El silencio de los justos Capítulo XIV
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Capítulo XIV

XIV

El teléfono del piso de la plaza Szabadság sonaba a todas horas. Jenő Nagy a Ádám Farkas, János Kiss a Ádám Farkas. Pál Széchenyi y János Messik estaban organizando una merienda en el apartamento del primero y querían invitarlo.

—Una reunión de caballeros, por supuesto.

—Faltaría más.

Para evitar discusiones, se evadió durante uno de los turnos de Erika en el hospital de la Cruz Roja, porque ella podía hacer muchas cosas, pero quedarse mano sobre mano no.

Su determinación la había empujado a abandonar el centro militar en el que se había formado y que le había servido de tapadera durante tantos meses, pero había bastado una sola semana en casa para arrojarla de lleno a un nuevo cometido.

Ádám casi agradecía aquella nueva actividad; en el hospital, en el que los judíos y los proletarios se hacinaban noche tras noche, había tanto por hacer que a su hermana no le quedaba tiempo ni de sospechar de sus reuniones.

Poseía menos recursos para luchar contra la mirada de la señora Rozenfeld, que tanto se parecía a la de Jonatán. A ella se limitaba a sonreírle y pedirle que confiase en él, que sabía lo que se hacía y que, de todas maneras, dónde iba a estar él más seguro que al lado de viejos compañeros de armas.

En la residencia de Pál Széchenyi, no muy lejos de la suya, el gran dios al que rezaban era la radio a pilas, marca Crown, que el aristócrata se había traído directamente de un viaje a Inglaterra.

Sintonizaban a todas horas Radio Kossuth y la emisión húngara de Radio Moscú; la BBC solo cuando, en un arranque de sobriedad, no querían abandonarse del todo al optimismo.

La importancia de cada reunión se adivinaba enseguida al conocer la lista de asistentes.

Si Iván Boldizsár (siempre clandestino, siempre disfrazado, siempre mirando a un lado y a otro como si temiese una delación) estaba sentado a la mesa, se trataba de una velada de importancia máxima.

Por ningún otro motivo se atrevería el resto de los camaradas a hacerlo llamar, a sacarlo del escondite en el que contaba los días para la paz, para la victoria roja, para volver a pasear por las calles de Budapest de la mano de su esposa y de su hijo sin temer por su vida.

Y Ádám siempre lo abrazaba como la primera vez, con ahínco, hasta contarle todas las costillas y todas las vértebras, como se demuestran el cariño y el respeto aquellos que miraron la muerte juntos y no se pusieron de rodillas.

—¡Pero qué flaco te veo, Iván, amigo mío!

El compañero le dio dos sonoras palmadas en la espalda mientras los demás, que ya habían cerrado puertas y ventanas, desplegaban un mapa de la ciudad sobre la mesa.

—Anda que tú, condesito…, quién te ha visto y quién te ve, que como adelgaces más te vas a quedar como el papel de fumar.

—Es que últimamente tengo una indigestión…, la misma que sufrimos todos, me imagino, que es peor que un cáncer terminal.

—Tan malo no va a ser, si se trata a tiempo —terció Vilmos Tartsay, el viejo húsar, que ya se inclinaba ante aquella representación a pequeña escala de la capital—.

Para eso mismo os hemos convocado, para arrancar de raíz el tumor que ha enfermado a nuestro país y que, por desatenderlo, ha creado una metástasis ponzoñosa.

Atragantados por la emoción, atropellándose unos a otros, expusieron la naturaleza de aquella asamblea, el verdadero quid de la cuestión: había llegado el momento de pasar de la resistencia intelectual a la verdadera lucha armada.

Los soviéticos estaban a menos de ciento cincuenta kilómetros de las fronteras administrativas de Budapest; cuando sitiasen la ciudad, que lo harían, se hallarían en un estado de clara desventaja, como les había ocurrido a sus enemigos en Leningrado: no conocían los entresijos de la disposición urbana tan bien como los defensores.

Las milicias de la Cruz Flechada eran conscientes de cada punto estratégico, de cada escondite; en aquellos momentos, sin duda, se estaban preparando para un combate urbano que no beneficiaría al Ejército Rojo.

—Nuestro objetivo es derrocar a la Cruz Flechada y limpiar el país de alemanes de una vez —explicó Messik.

