El silencio de los justos Capítulo XV
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Capítulo XV

XV

Ottó Komoly había hecho correr la voz, vaya si había corrido.

En pocos días, no quedaba baldosa de la calle Eötvös que no pisasen aquellas personas que esperaban, todas ellas vestidas de punta en blanco, los hombres con sus mejores trajes (los que reservaban para bodas y funerales) y las mujeres con sus dos piezas y unos sombreros que no se ponían casi nunca, tan elegantes y tan dignas que la estrella amarilla que llevaban en el pecho parecía de lejos un broche coqueto más.

Esa era la cuestión, la elegancia y la dignidad, porque los Cruces Flechadas podían escupirles por la calle, detenerlos sin motivo (ya no hacían falta los motivos) o sacarlos de su casa a la fuerza por pura diversión, pero la dignidad no la perdían aunque fuesen a aquella embajada a rogar por sus propias vidas.

Dentro, el caos era absoluto. Madame Tournée recibía las solicitudes y les recordaba a aquellas personas (tan parecidas a ella pero con mucha peor suerte) que no, que no podían reunirse con don Ángel, que si todo el mundo entrase al despacho a intercambiar un par de palabras el proceso se eternizaría y ni una décima parte recibiría aquellos papeles salvavidas.

Paciencia, la paciencia como bálsamo que curaba hasta lo incurable.

Mientras tanto, en el propio despacho, el abogado Farkas le traducía a Sanz Briz los libros de familia y los documentos de identidad para ayudarlo a decidir.

A un lado del escritorio, en una montaña pequeñita, casi imperceptible entre un desorden que antaño habría resultado inconcebible, las de los sefardíes; en la otra mitad, varias torres mucho más altas representaban de manera visual el resto de las solicitudes que habían recibido.

—Dios me perdone, Ángel, pero estamos perdiendo el tiempo —mascullaba mientras añadía otro documento a una de las pilas mayores—. Aquí apenas quedan sefardíes.

—Ganando tiempo —precisó Sanz Briz—. Extenderemos pasaportes españoles a los sefardíes y, al resto, Schutz-Passes que sigan el modelo suizo.

—Aunque los selle y los firme, esos documentos carecerán de valor legal, a no ser que el gobierno húngaro los reconozca, que todavía no lo ha hecho. Fuera de estas paredes, una entrada de cine o un recorte de periódico tendrá el mismo valor.

—Estamos ganando tiempo —insistió Sanz Briz—.

He solicitado una reunión con el nuevo gauleiter de Budapest y no pienso salir de ella sin su autorización.

España todavía no ha reconocido como legítimo el golpe de estado de Szálasi.

Entre nosotros, dudo mucho que vaya a hacerlo, aunque nos conviene que el nuevo gobierno opine lo contrario. Tenga un poco de fe, hombre.

—Si fe no me falta, don Ángel, pero miedo tampoco.

Mire cuántas personas se presentan aquí cada mañana, algunas de ellas tan desesperadas que si madame les da unas rebanadas de pan o un tarro de mermelada lo celebran como si de un pasaporte se tratase.

Porque lo que tienen no es solo temor por sus vidas, sino también un hambre negra.

¿Y cómo no la van a tener, si apenas se les permiten un par de horas al día para ir a la compra y sus cartillas no les dan ni para engañar al estómago?

Sanz Briz no respondió de inmediato. Se detuvo, sostenía un libro de familia entre dos dedos antes de depositarlo en la montaña más pequeña, tan inequívoco era el origen del apellido.

—Entonces, además de papel, tendremos que asegurarnos de que no bajen nuestras reservas de mermelada y de pan.

De Madrid todavía no había recibido autorización.

Para extender los pasaportes se escudaba en el estado de emergencia nacional, en la dificultad de las comunicaciones con España, en el eterno pedir perdón antes que permiso y en que, una vez finalizada la guerra, a nadie le interesasen los detalles de sus actividades diplomáticas en Budapest. Pero Farkas no se equivocaba: para producir los Schutz-Passes necesitaba el beneplácito expreso del gobierno húngaro; de no ser así, estaría arriesgando mucho más que la carrera o la reputación.

—De momento, señor Farkas, la prioridad es expedir cuantos pasaportes españoles podamos, que ahí el gobierno húngaro no tiene nada que decir. Mientras, avanzaremos el trabajo de los Schutz-Passes , que expediremos pero no entregaremos a nadie hasta que el gauleiter dé su permiso, ¿lo comprende?

