Capítulo XI
XI
Con cada ataque aéreo que amainaba, los mismos guardias que horas atrás corrían al refugio, dejando a los prisioneros en sus celdas, abrían la de Jonatán para llevarlo a interrogar.
Su libertad, tras abandonar el piso de Ádám, había durado exactamente lo mismo que la sesión matutina de cine.
La policía secreta húngara, que le mordía los talones desde el momento en el que pisó la plaza Szabadság, lo detuvo a la salida y le pidió su identificación.
La entregó. ¿Qué otra opción tenía? Eran más hombres que él; si sacaba el arma, en una calle abarrotada, pondría en peligro vidas inocentes.
Sabía que, si sospechaban de él, estaría más seguro como agente británico que como húngaro.
A un espía extranjero lo protegían los Convenios de Ginebra; a un compatriota lo juzgarían y colgarían por alta traición.
—¡Eres tú! —bramó el oficial, tras comparar su aspecto con el de la fotografía—. ¿Dónde está la barba? ¿Y las gafas?
Jonatán trató de alcanzar la cajetilla en la que guardaba el cianuro. Los otros dos policías, más ágiles que él, lo redujeron de un golpe a la mandíbula. Aprovechando la confusión, el primero lo esposó y le arrebató la píldora mortífera de las manos. Agitó la caja frente a él.
—¿Qué? ¿Querías fumarte uno rápido igual que tu amiguita quería pintarse los labios? —Otro puñetazo, este en el estómago—. ¡Pensabas que podías escapar, rata! ¡Pues tú no te mueres hasta que te lo diga yo! ¡Tú no te mueres hasta que nos lo cuentes todo!
Entre golpes y amenazas lo arrastraron al final de la avenida, donde ya los esperaban tres coches, y de un empujón lo metieron en uno de ellos.
Atravesaron la ciudad, más allá del río, hasta alcanzar un edificio de dos plantas.
Todavía no había pronunciado palabra, primero quería tener claro cuánto sabían de él.
Lo interrogaron durante horas. Cada vez que le hacían una pregunta, y él no contestaba, respondían con toda la violencia a su alcance. Había muchas maneras de provocar dolor a un hombre sin matarlo y ellos las conocían todas.
Nadie era inmune a la tortura, excepto por un pequeño detalle: existían tormentos mayores que el daño físico y temores contra los que la muerte carecía de poder.
Sus captores sabían que llevaba encima una cápsula de cianuro, el método con el que Dinah se había quitado de en medio antes de traicionar a un camarada.
De ello deducía que estaban al tanto de su conexión, de que había otro paracaidista suelto en Budapest, cuya descripción física habían obtenido.
Kasztner debía de haberlos denunciado. Sus crímenes, de momento, no salpicaban a Ádám y ese era el motivo por el que aguantaba los golpes y los insultos sin perder la compostura.
Tenía, de nuevo, la vida de su mejor amigo en las manos.
Según lo instruido, dio su identidad británica, el número de registro de su avión y detalles vagos de su misión (auxiliar a pilotos aliados derribados).
A cuentagotas, con los dientes apretados, para que los policías que lo interrogaban creyesen que le habían arrancado esa información a la fuerza.
Y en inglés, claro, porque su supervivencia dependía de ser el alférez James Redford de Maida Vale, en Londres.
—¡Y una mierda! ¡Sabemos que hablas húngaro! ¡Dinos tu nombre!
—James Redford de Maida Vale, en Londres, hijo de Nicholas y Martha Redford, Buchan de soltera. ¿Quieren también las identidades de mis abuelos?
Por su descaro, lo tumbaron al suelo de una patada. Para obligarlo a mirarlos, le tiraron del pelo, despeinado, rojo de nuevo por la sangre seca.
—¡Dinos tu nombre!
Sonrió, casi. En un húngaro espeso, deformado por el acento de sus instructores británicos en El Cairo, repuso:
—He tenido muchos nombres. ¿Cuál de ellos les interesa?
Otro golpe. Entre dos lo desnudaron y, al encontrar lo que buscaban, le hicieron levantar para que el resto pudiese contemplar las pruebas inequívocas de su crimen.
—¡Mirad lo que tenemos aquí! ¡Un puto judío!
Insistió, como muchos otros, en que lo que observaban era resultado de una fimosis en la adolescencia, que era católico de cuna y que lo podía demostrar.
Recitó el credo y el padrenuestro en latín, tal y como había aprendido en el internado.
