El silencio de los justos Capítulo XII
64%

Capítulo XII

XII

Resulta hoy obvio para cualquier persona sensata que el Reich ha perdido la guerra. Todos los gobiernos responsables del destino de sus países deben tomar, pues, las decisiones apropiadas. En palabras del propio Bismarck: «Ninguna nación debería sacrificarse en el altar de una alianza».

He decidido salvaguardar el honor de Hungría incluso ante su antiguo aliado, un aliado que, en lugar de proveerla del auxilio militar prometido, le robó su gran tesoro: su libertad y su independencia.

He informado a un representante del Reich de nuestra resolución de firmar el armisticio con nuestros viejos enemigos.

La alegría ante aquel broche esperanzador, precioso, tras la tensión acumulada durante la semana anterior, se extendió por la legación como una gota de tinta sobre un folio en blanco.

Aquella desazón era el motivo por el cual se encontraban en sus puestos de trabajo aquel día dedicado al Señor.

Los rumores constantes que se hacían eco de esa posibilidad desde principios de mes, de los que Sanz Briz había informado a Madrid, habían cristalizado en una lluvia de panfletos pronazis que habían enardecido a una población hambrienta, cansada y asustada.

El comunicado radiofónico, aunque le parecía improbable, no logró imbuir a Ángel de una cautela a la que quizá, bajo otras circunstancias, se habría abandonado.

Dejó a un lado el plato que la canciller le había llevado al despacho un cuarto de hora antes, que apenas había picoteado, y salió a unos pasillos que ya se habían empapado de las promesas que la voz del regente transmitía.

—¡Que es cierto! —repetía madame Tournée, en un raro arranque de fogosidad—. ¡Que se va a firmar la paz!

—Eso parece —rio Sanz Briz mientras se volvía hacia Gaston—. ¿Por qué no baja al almacén y trae una botella de vino? Ahora brindaremos por el fin de la contienda.

«Ahora» como espada y como herida. Bajo las capas y capas de felicidad, del alivio que le producía el fin de los bombardeos y de la persecución a los judíos, reptaba una constancia a la que ni siquiera aquel júbilo podía hacer frente: los aliados con los que se pactaría la paz eran también los soviéticos, sus enemigos, que ni olvidaban ni perdonaban.

En la cárcel de la calle Margit, por una vez, los guardias no arrancaron a Jonatán y a sus compañeros de celda del sopor de la tarde con gritos y amenazas, sino con el puño levantado de los que, hasta entonces, habían sido sus oponentes ideológicos.

—¡Libertad, camaradas! —saludaron—. ¡Horthy ha declarado el armisticio!

Recorrieron el pasillo coreando idéntica consigna.

Por lo chaplinesco, en otras circunstancias, a Jonatán, aún dolorido de las palizas del día anterior, la escena le habría causado cierta diversión.

Sus captores, que llevaban un mes torturándolo para obtener información, sumergiéndole la cabeza en cubos de agua fría hasta el borde del desmayo, insultándolo y amenazándolo en todas las lenguas que conocían, en ese momento celebraban el armisticio con los bolcheviques.

A su paso, un hurra colectivo, clamoroso, se atragantó en las gargantas de aquellos hombres rechazados que aguardaban la muerte en los peores momentos y la conmutación de sus penas en los mejores.

—¡Que antes de que anochezca nos vamos a casa, inglés!

—bramó uno de sus compañeros, un socialdemócrata no mucho mayor que él, con el que, por su clase y edad, podría haberse codeado en otra vida—.

Bueno, tú a la mía hasta que puedas volverte a tu país, cabronazo.

Ya verás, a los baños Gellért vamos a ir tú y yo hoy, a quitarnos la mugre de la cárcel, y después a cenar al Gundel o, qué coño, al Ritz, a ponernos las botas.

—¡Pero qué dices, Marcell!

—Que sí, inglés, que sí. Que vamos a ponernos morados de pollo asado, panecillos blancos, café, vino… ¡Bueno, un sangre de toro de Eger que vas a salir de ahí cantando el «Himnusz», no el «God Save the King»!

—Y habanos y champán, ¿no?

—¡Hombre, pues claro! Que te voy a enseñar yo a ti a comer bien, para que te olvides de esta bazofia con la que nos están matando de hambre.

Crédulos o no, los presos se aferraban a la felicidad de aquellos planes, de aquellos sueños con los que llevaban fantaseando meses y que hasta entonces no se habían atrevido a creer.

Las bellísimas mujeres de Budapest, cuyos tacones ya casi podían oír; las madres que los abrazarían, las esposas a las que tomarían; los platos hogareños cuyo recuerdo amordazaba el hambre y tan solo con la expectativa ya salivaban.

La libertad, en definitiva, la libertad con todas las letras, que tanto habían añorado y que al fin les entregaban en bandeja.

A los pocos que, sombríos, no se dejaban llevar por las celebraciones les hacían reproches.

—¿Qué pasa? ¿Que estáis tan amargados que solo creéis en las fugas? ¿Es humillaros, para vosotros, aceptar la libertad?

