Capítulo XVII
XVII
Algo grueso y no muy alto, con el pelo negro peinado hacia atrás y los ojos hundidos y penetrantes, Veesenmayer daba la impresión de haber llegado al despacho que en ese momento le pertenecía casi por casualidad.
Desdeñoso por educación más que por ideología, no se entretuvo en ocultar el hartazgo que sentía al tener frente a él a otro diplomático neutral.
Mejor ese joven español que el entusiasta Raoul Wallenberg, el banquero que representaba a Suecia y que había llegado a la capital magiar con tan solo una mochila de montañero encima; infinitamente mejor, también, que el judenfreund de Carl Lutz y el pomposo monsignore Rotta, que parecía olvidar que su misión era más espiritual que terrenal.
Aun así, la guerra se le estaba haciendo muy larga, y de los judíos, el único tema que interesaba a las embajadas, no quería saber nada excepto que habían abandonado la ciudad.
—¿Qué estás haciendo aquí? —profirió, a modo de saludo.
No se molestó con unas fórmulas de cortesía que le parecían obsoletas, absurdas, que pertenecían a unos tiempos pasados que debían enterrar. La brusquedad ni asombró ni ofendió a Sanz Briz. Sin mutar su expresión (serena, afable), tomó asiento frente a él y, con exquisita tranquilidad, explicó:
—Una simple visita de cortesía. Puesto que yo soy la única representación de España en su país y usted es la máxima autoridad de Budapest, creí conveniente venir a rendirle mis respetos en persona y a asegurarle que estoy a su disposición para cualquier asunto que pueda gestionar en nombre de mi gobierno.
Veesenmayer se azoró. Más que de su tosquedad, se avergonzaba de su falta de tino, de su incapacidad de juzgar de manera correcta al hombre que clavaba los ojos grisáceos sobre él.
—Lamento haber sido un tanto abrupto, señor Sanz Briz, pero comprenda —había pasado del du al Sie ; él mismo se había dado cuenta— que, hasta la fecha, todos los diplomáticos extranjeros que se han presentado ante mí lo han hecho para quejarse del trato que están recibiendo los judíos.
¡Los judíos! A ninguno se le ha pasado por la cabeza el sufrimiento de los húngaros de Transilvania y Besarabia tras la invasión soviética.
Ni una palabra sobre esas personas a las que les han quitado todo, hasta lo puesto, y que ahora malviven en la más absoluta miseria.
Pero de los judíos hay mucho que decir, faltaría más, porque hasta el papa de Roma se desvive más por ese pueblo impío que por las mujeres católicas a quienes los bolcheviques violan a su paso.
Tras un leve temblor como muestra de que lo estaba escuchando, el español, que no había interrumpido el contacto visual, aseveró:
—No ignoro el sufrimiento del pueblo magiar.
Mi país, como usted sabe, conoce bien el miedo a los bolcheviques.
No en vano, enviamos tropas voluntarias a combatir en el frente oriental junto a la Wehrmacht, por no mencionar el terror a las checas rojas que muchos sufrimos durante nuestra guerra.
Le aseguro que, en este aspecto, tiene en España a una nación amiga y que la legación hará cuanto esté en su mano para auxiliar de manera económica a los refugiados de las zonas ocupadas por los soviéticos.
Veesenmayer sonrió. Un cambio tenue, casi imperceptible para miradas ajenas, que suavizó la mueca que le tensaba el rostro.
—Celebro que todavía haya decencia en Europa y que su caudillo continúe siendo un bastión de la cruzada contra el bolchevismo.
—Y yo celebro el mutuo entendimiento. En deferencia a la simpatía que une a nuestras naciones, sin embargo, me veo obligado a tocar el tema de los judíos.
Como usted bien sabe, una importante comunidad hebraica, la sefardí, es de origen español.
Más aún, desde los tiempos de Primo de Rivera se los considera españoles de pleno derecho y, por tanto, también represento sus intereses…
De esa reunión, Sanz Briz había salido con las cuentas bancarias bastante más vacías, un estratégico aunque peligroso aliado y la autorización para proteger a cien judíos húngaros, bajo dos condiciones muy importantes: que partiesen hacia la península antes del día 15 y que España reconociese de manera oficial al nuevo gobierno húngaro.
—¿Cómo vamos a elegir a cien personas, que es una décima parte de las solicitudes que hemos recibido ya? —gimió Zoltán Farkas mientras se atusaba el cabello, ya despeinado.
Aquel era su pueblo aunque no rezasen al mismo dios.