El rostro juvenil, casi de duendecillo, se iluminaba con cada sonido que pronunciaba—.

Para eso, la colaboración con el Ejército Soviético es crucial; de ellos dependerá una victoria que, como aquí Boldizsár y el conde pueden atestiguar, han ido ganando metro a metro.

Nuestro deber es auxiliarlos mediante un alzamiento en armas, un esfuerzo conjunto de unidades militares insurgentes y grupos de obreros armados.

El grueso coronel Jenő Nagy, el más viejo de los asistentes, se levantó para colocarse junto a Messik.

De papada pronunciada, ojos hundidos y calva incipiente, daba más la impresión de ser un virtuoso de la ópera que un militar de su categoría; solo la postura, rectísima, y la bravura con la que observaba el mapa revelaban su pasado castrense.

—Tenemos experiencia, contactos y acceso a las armas. El tiempo es lo que se nos agota, pero si nos organizamos bien podemos formar un nuevo ejército con soldados insurgentes, partisanos y grupos obreros. Continuaremos la lucha contra los alemanes al lado de la Unión Soviética.

—Que quizá tenga a algunos húngaros entre sus filas —siseó Ádám.

—¿Prisioneros de guerra? —inquirió Boldizsár—. Durante el repliegue hubo muchos desertores, pero, entre nosotros, no creo que debamos guardar esperanzas de que hayan recibido un tratamiento ejemplar y mucho menos que les hayan permitido integrarse a las filas del Ejército Rojo.

—Sí, y no se lo reprocho. Nosotros tampoco nos habríamos fiado de un bolche que quisiese cambiar de bando.

No pensaba en ellos, sino en los batallones disciplinarios.

Judíos, opositores políticos…, sé que muchos, hartos de sufrir torturas a manos de sus sargentos, se aventuraron a desertar y entregarse a los rojos.

—Torció el gesto—. Los judíos tienen un idioma en común y algunos de los políticos, por su militancia o por haber sido brigadistas en España, chapurreaban el ruso. Eso tiene que contar.

Los compañeros intercambiaron una mirada.

Vilmos Tartsay, de semblante afable, rostro alargado y bigote oscuro y frondoso, accedió a darle la razón.

Lo primordial, de momento, era movilizarse y conseguir todos los apoyos posibles.

Con una tiza, el anfitrión dividió el mapa de la ciudad en cuatro partes, una anatomía casi perfecta que debían repartirse.

Reclutarían a sus contactos de izquierda, a los conocidos que hubiesen expresado sentimientos antigermanos, a los viejos camaradas que hubiesen colgado los uniformes ante el viraje del país o que hubiesen regresado del frente odiando más a los alemanes, que los habían arrastrado a la guerra, que a los soviéticos contra los que combatían.

Barajaron el nombre de Endre Bajcsy-Zsilinszky, fundador del Partido Nacional Radical y editor del antiguo diario antinazi Szabad Szó .

Por su ideología, que lo había llevado a organizar la protesta antigermana del 15 de marzo, lo habían arrestado tras la ocupación y, según se rumoreaba, no pensaba desaprovechar su recién adquirida libertad.

—¿Todavía estás en contacto con alguien del grupo de los martes en casa de tu prima Klára? —le preguntó Pál Széchenyi a Ádám.

—Casi nadie excepto tú y mi hermana, a la que prefiero no implicar en nada, pero todavía tengo algunos amigos que volvieron del Don con el mismo hartazgo que yo. Messik y tú habréis hecho contactos en el cuartel…

—Por los medios habituales: comentarios un poco subidos de tono y a ver quién pica el anzuelo. ¿Iván…?

—Estoy en contacto con algunos de los líderes sindicales que organizaron huelgas durante el verano. Puedo tantear el terreno.

Comunistas, socialistas, socialdemócratas o legitimistas, la ideología no importaba ante la magnitud de la operación que comenzaban a visualizar.

Una Hungría suya, libre, del pueblo y para el pueblo; una Hungría que olvidase el yugo fascista, que renaciese de aquellas cenizas yermas.

Vigilarían fábricas, vías férreas y zonas que pudieran bloquearse de ser necesario, cada uno en su zona asignada.

En la euforia del plan compartido, entre los chinchín del vino Tokaj que Széchenyi había descorchado, casi podían saborear aquella victoria imposible, aquel triunfo con el que habían soñado sin llegar a creérselo.