—Caballeros, conténganse —les pedía el sargento al cargo, los ojos también humedecidos por la emoción—. La orden de liberarlos llegará de un momento a otro. Tengan paciencia y no abandonen sus celdas.

La solicitud pronto adoptó un segundo significado: se quería evitar, a toda costa, mezclar a los presos antiguos, los aristócratas y los pocos opositores de izquierda que aún quedaban en pie, con los nuevos, los fascistas a los que se había empezado a dar caza.

Marcell, el veterano, que llevaba desde marzo contando los días y las noches, se tiró al cuello de Jonatán para contemplar aquella procesión macabra, patética, que se desplegaba ante sus ojos.

—¿Lo ves o no lo ves, inglés? ¡Que al fin ha llegado el momento del que tanto hablabas! ¡Que esos hijos de puta van a ser los que estén aquí, en lugar de nosotros!

Y a Jonatán, que se había obligado a no tener esperanza hasta saborear las primeras gotas de champán, no le quedó otro remedio que apoyar la frente en el hombro de Marcell para contener un llanto que se negaba a exteriorizar.

No pensaba en el agua cálida de las termas ni en las crêpes del Gundel, que no probaba desde antes de la guerra, sino en los padres de Dinah.

Iría a buscarlos enseguida, si seguían con vida y en Budapest, y les contaría todo sobre su hija, sobre su misión, sobre su amistad, sobre cómo la había salvado en más de una ocasión, todo.

Después se reuniría con su propia madre, le pediría perdón de rodillas, la abrazaría aun sabiendo que esa dulzura no sanaría los años de separación ni la ausencia de Sándor.

Regresaría a casa de Ádám… ¿Podría reconocerlo, siquiera, en aquella carne machacada y amoratada, con la nariz y el pómulo derecho rotos como los tenía?

Los minutos se convirtieron en horas. El cielo, recortado en la ventana de la celda, pasó del azul a un rosa avioletado, como si él mismo hubiese sido víctima de un golpe a traición.

Después, la oscuridad. Anochecía sin que hubiesen catado aún el pollo asado, los panecillos blancos ni el buen vino de Eger.

El guardia les entregó la cena (la de siempre, más que escasa, que en lugar de engañar al hambre lo animaba) sin pronunciar palabra. Por mucho que ellos golpeasen las puertas y los barrotes, nada cambiaba. Sumidos en un silencio incierto, cada vez más espeso, no les daban otra opción que esperar.

—Total, el Gundel está siempre de bote en bote…

—musitaba Marcell mientras masticaba el mendrugo que debían compartir—.

Y el Ritz, de tanto servir a los alemanes, ya no sabrá ni lo que es la comida de verdad.

Tú no te preocupes, inglés, que mañana sí que volvemos a casa, tú a la mía, y mi mujer nos va a preparar un goulash …

¡Madre mía, qué goulash ! Para chuparse los dedos va a estar. Y después…

Continuó hablando, con cada vez menos excitación, hasta que su voz enmudeció entre el sorber de la sopa, los pasos de los captores y el ulular del viento en la calle que, una jornada más, no pisarían.

En la noche fatal, los prisioneros se despertaron, uno por uno, con una comparsa de ruidos sospechosos: explosiones, disparos, metralletas que rugían cada vez más cerca.

Jonatán se levantó del catre como un resorte.

Nadie hablaba, no se atrevían. Todos contenían la respiración en busca de un indicio, por pequeño que fuese, que les permitiese comprender qué ocurría.

Como un embrujo, les llegaron retazos de las conversaciones de los guardias con sus reemplazos, palabras aisladas que, más que apaciguarlos, alimentaban su pánico: «Han tomado los puentes…».

—¿Pero quiénes? —siseó Marcell—. ¿Los alemanes, los húngaros, los rusos…?

Jonatán le chistó, atento a la sinfonía de sonidos infernales.

Un motor zumbaba en el patio. En los pasillos, negros a causa de la penumbra, reverberaban las suelas de unas botas que apuraban el ritmo.

Con un chirrido, la puerta de una celda se abrió.

Una cascada de frases fragmentadas, incomprensibles, que bien podrían pertenecer al arameo, al griego antiguo o a alguna lengua perdida en la inmensidad de la historia.

¿Habían comenzado a liberar a los presos? ¿Llegaría ya su turno?

Más disparos. Antes de que Jonatán pudiese identificar el tipo de arma al que pertenecían, otro ruido se alzó sobre todos los demás: el redoble de los tanques sobre la calzada. Una jauría.

—¿Habrán llegado ya los rusos? —se aventuró a susurrar el tercer compañero, un viejo profesor de Filosofía que llevaba en la prisión de la calle Margit desde agosto.

Nadie le respondió de inmediato. Los tanques tomaban la ciudad sin que los recibiera ataque alguno; el resto de los sonidos de guerra habían muerto con su presencia.

—Si fuesen rusos, los habrían atacado y ellos se habrían defendido… —susurró Jonatán.

El silencio les curvó la espalda. Aguardaron mientras roían las sobras de pan duro y la precariedad de una condena que no llegaba a su fin. En su agonía, les parecía que les habían aflojado la soga que llevaban al cuello solo para apretársela una vez más.