El silencio de los justos Capítulo XXI
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Capítulo XXI

XXI

A los miembros del Comité de Liberación los unía el antifascismo y los separaba todo lo demás.

Por eso, no tardaron en surgir tensiones entre el Partido Comunista y la dirección militar encabezada por János Kiss, Jenő Nagy y Vilmos Tartsay.

Los segundos instaban a la paciencia y les pedían a los primeros que redujesen las acciones de sabotaje para unir fuerzas y programar con precisión las acciones militares.

—Si actuamos demasiado pronto —repetía el teniente general Kiss—, inscribiremos nuestros nombres en las páginas de la historia, sí, pero en las mismas en las que figuran el Alzamiento de Varsovia y la insurrección eslovaca.

Ádám había chupado suficiente trinchera para estar de acuerdo con la dirección militar en la teoría y con el partido en la práctica.

No podía evitar contagiarse del entusiasmo de los políticos, el mismo que había percibido antes en los jalutzim y que era el motivo por el cual no los había iniciado en el movimiento.

Los resistentes judíos eran jóvenes y carecían de futuro en la Hungría ocupada; eran muertos en vida, cualquier segundo que ganaban lo arrancaban directamente de las manos de sus opresores y corrían riesgos innecesarios.

Cuando uno caía, el resto lloraba su muerte y celebraba que hubiese fallecido luchando y no en un vagón de ganado o en una cámara de gas.

El comité bailaba en el filo de dos navajas excepcionalmente afiladas: si esperaba demasiado o si se perdía en discusiones internas, desaprovecharía el momento preciso; si actuaba demasiado pronto, en cambio, caerían en la trampa de sus enemigos y todo el plan se descalabraría.

László Rajk, que tan canutas las había pasado en la guerra de España, conocía a la perfección los peligros del primer punto.

Sabía por la experiencia que las rencillas de un grupo heterogéneo pero con un objetivo común actuaban como termitas que lo devoraban todo desde los cimientos.

Por eso, con una mano apaciguaba a los comunistas mientras, con la otra, señalaba al teniente general Kiss para recordarle que le había prometido una milicia obrera y que una milicia obrera le iba a dar.

—Ya tenemos una unidad partisana en Kőbánya.

En el almacén de la calle Dráva, que estamos vigilando las veinticuatro horas del día, acabamos de recibir un suministro de mil quinientas granadas de mano.

Ya ves que hemos entregado nuestros cuerpos al movimiento, no desperdicies este sacrificio esperando sin motivo.

—Solo os pido que actuéis con cautela y paciencia —recalcó Kiss.

—No nos falta ni lo uno ni lo otro. Estamos armados y hemos organizado pequeños grupos de combate; si nos centramos en pequeñas acciones exitosas, podemos desarrollarlas hasta convertirlas en un alzamiento general.

Ádám, que fumaba un poco más apartado, se inclinó delante del teniente general y aseveró:

—Desde mi punto de vista, Rajk no está tan desencaminado.

Nos sobran coraje y estrategia, pero carecemos de tropas propiamente dichas.

Las milicias partisanas, por otro lado, están preparadas y, como ya ha mencionado el camarada, aprovisionadas.

Solo en mi zona hemos conseguido dos vagones enteros de armas y munición.

Kiss no dio su brazo a torcer.

—No es el plan lo que me preocupa, sino el tiempo.

La alternativa que propone Rajk, aunque sensata en otras circunstancias, tardaría demasiado en desarrollarse con éxito.

Los soviéticos están a las puertas. Cuando lleguen, debemos estar preparados para levantarnos en armas; es preferible reclutar unidades militares de nuestra confianza que, tras recibir nuestra señal, puedan actuar a gran escala y tomar el poder.

Se sometió a votación y se valoraron los pros y los contras hasta dar con un plan de guerra consensuado.

Tan pronto como el Ejército Rojo llegue a la frontera de Budapest, las tropas organizadas, bajo el mando de sus oficiales y con la ayuda de obreros y ciudadanos armados, asaltarán, a una señal determinada, el cuartel general del Ejército de ocupación alemán, el Astoria, el Royal, el Ritz, el Hotel Wien, el nido de la Gestapo en Svábhegy, la embajada alemana, los ministerios de la Cruz Flechada y la «Casa de la Lealtad».

Otras formaciones de asalto ocuparán la oficina de correos, la dirección de la compañía de ferrocarril, las estaciones de tren y los nudos ferroviarios.

Otras más tomarán posesión de los puentes del Danubio, de vital importancia para el futuro del país, neutralizarán a los guardias y desactivarán los explosivos.

Según el plan, los grupos que combatan simultáneamente en estas acciones establecerán una conexión en la parte sur de Budapest con las tropas rusas y permanecerán allí hasta que las unidades del Ejército Rojo lleguen a la capital.

El mapa de la pared, tan fundamental para ellos como las retransmisiones de Radio Kossuth y Radio Moscú, señalaba con alfileres los avances soviéticos.