La lengua, aunque habituada al latín, todavía podía contorsionarse para pronunciar en hebreo las oraciones que recitaba en su juventud y las canciones en yidis que tarareaban sus abuelos.
Incapaz de tomar una decisión salomónica, fumaba un cigarrillo tras otro, sin esperar a que el primero se hubiese consumido.
Sanz Briz, mientras tanto, lo observaba impertérrito.
—Pues sin elegir —le respondió—. Mira, para empezar, vamos a extender Schutz-Passes colectivos a familias enteras, siguiendo el modelo de la embajada suiza.
Y por familias no entenderemos unidades domésticas, sino cualquier relación de sangre que podamos amparar bajo el mismo documento.
Con eso ya estaríamos protegiendo a más de un centenar de personas.
Farkas negó con la cabeza. Adelantándose a aquel método que ambos conocían, ya había ordenado las copias de los documentos de identidad por familias y, aun así, superaban en mucho el límite de cien Schutz-Passes .
—Qué va, nos quedamos cortos. ¿Cómo vamos a decidir, sabiendo lo que supone para los que excluyamos? De manera lógica, hasta legal, podría delimitar unas pautas, pero con el corazón en la mano, por humanidad…
Ángel no le respondió. Había tomado uno de los libros de familia y lo observaba página a página.
Estudiaba aquellos detalles asépticos, puramente biográficos, que ilustraban toda una vida humana, con el infinito irrepetible que guardaba en su interior.
Lo hizo varias veces, libro de familia en libro de familia, hasta que dejó el último sobre la mesa e insistió:
—No vamos a decidir. Sobre la vida y la muerte, Dios es el único que tiene esa potestad. —Se humedeció los labios. Con dos dedos hizo una señal a Farkas para que se acercase más a él—. Quizá la solución sea más sencilla de lo que parece, se trata de una mera fórmula matemática.
—¿Matemática?
—Sí. Mira, nosotros ya hemos tomado esa cifra, los cien Schutz-Passes , y la hemos aplicado a familias enteras y no a personas individuales, ¿no es así?
—Sí, pero aun preparando documentos para cien familias tendríamos que dejar a otras tantas fuera, eso por no mencionar a los solteros, los viudos…
—Nadie va a quedarse fuera —reiteró Sanz Briz, y con el índice señaló el número asignado a uno de los libros de familia—.
Si la policía o la Cruz Flechada detiene a un judío en la calle y este le presenta un Schutz-Pass español, lo único en lo que van a fijarse es en el número de expedición.
Han recibido órdenes de respetar esos cien documentos que nos han autorizado extender, por lo que la cifra jamás será superior a esta.
Ahora bien, no podemos repetir ningún número, ya que ese engaño pronto se descubriría…
—¿Entonces?
Sanz Briz le sonrió. Una sonrisa jovial, efervescente, loca, que contrastaba con las ojeras que se evidenciaban cada vez más a medida que transcurría la noche.
—Solo tenemos que añadir una letra al lado de cada número. Así, tendríamos cien documentos de la serie A, cien de la serie B, cien de la serie C…, como he dicho, una simple fórmula matemática.
Farkas irrumpió en una risotada improbable, hija del cansancio, de la preocupación y del alivio que le destensaba los músculos.
—¡Dios mío, don Ángel, una solución fácil que teníamos justo debajo de la nariz! Ahora que…, ahora que a ver cómo se las arregla para sacar del país a miles de personas, que ahí sí que no va a haber ni trampa ni cartón…
—No, eso es imposible. Vamos, ni con un caballo de Troya…
, y España tampoco va a reconocer al gobierno de Szálasi, lo tengo muy claro.
—Chascó la lengua—. Nada, será cuestión de hilar muy fino y presentarle mis respetos y mi cartera a Veesenmayer con tanta frecuencia como sea necesario.
Eso, y convencerlo de que tenemos intención de hacer tanto lo uno como lo otro y que solo nos retrasa la delicada situación política…
Budapest, a las 23.20 horas del 2 de noviembre de 1944
Ha sido aceptada por el gobierno húngaro la protección del gobierno español en favor de 100 judíos, cifra que quizá pueda aumentarse.
Protección condicionada, primero: dichos judíos deberán salir de Hungría para España antes del 15 de noviembre.
Segundo: gobierno español deberá reconocer al gobierno húngaro y apoyar a su representante en Madrid.
Si V. E. lo estima oportuno puede informar a nuestro representante en Washington de que esta legación ha tomado bajo su protección a los 500 niños a quienes el gobierno español autorizó visado de entrada a Tánger.
S ANZ B RIZ