuos con los que habían tratado en la embajada y en los apartamentos del parque Szent István.

Budapest

La tabla de la puerta se retiró solo un poco, lo suficiente para que Ádám observase el vestíbulo desierto al otro lado.

Elegante, burgués, decorado en tonos ocres y granate; no faltaba nada en él, excepto la presencia de seres humanos.

Con un gesto sutil de la mano, instó a Pál y a Messik a que se mantuviesen alerta tras él.

Con la rodilla, hizo fuerza para abrir del todo y se adentró en el apartamento.

Un gran salto de fe o de resignación. De inmediato percibió los cinco cañones que los apuntaban.

Sintió las manos del detective de paisano que había aguardado contra la pared y que en ese momento, ayudado por un compañero, lo agarraba de los brazos y lo arrastraba por el suelo.

—¡Ríndase!

Al alarido de los guardias le respondió la sinfonía rota de los balazos. Pál Széchenyi, desde el umbral, disparaba a ciegas, incapaz de identificar más que figuras negruzcas a través de las gafas empañadas por el cambio de temperatura.

A uno de los hombres que tiraba de Ádám le alcanzó una bala en el estómago. Al desplomarse, de espaldas, el omóplato presionó el interruptor de la luz. Sumidos en la oscuridad, los destellos de la munición iluminaban la escalera.

Desprovistos de las sombras, como recibiendo una llamada ancestral, los investigadores de la Cruz Flechada que se escondían en el portal respondieron al ataque.

Széchenyi, ciego por el vapor del calor humano, cayó de rodillas, derribado por un único disparo en la yugular, mientras Messik bajaba los escalones de tres en tres.

Hegyeshalom

El proceso era lento y a menudo frustrante.

El policía que los acompañaba y los guardias que escoltaban aquella procesión patética verificaban, una a una, las identidades de los judíos antes de separarlos de la fila y entregárselos al cuerpo diplomático.

Los hombres, que en varios días de ejercicio físico intenso apenas se habían llevado a la boca más que dos o tres cuencos de sopa aguada y templada, con frecuencia se desplomaban sobre Sanz Briz o sobre Farkas.

Perdiendo todo decoro, lloraban sobre sus hombros para luego disculparse por haberles manchado las bufandas o los abrigos con su sangre y con sus lágrimas.

Otros no decían nada. Se incorporaban al nuevo lugar que les asignaban y miraban a sus salvadores sin fijar los ojos en ellos.

No reaccionaban cuando les echaban mantas encima para que entrasen en calor ni tampoco al recibir un mendrugo de pan para que llenasen el estómago.

Ángel tachaba nombres de la lista, uno a uno. Pasadas varias horas, cuando ya era noche más que cerrada y apenas podía leer aquella hoja mecanografiada, tras haber peinado la zona sin descanso, tuvo que admitir la gravedad de la situación: no todos habían soportado la marcha.

—Falta este —indicó a los guardias, señalando el nombre con el dedo—. Artúr Leitman. Lo conozco bien. Su mujer, Katalin, se encuentra en un estado avanzado de gestación. Sus suegros viven en Madrid, tienen un restaurante húngaro en la calle Jardín. Es español de pleno derecho.

Con sus explicaciones intentaba hacer entender la importancia de una vida humana, que Artúr Leitman era más que un conjunto de letras sobre el papel, más que un número que no cuadraba en una lista.

Había hablado con él, había escuchado la historia que le había contado su esposa Kati, había tocado con sus manos las fotografías y el libro de familia.

—Artúr cayó cuando nos aproximábamos a Komárom —aclaró un compañero en un susurro.

No dio más explicaciones delante de sus captores y asesinos. Aquel dato, desnudo, objetivo, también formaba parte de la historia familiar.

Budapest