Del mismo modo que las cíngaras leían la fortuna en la palma de la mano, ellos veían en aquellos puntos no el presente en el que estaban suspendidos, sino el futuro hacia el que se precipitaban.

János Kiss, en calidad de líder militar, fijó el alzamiento para diciembre. Antes, tendrían que ponerse en contacto con los rusos para presentarles el proyecto acordado.

En noviembre, la diferencia entre vivir o morir la marcaba una cuartilla de papel incompleta.

Sanz Briz, que no era Dios para decidir sobre la existencia de los hombres, iba casi todos los días a la estación de tren con un fajo de Schutz-Passes en blanco, con su firma y el sello de la embajada, pero con espacios vacíos ahí donde los datos desnudos debían encapsular toda una vida.

Tras abastecer a los protegidos con víveres del mercado negro que pagaba de su bolsillo o gracias a las generosas sumas que donaban sus amigos aristócratas, Perlasca y él iban a la estación del Oeste.

En el juego de dados infernal en el que se había convertido Budapest, no eran ellos los únicos diplomáticos que pronunciaban nombres hasta que se les quebraba la voz o los que arrancaban a personas al azar de las garras de su destino.

Puede que Sanz Briz no fuera Dios para decidir sobre la existencia de los hombres, pero sí padre, y veía a sus hijas en las caritas de los niños que se aferraban a las faldas de su madre en el andén.

—¡Esta familia está bajo la protección de España! —bramó mientras se acercaba a una mujer joven, de la edad aproximada de Adela, que estrechaba a sus dos hijas contra el pecho.

Hablaba francés a la perfección; el alemán, debido a sus viajes y a su misión diplomática, mucho peor, aunque lo iba entendiendo; del húngaro apenas conocía un par de palabras de cortesía.

Aun así, le tendió el papel y la estilográfica y, en aquella mezcla de idiomas, teñida por el miedo y la urgencia, le indicó que rellenase sus datos personales.

—Tu nombre…, nom … név …

A su espalda, el alarido de Perlasca como signo de exclamación.

—¡A estos muchachos los protege el gobierno de España!

Un par de mellizos que aún no abrazaban la adolescencia. Flacos, como lo estaban todos, de rizos trigueños y unos ojos enormes, negrísimos, que se volcaban sobre el mundo sin mirarlo con detenimiento, víctimas de la misma resignación que Sanz Briz había visto tantas veces.

—¡El gobierno de España los protege! —insistió Perlasca.

Ignoró los gritos del comandante alemán que daba zancadas hacia ellos, dispuesto a devolverlos a la fila. Con ayuda del conductor, los arrojó al interior del coche diplomático, cuya puerta cubrió con la espalda para impedir que otras manos tocasen a los menores.

—¡Este vehículo es territorio español! —repitió mientras le cortaba el paso al oficial—. ¡Usted no tiene jurisdicción alguna sobre él! ¡Ya le he dicho que los niños están bajo nuestra protección!

Un movimiento rápido, cortante. Bajo la luz tenue del atardecer, la pistola brilló plateada contra la sien del italiano.

—Déjeme hacer mi trabajo, ¿entendido?

Perlasca separó los labios, pero de ellos no salió más que un vaho grisáceo, casi fantasmagórico. La voz que se alzó sobre las demás, firme a pesar del temblor que recorría los dedos con los que aferraba el brazo del comandante, pertenecía a Sanz Briz.

—¿No se da cuenta de lo que está haciendo? —vociferó—. Este hombre es un trabajador acreditado de la embajada de España. Si le hace daño, estará atentando contra un país neutral. ¡Baje el arma!

—Hemos recibido órdenes precisas —explicó el oficial, no solo a Sanz Briz, sino también al coronel que se aproximaba a ellos, alertado por el ruido—.

Los vagones han de llenarse de un número específico de personas según una lista acordada.

Una lista, señores, en la que figuran los nombres de esos individuos que intentan llevarse.

Perlasca no se acobardó. Bajo la presión que ejercía su camarada, la pistola descendía por su rostro, una extraña caricia del metal a la piel.

—¡Esos niños…, esos individuos que usted dice…, figuran también en nuestra lista!

—Mi compañero tiene razón —aclaró Ángel, que también se volvía hacia el recién llegado—. Tengo su documentación en la mano. Si quieren, puedo enseñarles también las órdenes que nosotros hemos recibido de Madrid y la autorización del gobierno húngaro, pero de esos niños respondemos nosotros.

El comandante bajó la pistola, aunque no la guardó hasta que el coronel, con un gesto levísimo de la mano, se lo indicó.

Pese a que sonreía, la calidez propia de aquel gesto no se reflejaba en los ojos, tan pálidos que, a la luz, el iris casi se confundía con la esclera.

De nariz larga, delgada, y rostro anguloso, recordaba a un ave de rapiña que no lograra saciarse jamás.

—Pueden quedárselos —siseó mientras apartaba a Sanz Briz—. Ya les llegará su hora.

