Capítulo XXII
XXII
En el edificio Nikótremia de la calle Nádor, la dirección y los representantes de los partidos que componían el Comité de Liberación se reunieron para poner por escrito, por un lado, una carta al mariscal Malinovsky y, por otro, un memorándum dirigido al Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores Mólotov, cuyas tropas se dirigían a Budapest. Redactaron los borradores en húngaro y en francés, puesto que nadie, ni siquiera Rajk, que había combatido mano a mano con ellos en España, hablaba el ruso con fluidez.
Señor Mariscal:
En nombre del Frente Húngaro, que representa a la mayoría democrática de nuestra nación, y del Comité de Liberación del Movimiento Nacional organizado contra los subyugadores alemanes, se ha enviado una delegación a Moscú para preparar la comunicación y la cooperación política y militar con la Unión Soviética.
Le ruego, Excelentísimo Señor, que informe sobre nuestras intenciones y que ayude a establecer contacto directo entre el Comité de Liberación y el Segundo Ejército Ucraniano.
Se lo agradece sinceramente,
E NDRE B AJCSY -Z SILINSZKY
1. Aquellas tropas húngaras que abran el frente a los soviéticos no deberán ser tomadas como prisioneros de guerra, sino que se les permitirá participar en el combate como un cuerpo de pleno derecho y bajo mando húngaro.
2. Los soldados húngaros que hayan sido tomados prisioneros por los soviéticos desde 1941 deberán ser reintegrados a estas tropas.
3. Los cuerpos húngaros deberán ser auxiliados por partisanos y grupos de trabajadores que luchen en áreas aún no liberadas, creando así un ejército de liberación al que deben suministrar con urgencia equipo y armas modernas.
4. La administración civil húngara debe permanecer en la Hungría liberada.
5. Debe establecerse una coordinación y cooperación práctica entre las partes.
Ádám leyó la traducción al francés del documento en la casa de Iván Boldizsár, que tanto le gustaba no porque fuese grande (que no lo era) ni cómoda (tampoco), sino porque olía a escritor.
El aroma a tinta húmeda impregnaba las paredes; del tendedero colgaban páginas mecanografiadas que la señora había puesto a secar porque Iván, que se había quedado trabajando hasta tarde, había vertido té sobre ellas.
A los ruidos habituales de una residencia pequeña y obrera se le añadían el tecleo constante de la máquina, los resoplidos airados y el crujido de una bolita de celulosa antes de ser arrojada a la basura.
Si se concentraba solo en la carta que tenía delante y dejaba que lo demás se desdibujase, a Ádám le parecía estar en presencia de Jonatán, que garabateaba en el cuaderno cuando él, invariablemente, llegaba tarde al café en el que habían quedado; que le dejaba notitas en el margen de los libros que le prestaba; que trasnochaba para pasar a limpio un trabajo que había descuidado porque por nada del mundo habría rechazado la invitación a una fiesta.
En la nieve que se acumulaba en la ventana, en ese invierno que aún no había llegado pero que ya los asolaba, veía los meses muertos en Vorónezh.
La casa de Boldizsár suponía para él una suerte de viaje en el tiempo, y ninguno de los recuerdos en los que se sumergía le parecían menos probables que la delegación que habían enviado a Rusia.
—¿Qué? ¿Intentando sacarle fallos a la traducción de mi Josette? Porque tú el francés también lo hablabas, ¿no?
Ádám le sonrió. Se había vuelto al notar la sombra que su cuerpo proyectaba sobre la misiva, antes aún de oír a Iván. Mientras se la devolvía y este le entregaba, a cambio, una taza humeante, dijo:
— Comme si, comme ça . No tengo la fluidez del alemán, pero claro, no sé si eso nos iba a ayudar mucho con los soviéticos.
—No, no creo yo que la lengua de nuestros enemigos los fuese a convencer.
Se sentó al otro lado de la mesa. Ádám, tras acercarse la taza a los labios, estalló en una carcajada floja, seca, innecesaria en un momento como aquel, que, sin embargo, daba testimonio de la amistad que los unía.
—Hombre, no me digas que te has aficionado al sucedáneo, con la de botes de café café que te traje el otro día.
Iván ladeó la cabeza.
—Bueno, ya sabes que el que menos tiene es siempre el que más guarda. Anda, que tú tampoco estarás como para echar cohetes, que ya sé de dónde salió buena parte de los cuatrocientos mil pengős que han costeado el viaje de la delegación.
