Capítulo XVIII
XVIII
Al principio ella odió a los nazis por ladrones; por ideología, solo después.
Sobre la Cruz Flechada poseía conocimientos heredados, transmitidos a través de Ádám, Pál, Sándor y Messik, pues individuos de esa calaña abundaban tanto en los rangos inferiores del ejército como en los movimientos obreristas de la capital.
Si los repudiaba con mayor ahínco era por traidores a su país y a su clase, por ser perros que, no contentos con quitarle el alimento a otro más hambriento, le mordían también las patas para que ya no pudiese valerse por sí mismo ni defenderse.
Por eso, cuando vio pasar a dos de ellos por los pasillos del hospicio de la Cruz Roja Internacional, se alegró de tener las manos ocupadas con la montaña de sábanas limpias que sujetaba.
Ellos, más jóvenes que ella, henchidos de orgullo en sus uniformes nuevos, ya levantaban el brazo para declamar:
—¡Perseverancia! ¡Larga vida a Szálasi!
Las compañeras bajaron la barbilla para no tener que mirarlos a la cara, mucho menos cuando, obedientes, alzaron el brazo, lo suficientemente alto para no sufrir represalias, no para demostrar que estaban de acuerdo con ellos y con lo que representaban.
Erika fue la única que no se movió, que permaneció donde estaba, con las manos llenas y los ojos clavados en aquel par de adolescentes con bastante más poder que madurez.
El más alto, en cuyas mejillas hundidas se apreciaban las marcas del acné, sonrió. Dio un paso hacia ella al tiempo que le propinaba un codazo a su camarada.
—Qué mala educación la nuestra —siseó—. Mira que no tener la consideración de ayudar a esta señorita con sus quehaceres…
Con un gesto, le indicó al otro que recogiese la colada que ella sostenía.
—Ahora ya puedes demostrar tu lealtad como tus compañeras. A ver, yo digo «¡Perseverancia!» y tú me contestas…
Erika apretó los labios. Los iris, bajo la ceja arqueada, refulgían con una llama que no pudo exteriorizar.
¿Qué valor tenía cuanto pudiese ganar con ese pequeño acto de resistencia sobre todo lo que perdería si no obedecía?
Tenía a una judía viviendo en su casa, había convencido a su hermano de que hablase con la embajada de España para proteger también a su antiguo tutor de esgrima y, si la fichaban, comprometería a Ádám, a Pál y a Messik.
Alzó el brazo derecho. Los milicianos de la Cruz Flechada, no conformes o tal vez no queriendo desaprovechar la oportunidad de humillarla, se lo levantaron más mientras ella siseaba:
—Larga vida a Szálasi.
—¿Cómo, cómo dices, que no te he oído bien?
—¡Larga vida a Szálasi! —repitió, con dientes apretados.
La sonrisa del muchacho, venenosa, creció en el rostro delgado y alargado.
—¿Ves cómo no era tan difícil? —Le pellizcó la mejilla—. Si además de guapa va a resultar que eres muy lista. ¡A ver si nos vamos a acostumbrar a venir por aquí, a admirar el género!
Tiraron las sábanas al suelo y, sin aliciente para permanecer allí más tiempo, se marcharon entre risas y vapuleos, teniendo buen cuidado de pisar la colada limpia a su paso, no fuese a darse el caso de que quedase alguien sin enterarse de quiénes eran los nuevos amos y señores.
—Malditas bestias —masculló Erika en alemán, consciente de que ellos desconocían el idioma de la mano que les daba de comer.
Se negó a recibir ayuda de las demás. Por prudencia había respondido al saludo fascista, por orgullo aceptaba la digna penitencia.
Así que bajó a la lavandería y, para no alertar a las trabajadoras, se echó la culpa a sí misma, que con las prisas ya no sabía ni adónde iba.
Al regresar a la sala larga y amplia en la que acostaban a los niños, cargando con una montaña nueva de ropa de cama limpia, se sorprendió al encontrar en ella un rostro conocido.
—¡Pero hombre, don Ángel! ¿Usted por aquí?
El diplomático, que corrió a quitarle las sábanas de las manos, no escondió tampoco su sorpresa.
—Nada, venía a interesarme por la salud de unos muchachos que están bajo la protección de la legación, pero ya he visto que los tiene muy bien cuidados —le dijo, tras el beso habitual—. ¿Y usted? No sabía que trabajaba ahora aquí.
—Bueno, tampoco se crea, solo vengo a ayudar cuando dispongo de algo de tiempo, que ya sabe cómo soy, un culo de mal asiento.
Pero sí he cambiado de hospital. Ahora estoy aquí al lado, en el de la Cruz Roja, a tan solo un par de calles.
Como me mudé con mi hermano a la plaza Szabadság, me queda más a mano.
—Y su hermano, ¿cómo está? Me lo he cruzado un par de veces por el barrio, pero con el trabajo que tengo…, aunque parezca descortés, no he podido invitarlo aún a tomar un café.
Erika le sonrió.
—Pues bastante más animado. Ha retomado el contacto con unos viejos compañeros de armas y, entre el trabajo y sus reuniones, casi no nos vemos el pelo.