También el avemaría. Su nombre, James, era la traducción inglesa de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, primero entre los apóstoles en recibir martirio. ¿Qué más querían saber?
Cantó el «God Save the King» sin balbucear y enumeró, sin problemas, a los miembros más importantes de la familia real.
¿El código de la radio? Imposible, ni aunque le arrancasen la piel a tiras o le hiciesen beber fuego lo obtendrían.
No lo sabía. La única persona con acceso a él se había suicidado antes de confesarlo.
No le creyeron. Ese era uno de los dos clavos que sujetaba su existencia, uno de los dos motivos por los que lo mantenían con vida dos semanas después.
Era un oficial británico y, por lo tanto, estaba amparado por el derecho internacional humanitario.
Más importante aún: tenía acceso privilegiado a la inteligencia aliada, y los muertos, como bien sabían, no hablaban.
De la celda lo sacaban para interrogarlo cuando y como les venía en gana.
A veces, lo tiraban de los tobillos en mitad de la noche para arrancarlo de las sábanas a la fuerza.
Otras, pasaban días antes de que se acordasen de él y lo torturasen de nuevo.
En ocasiones lo lastimaban hasta que perdía el conocimiento, que le obligaban a recobrar rociándolo con el agua gélida de la manguera antes de reanudar las preguntas.
Con menos frecuencia, lo conducían a un despacho común y corriente, le ofrecían cigarrillos y lo trataban como algo parecido a un ser humano.
—Salta a la vista que es usted un hombre bien educado —le decían, y con toda ternura le ayudaban a prender el tabaco—.
Comprenderá, entonces, que ha perdido la partida.
No tiene sentido que siga ocultándonos información, podemos hacer hablar hasta a una esfinge.
Sus esfuerzos solo pueden perjudicarlos a usted y a las personas a las que, tarde o temprano, implicará.
Denos los códigos de la radio y los nombres de sus contactos en Budapest de manera voluntaria o tendremos que sonsacárselos a la fuerza. Ya ve que tenemos tiempo.
—Yo también. Los soviéticos están a las puertas. Puedo esperar hasta que estén ustedes sentados en esta misma silla y entonces hablaré.
Por esas palabras lo devolvieron a la sala de interrogatorios, a la que regresaba sin lógica alguna en circunstancias normales y siempre que sucedía un ataque aéreo.
El castigo, entonces, era siempre el mismo: reparar con las manos desnudas cualquier destrozo que la aviación aliada hubiese podido causar a la cárcel.
Si un bombardeo diurno lo sorprendía, él, que no tenía derecho a utilizar el refugio, debía continuar con aquella tarea sisífica.
Los reproches de sus captores, dueños de su tiempo y de su existencia, eran los de siempre.
—¡Cabrón! ¡Tú diriges los aviones que nos atacan! ¡Por tu culpa, mi hija ha muerto!
Lo golpeaban por justicia de revancha, por una venganza que los embriagaba sin llegar a calmar su sed. Por distracción, incluso. Los motivos no importaban mientras lo mantuviesen, contra todo pronóstico, con vida.
En Csákánydoroszló, a un preso italiano llamado Giorgio Perlasca se le agotaban los meses extraños en los que había gozado, casi por sorpresa, de algo parecido a la calma.
Le faltaba la libertad, pero esa ausencia la había sabido llenar con la amabilidad de las gentes del campo, con la belleza de las mujeres, con la alegría sencilla de estar vivo un día más, de pertenecer aún al mundo.
Csákánydoroszló era una cárcel sin serlo.
En la villa, que conservaba la elegancia señorial de los tiempos de los Habsburgo, retenían sin necesidad de celdas ni barrotes a aquellos ciudadanos extranjeros cuya situación legal era ambigua, como la de él.
Giorgio Perlasca tenía papeles, o, mejor dicho, los tendría , y españoles, por un motivo muy sencillo: a la tercera habría de ir la vencida.
El primer intento se remontaba justo a después del armisticio entre Roma y los aliados el 8 de septiembre del año anterior.
En una división salomónica, el pueblo italiano se había partido en dos: aquellos que apoyaban al general Pietro Badoglio y los que, fieles a Mussolini, habían celebrado la formación de la fascista República de Saló.
En su juventud, a Perlasca los ideales del fascismo lo habían embaucado con sus promesas.
Por ellos había combatido en la invasión de Etiopía primero y, después, participado en la Guerra Civil española con el Corpo Truppe Volontarie.
