Capítulo XIII
XIII
Ángel Sanz Briz,
encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Lequerica
Al mismo tiempo, se ha publicado un documento en el que el regente anunciaba su dimisión, renunciando a su cargo y a todos sus derechos, y encomendando a Szálasi la tarea de formar gobierno.
Tengo la impresión de que esta declaración de Horthy es falsa o, en todo caso, ha sido obtenida bajo coacción o presión.
Se ha formado el gobierno con tres miembros del anterior, y el resto de los cargos han sido ocupados por militantes de la Cruz Flechada.
El nuevo ministro de Religión y Educación, Ferenc Rajniss, ha sido el primero en pronunciarse: «Es deber fundamental de la nación apoyar al gobierno y luchar, junto a sus aliados, en una guerra total.
El Reich garantizará que Hungría pueda continuar la guerra».
Luego, el gobierno se ha dirigido a la nación con la siguiente proclama: «El estado de emergencia en que se encuentra la nación húngara, la triste situación de la clase trabajadora, la imposibilidad de resolver los problemas sociales y la incapacidad de los anteriores líderes del país para luchar de manera eficaz por la victoria han hecho necesarios los cambios que ahora se han producido.
Hemos decidido movilizar totalmente las fuerzas de la nación, eliminar de raíz el antiguo sistema y establecer un orden político, social y económico nacionalsocialista húngaro».
Su base en política interna son los principios del movimiento hungarista: solidaridad nacional y justicia social.
En política exterior, se posiciona a favor del Acuerdo Tripartito.
En el mencionado plan, se añade que su deber más importante es implicar al país en la guerra total y hacer todo lo posible en los ámbitos político, económico y social para lograr la victoria del bando tripartito.
El ministro de Justicia será responsable de emitir leyes y reglamentos apropiados en las circunstancias actuales, además de resolver la cuestión judía.
El ministro sin cartera para la Economía Nacional se encargará de poner a los campesinos, obreros, mujeres, jóvenes e intelectuales al servicio de la guerra.
Estos son, a grandes rasgos, los nuevos principios en los que el gobierno de Szálasi fundamenta su existencia.
Sanz Briz tomó aire tras redactar ese despacho, uno de los más urgentes de cuantos había escrito en toda su carrera diplomática.
Sin releerlo, lo dejó sobre la mesa para que la canciller lo enviase a su regreso.
Tras la breve felicidad del día anterior, aquella mujer resuelta, valiente en su serenidad, no había permitido que le temblasen las rodillas ante la amenaza que el golpe de estado suponía para su pueblo.
Antes incluso de que Ángel pudiese dar órdenes al respecto, se ofreció voluntaria a trasladar los archivos de la legación a Viena, según las instrucciones de Madrid, en previsión de lo que pudiese pasar con la Cruz Flechada en el poder.
—A mí, que soy mujer y francesa, no creo que me molesten en la frontera, sobre todo si voy en el coche diplomático y llevo encima los documentos de protección que me expidió, don Ángel —había explicado, y solo su voz, al romperse, permitía adivinar el temor que la devoraba—.
Si me piden los papeles y presento mi pasaporte francés, es posible que ni siquiera se den cuenta de que soy judía.
La estrella amarilla que llevaba al pecho no dejaba dudas al respecto.
Si quería llegar a Austria sin contratiempos, aun con la inmunidad diplomática española, le convenía ignorar las leyes y quitársela.
¿Qué otra opción tenían? Sanz Briz era la única representación diplomática en el país, ¿cómo iba a abandonarlo, aunque fuese por una noche, en aquel momento de caos?
El resto de los empleados, tan judíos como ella, habrían corrido un riesgo mayor; siendo varones, pendía aún sobre ellos la amenaza de los transportes y de los trabajos forzados.
—Muy bien —accedió Sanz Briz, tras una pausa sombría—, pero llévese consigo las instrucciones que hemos recibido del ministro Lequerica y un documento, firmado por mí mismo, que le prepararé enseguida.
Mientras lo disponía todo y la canciller tomaba las cajas de papeleo que debían salvaguardar, recibieron un telegrama de España.
Las palabras, alejadas por completo de la situación política que embarraba lo demás, se enquistaron en el corazón de Sanz Briz.
Mientras los tanques tomaban Budapest, en Madrid Adela daba a luz a una niña a la que quería bautizar con el nombre de Paloma.
Paloma, que traía la paz que su padre no cataría.
Paloma, luna de su firmamento, faro de sus días, un rostro que aún no conocía y una piel que permanecería hambrienta de las caricias del progenitor.
Si estuviese en su mano, atravesaría todas las fronteras y sus frentes solo para besarla y decirle que era suya, que la quería aunque no pudiese acunarla ni dormirla entre sus brazos.
Al día siguiente, mientras aguardaba a madame Tournée y observaba los cambios que se sucedían en la calle, aún pensaba en ella. Al no haber recibido fotografía alguna, se la imaginaba como Adelita al nacer, pequeña y delicada.
