Capítulo XIX
XIX
Aunque no les faltaba coraje, ante un enemigo más grande y voraz que ellos, las consignas políticas específicas palidecían frente a la urgencia del objetivo común. A aquella reunión decisiva, por tanto, asistieron representantes de todos los movimientos políticos de oposición.
Dada su pluralidad, funcionarían como un organismo humano sano y a punto.
Endre Bajcsy-Zsilinszky, veterano de la política y de la resistencia, que había aprendido más en siete meses en la cárcel que en cincuenta y ocho años de libertad, asumió la presidencia como figura reconocible que daría la cara por los demás y ejercería la autoridad cuando no se llegase a un acuerdo.
Para organizar y dirigir la lucha armada, se estableció una suerte de cuartel general clandestino bajo la comandancia del teniente general János Kiss y con el coronel Jenő Nagy como jefe del estado mayor.
Ese cuartel general estaría subordinado siempre al comité, cuyas ideas políticas debía implementar por la vía militar.
—Resulta crucial actuar en el momento oportuno —indicó Bajcsy-Zsilinszky, por cuyo porte, aún razonablemente atlético, parecía más joven—. Tomemos como ejemplo el Alzamiento de Varsovia, que acabó convirtiéndose en un baño de sangre antes de haber conseguido los objetivos principales.
Para que su historia no tuviese un final tan malo, designaron a László Rajk, brigadista de la guerra de España que sabía mucho de derrotas y más aún de clandestinidad, «experto en conspiraciones».
Sobre él, cuyo nombre inspiraba un respeto y una devoción instantáneos entre las juventudes comunistas, recaía la responsabilidad de movilizar las milicias obreras y de organizar ejércitos partisanos.
En la efervescencia de aquel futuro por el que luchaban, el anglófilo Bajcsy-Zsilinszky, que había huido del terror rojo durante la breve república socialista húngara de 1919, estrechaba con fuerza la mano de László Rajk, el mismísimo secretario del Partido Comunista.
Miembros de grupúsculos aún fieles, contra todo pronóstico, al regente Horthy, asumían su lugar en la historia y llamaban camaradas a los mismos socialistas que se habían visto empujados a la clandestinidad para eludir la represión.
Ádám Farkas de Batthyány, a quien el partido había rechazado, se sentaba a la misma mesa que aquellos obreros que de fusiles sabían muy poco pero de fabricar bombas con ecrasita lo suficiente para instruir a todos los demás.
Lo que separaba la clase, la edad, la experiencia y la ideología lo unía el antifascismo. El plan común de pasarse al bando soviético y liberar Budapest lo encapsularon en cinco principios básicos:
1. La expulsión de los mercenarios alemanes y fascistas del país y la organización de un alzamiento nacional en cooperación con el glorioso Ejército Rojo.
2. La creación de una Hungría libre, independiente y democrática.
3. La preparación de cambios sociales fundamentales.
4. La estrecha cooperación con todos los estados vecinos.
5. La cooperación amistosa más estrecha aún con su poderoso vecino, la Unión Soviética.
A esos cinco puntos los acompañó un panfleto que mecanografiaron allí mismo, entre el humo de los cigarrillos y el chinchín de las copas, y que firmaron con el nombre con el que se acababan de bautizar: «Comité de Liberación del Alzamiento Nacional».
Uno de los enlaces sindicales, periodista en posesión de un ciclostil, sería el encargado de imprimir varias copias para distribuir entre los nuevos miembros de su hermandad.
La base política del alzamiento nacional recae en el Frente Húngaro, [42] que representa a la mayoría.
Debemos desempeñar el papel más decisivo en la lucha antigermana en plena concordancia con los objetivos de guerra de los Aliados y, sobre todo, con el victorioso Ejército Soviético.
Solo entonces podremos reclamar como nuestra la Hungría por la que lucharemos y pagaremos hasta con el precio de nuestra propia sangre.
Brindaron con el buen vino francés que el comandante Tartsay guardaba para la victoria.
Porque habían pasado doscientos treinta y cinco días (con sus horas, sus minutos y sus segundos) desde que los primeros tanques alemanes desfilaron por Budapest; desde aquel momento habían vivido muchas jornadas relevantes, muchos cambios que habían alterado el curso de la Historia con mayúsculas, pero ninguno tan crucial como ese.
Ádám, que aun sin militar en ningún partido cojeaba de la pierna izquierda, jamás habría votado en unas elecciones por el centrista de Bajcsy-Zsilinszky, al que en ese momento aprobaba como máxima autoridad.
Y Bajcsy-Zsilinszky, que nunca habría confiado a László Rajk ni un reloj estropeado, le confiaba en ese momento la supervivencia de la organización.
Y aquellos obreros que por convicción desdeñaban al ejército se cuadraban por propia voluntad ante el teniente general János Kiss.