Tras la alianza de su patria con Hitler y las leyes raciales implementadas en 1938, sin embargo, aquel fervor inicial se templó hasta mutar en un rechazo a Mussolini y al Reich que lo llevó a renegar también, en 1943, de la República de Saló.
A Giorgio Perlasca le perdía el ímpetu, pero de tonto no tenía un pelo.
Por haber traicionado a Mussolini, su vida en Budapest peligraba; por haberle sido fiel una vez, sin embargo, quizá podría cambiar el destino que le tenían reservado.
Con ese aplomo se dirigió a la legación de España y no desistió hasta encontrarse con el entonces encargado de negocios, don Miguel Ángel de Muguiro, a quien le exigió que le extendiese «un pasaporte español bajo una identidad falsa».
El veterano diplomático, regio, puntilloso, arqueó una ceja ante aquella petición tan poco ortodoxa, pero Perlasca no se amedrentó.
—Se lo pido porque temo por mi vida, don Miguel Ángel —explicó—.
Mire, yo soy antifascista y enemigo de los alemanes, que me tienen fichado por nuestras diferencias políticas, pero también excombatiente de la guerra de liberación de su país.
Por eso sé que, durante el periodo rojo en Madrid, se daban pasaportes extranjeros a súbditos españoles.
¿No podría hacer usted lo mismo por mí, que luché en el bando del general Franco?
De Muguiro no puso la mano en el fuego por él.
Aunque empatizaba con su precaria situación, existían unos procedimientos que debía seguir, una serie de pasos que dar y normas que acatar antes de extender un pasaporte español.
Le aseguró que lo consultaría a sus superiores en Madrid, quienes, un mes más tarde, rechazaron la solicitud al no encontrar pruebas del servicio de Perlasca durante la Guerra Civil.
El segundo intento, tras la ocupación de Hungría, transcurrió por derroteros similares. Insistió en que su adhesión al gobierno del rey Víctor Manuel III, «único reconocido oficialmente por el generalísimo Franco», hacía peligrar su vida sobremanera.
—A los legionarios italianos que combatimos contra el comunismo a las órdenes del caudillo nos prodigaron promesas —le recordó a De Muguiro—.
Cuando embarcamos en el puerto de Cádiz, el 30 de mayo de 1939, para regresar a nuestros hogares, las autoridades españolas nos garantizaron amparo y protección una vez que se hubiesen restablecido en su país el orden y la justicia.
Le entregó entonces un documento, mecanografiado la noche anterior, en el que narraba con gran lujo de detalles las unidades a las que había pertenecido y las batallas en las que había combatido. Sus esfuerzos, sin embargo, resultaron en vano: desde Madrid, habían vuelto a rechazar su solicitud.
Más de medio año después, había llegado a sus oídos la noticia de la partida de De Muguiro.
El nombre de la nueva persona al cargo, Ángel Sanz Briz, no le resultaba extraño.
En sus idas y venidas a la embajada, había tenido ocasión de tratar con el entonces secretario de segunda, al que había reconocido como a un igual.
Ambos habían nacido el mismo año (Sanz Briz en Zaragoza, en septiembre; él, en Como, en enero).
Compartían clase social, ideas políticas y, aunque Ángel era más reservado, ese carácter dicharachero y abierto de los pueblos mediterráneos que tanto se echaba de menos en Hungría.
Ahí empezaron los telegramas, de Csákánydoroszló a Budapest y de Budapest a Csákánydoroszló; mensajes que nunca llegaban a la hora, respuestas que se entremezclaban con nuevas preguntas.
El 13 de octubre, tras semanas de gestiones, de tira y afloja, de una tensión tan palpable que podía cortarse como un cuchillo, la espera cristalizó en el coche diplomático que Perlasca aguardaba.
Los ojos azules, que lagrimeaban por la claridad y por el cansancio, buscaban el rojo y el blanco de una bandera extranjera.
Rojo y blanco, y no rojo y amarillo, porque los vehículos a los que tenía acceso la legación española eran limitados y Sanz Briz, tras mucho pelear, le había conseguido el transporte con sus amigos de la embajada suiza.
Perlasca aguzó la mirada. Cruces blancas en la lejanía como puntos en un mapa.
Sonrió. En la maleta, muy liviana, apenas llevaba mudas para un par de días; en el bolsillo de la chaqueta, la dirección de una pensión y el permiso de residencia de dos semanas que le había tramitado don Ángel.
Quince días en la capital, menos daba una piedra.
Cuando los agotase, ya se las ingeniaría para demostrar que sí, que a la tercera iba la vencida.