Capítulo XVI
XVI
Giorgio Perlasca había regresado a Budapest en el peor o en el mejor momento posibles, según se mirase.
Meses atrás, cuando la había abandonado, aunque herida de muerte, la ciudad todavía se mostraba orgullosa, incapaz de asumir la magnitud del golpe recibido; los vecinos aún llenaban los cabarets y las cafeterías, había que comprar las entradas de la ópera con semanas de antelación y en las calles se respiraba la atmósfera insurrecta, casi altiva, de los que se ríen con gusto de sus desgracias.
Las bombas habían cambiado por completo la disposición de la capital; en los restaurantes y en los destartalados bares se colgaban los carteles de cerrado por el motivo más simple de todos: no había género suficiente para alimentar a la clientela.
Pest era un campo de estrellas amarillas.
Estrellas en los pechos, en las puertas de los edificios, estrellas que apartaban y condenaban.
Eran los judíos los que trabajaban la tierra, los que levantaban los escombros, los que reparaban las carreteras.
Y eran los judíos los que recibían las palizas de las milicias de la Cruz Flechada mientras los demás, por miedo o por vergüenza, bajaban la cabeza para no mirar.
De la Cruz Flechada, Perlasca sabía lo suficiente.
A su regreso a la capital, apenas pasó dos noches en la pensión antes de caer fulminado por una gastroenteritis galopante.
Mientras los tanques tomaban el barrio del castillo, mientras la resistencia pasaba de celebrar el armisticio en las plazas a volver a sus escondites, mientras las gentes aguardaban noticias con los oídos pegados a la radio, él creía delirar de fiebre desde su cama en el sanatorio Pajor.
Porque no podía ser verdad, no podía tener tan mala suerte de estar tan cerca de recibir documentación española y acabar en el ojo del huracán con un permiso de quince días como única garantía.
A la mañana siguiente, hidratado y con las fuerzas renovadas, no tuvo otro remedio que admitir la precariedad de su situación: la Cruz Flechada había tomado el poder y eso a él, un italiano que había roto con su antigua ideología y rechazado a Mussolini, no le convenía.
Alargó la convalecencia cuanto pudo, alegando uno y mil achaques, recurriendo a trucos infantiles como había hecho en sus años mozos para faltar a la escuela.
Hasta el termómetro llegó a introducir en la infusión, aprovechando un despiste de las enfermeras, para falsear una fiebre que echaba de menos porque fuera, en la calle, la Cruz Flechada estaba cancelando permisos y arrestando a cualquier ciudadano extranjero sin un pasaporte en regla.
Se quedó en el sanatorio hasta exprimir del todo esas dos semanas de libertad que Sanz Briz le había conseguido. Al término, y temiendo que le diesen el alta para mandarlo directo a comisaría, deambuló hasta alcanzar la embajada española.
En los últimos meses, también la legación había cambiado. Para acceder a ella tuvo que serpentear entre la hilera de personas que esperaban (todas con el distintivo color canario). Una vez dentro, hubo de insistir a la canciller, que todavía se acordaba de él, para que lo llevase ante Sanz Briz.
—Es un asunto muy delicado, se lo aseguro. Don Ángel está al tanto.
De haberse visto en la tesitura de tener que dibujar de memoria a un italiano estereotípico, el garabato de Sanz Briz no habría distado mucho del aspecto real de Giorgio Perlasca.
Alto, delgado, moreno y algo desgarbado, con el pelo castaño untado con brillantina y peinado hacia atrás, muy a la moda.
Los ojos, azules y tan brillantes que parecían reflejar la luz, se curvaban ligeramente hacia abajo, una característica que hacían resaltar las cejas, frondosas y algo bajas.
El rostro bronceado de Perlasca, sin embargo, solo habría podido describirse como triste o melancólico en los raros momentos de quietud.
Los movimientos del italiano eran grandes, casi calculados, como los de un actor, capaces de contagiar a su interlocutor de una alegría improbable incluso en situaciones peliagudas como aquella.
Al entrar, extendió los brazos hacia Ángel (quien no pudo evitar pensar que el traje estaba arrugado y caía de cualquier manera sobre los hombros de su invitado). Con voz grave, animada, exclamó:
—¡Don Ángel, amigo mío, benditos los ojos!
Sanz Briz se levantó para estrecharle la mano. Con una sonrisa, repuso:
—Veo que logró regresar a Budapest según lo previsto, aunque me temo que la situación política no sea la idónea.
—¡Tutéeme, por favor! Yo haré lo mismo, si me lo permite.
—¡Faltaría más! —Con el dorso de la mano, señaló la butaca frente al escritorio para que Perlasca tomase asiento—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Me imagino que recuerdas el motivo que me trajo a esta misma legación en dos ocasiones, cuando don Miguel Ángel se sentaba en este mismo despacho.
La sonrisa tembló en el rostro de Sanz Briz.
—Sí, claro que lo recuerdo.
—Pues aquí me tienes otra vez, solicitando un pasaporte español en deferencia a las promesas que se me hicieron en su momento tras la victoria del generalísimo Franco.
