El silencio de los justos Capítulo XII #2
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Capítulo XII #2

—Han liberado al capitán de la treinta y dos —le indicó un guardia al otro.

Los prisioneros, derrotados y avasallados, regresaron a sus literas.

Porque el capitán de la treinta y dos era uno de los hombres que habían llevado aquella misma tarde, un fascista al que habían arrestado en plena calle tras anunciarse el armisticio.

Aquella era la confirmación: los tanques no pertenecían al Ejército Rojo, sino a los alemanes o al partido nazi húngaro, la Cruz Flechada.

Nadie iría a por ellos excepto para llevarlos a rastras al interrogatorio.

Estaban solos, acuchillados por su propia esperanza.

Asomada a las ventanas de Villa Batthyány, Erika veía los tanques desfilar en dirección al barrio del castillo por segunda vez aquel año.

Bajo el firmamento azul cobalto, las milicias de la Cruz Flechada que avanzaban, orgullosas, junto a los Tiger II, parecían espectros de un futuro que se les echaba encima y contra el que, por miedo o terquedad, no habían hecho nada.

—Sal de la ventana, bonita —le pidió su madre.

No obedeció. Con la frente apoyada en el cristal, observaba aquella procesión que no tenía fin, que humillaba a cada paso.

Habían firmado una alianza con el Eje y sacrificado a sus jóvenes en su guerra; se habían dejado ocupar sin tomar las armas y aquella era la recompensa: su gobierno estaba siendo derrocado y reemplazado por fanáticos de la peor categoría.

—Viejo irresponsable —musitó—. Esto es lo que ha conseguido Horthy con su galantería. Anunció a los ocupantes su plan de armisticio y ahora…

No continuó. Las manos de su hermano, gélidas, la abrazaron por detrás y la apartaron de la ventana. Con un movimiento preciso, y mientras Ádám la sentaba en el sofá, el padre corrió las cortinas de terciopelo esmeralda.

—Mañana mismo dejo el hospital —insistía ella. Su voz sonaba hueca, como si proviniese del interior de una piscina muy profunda—. Tarde o temprano vendrán los rusos y antes me cortaría una mano que salvar la vida a uno de estos traidores.

—Me parece apropiado —dijo Ádám mientras le colocaba una copa de coñac entre los dedos.

La muchacha frunció el cejo.

—¿Acaso tenemos algo que celebrar?

—Nada que celebrar y mucho por lo que emborracharnos. Nadie debería observar la caída de su propia civilización sobrio. Yo, desde luego, no te lo voy a permitir.

Tras los bombardeos de septiembre, él mismo había accedido, tras un gran esfuerzo por parte de su madre, a regresar a Buda hasta que la situación se calmase.

En ese momento le parecía una broma cruel del destino; de creer en un dios, este lo habría colocado justo allí, en primera fila, para ser testigo privilegiado de la última estocada a su país.

Conocía muy bien la Cruz Flechada. En el frente, sus miembros se ofrecían voluntarios a custodiar a los judíos y los opositores políticos del batallón disciplinario; eran ellos los torturadores, los maniacos que no ahogaban la ingratitud de su propia patria en el Unicum [40] como todos los demás, sino en la constante vejación y anulación del otro.

Les habían abierto la puerta de par en par.

¿Qué había hecho él para detener aquel desenlace obvio?

Sus victorias con los jalutzim se agriaban, pírricas, en el paladar; el grupito de resistencia que le ocultaban a Erika no había abandonado aún el territorio de lo ideológico y lo intelectual.

Estaba cosechando los frutos que con su inactividad había plantado y ningún tipo de estupor se lo haría olvidar.

—Mañana iré a visitar a la señora Rozenfeld —dijo, en cuanto el matrimonio abandonó la sala—.

Los Cruces Flechadas no solo son fanáticos, son unos antisemitas redomados y no quiero ni imaginar de lo que son capaces ahora que tienen el poder en las manos.

Si se enteran de que es judía… —Chascó la lengua—.

Si vuelvo al piso de la plaza Szabadság, podría hacerla pasar por un miembro del servicio.

—Madre no lo va a entender, cree que no estás lo suficientemente sano para vivir tú solo en Pest. —Bebió la copa de un trago.

Antes de que pudiese posarla sobre la mesa, su hermano ya le estaba sirviendo otra—.

Deja que vaya contigo. Así también tengo una excusa para abandonar el hospital, puedo decir que me quedo a cuidar de ti.

Ádám le sonrió.

—Es un trabajo a tiempo completo, ¿eh? Muy bien, como quieras. De todos modos, ante el avance soviético todos estaremos más seguros en Pest.

—¿Por qué?

—El terreno. Pest es plano, y Buda, una sucesión de colinas escarpadas.

Si asedian la ciudad, lo más probable es que revienten los puentes para cortar la comunicación de un lado con otro.

En Buda, debido a su orografía, la ofensiva se alargará.

Si no me equivoco, este será el último bastión de resistencia de la capital.

Dio un sorbo. En sus labios, el alcohol tenía ecos amargos de los que no lograba deshacerse.

La plaza Szabadság era el último lugar en el que había visto a Jonatán y quería creerse la nota que había quemado tras leerla, pero en noches como aquella se le atenazaban los músculos a causa de la incertidumbre.