Todos comprendían, aunque no lo supiesen verbalizar, que eran seres mortales suspendidos en una Historia inmortal.
Su existencia no suponía más que una mota de polvo en la inmensidad del universo; sus memorias y sus nombres se perderían con el paso de las generaciones, pero, si aquella operación salía bien, sus efímeras vidas allanarían el camino y la lucha a las que viniesen después.
Ádám, que aunque no había bebido aún nada estaba borracho de la felicidad que compartían, aproximó su copa a la del individuo que estaba sentado a su derecha.
—Salud, camarada —le dijo mientras le sonreía—. Tibor, ¿verdad?
El hombre, de su misma altura y algo mayor que él, parpadeó con la sorpresa.
—Sí, Mikulich. ¿Cómo te has acordado de mí?
—Pues muy fácil: primero, porque cualquier amigo de Jenő Nagy es también amigo mío y, segundo, porque mi hermano se llamaba como tú.
Mikulich se llevó el vino a los labios.
—Se llamaba —susurró.
Además de compartir nombre con él, se parecería a Tibor Farkas si a este le hubiesen dado la oportunidad de llegar a la veintena. Delgado, de facciones suaves, elegantes y alargadas, como él, hasta la nariz, de perfil, evocaba al hermano añorado.
—Lo mataron el verano del cuarenta y uno, en Nikolayev.
Mikulich bajó los párpados. Incluso las cejas, finas, poco pobladas, recordaban al húsar adolescente.
—Hay que ver cómo cambian las cosas: el mismo ejército que hoy abrazamos y que mañana nos liberará es contra el que luchábamos ayer.
—Es que una cosa es la mano que aprieta el gatillo y otra muy distinta la que firma la orden que da inicio a la guerra. Eso, nosotros, que vestimos uniforme, lo sabemos muy bien.
Mikulich asintió.
—Y tan bien, camarada. Brindemos por el victorioso Ejército Rojo entonces, y por la memoria eterna de Tibor Farkas de Batthyány.
Ádám lo señaló entre risas.
—Veo que tú también te acordabas de mi nombre.
—Con ese apellido y habiendo vuelto como volviste de entre los muertos del Don, ¿cómo no hacerlo?
Mientras se soñaba y se forjaba la libertad de todo un pueblo en un apartamento de la plaza Szabadság, en la embajada española, Ángel Sanz Briz agradecía la clarividencia que había tenido al alquilar los pisos protegidos.
Desde hacía días la legación no daba abasto.
Cada mañana hacían cola más y más personas en busca de documentos salvavidas; a algunas de ellas, era fácil relacionarlas con España, mientras que para salvar a otras debían echar mano de la inventiva.
Los días ya no tenían horas, eran una pluma alargada con el sueño como única separación entre una jornada y la anterior.
Madame Tournée atendía a aquellas personas desesperadas, que en tan poco tiempo habían pasado de presentarse engalanadas a hacerlo vestidas con su propio miedo; en el despacho, Sanz Briz y el abogado Farkas repasaban los libros de familia, no para decidir, sino para urdir la ficción que enlazase a sus dueños con aquel país antes no beligerante y en ese momento neutral; en el resto de las salas, el equipo de voluntarios mecanografiaba los Schutz-Passes para que Sanz Briz los firmase y acuñase.
En los momentos de angustia, el diplomático se veía heredero de Job, atrapado en medio de un juego de dados entre Dios y Satanás.
Cada paso que daba se convertía en una tierra de nadie que la Cruz Flechada devoraba con gran ansia, y ni siquiera los favores del gauleiter lograban detener aquella hemorragia terminal.
Abría su propia cartera a menudo para tener a ese incierto aliado contento y para alquilar más pisos, porque el número de personas protegidas crecía y ya no sabía dónde meterlas.
Pese a sus esfuerzos, con frecuencia se daba el caso de que los israelitas no pasaban a recoger los Schutz-Pas ses , pues durante la brevísima espera ya habían caído víctimas de una redada de la Cruz Flechada.
Así mismo lo informó Briz a Madrid, consciente de que sus superiores, aunque solo fuese para garantizar la supervivencia de España tras el armisticio, querían evitar muertes humanas tanto como él.
El terror antisemita se ha vuelto más pronunciado.
Se ha decidido deportar a Alemania a todos los judíos que permanezcan en Hungría.
Los varones aptos para el trabajo se trasladarán a pie y las mujeres, los ancianos y los niños, en tren.
Se teme por sus vidas. A pesar de las reiteradas promesas del gobierno húngaro, las milicias de la Cruz Flechada no respetan a los judíos en posesión de documentos españoles ni tampoco a los protegidos por otros países neutrales. Los actos de crueldad son innumerables.