—Pues claro que lo comprendo, don Ángel…

Trabajaban día y noche, sin mirar el reloj más que para no acudir con demora a las citas, reconocían las horas por el color del cielo al otro lado de la ventana.

Con el ajetreo, Sanz Briz se saltaba el toque de queda a la torera, consciente de que el vehículo de la embajada y su propia documentación conformaban el escudo más poderoso.

Cuando el descaro resultaba mayúsculo, incluso para él, pernoctaba en la misma legación en la que se refugiaban también los Farkas, los Tournée y algunos de los sefardíes a los que protegían, quienes pagaban su generosidad ayudando a tramitar las solicitudes de sus compatriotas.

Un atrevimiento más, ¿qué importaba en la inmensidad de la guerra, en la retahíla de normas que ya se había saltado o que había interpretado según su propio parecer?

Cuando, a finales de octubre, le llegó un telegrama urgente en el que el ministro de Asuntos Exteriores Lequerica le ordenaba salvar a cuantos judíos pudiese en Budapest, tras tantos meses ignorando los despachos en los que él mismo le pedía autorización para hacerlo, a Sanz Briz casi le entraron las ganas de reír.

Con todos los sefardíes de Budapest habían hablado ya; habían buscado hasta debajo de las piedras y aceptado como prueba de sangre cualquier lazo, por tenue que fuera, que uniese a aquellos infelices con España.

¡Y le daba el permiso en ese momento! Cuando se habían paralizado las deportaciones porque ya no hacían falta, ya que las propias milicias de la Cruz Flechada sacaban a los hebreos de sus casas y les asestaban un tiro por la espalda alegando una suerte de ley de fugas, cuando Szálasi se había hecho con el poder, cuando las personas por las que debía velar morían en el gueto de hambre y enfermedades que se podían prevenir, ¡justo en ese momento le daba permiso!

El representante de Washington solicita, en nombre de un delegado del World Jewish Congress, que extendamos nuestra protección al mayor número posible de judíos perseguidos.

Por favor, infórmeme de cómo podemos atender esta petición con la máxima benevolencia y humanidad, esforzándonos por encontrar soluciones prácticas para que esta legación sea lo más eficaz posible y se encargue, en primer lugar, de los sefardíes con nacionalidad española; en segundo lugar, de los de origen español y, por último, del mayor número posible de otros israelitas.

Lequerica, que en Francia no había ocultado su antisemitismo, sino que se había regodeado en él, no actuaba iluminado por un arranque repentino de humanidad, sino por pragmatismo.

Porque él, como Franco, sabía lo que solo los fanáticos de la Cruz Flechada se obligaban a ignorar: Alemania había perdido la guerra, no había vuelta de hoja, y, cuando se firmase la paz, aquel que no tuviese un asiento en la mesa de los aliados o se moriría de inanición o lo estrangularían hasta desaparecer.

A finales de 1944, el caudillo era muchas cosas, estratega la primera.

Había comprendido, como Horthy, la máxima de Bismarck: «No sacrificarse en el altar de una alianza».

Al contrario que el regente, ni su país aportaba ya utilidad geográfica alguna ni él iba a caer en la trampa noble de anunciar sus intenciones al Reich.

Cada paso se daría entre bambalinas, con la mayor sutileza, porque de la Guerra Civil había aprendido algo: tan importante como conseguir la victoria es administrar después la paz.

Sanz Briz era consciente de todo aquello.

Tras el enfado inicial, que consumió con el cigarrillo y la taza de café (café café, aún les quedaba), respondió al comunicado como habría hecho con cualquier otro.

Porque en su profesión era indispensable saber aguantar el tipo, sí, pero ante todo porque también entendía que, para salvar una vida, en ocasiones no eran necesarias ni la simpatía ni la misericordia.

El resultado sería el mismo y, en la marea de los años, ¿a quién iba a importarle?

A Lequerica, por tanto, le dio una lista de las solicitudes de sefardíes recibidas, dejando entender que procedía a aprobarlas y tramitarlas como si los pasaportes no llevasen ya semanas en manos de sus dueños.

Le recordó su reunión con el gauleiter , al que le presentaría un plan inspirado en los esfuerzos de salvación de monsignore Rotta y del embajador de Suiza, Carl Lutz: la preparación de Schutz-Passes que dotasen a quienes los portasen de inmunidad diplomática, aunque no de nacionalidad, y que permitiesen proteger a todos los miembros de una familia con un solo documento.

De esa manera, explicó, el número de personas amparadas crecería de manera exponencial.