Capítulo XX
XX
Aguantaba las palizas con dignidad y humildad, consciente de que aquel dolor palidecía ante el que sentiría si su amigo acababa en la misma celda que él, pero con peores perspectivas, debido a una confesión arrancada a la fuerza.
La carne, por una vez, resultaba más fuerte que el espíritu, y el miedo que lo atenazaba era que pudiera hablar en sueños, que exclamara algo en húngaro sin darse cuenta, que reaccionara físicamente a las conversaciones entre funcionarios que él no debía comprender pero comprendía.
Ya había intentado quitarse de en medio una vez, la noche en que fusilaron a Marcell, el socialdemócrata que soñaba con las crêpes del Gundel y con los excesos del Ritz.
Había aprovechado el caos reinante y que se habían llevado al Filósofo al interrogatorio para colocar los catres de modo que, al anudarse la sábana al cuello, ejerciese la suficiente presión para estrangularse.
Pero había calculado mal el tiempo, o tardado demasiado en ahuyentar el sentimiento de culpa y reunir el suficiente coraje, y lo detuvieron antes de que ocurriese lo inevitable.
Desde entonces, buscaba sin cesar bordes afilados: un espejito que pudiese romper, un cepillo de dientes o un cubierto que pudiese tallar o una cuchilla de afeitar abandonada por su dueño, pero el Filósofo no se lo permitió.
—Tú no puedes vivir menos que estos cabrones, ¿te enteras?
—le espetaba—. Porque los soviéticos están a nuestras puertas y les van a hacer a ellos lo que ellos a ti, por ser inglés, no pueden.
Y tú vas a estar ahí para verlo, en primera fila, y a través de tus ojos van a ser testigos también Marcell y todos los demás que pasaron por esta celda y salieron con los pies por delante.
Incapaz de rebatírselo, había optado por la forma de suicidio más indirecta: el hambre.
Si se empeñaba en ello, el Filósofo era capaz de abrirle la boca y obligarlo a beber, pero estaba demasiado débil para forzarlo también a masticar y tragar los alimentos que tres veces al día le llevaban a la celda y tres veces al día rechazaba.
Así que dejó de comer y, después, cansado de repetir las mismas respuestas, dejó también de hablar en los interrogatorios. Esa negativa infinita, esa muerte tan lenta, le anestesiaba los sentidos hasta tal punto que, al final, ya ni siquiera le importaba estar preso o no.
En aquel otoño mortal, los trenes eran un organismo vivo, consciente, el mismo sistema vascular del terror nazi.
Las vías como medio de transporte de los suministros y la munición que mantenían encendidas las ascuas de la guerra, y de los seres humanos a los que aniquilaban lejos del frente de manera sistemática, mecánica, con la precisión de una maquinaria bien engrasada.
Desde que Ángel había leído el Informe de Auschwitz, aquellas imágenes que no había visto pero que se imaginaba lo acechaban por las noches.
Sus miedos, un lobo paciente en el umbral de la puerta, quedaban reducidos a espejismos frente a la magnitud de la crueldad que se desplegaba ante sus ojos.
Lo que sucedía no tenía cabida ni en el vocabulario ni en la historia ni en la comprensión humana.
El frío que envolvía en rizos de plata a aquellas personas en cuyos pechos las estrellas amarillas destacaban como heridas abiertas.
El hedor, imposible, dulzón, envolvente, que empujaba a otros diplomáticos a taparse la cara con los pañuelos rociados de perfume.
La sinfonía infernal de ruidos: los gritos de los guardias, los alaridos de los detenidos, las señas que se repetían sin que nadie respondiese a ellas, los niños que lloraban sin que nadie los consolase.
Perlasca y Sanz Briz se abrían paso entre aquella maraña de cuerpos. Con una mano sujetaban los documentos que habían expedido y que nadie había ido a buscar a la embajada; con la otra, hacían bocina para llamar a aquellas personas por su nombre.
—¡Hainalka Fenyves! ¡Hainalka Fenyves!
—¡Magdolna Bán! ¡Magdolna Bán!
—¡Ferencz Radnai!
Sus voces se confundían con los sollozos de miedo, los pitos de los silbatos, las pisadas de las botas, el frufrú de unos abrigos que brazos desnudos apartaban para alcanzar a los representantes de España.