Pero, bueno, como en verano estuvo tan mal y, con su lesión, un susto puede costarle caro…
, mis padres se quedan más tranquilos si cuenta con una enfermera en casa, aunque sea su hermana, y yo tan contenta de que me aten menos en corto.
¡Anda que a usted, que tiene otras costumbres, le parecerá un escándalo, una joven soltera viviendo sola con un hermano que pasa más tiempo fuera de casa que dentro!
Sanz Briz le devolvió la sonrisa.
—En la variedad está la belleza. No quiero robarle más tiempo, señorita de Batthyány, pero me viene usted que ni caída del cielo. Quería hablarle de ese trámite con el que la ayudé hace un par de meses, ¿lo recuerda?
—Sí, por supuesto.
—Cuando pueda, acérquese a la legación, la invito a un café y hablamos de ello.
—Pues…, a no ser que usted tenga otro compromiso, ¿por qué no ahora mismo? Ya le he dicho que yo aquí vengo por altruismo, no por obligación, y…, bueno, sé que se trata de un trámite delicado que no conviene desatender.
En la intimidad del despacho, ante las tazas de café café, Sanz Briz le resumió las operaciones que había llevado a cabo la legación con respecto a los judíos, que iban más allá de los dos pasaportes españoles que su familia había solicitado en su momento (uno para Ilona Rozenfeld y otro para Imre de Hevesy, el tutor de esgrima, que, por suerte para él, era propietario de un negocio de cerveza con sucursal en Madrid).
—El caso —prosiguió Ángel— es que nos hemos dado cuenta de que, en ocasiones, con los pasaportes y los documentos de protección no basta.
No me malinterprete, las autoridades están obligadas a respetarlos, pero eso no impide que algunos milicianos de la Cruz Flechada un tanto extremistas recurran a la violencia al ver una estrella amarilla en un abrigo o en una gabardina.
Estos atropellos, de los que ya he informado a las autoridades, no nos los dedican a nosotros en exclusiva, por desgracia, también los sufren los judíos protegidos por otras embajadas neutrales.
Por eso hemos procedido a alquilar algunos edificios en la zona del parque de Szent István que señalizaremos con nuestras banderas para garantizar la total protección de sus inquilinos.
Me gustaría ponerme en contacto con la señora Rozenfeld para preguntarle si le interesaría alojarse en uno de estos pisos.
No tendría que asumir ningún tipo de cargo, por supuesto, ya que de todos los costes se encargaría la legación.
Erika abrazó la taza, todavía cálida. No le había pasado por alto que, pese al tiempo transcurrido y a la larga cola de personas que aguardaba en la calle Eötvös, Sanz Briz había tenido el detalle de acordarse de la señora Rozenfeld.
De llamarla por su nombre incluso, ajeno al paso de los meses y a los cambios que se habían sucedido desde entonces.
—La verdad es que el comportamiento de la Cruz Flechada ya nos tenía bastante asustados y, desde que Szálasi subió al poder, la señora está viviendo en casa como si formase parte del servicio, pero si, por algún motivo, la policía se presentase…
—Estarían en un buen aprieto los tres. No se hable más, entonces. Me encargaré personalmente de encontrarle una habitación. Tendrá que compartir residencia con otras familias, claro…
—Pues con lo sola que se ha quedado la pobre…
, a lo mejor hasta lo agradece. Eso sí, por favor, deje que corra mi hermano con los gastos.
—Sanz Briz separó los labios para protestar, pero ella se le adelantó—.
Por favor se lo pido, que a los Rozenfeld los apreciamos mucho.
Después de lo que le pasó a su hijo Sándor…
—Se mordió el labio inferior—. Pues nos sentimos muy culpables, sobre todo Ádám, porque, aunque no lo hubiésemos podido evitar, el caso es que lo detuvieron de camino al trabajo en nuestra fábrica.
Y Jonatán, el mayor, el que está en Palestina…
, mi hermano tiene una amistad muy profunda con él; no puedo comparar el lazo que los une ni con el que tenía yo con Tibor, que era mi mellizo.
Sanz Briz, cuya expresión se había dulcificado, asintió.
—De ser así, en el nombre de las buenas amistades, acepto su oferta, pero a regañadientes.
—Suspiró—. Guardando las distancias, entiendo a su hermano.
A mí, a veces también me da por pensar que quizá podría haber actuado antes o que podría habérmelas ingeniado para salvar a más personas o para conseguir que esos muchachos del hospicio llegasen a Tánger…
, pero, si acepta un consejo, torturándose uno mismo no cambiará lo que pasó.
Lo único que nos pertenece es el futuro.
Han hecho bien en ocultar a la señora Rozenfeld en su casa.
Ahora, por suerte, parece que hemos encontrado una solución para que ella y los que son como ella estén más seguros.
—Sí, porque tal y como están las cosas…, no sé qué rumores les han llegado a ustedes, pero en el hospital hemos tenido que tratar varias palizas que ya se imaginará quién las propinó. Y eso es lo de menos. A juzgar por los crímenes que Ádám los vio cometer en el frente…
Sanz Briz sacudió la cabeza.
—Son un grupo de exaltados que se han visto muy rápido con demasiado poder, y eso, independientemente de la inclinación política de cada quien, nunca es bueno.