Mira, yo sé que estas cosas tienen sus normas y que tú no puedes darme un pasaporte español por las buenas, como si yo en lugar de en Como hubiese nacido en, no sé, Sevilla o Valladolid, pero es que temo por mi vida.
Ya ves cómo son esos canallas, que detienen a uno tan alegremente en la calle por mucho menos, y yo, con mi aspecto, y dado que el húngaro apenas lo chapurreo…
Sanz Briz parpadeó mientras procesaba aquella retahíla de palabras en la que no habría podido meter baza, ni queriendo, pues las frases de Perlasca, desconcertantes, se amontonaban unas sobre otras como un castillo de naipes que, por su propio peso, se derrumbaba.
Tomó aire para responderle, pero el italiano, cada vez más nervioso, se le adelantó.
—¡Que me dan matarile, hombre! Si nuestros países son primos, como quien dice, te lo pido de mediterráneo a mediterráneo.
Entiendo que tu gobierno habrá tenido sus motivos para denegar mis dos solicitudes anteriores, pero estarás de acuerdo conmigo en que la situación es ahora incluso más peliaguda que entonces.
Yo, a cambio…, estaré en deuda eterna contigo. Cualquier cosa que me pidas, la haré.
Habría continuado, entre jadeos, envuelto en unos sudores que ya poco o nada tenían que ver con la fiebre, si el propio Sanz Briz no se lo hubiese impedido al colocar las manos sobre él para apaciguarlo.
—Calma, hombre, calma. Comprendo…, comprendo muy bien los riesgos a los que te enfrentas y no me olvido del sacrificio que tú hiciste por mi país. De todos modos es cierto que, para extenderte un pasaporte ordinario, debería seguir ciertos trámites que…
—Es cuestión de vida o muerte, Ángel, por favor.
—Me hago cargo. Encontraré una solución, ¿de acuerdo? Espera aquí un momento mientras yo lo gestiono y respira hondo, por favor.
Se ausentó como dijo, y debió de advertir a madame Tournée del estado del italiano, pues ella enseguida le llevó una taza de café (del de verdad) para que recobrara fuerzas.
En total, la espera no duró más de quince minutos, aunque a Perlasca, dado su estado de ansiedad, le parecieron muchos más.
Mientras bebía y aguardaba, estaba atento a la sinfonía de sonidos que le llegaban desde el pasillo.
Un coro de voces, muchas de ellas en húngaro, que por contexto y tras leer la desesperación que goteaba de cada palabra interpretó como gritos de auxilio.
Y carteras que se abrían y hojas que se pasaban y una comparsa de köszönöm [41] que no tenía fin.
Cuando Sanz Briz regresó, con un pasaporte a nombre de «Jorge Perlasca, empleado de la embajada de España en Budapest», casi se arrodilló para besarle los pies.
—Esto debería ser suficiente —dijo Ángel, mientras le entregaba el documento—. ¿Tienes algún lugar en el que pasar la noche? En mi casa hay espacio suficiente para un invitado, de no ser así.
—Te lo agradezco, Ángel, pero no quiero abusar de tu generosidad, que ya me has salvado el pellejo.
De momento, me hospedo en una buena pensión, pero tendré en cuenta tu oferta si mi suerte cambia a peor.
—Bajó la voz—. Escucha, en confianza, y no me digas nada si no quieres, pero ¿qué está pasando aquí? ¿Quiénes son todas esas personas?
—Desesperados que buscan una mano amiga, nada más y nada menos.
Le contó la historia desde el principio.
La insostenible situación de los judíos y sus quejas constantes a Madrid al respecto, la marcha de De Muguiro, los niños destinados a Tánger que aún aguardaban en el hospicio, el Informe de Auschwitz, los pasaportes para sefardíes, la autorización de Lequerica bajo presiones de Washington, su reunión con Veesenmayer el día siguiente. Toda la verdad, grotesca, perturbadora.
Para Perlasca, aquel horror transmitido de segunda mano constituía la continuación, terrible, de los crímenes que él ya había presenciado en su propia patria y que le habían hecho renegar de la ideología que un día había abrazado.
—Ahora ya sé cómo pagarte este favor tan grande que me has hecho —dijo, con el pasaporte en mano como un juramento.
Sanz Briz trató de despacharlo con un gesto.
—No te he ayudado pensando en una recompensa. No sientas que tienes ninguna deuda pendiente conmigo.
—No te lo tomes tú como una deuda, entonces, sino como una alianza.
Cuando consigas la autorización de Veesenmayer, que sé que lo harás, necesitaréis toda la ayuda disponible para tramitar el aluvión de solicitudes que ya estáis recibiendo.
Mira que con la Cruz Flechada ya no cuentan los días, sino las horas; un golpe de mala suerte, un encontronazo inoportuno en la calle o una cogorza de las milicias que patrullan tu barrio y es el fin.
—Ya, si eso es precisamente lo que me preocupa, que vamos contrarreloj. Y como no consiga el visto bueno del Veesenmayer…
—Pues buscaremos otra manera. Lo importante es actuar y cuanto antes.