Perlasca apoyó la cabeza en el coche para recobrar el aliento.

Oía como un eco los pasos de aquellas botas que se alejaban y apenas sintió el tacto de su compañero cuando este, que tampoco lograba controlar la respiración, lo ayudó a sentarse junto a los muchachos.

Hasta que estuvo a su lado, apretado contra los judíos que habían rescatado, hasta que el conductor arrancó y dejaron atrás la estación, no pudo susurrar:

—Era Eichmann.

Perlasca torció el gesto.

—¿Cómo dices?

—Ese coronel alemán era Eichmann.

Eichmann. Ocho letras como preámbulo del terror. Eichmann, que había dibujado los croquis, puesto los cimientos y colocado la primera piedra de la destrucción de los judíos de Budapest. El máximo arquitecto de la barbarie que querían evitar, Eichmann.

—¿Dijo que a los niños ya les llegaría su hora? —musitó Giorgio, más para sí que para el resto de los pasajeros del vehículo—. A él también, y más pronto que tarde. Ya clamará a Dios cuando los soviéticos entren en Budapest.

Ángel asintió. Aprovechando aquel espacio tan reducido, se inclinó más hacia él para susurrarle al oído:

—De eso quería hablarte. He vuelto a recibir permiso de Madrid para trasladar a Suiza al personal de la embajada. Yo…, tal y como están las cosas, no pienso marcharme hasta que sea absolutamente necesario, pero si tú quieres…

Perlasca no le dejó seguir.

—No, yo me quedo. No podría irme con la conciencia tranquila, pero tú piénsatelo mejor, tienes dos niñas pequeñas y sabes tan bien como yo que los soviéticos no serán amables contigo. No te arriesgues más de la cuenta.

Sanz Briz le sonrió.

—Gracias, amigo. No seré yo quien te lo impida si de verdad quieres permanecer en Budapest. Ya sabes que confío en ti. Por eso me gustaría que vinieses a la reunión de embajadores neutrales que ha convocado el nuncio esta noche. Si tú te quedas, serás mis ojos y mis oídos cuando yo me vaya.

—Y tus manos y tu cerebro y tu corazón, todo. Con lo que están haciendo esos canallas y con lo que yo te debo…

La mañana siguiente a la reunión, en la que firmaron una nota conjunta que responsabilizaba al gobierno húngaro de los crímenes perpetrados contra los judíos, Sanz Briz visitó al ministro de Asuntos Exteriores para denunciar en persona los ataques constantes a sus protegidos.

Por escrito, en el comunicado que remitió después a Madrid, las palabras escuetas disipaban la rabia que se extendía por su organismo como una enfermedad.

El ministro de Asuntos Exteriores me comunicó que lamentaba los incidentes, de los que culpó a las milicias de la Cruz Flechada, a las que, según dijo, lleva semanas instando a respetar los documentos extranjeros.

A modo de excusa, advirtió además de que estos ataques se suceden también en los edificios protegidos por otras legaciones.

En mi presencia, telefoneó a la persona responsable de las deportaciones y le ordenó que designase a un oficial que, acompañado de un representante de esta embajada, rescatará a los judíos españoles de las marchas de la muerte.

Este gobierno está absolutamente sobrepasado y es incapaz de cumplir la más mínima orden. Me temo que la inmensa mayoría de la población de Budapest espera ansiosa la llegada de las tropas soviéticas, cuya actitud no puede ser peor que la del régimen actual.

Dudó un instante sobre la última frase, consciente de su significado literal y del que extraería el ministro en Madrid, pero la mantuvo.

Él había visto a los bolcheviques en su propia guerra y su opinión sobre ellos se mantenía inamovible.

Aunque estuviesen en las antípodas políticas, aunque en aquel conflicto fraterno él hubiese temido las checas tanto como cualquier otro, aunque no podía esperar de ellos un trato civilizado si seguía en la ciudad cuando la asaltasen, se negaba a considerar una crueldad peor que la de la Cruz Flechada.

Con una mano rezaban el rosario y, con la otra, disponían las balas con las que asesinaban a sus propios compatriotas a las orillas del Danubio.

Para mantener la cordura, podía obligarse a descartar esa afirmación como un rumor, pero él veía las manchas de las hemorragias como fantasmas rosados en el adoquinado cada día que visitaba a los refugiados del parque Szent István.

Aquellas personas, que bastantes horrores vivían entre cuatro paredes para inventarse otros, también lo habían presenciado desde las ventanas, temblando de miedo por si aquellas milicias se envalentonaban e iban a por ellos sin consideración alguna por la bandera española que pendía del muro.

Asesinos y criminales. Herido por un grupo de ellos, el representante danés había abandonado el país tras dos semanas de convalecencia en el hospital.

El suizo, aterrado, también había regresado a su país de origen.

A él mismo se le agotaba el tiempo, pero no se atrevía a enviar el último despacho que sellase su suerte.

¿Cómo hacerlo, cuando tantas almas aún clamaban por él?