—Total, para lo que hacían en el banco…
Lo cierto era que, entre semejante desembolso, el dinero que entregaba religiosamente a Richárd para que lo repartiese entre los jalutzim y el que su padre donaba a la legación de España, sus cuentas bancarias se hallaban en un estado desastroso.
¿Y qué importaba? Con aquel dinero por el que no había tenido que mover un dedo, que procedía de herencias familiares y de rentas de propiedades que rara vez pisaba, en 1944 podía comprar muchas cosas, entre ellas, la supervivencia.
Boldizsár, sin embargo, lo miró fijamente. En sus ojos, Ádám vio también reflejos de aquella última conversación en el Don, cuando ambos se consideraban muertos en vida. El escritor debió de percibir algo similar en él, pues sentenció:
—¿Te acuerdas de lo que te dije en aquel momento en que me intentaste ofrecer la única cajetilla de tabaco que te quedaba?
—Sí, sí, claro que lo recuerdo.
—Me preocupa que estés actuando como entonces.
Ádám chascó la lengua. El családi kávépótló [43] sabía mustio en el paladar.
—Mira, Iván, esta operación nos queda muy grande. Para que salga bien, de lo que no estoy seguro, nos hacen falta dinero y armas. De lo segundo ya se están encargando Tibor Mikulich por un lado y los comunistas por otro; en lo primero, gracias a Dios, puedo ayudar yo.
—Sé que esto —dijo alzando la carta de Bajcsy-Zsilinszky antes de colocarla sobre el frutero vacío— no es lo único que te angustia. ¿Qué te pasa? Llevas semanas con una sombra de preocupación que no puede deberse solo a la misión.
Ádám se humedeció los labios. En aquel instante, ante el sucedáneo y los cigarrillos compartidos, fantaseó con contárselo todo, desoyendo las normas más esenciales de la clandestinidad en las que László Rajk los había instruido.
Jonatán llevaba meses en Europa y le tenía la pista perdida desde septiembre.
Los jalutzim tampoco sabían nada, pues mantenía una colaboración estrecha con ellos y la incorporación de un emisario extranjero a sus filas difícilmente se la podrían ocultar.
Y la deportación de Sándor todavía lo quemaba por dentro y, sí, estaba apostando todo su dinero en una sola mano porque era lo único que le quedaba.
—Tú te acuerdas de mi amigo Jonatán Rozenfeld, ¿verdad?
—Coño, pues claro, el lingüista. El que emigró al Mandato cuando estalló la guerra, ¿no?
Ádám bajó la cabeza.
—¿Puedo contarte un secreto?
El semblante de Boldizsár se tornó serio.
—No. No, condesito, me cago en la leche, que ya sabes cómo van las cosas por aquí.
Si algo nos sale mal y me detienen…, mira, no quiero tener nada tuyo que pueda cantar bajo tortura.
Ni tuyo ni de nadie más. Me acuerdo de tu amigo y lleva muchos años en el Mandato y es natural que lo eches de menos.
Soltó cada palabra como un puñal. Al terminar, exhausto y trémulo, apoyó la frente sobre la palma de la mano. Los iris de Ádám, clavados en él, estaban anegados en lágrimas.
—Mira que al final has cantado, pero sobre ti mismo —susurró—. Tú tampoco te acabas de creer que esto nos vaya a salir bien, ¿eh?
—Es que… coño, condesito, es que si sale bien sería demasiado bonito y nosotros ya estamos acostumbrados a llevarnos palos.
—Demasiado bonito para creérselo y demasiado bonito para no luchar por ello —resumió Ádám—.
Que esto lo pienso cuando estamos así, los dos solos, pero cuando nos reunimos todos…
me da por soñar otra vez e imagino que sí, que por una vez nos van a salir las cosas bien.
Vamos, lo que dice Rajk, que no podemos perder siempre. Alguna vez tendremos que ganar, ¿no?
—Y Vilmos Tartsay, que es un buenazo. Te cuenta cualquier cosa y te la crees, porque no hay persona más afable en el mundo.
Y János Kiss, que se porta con todos como un padre…
—Le apretó el hombro—. Que sí, que es demasiado bonito para no luchar por ello.
En la reunión del miércoles, cuando entregue estas traducciones, tendremos las cosas más claras.
—Sí, claro que sí. Si es que lo que nos pasa a ti y a mí es que tenemos la enfermedad del Don clavada, y no hay quien nos quite de encima esta apatía…
Cuando se abrazaron al despedirse, ambos alargaron ese momento de contacto humano un instante más de lo debido. Ahí estaban, dos camaradas de distinta edad, rutina y clase social, atravesados por las mismas heridas y agarrotados por los mismos miedos.