En aquella marea de multitudes, solo el distintivo color canario los diferenciaba a ellos, tan mediterráneos, tan morenos, de los que corrían a su encuentro.
De un vistazo, en la corporeidad objetiva, los unía mucho más a aquellos destinados a la deportación que a los guardias que forcejeaban para devolverlos a la fila.
Los judíos repetían sus propios nombres como oraciones.
—¡Soy Magdolna Bán!
—¡Soy Hainalka Fenyves!
—¡Atrás, atrás! ¡Id con los demás!
Mientras, Sanz Briz se acercaba a los guardias enarbolando los Schutz-Passes cual estandarte.
—¡Permiso! ¡Embajada de España! ¡Estas personas están bajo nuestra protección!
Para ilustrar su afirmación, Ángel le mostró también al guardia la confirmación escrita que autorizaba a su país a extender cien pasaportes españoles. Los documentos, que él ya entregaba a sus respectivos dueños, llevaban su firma y su sello y no superaban, en número, la cifra pactada.
—Se nos ha otorgado el derecho de aportar documentación española a estas personas —explicó—. Estamos aquí para entregarles aquello que, por motivos evidentes, no pudieron recoger en persona. ¡Déjelas marchar!
El guardia no interrumpió la lectura de la nota del gobierno húngaro pero Sanz Briz supo, por cómo curvaba la boca, que lo había oído a la perfección.
Tras ellos, Perlasca aprovechaba la distracción para golpear los vagones con las palmas mientras repetía, a voz en grito, en italiañol y en sus macarrónicas nociones de la lengua magiar, si había alguien ahí dentro que tuviese algo que ver con España.
—Si no libera a estos judíos —insistió Sanz Briz, con los dientes apretados—, estará atentando directamente contra los intereses de mi país y sesgando los lazos de simpatía que unen a nuestras naciones.
Déjelos marchar o no me quedará otra alternativa que poner esta situación en conocimiento de mis superiores de Madrid.
Los ojos del hombre, gélidos como el acero, centellearon al devolverle la misiva. Con dos dedos, le hizo gestos a su camarada para que se acercase.
—Suelte a esa mujer —ordenó y, sin dejar de observar a Sanz Briz, agregó—: Y usted llévese a sus judíos cuanto antes y desaparezca de mi vista.
Cualquiera que esté en el andén y cuyo nombre aparezca en su lista le pertenece, pero ya le adelanto que los transportes están cerrados y que los vagones no se abrirán hasta llegar a su destino.
—Eso, señor, me temo que no puedo permitirlo.
Según la autorización del gobierno húngaro, y siguiendo instrucciones expresas de Madrid, todas las personas que figuran en la lista que usted menciona son, de facto , españolas.
Tenga claro que denunciaré de inmediato la desaparición de cada una de las que se encuentren ya en el tren y cuyo documento tenga yo en la mano.
De los presentes, respondo yo; de los que falten, me temo, responderá usted y no ante mí, sino ante las máximas autoridades.
Hubo un silencio prolongado. En las alteraciones mínimas en la expresión de su interlocutor, Sanz Briz analizaba cuán profunda era la herida que acababa de abrir.
¿En qué número caería el dado, era la mano de Dios o la del diablo la que lo había arrojado?
Si se lo sacaban de en medio como a De Muguiro, ¿quién defendería a aquellos parias?
Y, si por temeridad había pronunciado una palabra más alta que la otra, ¿sería su cuello al que le atarían la soga?
—El tren partirá en quince minutos —aseveró el guardia—. Tienen cinco para sacar de él a cualquier judío que les pertenezca. Cuando cerremos las puertas de nuevo, será su responsabilidad, y no la nuestra.
Aún no había terminado de hablar cuando Sanz Briz se volvió hacia uno de los conductores de la embajada.
—Acompañe a estas personas al coche —le pidió—. Perlasca y yo regresaremos enseguida con el resto de los judíos.
No esperó a recibir una respuesta, física o verbal. Apuró sus pasos en dirección al tren varado y a su camarada, que todavía se desgañitaba repitiendo nombres, exigiendo que se abriesen las puertas, reiterando el derecho que tenían de estar allí.
—¡Embajada de España! —bramaba Sanz Briz en su idioma, en alemán y en francés—. ¡Embajada de España! ¿Hay alguien aquí que tenga algo que ver con España?