—Don Ángel, el señor Komoly ha venido y le gustaría hablar con usted. ¿Le hago pasar?
Desde el umbral, el rostro del abogado Farkas, cuyo aspecto daba testimonio de las horas de sueño robado, lo arrancó de cuajo de sus turbaciones. Asintió.
—No dispongo de mucho tiempo, pero sí, por favor. Con la que está cayendo, no quisiera mandarlo a casa con las manos vacías.
El representante del Consejo Judío no había cambiado mucho desde la última vez que Sanz Briz lo había tenido frente a él allí mismo.
Su enjuto cuerpo se veía más delgado, quizá; el otoño y las preocupaciones robaban el color a la tez antaño bronceada, y en torno a sus ojos oscuros se evidenciaban unas arrugas que ya todos exhibían.
Al tomar asiento, su disposición fue firme, decidida, la de un hombre que se asoma al borde de un barranco sin tener ya fuerzas ni para el temor.
—Muchas gracias por recibirme en el que promete ser un día muy intenso, don Ángel.
—No podía dejar de hacerlo, señor Komoly. Lamento no poder dedicarle mucho tiempo; en cosa de media hora tengo que partir. Me he citado con monsignore Rotta en la nunciatura y no me gustaría llegar tarde. Me imagino que sus motivos para visitarme no son otros que los sucesos del día de ayer.
El hombre movió la cabeza de manera afirmativa. Las manos, que no lograba mantener inertes sobre las rodillas, traicionaban los nervios que iban ganando terreno temblor a temblor.
—De eso mismo, sí. Como se imaginará, el nuevo gobierno supone para mi comunidad una amenaza tan grande como las deportaciones.
Los que más y los que menos hemos sido víctimas o testigos de los crímenes de carácter antisemita de miembros individuales de la Cruz Flechada.
Que ostenten ahora el poder…, tememos las redadas que sus milicias puedan organizar, sobre todo cuando tanto nuestras residencias como nosotros mismos estamos marcados y pueden encontrarnos fácilmente.
—Han llegado a mis oídos también noticias de esos ataques y comparto su temor de que a partir de este momento puedan convertirse en la orden del día.
Como le he dicho, esta misma tarde me reuniré con el nuncio; desde hace un par de meses, la situación inhumana por la que está pasando su pueblo es un tema recurrente en nuestras conversaciones.
Mientras hablaba, sacó del primer cajón del escritorio el pasaporte que le habían extendido a un sefardí que, por la arbitrariedad más cruel, no había tenido ocasión de recogerlo antes de ser deportado.
Con el cuidado y el mimo que un coleccionista de volúmenes antiguos desplegaría al mostrarle a un colega de profesión su bien más preciado, lo puso sobre la mesa, abierto.
—Este documento otorga la protección de España, un país cuyo reconocimiento desea el nuevo gobierno.
A la luz de los nuevos avances, y del riesgo real al que se enfrenta su comunidad, me gustaría proveer al mayor número posible de personas de papeles como este.
Sé que usted, a través de la Cruz Roja Internacional, está en contacto con el representante de la embajada de Suiza…
Komoly apenas levantó la vista. Con el índice, extendido, recorría el contorno de aquel documento, tan pequeño que podía esconderse entre dos manos cerradas, pero capaz de salvar una vida.
—El señor Carl Lutz, sí…, toda la comunidad judía de Budapest le está muy agradecida. Sus esfuerzos por velar por nosotros…, bueno, me figuro que usted está al corriente.
—Lo estoy —le aseguró Sanz Briz—, tanto que me gustaría replicar el trabajo tan importante que está llevando a cabo.
—Eso lo honra, pero mucho me temo que los sefardíes de Budapest… o ya no existen o ya se han beneficiado de pasaportes como el que tengo entre las manos.
Ángel afiló los labios. Al verbalizarla, aquella idea que llevaba tomando forma en su cabeza adoptaba las proporciones de un gólem que lo engullía todo a su paso y no se saciaba, pues su hambre era antiquísima.
Ya consentía que Farkas, a espaldas de Madrid, se refugiase en el interior de la embajada.
¿Qué importancia tenía entonces otro engaño más, otro pedir perdón antes que permiso, cuando eran miles las vidas las que se agolpaban contra el paredón?
—Tiene usted razón en que un pasaporte, que identifica a quien lo porte como español, yo solo podría extendérselo a un sefardí —tanteó—.
Siguiendo los pasos de mi compañero Lutz, sin embargo, me gustaría extender un Schutz-Pass , un documento que lleve mi firma y el sello de esta legación, y que garantice inmunidad diplomática.
Confío en usted para hacer correr la voz.
Exceptuando a mis propios empleados, no tengo apenas contactos en la comunidad judía de la capital.
Haga un llamamiento general, que se presente quien lo necesite con su identificación y con su libro de familia; si tienen algo que los ligue con España, mejor, si no…
—Inspiró—. Esa será una batalla que tengamos que librar más tarde.
Lo importante ahora es salvar vidas humanas.