Lo reiteró en un húngaro que no hablaba ni comprendía, según le había enseñado el conductor y según él había memorizado fonéticamente.
—¿Hay alguien aquí que tenga algo que ver con España, por favor?
Más movimiento en las filas, que se desmembraban con cada individuo que salía a su encuentro, que también lo llamaba por su nombre como si este fuese sagrado.
Los trabajadores de la estación, que habían recibido órdenes muy distintas, los repasaban uno a uno.
Para hacerles perder un tiempo del que no disponían, y mientras Perlasca entraba y salía de los vagones atestados, comprobaban que la identidad de cada judío correspondiese con uno de los documentos que Sanz Briz custodiaba.
En el transcurso de tan ridículo ejercicio, otro guardia llevó ante Ángel a una jovencita escuálida, no muy alta, que apretaba en el puño un documento idéntico a los que él sostenía.
—Esta mujer dice estar bajo la protección de su país —afirmó el oficial—. ¿Puede usted confirmar la veracidad de este Schutz-Pass ?
Lo arrancó de los dedos de la muchacha para entregárselo. Pese a las claras similitudes en el texto y en la disposición de la fotografía, un ojo entrenado reparaba, de inmediato, en las imperfecciones del sello y en la rúbrica que poco se parecía a la original.
Ella lo escudriñaba sin decir nada, sin temblar siquiera, resignada a cualquier bandazo que pudiese dar ya su vida, a cualquier destino que le deparasen un «sí» o un «no» ajenos.
Ángel sabía que corrían todo tipo de falsificaciones por la ciudad.
Lo sabía y nunca había querido dirigir un dedo acusador a ninguno de los voluntarios, que tanto podían mecanografiar copias de más como esconder un Schutz-Pass sin dueño en la ropa para que un contacto en posesión de un ciclostil imprimiese reproducciones engañosas a toda prisa.
El quid de la cuestión, como siempre, era el tiempo.
Si los húngaros o los alemanes se daban cuenta de la farsa, peligraría el acuerdo al que habían llegado con Sanz Briz, pero mientras no lo hiciesen…
¿Cómo negar ese subterfugio que podía valer lo que una vida humana?
Ahondó en la mirada de la joven, pero no fue capaz de leer nada en aquellos ojos verduscos y cansados. No había en ellos una chispa de esperanza ni de pánico ni de nervios ni de agradecimiento, solo la pura aceptación del lugar al que la había empujado la historia.
—Sí, es un documento auténtico. Está firmado de mi puño y letra y lleva el sello de nuestra legación. Esta mujer está con nosotros.
La agarró con el brazo, por si acaso, y tuvo cuidado de devolverle el Schutz-Pass sin dejar a la vista los demás, no fuese a desvelar el engaño cuando la victoria estaba tan cerca.
Más tarde, en el despacho, Perlasca se le encaró.
—Mentiste a aquel oficial para defender a la mujer. Cualquiera que hubiese podido comparar los documentos se habría dado cuenta de que el suyo era falso.
Había presenciado la escena de lejos mientras sacaba a toda prisa de los vagones a los judíos que respondían a su llamada.
Al salir de la estación y ayudar al conductor a subir a sus protegidos a los vehículos diplomáticos, había reparado en el Schutz-Pass trucado.
Tan mala era la copia que le había bastado con aquel vistazo mal dado.
—Si te hubiesen descubierto —persistió, ante el mutismo de su amigo—, habría sido tu pellejo lo que hubiese peligrado.
Sanz Briz lo miró.
—¿Acaso soy Dios, para decidir quién vive y quién muere?
El italiano no respondió. Le habían ganado el pulso al dueño del tiempo, habían recuperado a la fuerza a todos los judíos que habían perdido y nada importaba.
Cuando cerrasen los ojos al acostarse, no se les aparecerían sus rostros, sino los de los otros: los que se habían quedado en el vagón al cerrarse las puertas y los que esperaban sentencia en el andén.
Al final de sus días, cuando hiciesen balance de lo bueno y lo malo, no pensarían en los trescientos pasaportes y los dos mil Schutz-Passes que ya habían tramitado, sino en los centenares de miles de almas cuyos nombres se perderían en la inmensidad de la historia porque nadie los había pronunciado.